II
La familia Dunderry, cuyo jefe lleva el nombre de lord Ascott, es de puro origen normando.
En la época en que el duque Guillermo el Bastardo pasó a ser el rey Guillermo el Conquistador, los Dunderry le siguieron a las islas Británicas, y desde entonces se han enlazado siempre con las más altas familias de la aristocracia inglesa.
Miss Evelina, hija de lord Ascott, tenía diez y seis años cuando su padre pensó en casarla.
Los partidos no faltaban por cierto, los nombres más ilustres del Reino Unido se disputaban el honor de tal alianza; pero miss Evelina, según la moda inglesa, se hallaba prometida a lord Pembleton, hacía mucho tiempo.
El dominio señorial de Ascott y el de Old-Pembleton, encaramados cada uno de ellos sobre una de las escarpas de los montes Cheviot, se miraban hacía siglos frente a frente, a tres leguas de distancia.
Lord Ascott, el padre de miss Evelina, y el difunto lord Pembleton, padre del lord actual, habían estado unidos en estrecha amistad desde la infancia, y cuando miss Evelina llegó a tener diez años y sir Evandale Pembleton diez y ocho, se apresuraron a desposarlos.
Después sir Evandale se embarcó para las Indias, donde servía en la marina real.
Las dos familias permanecieron estrechamente unidas.
No pasaba una sola semana, durante el invierno, sin que lord Ascott y su hija fuesen a visitar a lord Pembleton, a quien una cruel enfermedad, la gota tenía clavado en su sillón.
Miss Evelina y sir Jorge Pembleton, hermano segundo de sir Evandale, contrajeron poco a poco una amistad e intimidad fraternal, y salían con frecuencia juntos, dando largos paseos a caballo.
Cinco años se pasaron así.
Miss Evelina experimentaba un placer extremo en encontrarse al lado de sir Jorge, y sir Jorge llegaba a veces a concebir el criminal deseo de que el navío en donde iba su hermano mayor se estrellase contra una roca, en una noche de tempestad, y se perdiese con todo su equipaje.
Un día, en fin, los dos jóvenes llegaron a confesarse que se amaban.
Pero en miss Evelina dominó al amor la razón, y a la ardiente declaración de sir Jorge respondió espantada:
—¡Desgraciado!... ¿olvidáis que estoy desposada con vuestro hermano?
—¡Ay! ya lo sé, respondió el joven. Así ya he tomado mi resolución.
Y como ella le mirase con angustia:
—Aun dado caso, prosiguió, de que mi hermano consintiese en cederme su derecho, nuestras dos familias no accederían jamás a nuestra unión. Soy hijo segundo, y de consiguiente estoy desheredado de los bienes y títulos de mi casa.
Y exhaló un profundo suspiro.
Miss Evelina le escuchaba con la cabeza baja y derramando abundantes lágrimas.
Sir Jorge continuó después de un momento de silencio:
—Hoy mismo partiré de aquí.
—¿Y adónde iréis? preguntó la joven temblando.
—Primero, a Londres.
—¿Y después?
—Iré a reunirme con mi hermano en la India.
Miss Evelina poseía en alto grado la virtud y el sentimiento de dignidad de las mujeres de raza; así supo dominar su emoción, y tendiendo la mano a sir Jorge, le dijo:
—¡A Dios!..... ¡A Dios para siempre!
Sir Jorge tenía entonces diez y nueve años; la edad de la abnegación y de los sentimientos caballerescos.
De consiguiente aquel mismo día partió de Old-Pembleton.
Seis meses después, lord Pembleton murió, y su hijo sir Evandale heredó sus inmensos bienes, su título y su puesto en la Cámara de los lores.
Pero no se vuelve de las Indias en un día, y hacía ya cerca de un año que sir Jorge había partido, cuando lord Evandale llegó a Inglaterra.
Miss Evelina había tomado al principio la resolución de echarse a los pies de lord Evandale, de confesárselo todo y de suplicarle que renunciase a su mano.
Pero esta resolución debió ceder ante la voluntad inflexible de lord Ascott.
Un año después de los funerales del padre de sir Evandale, miss Evelina había enajenado su libertad y se llamaba lady Pembleton.
El tiempo mitiga las penas más profundas y cicatriza todas las heridas.
Lady Pembleton pensaba aún alguna vez en sir Jorge, el pobre segundón que servía en el ejército de las Indias.....
¡Pero lord Evandale era tan bueno... tan bondadoso con ella, y le manifestaba tanto respeto y amor!.....
Y luego, lady Pembleton no había tardado en ser madre, y la maternidad es un sentimiento que acaba por dominar todos los demás.
