LA CUERDA DEL AHORCADO.


I

Los hundimientos del subterráneo continuaban con mayor violencia.

La bóveda de la galería se desprendía acá y allá en pedazos enormes, que se deshacían al caer y cerraban todas las salidas.

El suelo rugía y temblaba sin interrupción.

Hubiérase creído presenciar uno de esos espantosos terremotos de las tierras volcánicas del Nuevo Mundo, que destruyen ciudades enteras.

Vanda había caído de rodillas, y elevaba sus plegarias al cielo.

Paulina, estrechamente enlazada a Polito, le decía:

—¡Al menos moriremos juntos!

Milon bramaba de furor y blandía sus puños enormes repitiendo:

—¡Ah! los infames fenians!... ¡Los miserables!

En cuanto a Marmouset, callado y sombrío, contemplaba a su jefe.

Rocambole permanecía de pie, tranquilo y con la frente erguida; y parecía esperar el fin de aquel cataclismo con la serenidad del hombre que no teme la muerte, y que por una especie de fanatismo heroico, no cree deber llegar hasta haber cumplido su misión sobre la tierra.

En fin, la conmoción cesó poco a poco; el ruido fue disminuyendo, y las piedras de la bóveda dejaron de caer.

—¡Adelante! dijo entonces Rocambole.

Vanda se levantó lanzando fuego por los ojos.

—¡Ah! exclamó, nos hemos salvado.

—Todavía no, respondió Rocambole. Pero sigamos adelante.

El subterráneo estaba obstruido por enormes pedazos de piedra, tierra y casquijo, desprendidos de la bóveda y de las paredes de la galería.

Sin embargo, Rocambole, ayudado por William y Milon, todos tres armados de piquetas, abrió paso entre aquellos escombros.

Sus demás compañeros, repuestos ya de su alarma, le seguían de cerca.

Así marcharon una centena de pasos.

Pero al cabo de ellos, Rocambole se detuvo de pronto.

Acababa de llamar su atención un objeto voluminoso que se hallaba a un lado de la galería.

Aquel objeto era un tonel.

Y este tonel estaba lleno de pólvora.

Era fácil convencerse examinando una mecha azufrada que salía de la espita aplicada al agujero del tonel, y que tendría medio pie de largo.

¿Qué hacía allí aquel barril?

¿Quién lo había puesto en aquel sitio?

¿Conocían por ventura los fenians aquel paso subterráneo?

Marmouset se había aproximado también, y así como su jefe, examinaba con asombro aquel barril, y parecía hacerse las mismas preguntas.

Vanda y los demás permanecían a cierta distancia.

Rocambole guardó silencio por algunos instantes y dijo al fin:

—Es imposible que los fenians hayan traído aquí este barril.

—¿Quién queréis que sea entonces, capitán? preguntó Marmouset.

Rocambole iba y venía alrededor del tonel y lo examinaba detenidamente.

En fin su frente pareció serenarse y la sonrisa volvió a sus labios.

—Amigos míos, dijo, en la época en que este barril ha sido trasportado aquí, ni nosotros ni nuestros padres habíamos nacido.

—¡Es posible! murmuró Marmouset.

—Esta pólvora tiene doscientos años, continuó Rocambole.

—¿Creéis?

—Ved el tonel, examinadlo. La madera está carcomida y se deshace al tocarla.

—Es verdad, dijo Marmouset.

—No toques a la mecha, añadió el jefe: está seca hasta un punto que se reduciría a polvo.

—Y esa pólvora, dijo Polito, que no había hecho grandes estudios en la materia, no debe ser peligrosa que digamos.

—¿Lo crees así?

Y al decir esto, Rocambole miró sonriéndose al pilluelo de París.

—¡Toma! exclamó Polito, una pólvora tan vieja debe estar aventada.

—Te engañas, hijo mío.

—¡Ah!

—Es diez veces más violenta que la pólvora nueva.

—¡Demonio! Entonces es necesario poner cuidado.

—¿En qué?

—En no acercar las luces.

—¿Por qué razón?

—¡Bah! ya lo sabéis!... ¡después de lo que nos acaba de suceder!.....

—Dejemos ahí esa pólvora y sigamos adelante, dijo Rocambole.

Y continuaron su camino.

—La galería bajaba, como sabemos, en rampa, y ya desde este punto, la pendiente se hacía cada vez más sensible.

Esto era una prueba de que se acercaban cada vez más al Támesis.

Pero de repente, Rocambole se detuvo de nuevo.

—¡Ah! exclamó, esto es lo que yo temía.

La galería subterránea estaba cerrada por un enorme peñasco que se había desprendido de la bóveda, y que formaba una puerta impracticable.

—¡Nos hallamos encerrados! murmuró Vanda acometida de un nuevo terror.

Rocambole no respondió y se quedó suspenso por algunos instantes.

Su última esperanza acababa de desvanecerse.

El camino estaba cerrado, y volver para atrás era igualmente imposible.

Y aun no siéndolo, hubiera sido además insensato, pues era exponerse a caer en manos de los agentes de policía, los cuales, pasado el primer momento de estupor, no dejarían de invadir aquellos subterráneos tan singularmente descubiertos, y cuya existencia había ignorado hasta entonces la generación actual.

—¡Vamos pues! dijo Rocambole después de algunos momentos de silencio, es necesario vencer o morir.

—Soy bastante fuerte, dijo Milon, pero no seré yo quien me encargue de empujar ese pequeño guijarro.

—Si se pudiera socavar..... observó Marmouset.

—¿Con qué? No tenemos las herramientas necesarias.

—Es verdad.

—Y además, es peña viva.....

—¡Ah! exclamó Vanda, ¡mi corazón me lo decía!..... estamos condenados a morir aquí.

—Es posible, dijo Rocambole.

Paulina se echó de nuevo en los brazos de Polito.

Pero este, al mismo tiempo que la estrechaba convulsivamente, le decía:

—No llores, amiga mía; el caso no es tan desesperado; ¿no ves la calma de ese hombre?....

En efecto, Rocambole estaba tan tranquilo en este momento, como si se encontrase aun en la sala del gobernador de Newgate.

—Marmouset, dijo en fin, y tú Milon, escuchadme.

—Decid, capitán.

—¿No oís un ruido sordo?

—Sí.

—Es el Támesis, que se halla a poca distancia de nosotros.

—En efecto, así parece, dijo Milon.

—Examinad ahora la bóveda de esta galería... ¿Veis? está abierta en la roca.

—Sí, en la peña viva, repuso Marmouset, y como el enorme trozo que se ha desprendido es de la misma materia, no hay medio de pasar adelante.

—Esperad, añadió Rocambole. Uno y otro habéis manejado comúnmente en vuestra vida las armas de fuego, ¿no es verdad?

—¡Pardiez! exclamó Marmouset.

—Pues bien, seguid con atención mi razonamiento. Supongamos dos cosas: la primera, que esta parte de la galería está muy cerca del Támesis.

—Eso es seguro, dijo Milon.

—Supongamos además que siendo como es de granito y siguiendo en línea recta, es como el cañon de un fusil.

—Bien, repuso Marmouset.

—Y que ese enorme peñon que tenemos delante y que nos cierra el camino, es un proyectil.

—¡Bah! empiezo a no comprender! dijo Milon.

—Dado pues el cañon y el proyectil, prosiguió Rocambole, no perdamos de vista que poseemos pólvora.

—¡Ah! ¿Queréis hacer saltar el peñon?

—No, pero quiero lanzarlo hacia adelante.

—¡Ah!

—Y empujarlo hasta el fin de la galería, de donde caerá al Támesis.

—Eso me parece difícil, repuso Marmouset.

—¿Por qué?

—Porque la pólvora, no encontrando cerrado el tubo por esta parte, no tendrá punto de apoyo, y todo lo que conseguiremos con una nueva explosión será ocasionar otro hundimiento que nos entierre vivos esta vez.

—Marmouset tiene razón, dijo Vanda.

—No tiene razón, dijo fríamente Rocambole, pues no hay inconveniente cuando se sabe obviarlo.

Todos le miraron con ansiedad.

Pero él, siempre tranquilo e impasible, continuó fríamente dirigiéndose a Marmouset:

—Encuentras que falta la fuerza de resistencia, ¿no es verdad?

—Sí, la fuerza de resistencia que la pólvora encuentra en la recámara de un cañon, y que la obliga a producir su expansión hacia adelante.

—Pues bien, nada hay más sencillo que obtener eso.

—¡Ah!

—Milon, tú y yo vamos a empujar el barril hasta aquí, y a aplicarlo contra el peñon, con la mecha hacia atrás, bien entendido.

—¿Y después? preguntó Marmouset.

—Después amontonaremos contra el barril todas las piedras y peñascos más pequeños que tenemos a mano, todos los materiales que se han desprendido de la galería.

—Y levantaremos así una especie de muralla detrás del barril, ¿no es verdad, capitán? dijo Milon.

—Efectivamente, y construiremos esa muralla seis veces más espesa que el peñasco que queremos desalojar.

—¿Y cuántas horas creéis que nos tomará semejante trabajo?

—Seis horas al menos.

—¡Oh! exclamó Vanda, es inútil. Antes de seis horas..... ¿qué digo? antes de una hora tal vez, estaremos perdidos sin remedio.

—¿Y por qué razón?

—Porque la policía y la tropa van a invadir los subterráneos.

Rocambole hizo un movimiento de impaciencia.

—Estáis en un error, dijo. En primer lugar, detrás de nosotros todo es ruinas, y ese impedimento que nos corta toda retirada, nos protege al mismo tiempo contra la policía. En segundo lugar, es más que probable que nos crean muertos.

—¡Ah, es un grano de anís, seis horas! dijo Milon desalentado.

Rocambole se echó a reír.

—¿Te parece demasiado tiempo? dijo.

—¡Toma!.....

—Pues bien, supón que el muro de que se trata está ya construido.

—Bien.

—Y que no queda más que hacer que poner fuego al barril.

—¿Y qué?

—Tendríamos que esperar forzosamente siete u ocho horas.

Y como todos le miraban sin que nadie pareciese comprenderlo:

—El ruido sordo y continuo que oímos, añadió, nos prueba que estamos cerca del Támesis.

—Sí, dijo Milon.

—Y es la hora de la marea: de consiguiente nos es necesario esperar a que haya bajado el río.

—¿Por qué?

—Porque el trozo de roca que tenemos a la vista, en vez de ser impulsado hacia adelante, encontrará una fuerza de resistencia invencible en la columna de aire que aprisiona el río, y que existirá hasta que haya descendido más abajo del orificio del subterráneo.

—Todo eso es exacto, dijo Marmouset, pero me queda aún una objeción.

—Veamos.

—¿Cómo pegaremos fuego al barril, luego que se halle encerrado entre el peñon y el terraplén que vamos a construir?

—Por medio de la mecha, que haremos pasar entre las piedras.

—Pero esa mecha es demasiado corta.

—La alargaremos con un trozo de cualquiera de nuestras camisas cortada en tiras.

—Ya me había ocurrido también esa idea; pero la mecha no podrá nunca ser tan larga como lo exige la seguridad del que la pegue fuego.

—Eso no te importa, dijo Rocambole.

—¿Eh? exclamó Marmouset.

—Una persona basta para poner fuego, y esa persona seré yo.

—¿Quién?... ¡vos! exclamaron a la vez Milon, Vanda y Marmouset.

—Yo, repitió tranquilamente Rocambole, sonriéndose de una manera desdeñosa. He sido y soy aún, según vosotros, vuestro jefe. En su consecuencia, cuando yo ordeno debéis obedecer. ¡Manos a la obra!


II

Esta órden no tenía réplica para aquellos hombres acostumbrados toda su vida a seguir las inspiraciones de un jefe que había logrado fanatizarlos.

En cuanto a William y Polito se hallaban dominados por aquella situación extraña.

Además, la hora del peligro estaba lejos aún.

Así Marmouset se contentó con inclinarse hacia Milon, diciéndole al oído:

—Trabajemos en levantar el terraplén, y luego veremos.

—Eso es, repuso Milon.

Y se pusieron a la obra.

Ya sabemos que además de Marmouset, de Milon y de Vanda, de Polito y de Paulina, había además otras tres personas en el subterráneo.

Una de ellas era el marinero William, a quien había vencido en otro tiempo el Hombre gris.

Después, la Muerte de los Bravos, y en fin Juan el Carnicero, que un tiempo llamaron en el presidio Juan el Verdugo.

Estos no hubieran osado discutir, ni por un instante, una órden del jefe.

Rocambole hizo una seña, y los tres volvieron atrás en busca del barril de pólvora.

Milon los siguió inmediatamente.

El barril era muy pesado, pero empujado metódicamente por aquellos cuatro hombres, fue al fin arrancado del sitio que ocupaba hacía doscientos años.

Arrimáronlo pues a la peña, y lo volcaron al pie, dejando la mecha hacia atrás.

—Ahora, a construir el muro, dijo Rocambole.

Y consultó su reloj.

Todos llevaban antorchas encendidas.

Rocambole ordenó apagarlas, como ya lo habían hecho los tres que le habían ayudado a trasportar el barril.

—Una sola basta, añadió apoderándose de la que tenía Marmouset y entregándola a Paulina, que debía alternar con Vanda para alumbrar a los trabajadores.

—El capitán es precavido, murmuró Milon.

—Hace bien, respondió Marmouset en voz baja. Estamos obligados a permanecer aquí siete u ocho horas al menos, y si gastamos todas las antorchas a la vez, corremos el riesgo de quedarnos en tinieblas.

En seguida, dando Rocambole el ejemplo, todos pusieron manos a la obra.

Los peñascos y escombros esparcidos acá y allá, fueron trasportados por los compañeros de Rocambole, y a medida que llegaban, este y Milon, haciendo el oficio de albañiles, los iban colocando, igualándolos con sus piquetas en caso de necesidad, y afirmándolos con tierra y casquijo.

El muro subía poco a poco.

Cuando llegó a dos pies del suelo, tomaron la mecha con precaución y la alargaron añadiendo la camisa de algodón de Juan el Carnicero, cortada en tiras muy delgadas.

Después la hicieron pasar por encima del muro, dejándola colgar hacia fuera.

