I
Los montes Cheviot separan el condado escocés de Roxburgh, del condado inglés de Northumberland.
Su cima está coronada de nieves eternas.
Extensos y cerrados bosques cubren sus pendientes escarpadas, y en los estrechos valles, crecen abundosos pastos.
A tres leguas de la villa de Castleton, suspendido sobre un peñon altísimo, como un nido de águilas, y dominando un paisaje melancólico, de un aspecto rudo y salvaje; se eleva el castillo señorial de Pembleton.
Pembleton-Castle, como dicen en el país.
Este antiguo solar, coronado de ocho torres cuadradas y macizas, con sus enormes garitas de piedra salientes y puntiagudas, está rodeado de fuertes murallas, como una fortaleza.
Desde la altura donde se halla edificado, domina ocho leguas de país por el lado de Escocia, a pesar de que su asiento es sobre la tierra inglesa.
En la edad media, los señores de Pembleton eran escoceses y seguían la bandera de los Roberto Bruce y de los Wallace.
Hoy, lord Pembleton ocupa un asiento en la cámara de los Pares, pero conserva a pesar de ello su título de barón escocés, título de que se enorgullece.
Lord Evandale Pembleton no tenía más que tres años cuando su padre murió en el combate de Navarino, donde la Francia y la Inglaterra reunidas derrotaron la escuadra turca en las aguas de la Grecia.
El niño Evandale tenía un hermano de diez y ocho meses.
Tan luego como lady Pembleton tuvo noticia de la terrible desgracia que la privaba de su esposo, dejó en seguida y precipitadamente a Londres, donde pasaba el invierno en su magnífico palacio del West-End, y fue a refugiarse, con sus dos hijos, al castillo de Pembleton. Vestida de negro de pies a cabeza, se encerró en el antiguo dominio feudal que el noble lord su esposo había casi abandonado, así como sus padres, hacía cerca de un siglo.
Al pie del peñon, y a cierta distancia en medio de la llanura, se levantaba una deliciosa quinta, enteramente moderna, rodeada de frondosas alamedas y jardines y de una extensa pradera: morada campestre, pero esencialmente aristocrática, donde lord Pembleton pasaba el otoño y la estación de la caza, y que había poblado de maravillas artísticas, adornándola con toda la riqueza y lujo moderno.
Esta quinta llevaba el nombre de New-Pembleton, es decir, Nuevo Pembleton; la casa de recreo moderna que destronaba el antiguo solar.
Y sin embargo no fue a New-Pembleton donde se refugió lady Evandale.
Fue a Pembleton-Castle u Old-Pembleton, como le llamaban en razón a su antigüedad, donde fue a ocultar su dolor la joven viuda.
¿Por qué?
Estos sucesos tenían lugar en 1828, es decir, en la primera mitad del siglo xix, era que hemos dado en llamar de civilización, y de consiguiente muy lejos de la época feudal en que los altos barones se declaraban mutualmente la guerra.
La nobleza se había convertido en la aristocracia; los altos y poderosos barones feudales, no eran más que grandes señores vasallos de la corona; y la calma más profunda reinaba en los tres reinos, convertidos en Reino Unido de la Gran Bretaña.
Sin embargo, lady Evandale, al llegar a Pembleton-Castle, dio órdenes bien extrañas para la época.
En primer lugar, hizo alzar el puente levadizo, cosa que no había tenido ejemplo hacía muchos siglos.
En segundo lugar, hizo convocar a todos los campesinos y aldeanos de las cercanías, que eran aún sus vasallos, y pobló el castillo formando en él un verdadero ejército.
Luego en fin, a ejemplo de Juana de Monfort, cuando presentaba en otros tiempos su hijo a los nobles bretones, tomó a su primogénito en sus brazos,—aquel niño que solo tenía tres años,—y mostrándolo a los fieles escoceses que habían acudido a su llamamiento, les hizo jurar defenderlo y velar sobre él.
Y aquellos honrados montañeses juraron con entusiasmo.
¿Qué terrible y misterioso peligro amenazaba pues a aquel niño, que debía un día formar parte de la cámara de los lores?
Un solo hombre lo sabía tal vez, y conocía asimismo el secreto de lady Pembleton.
Este hombre era un joven escocés, llamado Tom, hermano de leche de lady Pembleton, la cual era joven también y bella, y no había cumplido aún veinte y cuatro años el día en que quedó viuda.
Así, desde el primer día de la llegada al castillo, Tom se instaló en el cuarto donde dormía el niño, y pasó allí la noche sentado en un sillón, teniendo al alcance de la mano su carabina de cazador.
Lo mismo tuvo lugar la noche siguiente y las demás que se sucedieron.
Y durante todas esas noches, los Escoceses velaban paseándose por las murallas del antiguo castillo, y tenían cuidado, apenas llegaba el crepúsculo, de levantar el puente levadizo.
Lady Pembleton aparecía de tiempo en tiempo en medio de ellos, unas veces inquieta, otras veces al parecer más tranquila, pero siempre melancólica y como perseguida por un espantoso recuerdo.
Tres meses trascurrieron así.
Durante esos tres meses, con grande admiración de toda la comarca, Pembleton-Castle tuvo una verdadera guarnición.