A medida que el tiempo pasaba, la imagen de sir Jorge se iba borrando poco a poco.
El ausente empezaba pues a caer en el olvido, y lord Evandale tocaba ya la hora propicia de conquistar por completo el amor de su esposa.
Pero la fatalidad debía disponerlo de otro modo.
Al heredar los títulos y cargos de su padre y su asiento en la Cámara alta, el jefe de la casa de Pembleton había conservado sin embargo su grado en la marina real.
Su carrera en ella había sido rápida, y en la época a que nos referimos era commodore, es decir, jefe de escuadra.
Un día recibió del almirantazgo la órden de embarcarse.
¿Adónde iba?
No podía saberlo hasta abrir un pliego sellado que contenía sus instrucciones, y del que no debía tomar conocimiento sino cuando se hallara en las aguas de la isla de Madera.
Las mujeres de los marinos se acostumbran forzosamente desde luego a esas crueles separaciones, cuyo término no es siempre seguro.
Lady Evelina se resignó pues, y el commodoro partió.
Hallábanse entonces en medio del verano, y la estación, como dicen los Ingleses, se encontraba en todo su esplendor.
Naturalmente, Lady Pembleton, al separarse de su marido, había dejado su magnífico dominio de los montes Cheviot, para venir a habitar su palacio del West-End, de Londres, en Kensington-Road.
Kensington-Road es una ancha y bellísima avenida, formada exclusivamente por las moradas señoriales de las grandes familias de Londres; y que corre paralela a Hyde-Park.
Cada uno de esos palacios tiene un jardín, que no está separado de Hyde-Park sino por una verja, y cada propietario tiene una llave de la suya, lo que le permite comunicar con el jardín público.
Lady Pembleton estaba pues en Londres.
Pero desde la partida de su marido, nadie la había visto en ninguna parte.
Vivía constantemente encerrada, ocupándose de su hijo, que tenía entonces cerca de dos años, y leyendo con avidez los periódicos que podían darla noticias del Minotauro.
Este era el buque que mandaba lord Evandale.
Así vivía siempre sola, suspirando por la vuelta del ausente.
Pero la soledad es mala consejera.
Más de una vez, el recuerdo de sir Jorge, poco antes casi olvidado, había venido a turbar el espíritu de lady Pembleton y la aparente tranquilidad de que gozaba.
En fin, una noche, lady Evelina, que ocupaba las habitaciones de verano de su palacio, se hallaba sentada junto a una ventana del piso bajo que daba a los jardines.
Aquel día era domingo, y el domingo es un día bien triste en Londres.
El calor había sido excesivo, pero la noche era fresca, y la pobre joven respiraba con un placer melancólico el dulce perfume de las primeras brisas.
La noche era oscura y el jardín estaba desierto.
Más allá del jardín se descubría Hyde-Park, también solitario, y perdido en la oscuridad bajo sus sombrías alamedas.
Lady Evelina se hallaba con la vista fija en aquel melancólico paisaje, cuando de repente vio agitarse una sombra y salir de la espesura.
Aquella sombra era un hombre que parecía surgir como por encanto a orillas del riachuelo que llaman la Serpentina, y que venía derecho a la verja del jardín del palacio Pembleton.
Lady Evelina observó curiosamente a aquel hombre.
Pero la noche, como hemos dicho, era bastante oscura.
Sin embargo, ¡cuál no fue su asombro y en seguida su terror, cuando vio a aquel hombre sacar una llave del bolsillo y abrir la puerta de la verja!
La joven arrojó un grito agudo en el momento en que aquel hombre penetraba en el jardín.
Pero aquel grito no pareció conmoverlo, ni le hizo detenerse ni huir.
Al contrario, pareció guiarlo, y se vino derecho a la ventana.
Entonces lady Evelina se echó vivamente para atrás y corrió a coger el cordón de una campanilla que sacudió violentamente.
Nadie acudió a este llamamiento.
El desconocido trepó al alféizar de la ventana y saltó en la habitación.
Fuera de sí de terror, lady Evelina se lanzó hacia la puerta; pero en el mismo instante se sintió detenida por una mano vigorosa, y una voz que acabó de trastornarla la dijo:
—Evelina.... ¿no me reconocéis?
Al oír aquella voz la joven se quedó anonadada, petrificada de sorpresa.
—¡Sir Jorge! murmuró.
—Sí, yo soy.
Y el hermano menor de lord Evandale se echó a los pies de su cuñada, que se hallaba paralizada de terror.
XVIII
diario de un loco de bedlam.