Rocambole dispuso alrededor de ella varias piedras pequeñas, formando así en todo el espesor del muro un estrecho agujero semejante al oído de un cañon.

Hecho esto, y protegida así perfectamente la mecha, continuaron con grande actividad el muro.

Cada uno traía a toda prisa su piedra, y la muralla iba subiendo, subiendo... más rápidamente de lo que habían creído.

Cuatro horas después, tocaba ya a lo alto de la bóveda.

De este modo, quedó encerrado el barril de pólvora entre el peñon que obstruía el subterráneo y el muro o terraplén que acababan de construir, y que tendría diez o doce pies de espesor.

Según los cálculos de Rocambole, debía tener una fuerza de resistencia triple de la del peñasco.

Concluido todo, Rocambole consultó su reloj.

—¿Ha llegado el momento? preguntó Milon.

—No, todavía no, repuso Rocambole.

—Sin embargo hay un buen trozo de tiempo que trabajamos.

—Cuatro horas solamente.

—¡Ah!

—Y la marea no ha bajado todavía.

Milon suspiró y guardó silencio por algunos instantes.

—¿Cuánto tiempo nos queda? dijo en fin.

—Tres horas.

—¡Ah! en ese caso los policemen tienen tiempo de venir.....

—Es de esperar que no vengan, dijo Rocambole con calma.

Y se sentó en una de las piedras que habían quedado sin empleo en medio de la galería.

Todos sus compañeros lo rodearon en seguida.

—Prestadme ahora atención, dijo, y preparaos a obedecerme sin discutir mis órdenes.

A estas palabras se siguió un profundo silencio. Hubiérase podido oír volar una mosca en el subterráneo.

Rocambole prosiguió:

—Creo firmemente que lograremos salir de aquí. Sin embargo, puedo engañarme en mis cálculos.

—No me lo parece, dijo Marmouset.

—Ni a mí tampoco, pero en fin es necesario suponerlo todo.

—Bueno, murmuró Milon.

—Si no podemos lanzar el peñasco hacia el río, dirigiendo así la fuerza de proyección al aire libre, estamos expuestos a un nuevo hundimiento.

—Y entonces, dijo Vanda, pereceremos todos bajo los escombros.

—Tal vez sí y tal vez no, repuso Rocambole.

Y sonriéndose tristemente, añadió:

—Cuando llegue la hora de poner fuego a la mecha, os iréis todos al otro extremo del subterráneo, y no os detendréis hasta llegar a la sala circular donde nos esperaba esta joven.

Y designó a Paulina con el gesto.

—Pero, ¿y vos, capitán?

—No se trata de mí ahora. Os hablo y debéis escucharme.

Estas palabras fueron pronunciadas con tono duro e imperioso, y todos bajaron la cabeza.

—La explosión tendrá lugar, continuó. Entonces, una de dos cosas: o el peñasco será violentamente lanzado hacia adelante, como una bala de cañon.......

—O seremos todos aplastados, añadió Marmouset.

—Vosotros no; yo solo.

—Eso es precisamente lo que no queremos, dijo Vanda.

—Pero eso es absolutamente lo que yo quiero.

—Hay sin embargo una cosa muy sencilla, murmuró Milon.

—¿Cuál?

—Echar a la suerte el que debe pegar fuego.

—Tienes razón en apariencia, dijo Rocambole.

—Ya veis...

—Pero no la tienes en realidad.

—¿Por qué? preguntó Milon.

—Porque si se arruina esta parte de la galería, todo camino quedará cerrado para los que se hallen en la sala circular.

—Bien, pero.....

—La fuga será imposible, todos caerán en manos de la policía, y si yo me hallo entre ellos seré ahorcado. Ahora bien, morir por morir, prefiero morir aquí.

Este razonamiento era tan lógico, que nadie replicó una palabra.

—Vosotros, por el contrario, prosiguió Rocambole, no sois culpables, ni estáis incriminados; y aun admitiendo que en el primer momento os pongan presos, no os costará trabajo alcanzar la libertad.

—¿Quién sabe? dijo Milon.

—Conozco la ley inglesa, repuso Rocambole, y estoy seguro de lo que digo.

—¿Y qué nos importan la vida y la libertad si vos morís? exclamó Vanda.

—Continuaréis mi obra, dijo fríamente Rocambole.

Milon se engañó sobre el sentido de estas palabras.

—¡Ah! no!... lo que es eso, no! dijo con cólera, basta con lo hecho por los fenians... por esos miserables que son causa.....

—¡Silencio! Milon; basta de necedades! dijo Rocambole con acento imperioso.

Y volviéndose a Vanda, añadió:

—Tú, escúchame.

—Decid.

—Si la hipótesis de que hablo llega a realizarse; si quedo enterrado en estas ruinas, y si vosotros lográis salir de aquí, presos o no; tan luego como seas dueña de tus acciones, te pondrás inmediatamente en busca de miss Ellen.

—Se halla en el vapor que nos espera a la salida del subterráneo.

—Ya lo sé. Pero como no puede esperarnos indefinidamente, la buscarás donde quiera que se halle.

—Bien, ¿y qué haré!

—Iréis juntas a Rotherhithe, al otro lado del Támesis, cerca del túnel.

—Bueno, repuso de nuevo Vanda.

—Allí buscaréis Adam street, una callejuela estrecha y sombría que os haréis indicar, y entraréis en la casa señalada con el número 17.

—Muy bien.

—En el tercer piso de esa casa vive una pobre vieja que llaman Betzy-Justice. Procurarás hablarla, y le presentarás esto.

Y Rocambole sacó al mismo tiempo una pequeña medalla de plata que llevaba suspendida al cuello con un cordón de seda.

—¿Y después? preguntó Vanda.

—Entonces Betzy-Justice te dará unos papeles.

—¡Ah! ¿y deberé leerlos?

—Sí, y por ellos sabréis, tú y mis demás compañeros, lo que os queda que hacer.

—Está bien, dijo Vanda.

Rocambole consultó de nuevo la hora.

—¿Qué día del mes es hoy? preguntó.

—El 14, respondió Marmouset.

El jefe pareció reflexionar por algunos instantes.

—Me había engañado, dijo en fin; la marea avanza hoy una hora.

—¡Ah!

—Y en este momento debe ya estar libre el orificio de la galería.

—Entonces..... ¿ha llegado el momento? preguntó Vanda temblando.

—Dentro de diez minutos.

Milon se arrojó entonces a los pies de Rocambole.

—Capitán, dijo, en nombre de Dios concededme una gracia.

—Habla.

—Permitidme permanecer a vuestro lado.

—Sea, dijo Rocambole.

Milon lanzó un grito de alegría.

Entonces el jefe se acercó a Vanda y la estrechó afectuosamente entre sus brazos, y luego abrazó sucesivamente a cada uno de sus compañeros.

—¡Ahora, alejaos! dijo.

Y todos obedecieron.

Vanda se alejó también, pero volviéndose a cada paso.

—¡Más de prisa! gritó Rocambole.

Después, cuando todos desaparecieron a lo lejos, se volvió a Milon y le dijo:

—¿Estás pronto?

—Ahora y siempre, respondió el coloso.

—¿No tienes repugnancia en ir de este modo a la eternidad?

—Con vos, ninguna.

—Está bien. En ese caso..... ¡en camino!

Y diciendo esto, Rocambole aproximó la antorcha a la mecha y la pegó fuego.

En seguida se cruzó de brazos y esperó.

Milon permaneció tan impasible como él.

Y la mecha en tanto ardía lentamente, y el fuego llegaba ya al muro que la separaba del barril...


III

Vanda se había vuelto muchas veces, y se iba quedando atrás, mientras que los compañeros de Rocambole se alejaban del barril de pólvora y se refugiaban en la sala circular.

—¡Más de prisa! había gritado el jefe, ¡más de prisa!

Y Marmouset, que iba al frente de todos, había precipitado el paso.

Así llegaron a la sala circular.

Marmouset dijo entonces a Vanda:

—Estamos a cuatrocientos metros de distancia del barril; pero como esa galería subterránea va en línea recta, podemos ver desde aquí la explosión.

Dicho esto, fue a fijar la antorcha entre dos piedras, dejándola a su espalda, y entonces pudieron ver a Rocambole y Milon a lo lejos, gracias a la claridad de la antorcha que habían conservado.

Ambos se hallaban de pie e inmóviles, esperando la explosión.

Vanda temblaba como una azogada.

Pero no por ella, pues más de una vez había probado ya su heroísmo y su desprecio de la vida; sino por Rocambole, a quien amaba siempre, a pesar de haber renunciado hacía tiempo a su amor.

En esto trascurrían los minutos.

Minutos que parecían siglos en situación tan angustiosa.

—¡Oh! es demasiado largo! decían los otros.

—No, respondió Marmouset, la mecha es larga y arde lentamente; es necesario esperar que se consuma.

Y añadió volviéndose de repente:

—Echaos todos en tierra.

—¡Por qué? preguntó la Muerte de los Bravos.

—Porque la explosión va a haceros perder pie violentamente, y si esperáis ese momento, arriesgáis romperos un brazo o una pierna.

Todos obedecieron, excepto Vanda.

—Yo quiero ver lo que sucede, dijo.

Y continuaba siempre con los ojos fijos en Milon y Rocambole, que le aparecían en lontananza, en medio del círculo de luz que formaba la antorcha, como dos seres idos como a una pequeñez fantástica.

—¡Pues bien!... yo quiero ver igualmente, dijo Marmouset.

Y como Vanda, permaneció de pie.

Pero en aquel momento la mecha inflamada se puso en contacto con el barril.

Jamás explosión tan formidable había llegado a oídos humanos.

La conmoción fue tal que Vanda y Marmouset cayeron la faz contra tierra, violentamente empujados por una fuerza irresistible.

Mas tal era su fuerza de voluntad, que a pesar de tan terrible caída, permanecieron con los ojos abiertos.

¡Oh! milagro!

En lugar de la antorcha que alumbraba a Rocambole y a su compañero y que se había apagado bruscamente, apareció al otro extremo del subterráneo una luz argentada, redonda como la luna.

El barril de pólvora, al saltar como una mina, había al mismo tiempo echado la muralla para atrás y lanzado el peñasco hacia adelante.

Rocambole no se había engañado en sus cálculos: la galería había hecho el oficio de un cañon.

Aquella luz que brillaba a lo lejos era la del día, el día a orillas del Támesis.

Casi al mismo instante, dos sombras se agitaron en el suelo.

Eran Milon y Rocambole que, echados también violentamente a tierra, se levantaban vivamente.

La voz del capitán llegó a los oídos de Marmouset y de Vanda.

—¡Adelante! gritaba, adelante!

Y le vieron, así como a Milon, que se lanzaban a la carrera hacia el punto luminoso, es decir, hacia el orificio de la galería.

Los demás compañeros de Marmouset y de Vanda se habían levantado igualmente.

—¡Adelante! repitió Marmouset.

Y todos corrieron para ir a reunirse con Rocambole y Milon.

Pero en el mismo instante un ruido terrible, como si se desplomase todo el subterráneo, se dejó oír delante de ellos; una formidable columna de viento pasó sobre sus cabezas como una tromba..... y la luz blanca desapareció de golpe.

El suelo seguía temblando, como hacía algunas horas, y Marmouset que iba delante de todos, se detuvo bañada en sudor la frente.

Era la bóveda de la galería que se desplomaba de nuevo, amontonando enormes trozos de piedra que cerraban por segunda vez el subterráneo.

Un terror indescriptible se apoderó esta vez de los compañeros de Rocambole.

Las antorchas se habían apagado, y las más profundas tinieblas envolvían a Marmouset, a Vanda y los que los seguían.

La trepidación del suelo continuaba, y por momentos se oían crujidos sordos a corta distancia.

—¡Estamos perdidos! exclamó Vanda.

—¿Quién sabe? repuso Marmouset.

Su antorcha se había apagado, pero la conservaba en la mano.

—Ante todo es necesario ver, dijo.

Y sacando su caja de fósforos, encendió de nuevo la antorcha.

Los crujidos de la bóveda habían cesado, el suelo no temblaba bajo sus pies, y todo había vuelto a entrar en silencio.

—¡Adelante! repitió Marmouset.

—¡Adelante! gritó Vanda.

Polito llevaba en brazos a su amada Paulina, que se había desmayado de miedo.

Marmouset, con la antorcha en la mano, iba siempre al frente de la reducida tropa.

Así llegaron al sitio donde había estallado el barril, y pasaron sobre los escombros de la muralla.

Desde allí se veían las paredes de la galería destrozadas acá y allá por el paso del peñasco que había caído al Támesis.

—Sigamos adelante, dijo Marmouset.

Y continuaron avanzando.

En fin, a los pocos minutos, llegaron al paraje donde la luz del cielo había desaparecido de repente.

Un enorme peñon, todavía mayor que el primero, se había desprendido de la bóveda, y cerraba la galería formando un muro impracticable.

Marmouset y Vanda se quedaron mirándose, pálidos, mudos, temblando de emoción.

La misma pregunta venía a sus labios, y ni uno ni otro se atrevían a hacerla.

¿Qué había sido de Rocambole?

¿Había perecido acaso en aquel hundimiento?

¿O bien el peñon había caído detrás de él, separándolo de sus compañeros, pero dejándole tiempo suficiente para llegar al Támesis?

En fin, Vanda pareció salir de su abstracción y pronunció una palabra, una sola palabra.

—¡Esperemos! dijo.

—Esperemos, repitió Marmouset.

Y ambos miraron a sus compañeros que parecían anonadados, poseídos de un desaliento mortal.

—Amigos míos, les dijo Marmouset, no hay que pensar siquiera en seguir adelante: ya lo veis, el camino está cerrado.

—Pues bien, dijo Juan el Verdugo, volvamos para atrás, y si vienen las gentes de policía..... ya veremos.

Vanda no hizo la menor observación: esta última catástrofe la había anonadado, y su imaginación no sabía fijarse sino en la horrible duda que la oprimía.

—¿Rocambole estaba vivo o muerto?

Esta era su sola preocupación, su única idea. Lo demás le era indiferente.

La Muerte de los Bravos dijo a su vez:

—No me queda duda, el capitán y Milon han podido salvarse.

