CAPÍTULO VII

La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos.

Salieron los dos por la calle del Barquillo a la de Alcalá.

No me vuelven a coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan tupida y espesa era la trama de las leyes que resultaba muy difícil no tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.

—Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre—exclamó Manuel.

—¿Por quién te han puesto libre? Por mí—contestó Garro.

—Manuel no contestó.

—Y ahora, ¿dónde vamos?—preguntó.

—Al Campillo del Mundo Nuevo.

—Entonces tenemos camino largo.

—En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.

Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron por la calle de la Arganzuela. Al final de esta calle, a mano derecha, ya en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor a un patio ancho con galerías.

En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:

—¿Vive aquí un cabo del Orden que se llama Ortiz?

Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:

—¿A mí qué me cuenta usted? Pregúnteselo usted al portero.

Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una caja.

—¿De manera que no saben ustedes si vive o no aquí Ortiz?—preguntó de nuevo Garro.

—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada—. Si, aquí vive. Es el administrador.

Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.

—Pues si es el administrador—dijo el que trabajaba—, hace un momento estaba en el patio.

Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la galería del piso primero.

—¡Eh, Ortiz!—le gritó.

—¿Qué hay? ¿Quién me llama?

—Soy yo, Garro.

Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.

—¡Ola, señor Garro! ¿Qué le trae a usted por aquí?

—Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres encargarte de la captura?

—Hombre... Si me lo mandan...

—No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.

—Tiempo hay de sobra.

—Entonces ahora voy a dejar la carta a tu coronel.

—Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?

—Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.

—Está bien.

—¿No hay más que decir?

—Nada.

—Pues adiós, y buena mano derecha.

—Adiós.

El Garro salió de la casa y quedaron frente a frente Manuel y Ortiz.

—Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes—le dijo el cabo a Manuel.

El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la mejilla.

Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.

—¿No me va usted a dejar salir?—preguntó Manuel.

—No.

—Tenía que ver a unas amigas.

—Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...

—No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis vecinas en el parador de Santa Casilda.

—¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?

—Sí.

—Pues yo también. Las conoceré.

—No sé; son hermanas de un cajista que se llama Jesús.

—La Fea.

—Sí.

—La conozco. ¿Dónde vive?

—En el callejón del Mellizo.

—Aquí mismo está. Vamos a verla.

Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón que en su principio tenía empalizadas a ambos lados y estaba obstruído por grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en el fondo. Delante de la casa, en un patio grande, trajinaban algunos cañís con mulas y pollinos en las galerías asomaban gitanas negras y gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.

Preguntaron a un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso segundo.

En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: «Se cose a máquina».

Llamaron y apareció un chiquillo rubio.

—Este es el hermano de la Salvadora—dijo Manuel.

Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes extremos de alegría y saludó a Ortiz.

—¿Y la Salvadora?—preguntó Manuel.

—En la cocina; ahora viene.

El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.

—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.

—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó la Fea—. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido a éste.

Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.

—¿Y Jesús, en el hospital?

—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.

No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le hubieran cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al hospital. Afortunadamente, se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar el alta.

En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó a Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a la máquina.

—¿Te quedarás a cenar con nosotras?—le preguntó la Fea a Manuel.

—No, no puedo; no me dejan.

—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que cuando le avise a este hombre vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.

—Sí, pues se lo aseguramos a usted—dijo la Fea.

—Bueno, entonces me voy. Mañana a las nueve en punto en mi casa. ¿Estamos?

—Sí, señor.

—Con exactitud militar.

—Con exactitud militar.

Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.

La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste le miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba a la Fea.

Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos: el Aristas y el Aristón.

El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.

Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto a otro, y le había sustituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía tres o cuatro novias y a todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.

El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.

Vió, o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.

Manuel, de noche, fué a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.