MACHÍN DESAPARECE

Hacía ya mucho tiempo que Machín no se ocupaba de Mary ni de mí para nada. No se le veía jamás por Lúzaro.

Se iba acercando el día de nuestra boda.

Una noche, al entrar en casa, vi a Machín que me esperaba en el portal. Me eché a temblar, lo confieso. ¿Qué querría aquel hombre?

—Tengo que hablar con usted—me dijo.

—Bueno, pase usted a casa—le indiqué.

Pensé que no intentaría atacarme. Además, yo era más fuerte que él.

Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran curiosidad.

—¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros?—preguntó.

—Sí.

Quedó mirándolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.

—Usted dirá lo que quiere ...—le advertí.

—Sí. Voy a decírselo a usted en seguida. Me entregó usted un sobre del padre de Mary....

—Cierto.

—Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Déselo usted el día de la boda.

—¿No será una venganza?

—No, no; puede usted estar tranquilo. Dígale usted que es de parte de su familia. Será para usted y para ella una sorpresa agradable.

Tomé el sobre, vacilante. El siguió mirándolo todo con atención. Luego me dijo:

—¿Está su madre de usted?

—Sí.

—Quisiera saludarla.

—Bueno, pase usted.

Entramos en el cuarto de mi madre que, al ver a Machín, quedó sorprendida no sé por qué: Machín estuvo con ella muy amable. Hablaron los dos largo rato. Yo estaba inquieto con aquella visita incomprensible.

—¿Qué cambio es éste?—me preguntaba.

Al salir Machín, me dijo:

—Quiero marcharme de Lúzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver. ¿Me guarda usted rencor?

—No, nunca, a pesar de que creo que tengo motivos.

—Entonces, ¡adiós!

Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.

Al volver encontré a mi madre un poco excitada.

—¿Qué te pasaba?—la dije.

—Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.

—¿Eh?

—Sí.

—¿Tanto se parece?

—Es idéntico.

El tal Machín era un tipo raro en todo, en su conducta, en sus parecidos y en las simpatías y antipatías que despertaba.

Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con su criado, se embarcó en la goleta. Pasaron días, semanas; han pasado años; no ha vuelto a saberse más de él.

El día de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abrió el sobre que me había dado Machín. Cayeron sobre la mesa una porción de papeles. Eran acciones de minas, títulos de la Deuda..., una fortuna. Entre ellos había una carta, que decía así:

"Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algún tiempo me reveló que tú y yo somos hermanos, hijos del mismo padre. Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mío, casi hermano.

"Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han tenido. La fatalidad lo ha dispuesto así.

"Tu marido y tú tendréis seguramente la idea de que soy un hombre perverso y dañino. No he podido ser otra cosa; todo el mundo me hizo sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los demás cuando he sido poderoso.

"La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza del bien ajeno son enfermedades del espíritu. Los que han luchado y se han agitado en los antros donde se muerden los pestíferos están contagiados.

"No todo el mundo puede ser sano, ni todo el mundo puede ser bueno. Yo aun no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti, hermana mía, para que puedas vivir con tu marido, pienso que ésta es mi venganza, la venganza del abandonado, la venganza del sarnoso contra el sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia considerado y mimado.

"Adiós, querida hermana. Felicidades.

"Juan."

Al escribir esta carta se veía que Machín habla arrugado el papel y lo había mojado con sus lágrimas.

Machín, nuestro enemigo, se convertía en nuestro protector y nuestro pariente.