Marmouset no respondió a esta aserción.

Volvieron pues para atrás, y se detuvieron de nuevo en la sala circular. Marmouset dio el ejemplo, y colocándose en medio de sus compañeros, dijo:

—Ahora, amigos míos, acordemos entre todos el partido que debernos tomar.

Y señalando con la mano la galería central, por donde algunas horas antes habían venido de Newgate, añadió:

—Ya sabemos adónde ese camino conduce.

—¡Mil gracias! dijo el marinero William, ¿queréis acaso que vayamos a entregarnos a los policemen?

—No arriesgaríamos en ello gran cosa.

—Arriesgaríamos en primer lugar el ser estrechamente encerrados.

—Yo me haría poner en libertad bien pronto.

—Vos, tal vez, pero yo..... que soy Inglés.

Polito había colocado a Paulina en tierra, sosteniéndola entre sus brazos; y la pobre joven empezaba a volver en sí, y preguntaba qué era lo que había pasado.

Polito la tranquilizó como pudo, y viéndola ya en estado de sostenerse, tomó una antorcha y la encendió en la que llevaba Marmouset, y dijo adelantándose:

—Voy a explorar un poco ese camino.

Y entró por la galería.

Pero no había andado cincuenta pasos, cuando volvió para atrás y vino a reunirse con sus compañeros.

—No debemos perder el tiempo en discurrir sobre cosas inútiles, dijo.

—¿Eh? exclamó Marmouset.

—No hay nada que temer de la policía.

—¿Qué quieres decir?

—Que una parte de esa galería se ha arruinado y se halla perfectamente cerrada.

—¡Ah!

—Lo que hace que estamos enterrados aquí.

—Enterrados, dijo la Muerte de los Bravos, y condenados a morir de hambre.

Marmouset se encogió de hombros.

—¡Bah! dijo con desdén, debemos fiar en nuestra estrella que nos ha favorecido hasta ahora.

Todos se quedaron mirándolo.

—Ahí tenéis otra galería que no hemos explorado aún, añadió.

—¡Es verdad! dijo Vanda.

—¿Quién sabe adónde conduce?

—Veamos de todos modos.....

Y Marmouset sacudió su antorcha y penetró por la tercera galería.

Esta, como sabemos, en vez de seguir un plano inclinado, subía al contrario poco a poco.

Marmouset se volvió hacia sus compañeros.

—Esta galería, dijo, que yo creía antes cegada, se divide en dos ramales, y sube de manera, que tal vez llegaremos pronto al nivel del suelo.....

—Sigamos adelante, dijo la Muerte de los Bravos.

Pero de repente, Marmouset se detuvo y apagó vivamente su antorcha.

—¡Silencio! murmuró en voz baja.

Polito se detuvo también a su vez diciendo:

—¡Que nadie se mueva!

En medio del profundo silencio que reinaba en aquellas catacumbas, un ruido extraño había llegado de pronto a oídos de Marmouset.

Pero no un ruido sordo y lejano como el que produjeran los primeros hundimientos, ni el fragor del viento y del suelo agitados.....

Aquel rumor, al principio indefinible, era el murmullo de voces humanas.

¿Eran acaso los policemen?

¿O bien algunos fenians que venían en busca del que habían prometido libertar?

Y a tiempo que Marmouset se hacía esta pregunta y recomendaba el silencio a sus compañeros, las voces se hicieron más distintas y una luz apareció en el fondo de aquel subterráneo.

Luego pudieron distinguir a un hombre que llevaba una linterna en la mano.

Y Marmouset, después de un momento de duda, llegando al fin a reconocer a aquel hombre, exclamó:

—¡Es Shoking!—¡Nos hemos salvado!


IV

Marmouset no se había engañado.

El hombre que tan providencialmente llegaba, era Shoking en efecto.

Shoking que venía con una linterna en la mano, alumbrando a otra persona que marchaba a su lado, y que Marmouset reconoció igualmente.

Era uno de los jefes fenians que habían prometido salvar al Hombre gris.

Marmouset al ver esto, se volvió hacia los que le seguían, y que también se habían parado a su ejemplo, y les dijo:

—Podemos avanzar. Son amigos.

Shoking se adelantaba en tanto, y acabó por percibirlos a su vez.

Y reconociendo a Marmouset, lanzó un grito de alegría y vino a echarse en sus brazos.

—¡Ah! exclamó, hace largo tiempo que os andamos buscando.

—Así es, dijo el fenian.

—Y grande era nuestro temor de que hubieseis perecido o de que os hallaseis enterrados vivos, prosiguió Shoking.

Al mismo tiempo buscaba con la vista a Rocambole y, no hallándolo, exclamó:

—Pero, ¿dónde está el Hombre gris?

Marmouset movió tristemente la cabeza.

Shoking dejó escapar un grito ahogado.

—¿Muerto? murmuró.

—Esperamos que así no sea, repuso Marmouset.

—¡Cómo!... ¿Qué queréis decir? preguntó Shoking fijándose en Marmouset en el colmo de la ansiedad.

Este le contó en dos palabras todo le que había pasado.

Entonces volvió a aparecer la sonrisa en los labios de Shoking.

—Estoy tranquilo, dijo.

Y como Vanda, Marmouset y los demás le miraban con curiosa extrañeza, el buen Shoking añadió:

—Yo he vivido largo tiempo en compañía del jefe, y puedo asegurar que, si no lo habéis visto muerto, es que se ha escapado de la catástrofe. Yo lo conozco.

La confianza de Shoking se comunicó a todos los demás, excepto a Vanda que no participó de ella.

Los más siniestros presentimientos seguían agitando su espíritu.

—En fin, dijo Marmouset, ¿cómo habéis llegado hasta aquí?

—Veníamos en busca vuestra, respondió el jefe fenian.

—¡Ah!

—Os habéis anticipado a nosotros, y contrariado de consiguiente mis planes. Si ha sucedido una desgracia, a nadie debéis culpar sino a vosotros mismos, dijo aquel hombre con una calma enteramente británica.

Marmouset se sintió herido y se irguió con altivez.

—¿Lo creéis así? dijo.

—Sin duda, repuso el jefe fenian con la misma flema. Si no hubierais dudado de mi palabra..... no os hubierais puesto en acción.....

—¡Veamos! dijo Shoking interviniendo, no es esta la ocasión ni el momento de empeñar una discusión: lo que importa es salir de aquí cuanto antes, pues puede desplomarse todavía alguna parte del subterráneo.

—Pero, ¿por dónde habéis venido? preguntó Marmouset.

—Por la tercera salida.

Esto parecía indicar claramente que Shoking conocía las otras dos.

Y como Marmouset al oírlo hiciese un gesto de sorpresa, el buen Shoking añadió:

—Los fenians conocían mejor que vos la existencia del subterráneo.

—¿De veras?

—Y contaban volar una parte de Newgate, si no os hubierais dado tanta prisa.

—Pero en fin, preguntó Marmouset, ¿cuál era su plan?

—Voy a decíroslo, respondió el jefe fenian. Por nuestras órdenes, se habían colocado seis barriles de pólvora.

—Bien.

—Tres en los subterráneos, y los otros tres contra los muros mismos de la prisión.

—¿Y después?

—Como habéis visto, pusieron fuego a los de los subterráneos, que estaban destinados a derribar una parte de las casas de Old-Bailey.

—¿Con qué objeto?

—Con el de producir tal confusión y desorden que, haciendo volar de seguida los muros exteriores de Newgate, nos hubiera sido fácil sacar de allí al Hombre gris.—Uno solo de los barriles ha saltado.

—¿Y los que estaban junto al muro de la cárcel?

—Cuando hemos sabido que estabais con el Hombre gris en los subterráneos, nos hemos apresurado a arrancarles la mecha.

—Pero entonces, ¿Old-Bailey se ha desplomado?

—No.

—¿Cómo pues?

—Solamente una casa de Sermon Lane se ha venido abajo; pero el fracaso ha sido tal, que nadie ha podido comprender bien la causa de ese hundimiento espantoso.

—Entonces..... ¿la cárcel de Newgate ha quedado en pie?

—Sí, y han libertado al gobernador, que ha referido vuestra evasión. En su consecuencia han bajado a los subterráneos, pero han tenido que volverse atrás.

—¿Por qué?

—En primer lugar porque los hundimientos continuaban, y luego, porque el camino que habíais seguido se hallaba cerrado.

—¡Ah! es verdad! dijo Marmouset recordando que Polito no había podido penetrar en aquella galería.

Y después añadió:

—Pero en fin, ¿vos habéis tomado otro camino?

—Sin duda.

—Entonces... ¿podemos salir de aquí?

—Cuando queráis, dijo Shoking. Seguídme.

Y echó a andar por el camino que había traído.

Marmouset y los demás le siguieron de cerca, y al cabo de un cuarto de hora de marcha, se encontraron en fin al pie de una escalera.

—¡Ah! dijo Marmouset, ¿adónde se sube por aquí?

—A la bodega de un public-house.

—Cuyo dueño es uno de los nuestros, añadió el jefe fenian.

—¿Y dónde se halla situado ese public-house?

—En Farringdon street.

—En ese caso nos hallamos ahora al este de Newgate.

—Así es.

Shoking tomó por la escalera seguido de todos los demás.

Vanda cerraba la marcha.

Hubiérase dicho que la pobre joven dejaba su alma en aquellos subterráneos: de tiempo en tiempo, sin dejar de seguir a los otros, volvía hacia atrás la cabeza y murmuraba:

—Tal vez a esta hora se halla destrozado y sangriento..... y respirando aún, enterrado bajo las piedras.......

La escalera tendría unos treinta peldaños.

Al llegar al último, la cabeza tocaba a una trampa que estaba echada en aquel momento.

Shoking la levantó, y Marmouset que lo seguía se halló en la sala baja del public-house, donde todos se encontraron al fin reunidos.

Los postigos de la tienda estaban cerrados.

Además era ya bien entrada la noche, y el publican había despedido a sus parroquianos y se hallaba solo.

Él buscó también con la vista al Hombre gris, y pareció admirarse de no verlo entre las numerosas personas que llegaban.

Marmouset dijo entonces a Shoking:

—Nos hallamos en Farringdon street, ¿no es esto?

—Sí.

—¿Más arriba o por bajo de Fleet street?

—Más abajo.

—Por consiguiente, muy cerca del Támesis, ¿no es así?

—Ciertamente.

—Pues bien, es necesario ponernos de seguida en busca del capitán.

—Eso es tanto más fácil, repuso Shoking, cuanto que tengo una lancha cerca de Temple Bar.

—Entonces partamos, dijo Marmouset.

—Yo voy a acompañaros, dijo Vanda.

—Y yo también.....

—Y yo también... exclamaron a un tiempo los demás.

—No, dijo Marmouset con tono de autoridad. Vosotros permaneceréis aquí y esperaréis a que yo vuelva.

En ausencia del capitán, Marmouset era ciegamente obedecido. Así, todos bajaron la cabeza, y ninguno presentó la menor objeción.

En cuanto a Polito, no disimuló su satisfacción de quedar allí tranquilo por algún tiempo, pues la pobre Paulina se hallaba destrozada de fatiga y mal repuesta aún de tan terribles emociones.

Marmouset, Shoking y Vanda salieron pues del public-house, y se dirigieron por la ancha vía que toma al principio el nombre de calle y después el de camino de Farringdon.

La noche era oscura y brumosa.

Sin embargo, de vez en cuando un rayo de luna lograba desgarrar la niebla, y su dudosa claridad argentaba por un instante las sombrías calles de Londres.

Esto explicaba aquella luz blanquecina que Marmouset y sus compañeros habían visto un momento después de la explosión, por el orificio del subterráneo.

Vanda y sus dos compañeros descendieron pues a orillas del Támesis, y continuaron por el malecón hasta llegar al sitio donde Shoking tenía amarrado su barco.

Todos entraron en él y Shoking tomó los remos.

—Puesto que los fenians conocían los subterráneos, dijo entonces Marmouset, vos debéis saber sin duda dónde se halla la entrada de la galería que da al Támesis.

—Vamos directamente hacia ella.

—¿Está lejos? preguntó Vanda temblando.

—Llegaremos dentro de diez minutos.

Y Shoking se puso a remar vigorosamente.

En fin la barca, que había tomado un momento el largo, se acercó poco a poco a la orilla, y Shoking, levantando los remos, la hizo derivar.

La lancha fue a dar contra unas matas espesas que cubrían por aquella parte todo el ribazo.

—Aquí es, dijo Shoking.

Marmouset que tenía la vista penetrante, examinó las malezas y dijo volviéndose a Vanda:

—Estoy convencido de que nadie ha pasado recientemente por aquí.

—¡Oh! Dios mío!

—El capitán y Milon no han salido del subterráneo.

—¡Ah! dijo Vanda con acento desgarrador, ¡sin duda han perecido!

Marmouset no respondió una palabra.

Apartó con un remo la maleza, y poniendo a descubierto una ancha abertura, saltó vivamente de la barca.

—¿Has traído la linterna? preguntó a Shoking.

—Sí, respondió este, pero no la encenderemos hasta estar ahí dentro.

Y en seguida penetraron los tres en el subterráneo.

Entonces Shoking se puso a encender su linterna; pero apenas una dudosa claridad empezó a alumbrar aquella tenebrosa entrada, cuando Vanda y Marmouset lanzaron a un tiempo un grito de espanto.....


V

Al oír aquel grito, lanzado simultáneamente por Vanda, Marmouset y Shoking, hubiera podido creerse que acababan de descubrir los cadáveres mutilados de Rocambole y Milon.

Pero no era así sin embargo.

Lo que les había producido tan violenta impresión era el haber hallado cerrada por una enorme roca la entrada de la galería.

Ahora bien, aquella roca no podía ser la que, desde la sala circular, Marmouset y sus compañeros habían visto desplomarse detrás de Rocambole y Milon.

Era otro hundimiento casi a la salida del Támesis.

De consiguiente podía suponerse con fundamento que los desplomes que se habían efectuado detrás de los fugitivos continuaron delante de ellos, y que habían perecido entre las ruinas.

Por lo demás, había una manera segura de convencerse de ello.