Los rumores más extraños empezaron a circular entonces.
La muerte de lord Evandale,—decían,—había turbado la razón de la pobre viuda.
De un carácter exaltado ya, y viciado por la lectura de las novelas de Walter-Scott y los poemas de Byron, lady Evelina Pembleton se había vuelto loca.
Sin duda se creía en la edad media, en tiempo de las luchas heroicas de los clanes escoceses y los barones ingleses, y pretendía defender a su hijo contra enemigos imaginarios.
Los buenos escoceses llamados en su ayuda, y que se habían apresurado a prestarle sus servicios, empezaban a participar esta de creencia.
Una sola persona era de contraria opinión, y afirmaba que lady Pembleton no estaba loca y que tenía razón muy fundada para obrar así.
Esta persona era Tom.
Pero Tom no se explicaba más y guardaba fielmente su secreto.
En fin, al cabo de tres meses, lady Pembleton despidió a sus Escoceses, hizo bajar el puente levadizo de Old-Pembleton, mandó disponer y cargar sus carruajes, y dejando con sus numerosos domésticos el castillo feudal, bajó a la magnífica quinta de New-Pembleton, y se instaló en ella con sus dos hijos.
Los nobles establecidos en los alrededores, así como los ricos campesinos y notables habitantes de las villas y aldeas inmediatas, no tardaron entonces en emitir la opinión de que la hermosa viuda había recobrado en fin la razón.
Y sin embargo, el único motivo que había ocasionado este cambio completo de existencia, reposaba sobre un lacónico despacho que lady Pembleton recibiera de Londres.
Aquel despacho decía:
«Sir Arturo se ha embarcado esta mañana para las Indias.»
¿Quién era sir Arturo?
El hermano segundo de lord Evandale.
¿Era pues contra él por lo que lady Pembleton había tomado tan singulares precauciones?
Algunos días después de su instalación en New-Pembleton, lady Evelina recibió la visita de dos gentlemen.
Estos eran lord Ascott y su hijo el baronet sir James.
Lord Ascott y sir James eran el padre y el hermano de lady Evelina.
El padre venía de Italia, donde había pasado dos años para restablecerse de una enfermedad del pecho; y el hijo, midshipman en la armada inglesa de las Indias, se hallaba en Londres con licencia.
Ambos se hallaban en la capital, en los momentos en que la conducta excéntrica de lady Pembleton empezaba a hacer ruido, y, persuadidos de que la noble viuda estaba loca, habían venido a verla a toda prisa.
Lady Evelina los recibió vestida de riguroso luto.
Su aspecto era muy triste y aun derramó abundantes lágrimas al verlos; pero no hallaron en sus discursos ni en sus maneras, nada que pudiese confirmarlos en la opinión de que se habían alterado sus facultades mentales.
Lady Pembleton gozaba de toda la plenitud de su razón.
Sin embargo, sus nobles parientes creyeron deber pedirla algunas explicaciones.
Pero lady Evelina se negó a satisfacerlos.
Entonces lord Ascott hizo valer su autoridad paternal, y exigió con severidad lo que se rehusaba a la persuasión.
Lady Evelina persistió en su negativa.
Lord Ascott se dejó llevar de la cólera, y hasta llegó a decirla que la familia de lord Pembleton hablaba ya de privarla de la administración de sus bienes y de la tutela y educación de sus hijos.
Lady Evelina bajó la cabeza y se deshizo en lágrimas.
En fin, no pudiendo resistir más, se echó a los pies de su padre y le dijo:
—Milord, sé que os debo obediencia y no pretendo sustraerme a vuestra autoridad..... pero sé también que la confesión que me obligáis a haceros, va a destrozar vuestro corazón paternal. Dispensadme pues de esa confesión.... os lo suplico por vos y por mí.
Lord Ascott fue inflexible.
Entonces lady Evelina lo condujo a su cuarto, y abriendo un cajón secreto de su escritorio, sacó un cuaderno de papel cubierto de una escritura apenas legible, y en el que, en cada página, se encontraba la traza de una lágrima.
—Tomad, padre mío, dijo, aquí tenéis el diario de mi vida. Leed.....
Y huyó precipitadamente, dejando a lord Ascott en posesión de aquel cuaderno.
Una hora después, el noble anciano volvió a reunirse con su hija.
Su rostro presentaba una palidez mortal; y cogiendo a la joven en sus brazos, la tuvo largo tiempo estrechada contra su corazón.
Por largo espacio no pudo pronunciar una palabra, ni hacer otra cosa que mezclar sus lágrimas a las de su hija; pero al fin logró reponerse, y la dijo con acento desesperado:
—Yo soy por desgracia demasiado viejo, hija mía..... pero tu hermano te vengará.
¿Qué espantoso secreto era pues el que lady Evelina no había osado revelar de viva voz a lord Ascott, su anciano padre?
Esto es lo que vamos a dar a conocer al lector, traduciendo fielmente el manuscrito de la viuda de lord Evandale Pembleton, jefe de escuadra de la marina real inglesa, muerto en Navarino, combatiendo bajo la bandera de la civilización en lucha con la barbarie.
XVII
diario de un loco de bedlam.