CAPÍTULO VIII

La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.

Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.

—Así me gusta—le dijo el cabo—, con puntualidad militar.

Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote a Manuel y salieron los dos.

—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia a Manuel—, y tú mira bien si está el Bizco.

Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.

Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en los perros de caza.

Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró en el Orden público.

—He hecho más servicios que nadie—dijo—; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.

Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.

—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al policía.

—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.

—Está pago—replicó el tabernero.

—Gracias. ¡Adiós!

Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.

—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro, pero muchas veces, donde menos se piensa...

Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:

—Eh, Tripulante, haz el favor.

Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.

—¿Tú conoces a un randa a quien llaman el Bizco?

—Sí, creo que sí.

—¿Anda por estos barrios?

—No, por aquí no.

—¿De veras?

—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.

—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió Ortiz agarrando del brazo al muchacho—: Ojo ¿eh? que te vas a caer.

El Tripulante se echó a reir, y poniéndose el dedo índice de la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:

—¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, camará!

—Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.

—Descuide usted, señor Ortiz—replicó el muchacho—; se filará.

Salieron el guardia y Manuel del café.

—Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizá que el Tripulante tenga razón.

Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada; brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a boca con el sereno.

Ortiz le dijo a lo que iban, le dió las señas del Bizco; pero el sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.

—Preguntaremos si ustedes quieren.

Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.

Salieron del patio y recorrieron una callejuela.

—Aquí hay una familia que no conozco—dijo el sereno, y llamó en la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.

—¿Quién es?—dijo de adentro una voz de mujer.

—La autoridad—contestó Ortiz.

Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.

—Ya ven ustedes, aquí no está.

Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.

—Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo—dijo Manuel.

—Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que hala!—repuso Ortiz—. Vamos allá.

Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica del Gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.

Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el Bizco.

—Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?

—En la taberna de la Blasa.

—Bueno. Allí iré a las tres.

—Volvieron a pasar el puente y entraron en Casa Blanca.

—Veremos al administrador—dijo Ortiz. Entraron en un portal, y a un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.

—¿Quién es?—gritó.

Ortiz se dió a conocer.

—Aquí no está ese—contestó el administrador—. Estoy seguro; tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.

De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas cerradas.

Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde se había encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el sereno de este y otros crímenes cometidos allá cerca, y se despidieron.

—Este sereno es un barbián—dijo Ortiz—; ha acabado con los matones de las Peñuelas a garrotazos.

Era ya tarde después de la visita a las tabernas, y Ortiz estimó que podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el Campillo del Mundo Nuevo, y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué a su casa.

Por la mañana temprano marchó a la imprenta, y al advertir que por la tarde no podía ir le despidieron.

Manuel fué a comer a casa de la Fea.

—Me han despedido de la imprenta—dijo al entrar.

—Habrás ido tarde—saltó la Salvadora.

—No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y lo he advertido en la imprenta y me han despedido.

—Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar a hacer nada—dijo la Fea.

La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la cara.

—No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.

—Si yo no te he dicho nada, hombre—replicó burlonamente la Salvadora.

—Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.

Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué a buscar a Ortiz, y reunido con él, bajó a las Injurias.

Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron a la puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía enfrente, dormían los hombres tumbados a las puertas de sus casas; las mujeres correteaban de un lado a otro con las haraposas faldas recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas, grandes, grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las perseguían a palos y a pedradas.

Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el sereno de las Cambroneras. Saludó a Ortiz, tomaron unas copas los dos, y el sereno dijo:

—Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California o por ahí.

—Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista—; y Ortiz se levantó y Manuel hizo lo mismo. Subieron a la glorieta del puente de Toledo, cruzaron el Manzanares y echaron a andar por la carretera de Andalucía. Por allá había ido a merendar días antes Manuel con Vidal y con Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los merenderos; algunos conocían a Ortiz y le invitaban a tomar una copa.

Llegaron a una barriada, próxima al río, de chozas míseras, sin chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.

—Este es el Tejar de Mata Pobres—dijo Ortiz.

En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado apareció otro, sobre un altonazo, constituído por casuchas con sus corrales.