Después de haber examinado las espesas yerbas que cubrían la entrada de la galería, Marmouset creyó haber adquirido la certeza de que nadie había pasado recientemente por aquel sitio.

Pero existía otro medio de comprobación mucho más elocuente.

A la hora de la marea alta, las aguas del Támesis invadían el subterráneo, ocupando un espacio de muchos metros; y luego, al retirarse, dejaban una espesa capa de cieno, la cual debía conservar necesariamente las huellas de Milon y de Rocambole.

Pero Marmouset buscó en vano el menor vestigio: en vano registró todo el suelo con ayuda de la linterna. Ningún pie humano había hollado recientemente aquel sitio.

Además, la peña desprendida de la bóveda estaba enteramente seca; lo que probaba evidentemente que su caída era posterior a la retirada de las aguas.

Vanda, Marmouset y Shoking se miraban pues con un temor indecible.

La duda no podía prolongarse por más tiempo.

O Rocambole y Milon habían perecido bajo aquel desplome a tiempo que huían; o bien habían quedado encerrados entre los dos peñascos que se desprendieron a cierta distancia uno de otro.

Esta última hipótesis era la única y suprema esperanza que Vanda podía conservar aún.

La pobre joven miraba a Marmouset, retorciéndose las manos con desesperación, y murmuraba sin cesar:

—¿Qué hacer? ¡Dios mío!... ¿qué hacer?

—¡Oh! por mi parte no lo sé tampoco, repuso Marmouset.

Pero de pronto tuvo una inspiración.

Entregó la linterna a Shoking y, aproximándose al peñon que cerraba la galería, se acostó por tierra casi debajo de él y aplicó el oído.

Vanda le contemplaba sin comprender bien lo que hacía.

Marmouset escuchaba.......

Escuchaba, sabiendo que ciertas piedras de materia calcárea poseen una sonoridad prodigiosa.

Esta experiencia se semejaba algún tanto a la del médico cuando asculta el pecho de un hombre que no da signo de vida, a fin de convencerse de que el corazón ha dado su último latido.

La ansiedad de los actores de esta escena acrecía por momentos, cuando de repente Marmouset levantó la cabeza, y su rostro pareció iluminarse.

—Oigo alguna cosa, dijo.

—¿Qué? preguntó Vanda con voz ahogada, y precipitándose hacia él.

—Oigo un ruido sordo y lejano, que se parece a veces al murmullo del agua que brota de un manantial, a veces a la voz humana.

Vanda apoyó a su vez el oído contra la peña.

—Yo también, dijo, oigo alguna cosa.

—¡Ah!

—Y no es, añadió con un gesto de alegría, el ruido del agua.

—¿Estáis segura?

—Sí, es una voz humana. Esperad....... esperad.......

Y Vanda siguió escuchando.

—Sí, añadió después de un momento de silencio, no es una sola voz, son dos. Y se aproximan....... ¡Ah!

Y Vanda arrojó un grito de alegría.

—¿Qué oís? preguntó con ansiedad Marmouset.

—Es la voz de Rocambole..... sí, no me equivoco, y la de Milon... la una clara y sonora, la otra grave y profunda.

Y después de decir esto, Vanda se puso a gritar:

—¡Capitán!..... Capitán!

—¡Silencio! dijo Marmouset.

Y como la joven le mirase con extrañeza:

—Esperad que me explique, dijo, y no gritéis inútilmente.

—¿Inútilmente?

Y Vanda, fuera de sí de alegría, contemplaba a Marmouset y parecía preguntarse si el joven no había perdido algún tanto el juicio.

Este, antes de responder, volvió a escuchar a su vez por algunos instantes, y después añadió:

—En efecto, tenéis razón.

—¡Ah!... ¿es verdaderamente la voz de nuestros amigos lo que hemos oído?

—Sí.

—Entonces.....

—Yo los he reconocido lo mismo que vos: no me queda duda.

—Y bien, ¿por qué os oponéis entonces a que los llame?..... ¿por qué no queréis que sepan?.....

—No sabrán nada, amiga mía.

—¡Ah!

—Por la sencilla razón de que no os oirán.

—Nosotros los oímos bien. Marmouset se echó a reír.

—No es la misma cosa, dijo.

—¿Por qué razón?

—Porque en el interior del subterráneo, y en un corto espacio cerrado por dos peñascos, los sonidos toman una intensidad que no puede existir aquí donde nos hallamos casi al aire libre.

Esta razón no tenía réplica.

Marmouset prosiguió:

—El rumor que llega hasta nosotros es el de dos personas que hablan. Esto me tranquiliza, porque si nuestros amigos estuvieran heridos, se quejarían.....

—Es verdad, dijo Vanda.

—Se hallan pues sanos y salvos.

—Sí, pero están presos en un lugar sin salida, y acabarán por morirse de hambre.

—Nosotros los libertaremos, dijo fríamente Marmouset.

—¿Cómo?

—¡Oh! repuso el joven, tranquilizaos. Ya comprendéis que no hay que pensar en emplear la pólvora.

—Ciertamente que no.

—Ni menos en zapar esa roca, cualesquiera que sean los instrumentos que poseamos. Sería inútil.

—¿Qué hacer entonces?

—Salgamos de aquí, volvamos a la lancha, tomemos a lo largo del Támesis..... y yo os lo diré.

Marmouset se expresaba con tal tranquilidad, que Vanda sintió renacer su esperanza.

En cuanto a Shoking, como ambos hablaban en francés, no había comprendido gran cosa.

Todo lo que hasta entonces sabía, era que su amo y Milon estaban vivos, puesto que se les oía hablar a través de la peña.

Marmouset volvió al barco y Vanda le siguió.

Shoking tomó de nuevo los remos, y Marmouset le dijo entonces en inglés:

—Gobierna hacia el centro del río, y mantén el barco en línea recta de la galería.

—Para eso, respondió Shoking, es necesario empezar por subir la corriente.

—Sea, dijo Marmouset.

—Después dejaré derivar el barco perpendicularmente hacia la entrada del subterráneo.

—Eso es, repuso Marmouset.

Y de pie, en la popa de la lancha, fijó obstinadamente la vista en la orilla izquierda del Támesis.

Vanda lo observaba sin comprenderlo.

La barca subió el río hasta el sitio llamado de los Monjes Negros, y ya allí, Shoking la hizo derivar.

Marmouset no perdía de vista ninguna de las casas viejas y ahumadas que orillan el Támesis por este paraje.

De repente pareció fijarse en una de ellas y la examinó con atención.

—Allí es, dijo.

—¿Qué? preguntó Vanda.

Pero Marmouset, en vez de contestarle, dijo perentoriamente a Shoking:

—Puedes ganar la orilla.

—¡Ah! exclamó Shoking.

Y los remos volvieron a caer en el agua.

Cinco minutos después, Marmouset saltaba en tierra, y seguido de sus compañeros, subía por Farringdon street.

—Pero, ¿adónde vamos? preguntó de nuevo Vanda.

—Seguídme, ya lo veréis.

La primera calle que se encuentra perpendicular a Farringdon, al subir de la orilla del Támesis, se llama Carl street.

Thames street es su continuación hacia el este.

Marmouset marchaba con paso tan rápido, que Vanda podía apenas seguirle.

Siguió por un corto espacio Carl street, y se detuvo de pronto delante de una casa, que era mucho más alta que las otras.

Aquella casa era la que había examinado desde el medio del Támesis.

—Ahora, dijo a Vanda, escuchadme con atención.

—Decid.....

—A menos que no me haya equivocado en mis cálculos, esta casa está precisamente encima de la galería subterránea.

—¡Ah!... ¿creéis?.....

—Y se encuentra entre los dos peñascos que encierran a Rocambole y Milon.

—¿Y bien?

—Esperad..... respondió Marmouset.

Y aproximándose a la puerta de aquella casa, llevando en la mano la linterna de Shoking, que había conservado, se puso a examinar detenidamente la puerta.

—Estaba seguro, dijo en fin.

—¿De qué? preguntó Vanda.

—Esta casa es la de un jefe fenian que llaman Farlane.—Mirad, su nombre está sobre la puerta:

Farlane Y Compañía.

—¿Y estáis seguro de que es un fenian?

—Sí.

Vanda miró cándidamente a Marmouset, como queriendo decirle:

—¡Diablo!... ¿seréis por ventura hechicero?

Marmouset se echó a reír.

—Escuchadme, dijo.

Y apagó la linterna, que entregó de seguida a Shoking.


VI

Ahora volvamos algunos pasos atrás y vengamos al momento en que tuvo lugar la última explosión de la galería.

La sacudida había sido tan fuerte, de una violencia tal, que Rocambole y Milon fueron derribados por tierra.

Pero apenas caídos, se levantaron con la misma presteza.

—¡Victoria! exclamó Rocambole, el camino está abierto.

Veíase en efecto la claridad de la luna por la abertura de la galería.

Y volviéndose en dirección de la sala circular, gritó a sus compañeros:

—¡Adelante!... Seguídme!

Y corrió hacia la salida.

Milon le seguía de cerca, y gritaba como él llamando a sus compañeros.

Así marcharon unos cuarenta pasos.

Pero ya hemos visto la catástrofe que tuvo lugar inmediatamente. De pronto un ruido espantoso, como el que produciría el desplome completo de un edificio, resonó a su espalda e hizo temblar violentamente el suelo del subterráneo.

Rocambole arrojó un grito y volvió la cabeza para atrás.

El primer hundimiento acababa de efectuarse, viéndose así separado de sus compañeros.

Pero Rocambole no perdía fácilmente su presencia de espíritu.

—¡Adelante! repitió dirigiéndose a Milon. Salgamos de aquí ante todo. Cuando nos hallemos fuera, ya encontraremos el medio de libertarlos.

—¡Adelante! repitió Milon.

Y siguió corriendo al lado de su antiguo capitán.

Así iban, y ya veían brillar ante ellos las aguas argentadas del Támesis, cuando un ruido, más espantoso aún que el primero, se dejó oír de repente y conmovió de nuevo la galería.

Esta vez, la luz de la antorcha que llevaban se apagó también, y se encontraron envueltos en las más profundas tinieblas.

La sacudida fue también tal, que rodaron de nuevo por tierra.

El suelo oscilaba y crujía como en medio de un violento terremoto; y a los hundimientos gigantescos que acababan de presenciar, se sucedían otros hundimientos parciales. Acá y allá caían piedras de todos tamaños, y una de ellas pasó rasando la cabeza de Rocambole.

Sin embargo, aparte de alguna contusión ligera, logró salir sano y salvo de aquel cataclismo.

Un momento después, la voz angustiada de Milon se dejó oír en medio de las tinieblas.

—¡Capitán!... Capitán! decía, ¿dónde estáis?

—Aquí, repuso Rocambole.

—¿Herido?

—No.

—Ni yo tampoco.

—No des un paso, dijo Rocambole, esperemos.......

En fin, a poco cesó el desplome y conmoción general y todo volvió a entrar en silencio.

Entonces se levantó Rocambole.

Milon en tanto murmuraba sin moverse de su sitio:

—Apostaría a que estamos enterrados; pero sea como quiera, no hemos tenido poca suerte.

Rocambole no había dejado escapar su antorcha, pero, como se comprende muy bien, esta se había apagado desde luego.

Pero Marmouset, al distribuir las antorchas a los que le seguían, había dado también a cada uno una cajilla de fósforos, y de consiguiente Rocambole tenía la suya.

—Capitán, dijo Milon, ¿puedo ya levantarme?

—Sí, pero no te muevas de tu sitio. Espera.

Y Rocambole buscó sus fósforos y encendió la antorcha.

Entonces Milon pudo convencerse de que estaba sano y salvo.

—¡Famosa suerte! repetía.

—No tan grande como te parece, dijo Rocambole.

—¿Por qué?

—Sígueme.

Y con la antorcha en la mano, fue andando hasta el derribo.

El subterráneo se hallaba cerrado de nuevo por un peñon enorme que, al caer, rompiendo sus ángulos salientes, había interceptado tan herméticamente el paso de la galería, como pudiera haberlo hecho un muro construido por los hombres.

—Ya lo ves, dijo Rocambole, no estamos más adelantados que hace una hora.

—Volvamos entonces para atrás, dijo Milon.

Así lo hicieron, y se encontraron bien pronto delante del otro hundimiento que se había efectuado a su espalda.

—¿Ves lo que te decía?... repitió Rocambole; no estamos más adelantados.

—Pero entonces, dijo Milon estremeciéndose, ¿estamos aquí presos?

—No, amigo mío, estamos enterrados en vida.

—¡Y ni herramientas ni pólvora! exclamó con angustia Milon.

Rocambole estaba un poco pálido, pero su fisonomía no había perdido su calma habitual.

—Veamos, pobre Milon, dijo, en vez de desesperarnos, es lo más acertado el que reflexionemos a sangre fría.

Milon se quedó mirándolo fijamente.

—Nuestra situación no es muy ventajosa que digamos, prosiguió Rocambole, pero en fin, no es enteramente desesperada.

—¡Ah!... ¿Lo creéis así? dijo Milon con ansiedad y abriendo su pecho a la esperanza.

—Escúchame bien, añadió Rocambole: Marmouset y los demás, se hallaban muy lejos de nosotros cuando tuvo lugar la catástrofe; de consiguiente es probable que no han sido víctimas de ella.

—Es posible; pero están encerrados como nosotros.

—Con la probabilidad de ser socorridos.

—¿Por quién?

—Por los policemen que andan en mi busca.

—¡Bah! pero entonces los llevarán a la cárcel.

—No digo que no; más no tardarán en soltarlos.

—¿Creéis?

—Estoy seguro.

—¿Y entonces?

—Entonces Marmouset, que es, como tú sabes, un chico de recursos, y Vanda que daría por mí hasta la última gota de su sangre; Marmouset y Vanda, digo, pensarán en nosotros y hallarán el medio de venir en nuestro socorro.

—Muy bien, dijo Milon, pero de aquí a allá se pasará un buen trozo de tiempo.

—No diré que no.

—Dos días tal vez.....

—Y aun tres, repuso Rocambole.

—Es decir que tendremos el tiempo de morirnos de hambre.

—En rigor, un hombre puede pasar cuatro días sin comer, dijo tranquilamente Rocambole.

