LA VENTA DE LA TERNERA
Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de comunicarle lo que le ocurría a la muchacha, que debía dar cuenta a su hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprendí que era inútil y que estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.
Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas, pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qué barco. A pesar de todo le escribí, y la carta no debió llegar, porque no tuve contestación.
Mientrastanto, doña Celestina y el vicario habían decidido casar a la Shele. Como sabes, aquí a los matrimonios que se hacen entre la gente del campo, atendiendo sólo al dinero, se llaman la venta de la ternera. En el caso aquél no era la venta corriente, sino la de una res estropeada y enferma, y había que dar mucho dinero encima para sacarla de casa.
—Nada, hay que llevarla de aquí cuanto antes—dijo el vicario—; que vaya a vivir a otro pueblo o a un caserío lejano, y nadie tendrá en cuenta si la criatura ha nacido antes o después del plazo legal.
—Sí, es lo más conveniente—añadió la señora de Aguirre—. ¿A usted qué le parece, doctor?
—Yo digo lo de siempre; antes consultaría con Juan—replicaba yo.
—Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.
—Y mientrastanto, ¡cómo se evita el escándalo!—exclamó el vicario.
—No, no; si eso no puede ser—repuso doña Celestina—. Es perder el tiempo hablar de Juan. Aquí lo único es encontrar un marido y casarla.
—Creo lo mismo que doña Celestina—agregó el vicario, —
Pues vamos a ver quién nos convendría. Yo conozco a todas las familias de los caseríos ... El mozo de Olazábal está casado, el de Olazábal Aspicua es muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro ...
—En Iturbide hay un muchacho carbonero ...—insinuó el cura.
—Pero esos son unos salvajes—replicó doña Celestina—. No quiero que la Shele vaya allí. La tratarían muy mal.
—¿Y Machín?—preguntó el cura—. ¿Machín el mozo?
—¿El de mi caserío?
—Sí.
—Pero, ¿no es tonto ese muchacho?
—¡Ah! ¡Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la Constitución del año doce.
El señor vicario se permitía alguna bromita de cuando en cuando contra las ideas liberales.
—Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a Machín?
—Me parece lo mejor.
—¿Al padre?
—Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las condiciones que ponen.
—Bueno, pues les llamaremos.
Presencié la entrevista en la cocina. Era una escena triste, daba una idea bien miserable de la humanidad. Machín padre y Machín hijo estaban los dos arrimados al fuego en la cocina.
—De manera—decía doña Celestina con voz imperiosa—que yo le doy a la Shele cuatro onzas y dos vacas.
—Y las azadas y el trillo—añadía Machín el viejo.
—Bueno, y las azadas y el trillo. ¿Con esto estamos ya conformes?
—Es que ...—decía Machín padre, rascándose la cabeza—como la chica ha quedado en ese estado, yo no sé si estará bien..., porque las gentes dirán que ...
—Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha está en ese estado. Ya lo sabemos. Conque resolved de una vez: sí o no. O decid qué queréis más.
—El caso es—murmuró el viejo—que hay un trozo de tierra cerca del barranco que no pertenece a nuestro caserío, y mi mujer dice que debían dárnoslo a nosotros sin subir la renta ... Yo no digo nada, pero mi mujer....
—Bueno, la tierra esa será para vosotros.
La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo, doña Celestina gritó a sus hijas:
—¡Que venga la Shele!
Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
—Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.
—Bueno, señora—contestó ella, con una voz débil como un sollozo.
—¿No dices nada?
—Nada, señora.
—Bueno, ya lo sabes. Dentro de unos días será la boda.
—Está bien, señora.
Machín, el joven, sonrió, queriendo echárselas de malicioso, y el viejo siguió dando vueltas en su cabeza al pensamiento de si podía sacar alguna cosa más de la señora de Aguirre.
Esa es la moral tradicional de las gentes ricas. Se destroza una vida, se deja a un hijo sin padre, se lleva la desolación a una familia. Y se dice se ha salvado la honra de una casa; se ha salvado la sociedad.