—El barrio de los Hojalateros; así se llama esto—indicó Ortiz.

Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza limitada por vallas de latas viejas, roñosas, extendidas y clavadas en postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja; las gallinas picoteaban en el suelo.

Ortiz se acercó a un hombre que estaba componiendo un carro.

—Oiga, buen amigo: ¿conoce usted por si acaso a un muchacho que se llama el Bizco?, uno rojo, feo...

—¿Acaso es usted de la policía?—preguntó el hombre.

—No; no, señor.

—Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco a ese Bizco—y el hombre volvió la espalda.

—Aquí hay que andar con ojo—murmuró Ortiz—, porque si se enteran a lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.

Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del Manzanares.

En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, buscando grillos.

Llegaron Manuel y Ortiz a unas casas de campo que llamaban la China; el guardia interrogó a un hortelano. No conocía al Bizco.

Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba a descansar. Iba anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre, del remate de algún edificio, centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos blancos el horizonte lejano.

Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una ojeada por allá.

—Cena conmigo—dijo Ortiz—, y por la noche volveremos a la cacería. Hemos de registrar todo Madrid.

Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de las calles del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al sentarse el guardia y Manuel, se comunicaron los contertulios unos a otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo al ver a Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.

—¿Qué quiere usted?—preguntó éste escamado.

—Preguntarte una cosa.

—Usted dirá.

—¿Tú conoces a uno que llaman el Bizco?

—Yo no, señor.

El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no conocía al Bizco, porque murmuró:

—No sabe nadie dónde está.

Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en uno de sus balcones.

Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa, con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: era la encargada.

—Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted lo permite, entraremos.

La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.

Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha, con pies derechos de madera a ambos lados y dos filas de camas. En la crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.

Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las camas.

Unos dormían con desaforados ronquidos; otros, despiertos, se dejaban contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente enferma...

—Y abajo, ¿hay alguien?—preguntó Ortiz a la encargada.

—En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.

Bajaron al portal. Una puerta conducía a un sótano húmedo. En un rincón dormía un mendigo, envuelto en harapos.


Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana y la Salvadora.

Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido. Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en que no se habían visto. Después pasaron a cosas del momento, y Manuel expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.

—Ya, ya me lo han dicho—advirtió Jesús—, y yo no quería creerlo. ¿De manera que a ti te dejaron en libertad a condición de que ayudases a coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?

—Sí. Si no, no me dejan en libertad, ¿Qué iba a hacer?

—Negarte.

—¿Y pudrirme en la cárcel?

—Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer a un amigo una charranada así.

—El Bizco no es amigo mío.

—Pero lo fué, por lo que tú dices.

—Amigo, no...

—Compañero de golfería, vamos.

—Sí.

—¿De modo que te has hecho polizonte?

—¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.

—¡Cualquiera se fía de ti!—añadió sarcásticamente el cajista.

Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco era un bandido; pero a él no le había hecho nunca daño, era la verdad.

—Lo malo es que no puedo volverme atrás—dijo Manuel—ni escaparme, porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar a tu hermana y a la Salvadora a la cárcel.

—¿Por qué?

—Porque ellas le han dicho que respondían de mí.

—¡Quiá, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más, sencillamente.

—¿A ti qué te parece?—preguntó Manuel, indeciso, a la Fea.

—Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que a nosotras no nos pueden hacer nada.

—Hay otra cosa—advirtió Manuel—: que yo no puedo vivir escondido mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.

—Yo te llevaré a una imprenta que conozco—replicó Jesús.

—Pero pueden sospechar. No, no.

—¿Prefieres ser un charrán?

—Voy a hacer una cosa: ir ahora mismo a ver a uno que lo puede arreglar todo.

—Espera un momento.

—No, no; déjame.

Salió Manuel decidido a hablar con el Cojo o con el Maestro. Fué a la carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:

—Y el Maestro, ¿está en la secretaría?

—No; el que está es don Marcos.

Llamó Manuel a la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver a Manuel le miró fijamente:

—¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!—exclamó—. Aquí no haces falta.