Y hablando así fue a sentarse con la mayor calma en una piedra.

Milon no conservaba la misma tranquilidad. Iba y venía por el subterráneo con una inquietud marcada, y andaba de un lado a otro sin descanso, como una fiera que da vueltas en su jaula.

—No te desesperes antes de tiempo, le dijo Rocambole; supongo que no tienes todavía hambre.

—¡Oh! no, dijo Milon, pero tengo sed.

—Dentro de cuatro o cinco horas podrás beber.

—¿Cómo pues?

—Al volver la marea, el Támesis entrará de nuevo en la galería.

—¡Ah! bien.

—Y no creo tengamos tan poca suerte que no encontremos alguna filtración.

—De agua salada.....

—No, de agua dulce.

—Sin embargo, estando el Támesis sometido a la marea.....

—Eso no importa. El flujo del mar rechaza las aguas del río y hace que se aumente su volumen, pero no tienen tiempo para mezclarse.

—¡Ah! dijo Milon.

—Entre tanto, ven a sentarte a mi lado, prosiguió Rocambole.

Milon obedeció haciendo un gesto de resignación forzada.

—Y como se puede muy bien hablar sin luz, añadió Rocambole, no veo la necesidad de gastar inútilmente nuestra antorcha, que más tarde nos será necesaria.

Y diciendo y haciendo, apagó la antorcha y continuó:

—¿Sabes por qué yo no desespero, a pesar de la gravedad de la situación?

—¡Oh! lo que es vos, capitán, dijo Milon, yo os he visto siempre impasible como el destino.

—No es eso, repuso Rocambole.

—¿Qué es pues?

—Tengo la convicción de que, mientras me quede que hacer alguna cosa en este mundo, la Providencia velará sobre mi y me sacará en bien de todo riesgo.

—¿Tenéis de veras esa idea? exclamó Milon. Pero entonces, ¿es que no pensáis reposaros jamás?

—No, dijo Rocambole.

—Paréceme sin embargo, prosiguió Milon, que ya sería hora de que volvierais a París y de que tratarais de vivir allí tranquilo.

—Me queda algo que hacer aquí.

—¡Ah! sí. Volvemos a los fenians.....

—No.

—¡A fe mía! añadió Milon, no sé qué atractivo pueda tener para vos la Inglaterra.

—Eso depende de la manera de ver de cada uno, dijo Rocambole. Y además, te lo repito, me queda un deber que cumplir.

—Pero, ¿no se trata de esos estúpidos fenians que nos han traído a este mal paso?

—De ningún modo.

Milon no añadió una palabra más, y pareció esperar que Rocambole se explicase. Este guardó silencio por algunos instantes, y al fin dijo de repente:

—¿Crees tú en la cuerda del ahorcado?

—¿En qué sentido? preguntó el coloso sorprendido de la pregunta.

—Dicen que la cuerda del ahorcado es una especie de talismán que nos procura buena suerte.

—Sí, eso dicen, respondió Milon, pero yo no lo creo..... ¿y vos?

—Yo empezaré a creerlo, si nos saca de aquí.

—¿Eh? exclamó Milon aturdido, ¿lleváis con vos una cuerda de.....

—Sí.

—¿En el bolsillo?

—En el bolsillo.

—¡Bah! entonces es buena ocasión para probar su virtud, como habéis dicho.—Esperemos.

Y Milon bajó la cabeza y volvió a guardar silencio.

—Esperemos, repitió Rocambole pasados algunos instantes, pero como creo que esperaremos largo espacio y que de consiguiente tenemos tiempo sobrado..... en vez de lamentarnos inútilmente, voy a contarte una historia.

—¿Una historia de cuerda?

—La historia de la cuerda y la del ahorcado que me ha nombrado su albacea o ejecutor testamentario, repuso Rocambole.

—Hablad, capitán, soy todo oídos.


VII

Rocambole se reclinó como pudo sobre su duro asiento, y continuó de este modo:

—¿Recuerdas, buen Milon, cómo empezó nuestra amistad?—Nos hallábamos en presidio y éramos compañeros de cadena. Un día me hablaste de dos huérfanos, a quienes amabas con toda tu alma, y que habían sido causa inocente de tu condena.....

—Sí, sí, respondió Milon enternecido, y recuerdo más todavía, y es que después salvasteis a mis pobres niños, y por eso os soy adicto como un perro fiel.....

—Pues bien, amigo mío, una cosa semejante me ha sucedido por segunda vez.

—¿Cómo?

—Con la diferencia de que no ha sido en el presidio de Toulon, sino en la cárcel de Newgate.

—¡Ah!

—Y de que el hombre de que se trata ha muerto.

—¿Ha sido ahorcado?

—¡Ay! sí.

Y Rocambole dejó escapar un suspiro.

—Escucha, prosiguió. Yo acababa de ser preso y me había dejado conducir sin la menor resistencia. Tenía mis razones para obrar así, pues a ser de otro modo, hubiera podido escaparme mil veces, antes de que se hubiesen cerrado tras mí las puertas de Newgate.

Por lo demás, no fue a esa prisión adonde me condujeron desde luego.

Lleváronme en primer lugar a Drury Lane, y me presentaron al comisario de policía de aquel barrio.

El comisario me interrogó por la forma, y me hizo encerrar en el calabozo que sirve de depósito en el piso bajo de la comisaría.

Todas las mañanas pasa un coche cerrado por todos los puestos de policía, recoge los presos detenidos durante la noche, y los conduce sea a Newgate, sea a Bath-square o a cualquiera otra cárcel central.

Yo pasé de consiguiente seis horas en el calabozo de la comisaría de Drury Lane.

En ese mismo calabozo se hallaba una pobre mujer en harapos, ya vieja, pero cuyo rostro conservaba vestigios de una rara hermosura.

Cuando entré, me miró al principio con desconfianza, y después con cierta curiosidad.

En fin, su mirada encontró la mía, y sin duda experimentó el encanto misterioso que mi fluido magnético ejerce sobre ciertas personas, pues me dijo en seguida:

—Creo que sois el hombre que busco.

Y como yo la mirase con extrañeza:

—¿Os han preso por algún crímen grave? me preguntó.

—Soy fenian, la respondí brevemente.

La pobre vieja se estremeció, y una viva expresión de alegría iluminó por un momento su rostro.

—¡Ah! exclamó, entonces os conducirán mañana a Newgate.

—Indudablemente.

—No me he equivocado pues al deciros que sois el hombre que buscaba hace tiempo.

Yo continuaba mirándola fijamente, procurando adivinar el sentido de sus palabras.

Ella siguió en tanto diciendo:

—Me llamo Betzy-Justice y soy escocesa.

—Muy bien ¿y qué más? la contesté.

—Hace un mes que me hago prender todas las noches por delito de embriaguez. Y sin embargo, ya podéis comprender que no estoy embriagada...

—Entonces.....

—Pero finjo estarlo. De ese modo me conducen a un puesto de policía, me encierran hasta el día siguiente, y por la mañana me amonesta el comisario y me condena a dos chelines de multa, poniéndome en seguida en libertad.

—Entonces ¿por qué razón, la pregunté, si no estáis embriagada... fingís estarlo?

—¡Toma! ya os lo he dicho, para hacer que me prendan..... y eso hoy en un barrio, mañana en otro. A esta hora he estado ya encerrada en todos los puestos de policía de Londres.

—Pero en fin, ¿por qué razón?

—Porque busco un hombre en quien yo pueda tener confianza, y a quien vayan a encerrar en Newgate.

—¿Y en qué puede serviros ese hombre?

La vieja clavó en mí la vista y pareció reflexionar por algunos instantes.

—Vuestra fisonomía, me dijo, es la de un hombre honrado y bondadoso.—¿Cómo os llamáis?

—El Hombre gris, le respondí.

Al oír este nombre, la buena mujer se levantó sorprendida, y exhaló un grito ahogado.

—¡Ah! exclamó, ¿sois vos al que llaman el Hombre gris?

—Sí.

—¿Y os habéis dejado prender?

—Sí.

—Pero entonces lleváis en ello algún objeto, y saldréis de la prisión cuando os parezca.

—Tal vez.....

—¡Oh! eso es seguro, añadió. Me han hablado mucho de vos, y sé que podéis hacer todo lo que se os antoje.

—Entre tanto, dije sonriéndome, lo seguro por ahora es que voy a Newgate.

—¡Oh! puesto que sois el Hombre gris, prosiguió, puedo decíroslo todo.

—Veamos.

—Mi marido está preso.

—¿En Newgate?

—Sí. Y está condenado a muerte..... y será ahorcado el 17 del mes próximo.

—¿Qué crímen ha cometido?

—Ha matado a un lord.

—¿Por qué razón?

—¡Oh! dijo Betzy-Justice, esa es una historia larga de contar. No tendríamos tiempo para ello. Pero, puesto que vais a Newgate, mi pobre marido os lo dirá todo.

—Sea como queráis. ¿Y en qué puedo serviros?... ¿Deseáis darme algún encargo para él?

—Sí.

—Dádmelo entonces.

—¡Oh! no es una carta. Ya comprendéis que os la cogerían en el registro: es solamente una palabra.

—Decid.

—Ya encontraréis el medio de ver a mi pobre marido en Newgate. Aunque condenado a muerte, sé que le dejan pasearse todos los días en el patio con las demás presos.

—Bien, ¿y qué debo decirle?

—Le diréis solamente estas breves palabras:—«He visto a vuestra mujer Betzy. Morid en paz; tiene en su poder los papeles.»

—¿Y es eso todo?

—Todo, dijo Betzy.

Y bajando la cabeza, lloró silenciosamente, sin curar de enjugar sus lágrimas.

Procuré distraer su dolor y saber algo más; pero por más preguntas que la hice, no logré arrancarle una palabra.

A la mañana siguiente, apenas apuntaba el día, vinieron a buscarme para conducirme a Newgate.

Durante tres días me tuvieron incomunicado, y así me fue imposible el ver desde luego al reo de muerte.

En fin, al cabo de ese tiempo me pusieron en comunicación y dulcificaron el régimen que me habían impuesto, con la esperanza de hacerme entrar en la vía de las revelaciones.

Es verdad también que yo insinué indirectamente que tal vez hablaría si me trataban de una manera menos dura.

Desde ese momento hicieren casi todo lo que yo quería, y pude, como los demás presos, bajar al patio dos veces por día.

La primera vez que me presenté en él, no formé parte de ningún grupo, ni hablé con nadie; pero busqué con la vista al condenado a muerte.

Pronto lo descubrí, paseándose solo en un rincón del patio, con la cabeza inclinada sobre el pecho, y las manos enlazadas con fuertes esposas.

Dirigí mis pasos hacia aquel sitio, aunque sin acercarme a él, y lo examiné con atención.

Era un hombre de cerca de sesenta años.

Pequeño, rechoncho, ancho de espaldas, y con una cabeza enorme sostenida por una cerviz de toro, aquel hombre debía ser de una fuerza extraordinaria.

Su barba era roja, pero su cabeza enteramente cana.

En una de mis vueltas pasé cerca de él, y entonces se fijó en mí por un momento.

Su mirada contrastaba singularmente con el aspecto extraño y casi repugnante de su persona, pues era clara, dulce y leal.

Y sin embargo, aquel hombre había asesinado a otro.

Había teñido sus manos en sangre, pero se adivinaba desde luego que no había matado para robar.

A la mañana siguiente volví a bajar al patio a la misma hora.

El condenado a muerte se encontraba ya allí; siempre aislado, siempre sumido en su mortal tristeza.

Al entrar no emprendí mi paseo como el día anterior, sino me fui derecho a él.

El preso se detuvo bruscamente, y fijó en mí la mirada franca, leal, casi tímida, que me había ya impresionado el día anterior.

—¿Es cierto, como dicen, que habéis asesinado a un lord? le pregunté sin más preámbulos.

—Sí, me respondió.

Y pronunció esta sola palabra con una sencillez que me confirmó en mi opinión.

Aquel hombre había cumplido o creído cumplir un deber.

—¿No sois el marido de Betzy-Justice? le pregunté de nuevo.

Al oír esto se estremeció y me miró con más atención.

—¿Es que la conocéis? dijo en fin.

—Sí, he pasado algunas horas con ella en el puesto de policía de Drury Lane.

—¡Ah! exclamó.

Y me miró de través con aire de desconfianza.

—Y me ha dado un encargo para vos, añadí.

—¿De veras? contestó con un recelo visible.

—Veo que no me conocéis, le repuse.

—¿Quién sois pues?

—Me llaman el Hombre gris.

El preso dio un paso para atrás y me miró con asombro.

—¡Vos! ¿vos? exclamó.

Y su rostro se serenó por completo y perdió su aire de desconfianza.

—Sí, le repliqué, soy el Hombre gris, y Betzy me ha encargado deciros que tiene en su poder los papeles.

El pobre condenado dejó escapar un grito, una exclamación de gozo tal que hubiera podido creerse que yo acababa de traerle su perdón.

—¡Ah! dijo, dominando en fin la emoción que se había apoderado de él, ahora puedo morir tranquilo.

Y fijándose de nuevo en mí, añadió:

—Pero.... puesto que sois el Hombre gris, sin duda estáis aquí por vuestra propia voluntad.

—Tal vez.

—Y podréis salir siempre y cuándo os parezca.....

—Es probable.

El marido de Betzy pareció dudar un momento.

—¡Ah! me dijo por último si yo me atreviera..... porque, aun cuando mi pobre Betzy es una mujer animosa, al cabo es una mujer, y ¿quién sabe si ella sola podrá llevar nuestra empresa a buen fin?

A mi vez yo le miré con extrañeza.

—Será necesario que yo os lo cuente todo, prosiguió. Estoy seguro de que os interesaréis por nosotros.

Y añadió sonriéndose con tristeza:

—Un hombre como vos lo puede todo..... además, yo os legaré mi cuerda y, ya sabéis..... eso os dará buena suerte.

En esto punto de su relato Rocambole se detuvo un momento.

—¡A fe mía! dijo Milon, que hasta había olvidado que estamos aquí presos entre peñascos y con la mitad de Londres sobre los hombros. Seguid, capitán, seguid.


VIII

Rocambole guardó silencio por algunos instantes, y después prosiguió de este modo:

—Aquel día, el condenado a muerte no quiso explicarse más.

—La historia que os voy a contar, me dijo, es demasiado larga, y además va a llegar la hora de volver a mi calabozo. Pero mañana.....

—Mañana, le dije, yo sabré encontrar el medio de pasar algunas horas en vuestra compañía.

—¡Bah! exclamó mirándome con asombro. Pero, en fin, tenéis razón. Eso sería imposible para cualquier otro, pero para vos no hay nada imposible, puesto que sois el Hombre gris.

Y con esto entró en su calabozo, mientras que yo tomaba el camino del mío.

La promesa que acababa de hacerle, procedía de una idea que me había ocurrido durante la conversación.

En el momento en que uno de los carceleros iba a encerrarme, le detuve en la puerta y le dije:

—Hacedme el favor de decir al gobernador que deseo hablarle.

El carcelero cumplió con su comisión, y un cuarto de hora después vi llegar al gobernador a mi calabozo.

Tú has visto a ese buen hombre, y sabes hasta qué punto es cándido.

—¡Oh! la simplicidad en persona! dijo Milon.

—Sir Roberto llegó sonriéndose y acariciándome con la mirada, muy persuadido de que iba a oír grandes revelaciones.

Porque no bastaba a la libre Inglaterra el haber puesto la mano sobre el hombre que parecía ser uno de los jefes del fenianismo y tal vez el más peligroso de todos; lo que más necesitaba sin duda, era penetrar el misterio en que este hombre se envolvía.

—Señor gobernador, dije entonces a sir Roberto, deseo hablar con vos.

—¡Ah! exclamó con tono alegre, ya sabía yo que acabaríais por ser razonable.

—Jamás he cesado de serlo.

—¡Ah! ¿os burláis?...

Hablando así, sin dejar su eterno tono festivo, tomó una de las dos únicas sillas que había en mi calabozo y se sentó a mi lado.

—Veamos, amigo mío, mi querido amigo, me dijo, ¿qué es lo que queréis decirme?

—Mi querido gobernador, le repliqué, ante todo quiero haceros una pregunta.

—Hablad.

—¿Si me condenan a muerte, seré ahorcado?

—¡Ay! mucho lo temo, amigo mío. La horca es el solo género de suplicio usado en Inglaterra.

—Bueno, ¿y juzgáis que seré condenado?

—A menos que no hagáis revelaciones de una importancia tal, que os atraigan la indulgencia de vuestros jueces.....

—Eso es precisamente en lo que pienso.

—¡Ah! ya lo sabía yo! exclamó el buen hombre en el colmo de la alegría.

—Pero antes de decidirme, proseguí sonriéndome, necesito fijar mi atención sobre ciertas cosas.

—¿Cuáles?... Veamos.

—Voy a decíroslo. No es que yo tenga miedo de la muerte.....

—Sin embargo.....

—Sobre todo de la muerte por estrangulación. Hasta he oído decir.....

—¡Ah! sí, dijo el gobernador guiñando el ojo, ya sé... una preocupación vulgar.—Pero no creáis nada de eso, amigo mío, no, mi querido amigo. No hay más que ver el rostro del ajusticiado cuando le quitan el gorro negro: ¡está entumecido, morado... horrible de ver!... ¿Y la lengua?.... ¡Oh! es espantoso!

—¿De veras?

—Tal como tengo el honor de decíroslo, mi querido amigo. Conque así, creedme, confesad, confesadlo todo, empezando por vuestro nombre, el de los otros jefes del fenianismo... en fin todo. Y decid que yo os he convencido, con el objeto.....

—Esperad, esperad, le repliqué.

—Cuanto más latas y más espontáneas sean vuestras revelaciones, mayor será la indulgencia de vuestros jueces.

—Ya sé todo eso; pero os lo repito, no me arredra la muerte por estrangulación.

—Hacéis mal.

—En Francia hay la guillotina, lo que es muy diferente. ¡Oh! esa muerte sí que me aterra!... Allí lo confesaría todo de seguida.

—No se pueden cambiar por vos los usos y costumbres de un país. Pero lo que os afirmo es que la horca es el suplicio más horrible que existe.

—¡Bah!

—Y a propósito, continuó sir Roberto, aquí tenemos en este momento un condenado a muerte.

—Ya lo sé.

—Pero no sabéis qué indecible terror se ha apoderado de su alma.

—Sin embargo, me ha parecido bastante tranquilo.....

—Estáis en un error... ¡Ah! si pasarais solamente dos o tres horas encerrado con él!

—¿Creéis que me trasmitiría su temor?

—Estoy seguro.

—¿Os chanceáis?

—¡Toma! si queréis experimentarlo.....

—¡Eh!... ¡eh! no diré que no: ¡sería cosa curiosa!

—Pues bien, prosiguió sir Roberto Mitchels, para que veáis..... Voy a hacer por vos una cosa inaudita.

—¡Bah!

—Pero que, por otra parte, tengo el derecho de hacer.

—¿Qué es pues?

—Voy a encerraros esta noche mismo con el condenado a muerte.

—¡Ah! ¿queréis ponerme a prueba?

—Precisamente. Y estoy seguro de que mañana me haréis llamar a toda prisa.

—¿Para que?

—Para revelar todo lo que sabéis e implorar la clemencia de vuestros jueces.

—Pues bien, le respondí, si tal es vuestra convicción, hagamos la prueba; no tengo inconveniente.

El buen gobernador se levantó enajenado de gozo.

—Voy a dar las órdenes necesarias, me dijo.

Y me estrechó la mano, llamándome de nuevo su muy querido amigo.

Después de lo cual se fue, no sospechando siquiera el pobre hombre que acababa de ofrecerme espontáneamente lo mismo que yo iba a pedirle.

Aquel día me trajeron, como de costumbre, una comida suculenta y abundante.

El carcelero que me servía, y que no era de ordinario muy hablador, me dijo en esta ocasión con una guiñada significativa:

—Parece que Vuestra Señoría es excéntrico.

Excéntrico es un vocablo que encierra por si sólo en Inglaterra, el mayor elogio que se puede hacer de un Inglés de pura raza. Todo es permitido al que sabe merecer ese nombre.

—Un poco, le respondí.

—¿Vuestra Señoría tiene el capricho de dormir esta noche con el condenado a muerte?

—Sí, amigo mío.

—Sir Roberto Mitchels, nuestro digno gobernador, prosiguió el carcelero, me ha dado sus órdenes al efecto.

—¡Ah! muy bien!

—Y si Vuestra Señoría lo permite, voy a conducirlo adonde se halla el reo.

Yo hice un signo de cabeza afirmativo, y el carcelero, tan simple y cándido como su jefe, me sacó de mi calabozo, que estaba situado en el primer piso, me guió hasta el piso bajo, y abrió delante de mí la puerta del calabozo donde estaba encerrado el marido de Betzy-Justice.

Al ruido que hicimos al entrar, el infeliz se levantó sobresaltado.

Yo le hice una seña con disimulo, recomendándole el silencio, y él me respondió con otra, indicando que había comprendido.

Por lo demás, ya había adivinado que iban a darle un compañero, pues una hora antes habían traído a su calabozo un catre y un colchón, con los demás aprestos de una cama.

Bien pronto nos encontramos solos.

—¿Y bien? le dije, ya lo veis; he cumplido mi palabra y tenemos toda la noche por nuestra.

—Ya sé que podéis hacer cuanto queréis, me respondió con cándida admiración.

—Ahora, le dije, estoy, dispuesto a oír vuestra historia.

Como debes comprender muy bien, no dormimos en toda la noche.

Al día siguiente, al amanecer, vino el carcelero a buscarme.

—Sir Roberto os espera, me dijo.

Y yo le seguí, después de despedirme afectuosamente de mi compañero.

—Pero, ¿y esa historia que os había contado, capitán? interrumpió Milon.

—La sabrás dentro de poco. Hablemos primero del gobernador.

Y Rocambole, después de un momento de silencio, continuó:

—Como te decía pues, me condujeron al gabinete de sir Roberto.

Yo estaba pálido y fatigado, como un hombre que ha pasado la noche en vela.

—¿Y bien? me dijo el gobernador muy alegre, ¿qué opináis ahora de la horca?..... ¿La miráis siempre con la misma indiferencia?

—¡Bah! respondí, no me inspira el menor temor.

—¿Es posible?

—Podéis creerme.

—Sin embargo, ya habéis visto lo que sufre el que está condenado a ella..... Conque, vamos, ¿estáis decidido a hablar?

—Todavía no.

Sir Roberto se mordió los labios, pero no se manifestó irritado.

—¡Oh! yo os convertiré, dijo, ya lo veréis.....

—¿Pretendéis acaso encerrarme de nuevo con el condenado a muerte?

—No; algo mejor que eso.

—¡Bah! ¿qué pensáis hacer?

—Os haré presenciar su suplicio.

Y como yo le mirase con admiración:

—Hace un mes, dijo, eso hubiera sido difícil, sino imposible.

—¡Ah!

—Pero hoy se hacen las ejecuciones en el interior de la prisión.

—¿Y vais a darme palco en el espectáculo?

—Precisamente.

Rocambole iba a continuar su relato, cuando Milon lo interrumpió bruscamente.

—¡Capitán!... ¡Capitán! murmuró con acento de terror.

—¿Qué hay? respondió este volviéndose bruscamente.

—¡Mirad!.....

Rocambole volvió la vista por todas partes, y en medio de las densas tinieblas que le envolvían, no tardó en descubrir dos puntos luminosos, semejantes a dos luciérnagas, que brillaban en la oscuridad a poca distancia de ellos.


IX

Milon era intrépido y animoso, como ya sabemos, pero su valor era puramente físico, es decir, fundado en su fuerza muscular.

El pobre coloso, como todos los espíritus limitados, no sabía arrostrar el peligro sino cuando se daba de él cuenta.

De consiguiente tenía miedo de lo desconocido.

¿Qué podían ser aquellos puntos luminosos que brillaban en las tinieblas?

Milon se lo preguntaba y, no encontrando solución, sentía apoderarse de su ánimo un temor indefinible.

Rocambole se levantó y dio algunos pasos hacia adelante.

Los dos puntos luminosos no cambiaron de sitio.

Entonces Rocambole se adelantó más y dio dos palmadas.

Inmediatamente, los dos puntos de luz desaparecieron como por encanto.

—¡Imbécil! dijo Rocambole riéndose.

—¿Eh? exclamó el coloso sintiendo disminuir algún tanto su opresión.

—¿Sabes lo que es?

—No.

—Es un gato.

—¡Seré yo bestia!... dijo Milon.

—Un gato, amigo mío, añadió Rocambole, a quien debemos un voto de gracias.

—¿Por qué?

—¿No comprendes que, puesto que ha penetrado aquí, es que hay una salida cualquiera?

—¡Ah!... ¿creéis?.....

—¡Toma! estoy seguro. Una salida que podrá servirnos también a nosotros.

—A menos, observó Milon, que el pobre animal no haya sido sorprendido por el desplome al mismo tiempo que nosotros.

—Es imposible.

—¿Por qué? preguntó de nuevo Milon.

—Porque lo hubiéramos visto más pronto.

—¡Ah! es verdad.

—Y además, prosiguió Rocambole, ¿cómo puedes suponer que ese gato se encontrase en los subterráneos?

—¡Toma! ¿No nos hallamos nosotros?

—Sí, pero es porque hemos encontrado una entrada, que estaba tapiada hace muchos años.

—Entonces...

—Entonces voy a explicarte lo que ha debido suceder.

—Veamos, dijo Milon.

—Ese animal estaba encima de nosotros, en alguna cueva, en el momento de la explosión.

—Bien.

—La explosión ha debido producir alguna abertura, algún hundimiento que le ha hecho caer aquí, paralizado por el espanto violento que debe haber sentido.

—¡Ah! sí, es muy posible.

—De consiguiente, prosiguió Rocambole, vamos a ver si podemos irnos por donde él ha venido.

Y diciendo esto, sacó los fósforos y volvió a encender la antorcha.

—Ahora, busquemos con cuidado, añadió.

Y se puso a explorar atentamente su estrecha prisión.

Como ya sabemos, dos enormes peñascos cerraban la galería.

Rocambole, después de haberse orientado un instante, se dirigió hacia el que había caído detrás de ellos, que era precisamente el sitio por donde habían desaparecido los dos puntos luminosos.

La peña presentaba en su centro un ángulo saliente, que era sin duda donde el gato se había detenido.

Rocambole subió a aquella especie de repisa, y afirmándose en ella, levantó la cabeza.

Entonces vio un espacioso agujero, que la peña no permitía descubrir desde abajo, y que se abría en la bóveda de la galería.

—Sube, dijo a Milon.

Este se apresuró a obedecer y se colocó también en la parte saliente de la peña.

—Toma la antorcha, añadió Rocambole. Ya me la pasarás después.

Milon la tomó, y Rocambole, alzándose por las asperezas de la piedra, trepó con la ligereza de un clown sobre los robustos hombros del coloso, y la mitad de su cuerpo desapareció por el agujero.

—Ahora, dame la antorcha, gritó.

Milon lo hizo así, y llevó las dos manos para sostener mejor a Rocambole.

Este miró entonces hacia arriba y después a su frente, examinando bien aquel paraje, y vio delante de sí una nueva excavación que se prolongaba en el mismo sentido que la galería.

—Sostente bien, gritó de nuevo a Milon.

Y arrojó su antorcha en el agujero.

Luego, asiéndose a las salidas de la peña, dio un fuerte empuje con los pies sobre los hombros de Milon, a fin de tomar arranque, y se introdujo en la excavación superior.

La antorcha no se había apagado al caer y Rocambole se apresuró a recogerla.

—Espérame ahí un momento, dijo a Milon, voy a la descubierta.

Y se adelantó marchando con precaución y mirando atentamente a sus pies.

Un examen de algunos segundos, le bastó para saber dónde se hallaba.

Aquel sitio no era otra cosa que una de esas largas y espaciosas bodegas, que los fabricantes de cerveza de Londres poseen a orillas del Támesis.

El suelo de aquella cueva se había hundido en el momento de la explosión, pues la hendedura por donde había entrado Rocambole no existía antes seguramente.