—Ya lo sé.

—Estás despedido. El jornal no lo esperes.

—No; no lo espero.

—Entonces, ¿a qué vienes aquí?

—Vengo a esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en libertad con la condición de que ayudara a coger al que mató a Vidal, y a mí me hacen ir y venir a todas horas, y ya me he hartado de eso, y ya no quiero hacer de polizonte.

—Pues mira, de todo eso, a mí... Prim.

—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, a quien me confió el Garro, me cogerán y me llevarán a la cárcel.

—Bueno; allá aprenderás a no mover la sin hueso.

—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo a la gente...

—Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.

—No; yo quiero que le diga usted al Garro que no me da la gana de perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.

—Lo que voy a hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!

—Eso lo veremos.

Se acercó el Cojo a Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría.

—¿Qué pasa?—preguntó mirando a Calatrava y a Manuel severamente—. Marcháos vosotros—añadió dirigiéndose a los demás.

Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.

El Maestro, después de oirle, dijo a Calatrava:

—¿Es eso de veras lo que te ha dicho?

—Sí; pero ha venido aquí con exigencias...

—Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera—añadió dirigiéndose a Manuel—que tú no quieres ayudar a la policía? Haces bien. Puedes marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.

Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa a dar una vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron a la Ronda.

Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo, un odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres...

—De veras te digo—concluyó diciendo—que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.

Y rabioso invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.

Jesús le escuchaba con atención.

—Eres un anarquista—le dijo.

—¿Yo?

—Sí. Yo también lo soy.

—¿Tu?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y en los hospitales—contestó Jesús con cierta solemnidad.

Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.

El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la vía láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.

A lo lejos el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.

El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.

—¡Cuánta estrella!—dijo Manuel—. ¿Qué serán?

—Son mundos, y mundos sin fin.

—No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús; ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?—preguntó Manuel.

—Quizá; ¿por qué no?

—¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?

Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.

En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.

No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituído a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...

Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel... Luego los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.

Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma...

FIN

[ÍNDICE]

PRIMERA PARTE
Págs.
[Capítulo I.—El taller.—La vida de Roberto Hasting.—Alex Monzon.]9
[Cap. II.—La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel aprendiz de fotógrafo.]27
[Cap. III.—La Europea y La Benefactora.—Una colocación extraña.]41
[Cap. IV.—La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía.—Se prepara una farsa.]57
[Cap. V.—Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce explotación de don Sergio.]71
[Cap. VI.—Kate, la niña blanca.—Los amores de Roberto.—El pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones antropológicas.]85
[Cap. VII.—El berebere se siente profundamente anglosajón.—Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida.]105
SEGUNDA PARTE
[Capítulo I.—Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez.—Jacob y Jesús.]123
[Cap. II.—Los nombres de los sapos.—El director de «Los Debates» y sus redactores.]135
[Cap. III.—El parador de Santa Casilda.—La historia de Jacob.—La Fea y la Sinforosa.—La chica sin madre.—Mala Nochebuena.]143
[Cap. IV.—La Navidad de Roberto.—Gente del Norte.]159
[Cap. V.—Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón.—La iniciación de amor.]175
[Cap. VI.—La nieve.—Otras historias de don Alonso.—Las Injurias.—El Asilo del Sur.]183
[Cap. VII.—La Casa Negra.—Incendio.—Fuga.]203
[Cap. VIII.—Las cuevas del Gobierno civil.—El repatriado.—La sopa del convento.]211
[Cap. IX.—Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—Suena un tiro.—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella Pérez.]223
TERCERA PARTE
[Capítulo I.—¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal.]239
[Cap. II.—El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—Confidencias.]251
[Cap. III.—La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del Salón París.]265
[Cap. IV.—Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo.—El Destino.]275
[Cap. V.—El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones.—La declaración.]287
[Cap. VI.—Lo que pasaba en el despacho del Juez.—La Casa de Canónigos.]301
[Cap. VII.—La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos.]309
[Cap. VIII.—La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.]317
Indice.335

Nota del Transcriptor: Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Páginas en blanco han sido eliminadas.