Y aun era muy probable que el cervecero a quien pertenecía la bodega, no había sospechado jamás que se hallaba sobre un subterráneo.

Rocambole volvió a desandar lo andado, y se sentó en el borde del agujero, dejando colgar las piernas hacia fuera.

—Agárrate a uno de mis pies, dijo a Milon, y sube.

El gigante, que había permanecido inmóvil en la salida de la peña, se asió a una de las piernas de Rocambole, y este le levantó, desplegando la extraordinaria fuerza muscular que ocultaba bajo su apariencia delicada y casi débil.

Milon pudo alcanzar así el borde de aquella entrada, y ayudándose con pies y manos, pronto estuvo al lado de Rocambole.

Este le dijo entonces:

—Ahora, sigamos adelante, y de seguro acabaremos por encontrar una puerta.

La cueva formaba al principio un pasadizo estrecho, y al cabo de pocos pasos se ensanchaba considerablemente, pero se hallaba ocupada por una doble hilera de toneles.

—Continuemos avanzando, dijo Rocambole.

—Esperad, exclamó Milon.

—¿Qué es ello?

—Oigo un ruido sordo.....

Rocambole se detuvo y escuchó por algunos instantes.

—Sí, dijo, es el Támesis.

Y siguieron adelante, marchando siempre entre dos filas de toneles, hasta que empezaron a respirar un aire más vivo, lo que les hizo comprender que se acercaban a una salida.

El muro describía una ligera curva.

Dobláronla pues, y entonces Rocambole vio brillar de pronto a su frente una luz indecisa y blanquecina.

—Veo el cielo, dijo, o al menos la niebla.

Y siguieron avanzando, hasta que al fin Rocambole se detuvo y apagó la antorcha.

—¿Qué hacéis, capitán? preguntó Milon.

—Un acto de prudencia, respondió Rocambole.

—¡Ah!

—Estamos en una cueva que sirve de almacén de depósito.

—Así me lo parecía.

—Y este almacén tiene una puerta que se halla abierta a unos treinta pasos de nosotros, y por la cual se entreve el cielo.

—Bueno, ¿y qué?

—Que no tenemos necesidad de luz, y que es inútil el que nos vean desde afuera.

—Es verdad.

Rocambole se adelantó entonces resueltamente, y en fin llegaron a aquella puerta, cuyos dos postigos se hallaban abiertos.

Algunas luces brillaban acá y allá a través de la niebla, y el Támesis resonaba abajo.

Rocambole se detuvo en el dintel de la puerta, y avanzando la cabeza exclamó:

—¡Esta puerta es una ventana!

—¡Calla! es verdad! dijo Milon.

Efectivamente, las aguas del Támesis rasaban el pie del muro a unos veinte pies por bajo de la ventana y apenas si se veía a lo lejos la opuesta orilla.

Aquella ventana se encontraba a la altura del primer piso de una casa, cuyos cimientos se hallaban al nivel del lecho del río.

La ciudad de Londres no tiene muelles ni malecones, excepto en el paraje que la sirve de puerto.

Durante el reflujo o la marea baja, el Támesis deja al retirarse un espacio descubierto, cuya anchura varía entre diez o quince pies; pero durante la marea alta, todo ese espacio se halla cubierto, y las aguas del río vienen a batir los muros de las casas, cuyos primeros pisos sirven generalmente de almacenes.

—¿Qué hacer? dijo Milon.

—Si quieres romperte la cabeza, no tienes más que echarte desde aquí.

—Pero, no veo la necesidad de eso, dijo el coloso; buscando bien, tal vez encontraremos una cuerda.

—¿A qué propósito? dijo Rocambole.

—Digo... se me figura.....

—¿Qué hora es?

Milon llevaba su reloj, un reloj de repetición magnífico, que se apresuró a sacar, y que tocó al resorte.

—Las tres de la mañana, dijo.

—Pues bien, prosiguió Rocambole, dentro de una hora subirá la marea.

—¡Ah! ¿creéis?.....

—El agua llegará aquí a cierta altura, y entonces nos echaremos a nado.

Milon no respondió, pero exhaló un profundo suspiro.

Aquella última hora que le separaba aún de la libertad, le parecía demasiado larga.

Rocambole se echó a reír.

—Hace poco, le dijo, nos hallábamos presos en un subterráneo, con la agradable perspectiva de morir de hambre; y ahora que se aproxima el momento de nuestra libertad, y que aspiramos el aire libre, no estás contento.

—Tenéis razón, capitán, dijo Milon. Al fin acabaré por convencerme de que soy un bruto.

—Un poco de paciencia, amigo mío, repuso Rocambole. Y ahora, para que el tiempo te parezca menos largo, voy a continuar mi historia.

—¿Vais a confiarme el secreto del marido de Betzy-Justice?

—No, todavía no.

—¡Ah!

—Voy a hablarte primero de su ejecución.

—¿Habéis asistido a ella?

—Sin duda.

Y Rocambole se sentó en el borde de la ventana, donde Milon vino también a apoyarse echándose en ella de codos.

En tanto, las aguas del Támesis, rechazadas por la marea, empezaban a subir lentamente.....


X

—El excelente, cándido y confiado sir Roberto Mitchels, prosiguió Rocambole, no perdía sin embargo la esperanza de arrancarme una confesión completa.

Así redoblaba conmigo sus obsequios, y no perdía ocasión de mostrarme su extremada amabilidad.

Todos los días me permitían ver al condenado a muerte, y me dejaban entera libertad para hablarle y prodigarle mis consuelos.

Pero todos los días también, me repetía sir Roberto invariablemente:

—¿No es verdad que es un horrible espectáculo el que presenta un hombre que va a morir?

Así trascurrían monótonamente los días.

Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a mi calabozo.

—¿Sabéis que es para mañana? me dijo.

—¿Qué?

—La ejecución del reo.

—¡Ah! pobre hombre!

—¿Persistís en ver la ejecución?

—¿Qué duda tiene?

—Entonces, es necesario que cambiéis de calabozo.

—¡Ah!

—Y que os trasladéis al piso bajo.

—Sea como queráis.

—Y hasta es posible.....

Aquí sir Roberto pareció vacilar, y me miró con aire indeciso.

—Acabad, le dije.

—Y hasta... si queréis pasar la noche con él...

—¡Oh! no tengo inconveniente.

—Estoy convencido de que vuestra conversión no resistirá a esta última prueba.

—¡Ah! sí, ya me lo dijisteis la otra vez: ¡la vista del triste espectáculo!!...

—Eso en primer lugar. Pero presenciar además las crueles angustias de un desgraciado a quien solo quedan algunas horas de vida.....

—Es terrible en efecto, le contesté con frialdad.

—¡Oh! estoy seguro, dijo sir Roberto sonriéndose siempre, que eso os inspirará un terror saludable.

—Ya veremos.

—Y que sabréis atraeros la benevolencia de vuestros jueces, haciendo una revelación franca, bien completa...

Yo no le respondí, y mi buen hombre prosiguió:

—Por lo demás, no estaréis solo con el reo.

—¿De veras?

—Dos Hermanas de la agonía pasarán allí la noche rezando. Ya veréis como es lúgubre.

—Pero los reglamentos, observé al gobernador, ¿no se oponen a que yo asista?....

—Al contrario, me respondió.

—¡Bah!

—La ley permite que el reo pase su última noche con un pariente, un amigo y, hasta si lo solicita, con un preso de la misma cárcel.

—¡Ah! bien: entonces yo seré ese preso.

—Esperad, prosiguió sir Roberto, hay todavía una particularidad que ignoráis de seguro, y que voy a haceros saber.

—Veamos.

—El cuerpo del ajusticiado pertenece a Calcraft, el cual lo vende ordinariamente a los cirujanos.

—Ya lo sé.

—Su ropa y lo poco que tiene en la cárcel, pertenece también al verdugo.

—Bien.

—Pero la cuerda, por prescripción formal de la ley, es propiedad del ajusticiado.

—¿Es posible?

—Tal como os lo digo: y tiene el derecho de legarla a quien mejor le parezca.

—¿La cuerda del ahorcado es pues un talismán que protege a su posesor?

—Así lo dicen.

—De modo que si el reo me legase su cuerda, tendría yo probabilidades de no ser ahorcado a mi vez.......

—Sobre todo, dijo sir Roberto, si hacéis cuantas revelaciones os exijan.

Yo me eché a reír.

—No creo mucho en las virtudes de la cuerda de ahorcado, prosiguió sir Roberto, pero, en fin, si el reo os la deja en herencia, no veo en ello ningún inconveniente: y aun cuidaré de que os la remitan en tiempo oportuno.

—Sois el más amable de todos los gobernadores posibles, le respondí.

—¿Qué queréis? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo, y el mío es el de una benevolencia sin límites. Me sois muy simpático, y si declaráis con toda sinceridad, os querré como a un hijo.

Y con esto me estrechó afectuosamente la mano y me dejó.

Una hora después, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.

Las Hermanas de las agonía se encontraban ya allí, y se disponían a ejercer su santo ministerio.

El marido de Betzy-Justice me recibió sonriéndose.

—Es para mañana, me dijo.

—¿No tenéis miedo a la muerte? le pregunté.

—No.

Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a través de la cual se veía un reducido punto del cielo:

—Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese hombre muere resignado y tranquilo.

—¿No os queda nada que decirme?

—Nada más. Ya lo sabéis todo. ¡Ah! olvidaba... os lego mi cuerda..... En esto hago uso de mi derecho.

—Ya lo sé: el gobernador me lo ha dicho.

—¡Ah!

—Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.

El infeliz reo se sonrió tristemente.

—¡Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto para luchar con vos.

La noche se pasó así.

Las Hermanas de la agonía no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo seguimos hablando en voz baja.

En fin, a las cinco de la mañana se abrió la puerta del calabozo.

Uno de los carceleros conducía al sacerdote que debía exhortar al reo a bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agonía salieron del calabozo.

Yo abracé al condenado a muerte por última vez.

—Acordaos de lo que me habéis prometido, me dijo.

—Morid en paz, le respondí.

Y salí a mi vez.

El carcelero me siguió, y me dijo al llegar a los corredores:

—Tengo órden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de la ejecución.

—Muy bien, le respondí.

El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tenía una ventana mayor que todas los otras.

Bastaba subirse en un banco, para llegar cómodamente a aquella ventana.

Esto es lo que yo hice; y entonces pude ver todo el patio, y la horca que estaba ya levantada.

Eran las seis de la mañana y el día empezaba a aparecer, o más bien una dudosa claridad que pasaba penosamente a través de la niebla.

Algunas sombras confusas se agitaban acá y allá alrededor del cadalso.

El día fue avanzando poco a poco, y entonces pude ver, primero dos filas de soldados, y luego a sir Roberto Mitchels en grande uniforme.

Sir Roberto iba de un lado a otro con la sonrisa en los labios.

Tan luego como me descubrió, me envió un saludo amistoso, y llevó después su cortesía hasta el punto de acercarse a mi ventana.

—Desde ahí veréis perfectamente, me dijo.

—Así lo creo, le respondí. Pero, ¿quiénes son todos esos hombres vestidos de negro que veo allá bajo?

—Son los jurados que han condenado al reo, y que la ley obliga a asistir a la ejecución.

—Muy bien. ¿Y aquel otro grupo que permanece aparte?

—Son redactores de diversos periódicos.

—¡Ah! mil gracias!

—Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.

Y me dejó precipitadamente.

Quedé pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.

Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas antes, me interesaba ahora y había llegado a amarlo desde que conocía su secreto; y la idea de que iba a morir me oprimía el corazón de una manera indecible.

A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos, subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de báscula de la trampa, y se retiraron en seguida.

Por último, a las siete en punto se abrió una puerta en el fondo del patio, y apareció el reo.

Venía un poco pálido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.

Cuando se halló sobre el cadalso, me buscó con la vista y acabó por descubrirme.

Nuestras miradas se encontraron un momento.

—¡Acordaos! gritó con voz esforzada.

—¡Morid en paz! le repetí por segunda vez.

Pusiéronle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le echó al cuello el nudo corredizo.

Un segundo después estaba en la eternidad.

En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron partido, sir Roberto Mitchels se apresuró a venir a mi calabozo.

—¿Y bien? me dijo.

—Y bien, le respondí, lo he visto todo.

—Y... ¿qué impresión os ha causado?

—Ninguna.

Y solté una carcajada.

—¡Ah! veo que no queréis confesar! exclamó con acento de despecho.

—Ya veremos más tarde, le respondí.

Y diciendo esto, Rocambole se puso de pie.

—¡Ah! añadió interrumpiéndose, el Támesis ha llegado a su mayor altura. ¿Quieres que nos echemos al agua?

—Pero... dijo Milon, la cuerda.....

—Ya te he dicho que la tengo.

—¿Dónde?

—Rodeada a la cintura.

—Pero, ¿no me decís cuál es el secreto que el marido de Betzy-Justice os confió antes de morir?

—Más tarde.

—¡Ah! exclamó Milon con despecho.

—Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aquí el día.

—Bien, pero ¿adónde iremos?

—No lo sé, ya pensaremos en ello después. ¡Vamos! sígueme!

Y Rocambole, asiéndose al borde de la ventana, se arrojó al Támesis, cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.

Milon no tardó en seguirle.

Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en dirección del puente de Londres.


XI

Volvamos ahora a Marmouset, a quien hemos dejado con Shoking y Vanda, a la puerta de una casa de Carl street.

Marmouset, como hemos visto, después de haber indicado la inscripción que estaba sobre la puerta:

Farlane y Compañía

Marmouset, decimos, se quedó mirando a sus dos compañeros.

—Puesto que no habéis comprendido todavía, les dijo, escuchadme antes de pasar adelante.

—Veamos, acabad, dijo Vanda con ansiedad.

—Esta casa debe de estar, según os he dicho, justamente encima de la galería subterránea, y entre los dos hundimientos que hemos podido observar.

—¿Y qué? dijo Vanda.

—Además, prosiguió Marmouset, pertenece a un fenian, lo que es ya un gran punto.

—¿Cómo?

—Esperad. Evidentemente, esta casa tiene una cueva, y si logramos, como lo lograremos, bajar a ella, no habrá más que abrir un agujero para llegar a la galería.

—Y para libertar al Hombre gris, añadió Shoking.

—Sí, todo eso está muy bien, dijo Vanda, pero.... ¿estáis seguro, Marmouset?

—¿De que la casa se halla situada sobre la galería subterránea?

—Sí.

—Completamente seguro.

—¿Cómo podéis saberlo?

Marmouset se sonrió con cierto aire de presunción.

—No ignoráis, dijo, que he seguido durante algunos años la carrera de ingeniero y que paso por un buen matemático.

—¡Ah! sí; en cuanto a eso...

—He calculado perfectamente la distancia, la situación de la casa respecto a la galería, y creo mis cálculos exactos.

—¡Dios lo quiera!

—Y aun creo poder afirmar que necesitaremos abrir un agujero de quince a diez y ocho pies de profundidad.

—Entonces, dijo Shoking, no hay más que entrar en la casa y dirigirnos en seguida a master Farlane.

—De ningún modo, repuso Marmouset.

—¿Y por qué razón? exclamó Vanda.

—Porque Farlane no nos conoce, y como no somos fenians, no podemos hacerle el signo misterioso que sirve de contraseña a su partido.

—Entonces, ¿qué medio adoptar?

—El más sencillo, dijo Marmouset: Shoking va a volver inmediatamente a Farringdon street.

—Bueno, respondió Shoking.

—Y verá al jefe fenian que le acompañaba, lo pondrá al corriente de la situación y le suplicará que venga en seguida a ponernos en contacto con master Farlane.

—Voy corriendo, dijo Shoking.

—Bien, repuso Marmouset, nosotros esperamos aquí.

Shoking no aguardó más y partió como una flecha.

Vanda y Marmouset permanecieron en la calle inmóviles y con los ojos fijos en aquella casa donde no se veía luz ni el menor movimiento, pero cuya puerta se abriría de seguro al presentarse el jefe fenian.

No tuvieron que esperar mucho tiempo.

Shoking tenía buenas piernas, y en esta ocasión supo servirse de ellas con fruto.

Un cuarto de hora después estaba de vuelta, y venía, como Marmouset lo había pedido, en compañía del jefe fenian.

Shoking lo había puesto perfectamente al corriente, pues ambos venían cargados con los herramientas necesarias para cavar la tierra y, aun si era necesario, para abrir una trinchera en la roca.

El jefe fenian saludó a Vanda y Marmouset.

En seguida se acercó a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo particular.

Así se pasaron algunos minutos.

La casa permanecía en tanto silenciosa, y no aparecía luz en ninguna ventana.

—Parece que duermen bien, exclamó Marmouset impaciente.

—Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.

Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del primero.

Esto fue también en vano: ni ruido, ni luz respondió a este llamamiento.

—Pero... ¿esta casa está desierta? exclamó Vanda.

—No, repuso el jefe fenian.

Y golpeó por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.

Entonces apareció de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se oyó un paso lento y mesurado que venía del interior.

Poco después, en fin, se abrió la puerta, y Marmouset y Vanda vieron aparecer un hombre de pequeña estatura, pero recio de miembros y vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba rojos e incultos, y que venía a medio vestir y con una linterna en la mano.

Este singular individuo era master Farlane.

El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rápido.

Farlane respondió con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se serenó inmediatamente, y franqueó el paso con cortesía.

Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerró la puerta.

Después vino al jefe fenian y fijándose en él:

—¿Y bien? le dijo, ¿la explosión ha dado buen resultado?

—No, respondió el jefe.

—Sin embargo, prosiguió Farlane, yo he creído que la mitad de Londres se desplomaba.

—¿Se ha sentido algo por aquí?

—Lo mismo que un violento terremoto. Creí por un momento que mi casa se venía abajo.

—¿De veras?

—Y tanto que sospecho que han debido sufrir algo mis bodegas. No extrañaré encontrar en ellas algún hundimiento.

—Vas a convencerte de seguida, pues precisamente venimos a visitar tu bodega.

Farlane miró con curiosidad a las personas que acompañaban al jefe.

—Ya te explicaremos todo eso, dijo este; pero empecemos por bajar a la cueva.

—¿Qué pretendéis hacer con esos instrumentos?

—Ya lo verás.

Farlane era uno de los jefes influyentes del fenianismo, pero sin duda inferior en grado al que Shoking había ido a buscar a Farringdon street, puesto que no insistió en sus preguntas, ni hizo ninguna otra observación.

Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el vestíbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrás de él, pudieron ver entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.

El jefe fenian cerraba la marcha.

Así bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron delante de una nueva puerta.

Esta daba a una estrecha galería que se perdía en la oscuridad; y al entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta ráfaga de aire que les hirió momentáneamente el rostro.

A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.

El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:

—Ahora, orientaos, y ved si vuestros cálculos son exactos.

Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tomó la linterna que llevaba Farlane.

—Esperadme aquí, dijo.

Y se adelantó solo en dirección del sitio de donde venía el aire frío y húmedo.

La galería descendía insensiblemente describiendo una línea curva; pero a cierta distancia se prolongaba en sentido recto, lo que permitía que la vista pudiese penetrar hasta el fondo de aquella cueva.

Así Marmouset, apenas hubo andado algunos pasos, descubrió a lo lejos una claridad blanquecina que parecía indicar una salida. Avanzó algunos pasos más, y reconoció entonces que lo que veía eran los primeros albores de la mañana, y que aquella cueva iba a salir al Támesis.

El río había llegado a su mayor altura, y la marea que venía del largo lo rechazaba hacia los puentes de Londres.

—Es lo mismo que yo creía, pensó Marmouset.

Y volvió por donde había venido.

Vanda, los dos fenians y Shoking habían permanecido junto a la puerta.

Pero aquella puerta daba al centro de la galería, y esta se prolongaba también hacia el norte.

—Por aquí, dijo Marmouset.

Y adelantándose a todos, llegó a un sitio donde el suelo se había desplomado.

—Estaba seguro, dijo Farlane, ved lo que ha hecho la explosión.

Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventuró por aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente sus pies encontraron un punto de apoyo.

—Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la cabeza.

Shoking se la pasó, arrodillándose en el suelo, y el joven desapareció en aquella profundidad.

Vanda y sus compañeros se quedaron entonces en tinieblas.

Pero no habían pasado cinco minutos cuando la luz apareció de nuevo, y Marmouset volvió poniéndose de un salto en la cueva.

Su rostro estaba radiante de alegría.

—¡El capitán se ha salvado! dijo.

—¡Salvado! exclamó Vanda.

—¿Estáis bien seguro? preguntó Shoking.

—Los dos han escapado a la catástrofe, él y Milon, añadió Marmouset.

—Pero, ¿dónde se hallan?

—Han pasado por aquí.

—¿Qué sabéis? dijo de nuevo Shoking.

—¡Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engañarme; seguídme y lo veréis.

Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigió, examinándolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el río.

El suelo de la cueva presentaba algunos sitios acá y allá cubiertos de un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de cerveza.

—¡Mirad!... ¡mirad! dijo Marmouset señalando las pisadas húmedas que habían dejado pasos recientes.

Siguiendo estas huellas, más o menos visibles, llegaron en fin a la ventana.

El río resonaba al pie luchando aún contra la marea.

—¿Comprendéis ahora?..... dijo Marmouset.

Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Támesis, añadió:

—Ya sabéis que ambos son buenos nadadores, ¿no es verdad?

Vanda cayó de rodillas y, por toda respuesta, elevó su alma a Dios en acción de gracias.


XII

Ocho días habían trascurrido después de estos acontecimientos.

Si la curiosidad o un interés cualquiera nos hubiera impulsado a seguir a Marmouset y Vanda, hubiéramos podido encontrarlos juntos, en el piso principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.

Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a alguno.

—En fin, decía Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros esfuerzos han sido inútiles durante ocho días. ¿Qué ha sido de Rocambole?... ¡Oh! mucho temo que haya muerto.

—Es imposible, dijo Marmouset. Si él y Milon se hubiesen ahogado en el Támesis, ya hubieran sacado sus cadáveres.

—¿Quién sabe?

—He visto todos los ahogados que han sacado del río; y además, añadió Marmouset, ya sabéis que ambos son buenos nadadores.

—Pero, ¿qué ha sido de ellos?

—Hasta ahora es un misterio impenetrable, respondió Marmouset.

—Los fenians han buscado al Hombre gris por todas partes.

—No digo que no.

—Miss Ellen, que ha venido de nuevo esta mañana, nos afirma que la policía inglesa no ha vuelto a cogerlo. Pero miss Ellen, al decir esto, ¿está acaso segura?

—¡Oh! sí, repuso Marmouset, debe de estarlo.

—¿Por qué razón?

—Porque se ha reconciliado con lord Palmure su padre.

—Bien. Pero.....

—Lord Palmure se interesa ahora por el Hombre gris tanto como antes lo odiaba, y lord Palmure es par de Inglaterra, y como tal tiene el derecho de hacerse abrir las prisiones y de visitar a los presos que hay en ellas.

—Lo que acabáis de decirme, Marmouset, debería tranquilizarme, y sin embargo........

—Vuestro temor es mayor que nunca, ¿no es esto?

—Sí.

—Pero ¿por qué? veamos.

—Porque pienso en el reverendo Patterson, el más terrible e implacable enemigo del Hombre gris.

Marmouset levantó los hombros con desprecio.

—Patterson, dijo, no es bastante fuerte para luchar con Rocambole.

—En fin, murmuró Vanda, ¿cómo es que Rocambole no ha venido a reunirse con nosotros?..... ¿Nos cree acaso enterrados en el subterráneo?

Marmouset no respondió a esta observación y permaneció pensativo algunos instantes.

Después, levantando de pronto la cabeza, añadió:

—Tal vez, amiga mía, el capitán ha partido de Londres, pero de cualquier modo que sea, nosotros somos bien culpables.

—¿Culpables?... exclamó Vanda asombrada.

—Sí, porque hemos olvidado una cosa importante.

—¿Cuál?

—Hemos faltado a las prescripciones de Rocambole. ¿No recordáis sus últimas palabras? En el momento de poner fuego al barril de pólvora nos dijo:—Es necesario preverlo todo. Es posible que yo sucumba..... y que nos hallemos para siempre separados..... En ese caso, vosotros continuaréis mi obra.

—Sí, repuso Vanda, el capitán nos dijo eso en efecto, y nos encargó, que si perecía en la empresa, fuésemos a Rothnite, al otro lado del túnel, y que buscásemos allí a una pobre vieja conocida con el nombre de Betzy-Justice.

—Justamente. Y bien, hasta ahora, nada de eso hemos hecho.

—Porque esperábamos, y porque esperamos aún que el capitán no ha muerto.

—En hora buena, pero por ahí sin embargo debíamos haber empezado nuestras pesquisas.

—¿Por qué?

—Porque acaso Rocambole ha ido ya a casa de esa mujer.

—¡Ah! exclamó Vanda, ¡si pudierais decir verdad!

—¿Quién sabe?

—Pero entonces, vamos; partamos de seguida.

—No; ahora es necesario esperar.

—¿Esperar, qué?

—La visita de Farlane, que debe venir a darnos cuenta del resultado de las investigaciones hechas por los fenians.

Marmouset no había acabado de hablar, cuando se levantó haciendo un gesto de satisfacción:

—¡Y a propósito, mirad! exclamó, cuando se habla del ruin de Roma.....

—¿Farlane? dijo Vanda.

—Sí, acaba de atravesar la calle.

—¿Solo?

—No; viene con él Shoking.

En efecto, poco después se oyó ruido de pasos en la escalera, luego llamaron a la puerta, y Marmouset corrió a abrir.

Farlane el fenian y nuestro antiguo amigo Shoking, entraron en el aposento.

Ambos venían tristes y abatidos.

—¿Y bien? preguntó Marmouset.

—Nada, dijo Farlane.

—¡Absolutamente nada! murmuró Shoking.

—Es que acabamos por donde deberíamos haber empezado, dijo Marmouset.

—¿Qué queréis decir? preguntó Shoking.

—¿Sabes dónde está Adam street?

—Sí, por cierto, respondió Shoking; está en Rothnite.

—Pues bien; ve a buscar un cab.

Shoking no se lo hizo repetir dos veces, y se precipitó como un alud por la escalera.

Vanda pasó a su cuarto a ponerse un abrigo, y durante ese tiempo Marmouset se quedó hablando con Farlane.

—Esperad a mañana, dijo el joven al fenian, para poner de nuevo vuestros hombres en campaña.

—¿Por qué? preguntó Farlane.

—Porque es muy posible que tengamos mañana un punto de partida más seguro para continuar nuestras pesquisas.

—Como gustéis, respondió Farlane con su imperturbable flema británica.

Cinco minutos después entró Shoking con la misma precipitación.

—El cab está abajo, dijo falto de aliento.

Marmouset tendió la mano al fenian.

—Hasta mañana, le dijo.

—Hasta mañana temprano, respondió Farlane.

Y despidiéndose de Vanda que volvía vestida para salir, tomó la puerta.

—Vamos pronto, dijo entonces Marmouset.

—¿No queréis que os acompañe? preguntó Shoking.

—Ven, si quieres.

Vanda y Marmouset entraron en el coche, y Shoking subió al pescante, al lado del cabman o cochero, que partió rápidamente.

El cab bajó a escape por Saint-George street, pasó en seguida por delante de la torre de Londres, entró en Thames street, y atravesando el puente de Londres, llegó a la orilla derecha y se dirigió hacia Rothnite. Al aproximarse a Rothnite-Church, es decir, a la iglesia de Rothnite, Marmouset gritó al cabman que se detuviese.

Shoking bajó inmediatamente a abrir la portezuela y Marmouset y Vanda descendieron del coche.

—Nos hallamos en un barrio miserable, de calles fangosos y estrechas, dijo Marmouset. Es pues inútil el continuar en carruaje y llamar inoportunamente la atención.

Y acabado de decir esto, pagó el carruaje y lo despidió.

En seguida los tres siguieron a pie su camino.

Además, Adam street, que es una de las callejuelas más miserables de aquel barrio, se hallaba a dos pasos.

Marmouset se acordaba perfectamente del número que le había dado Rocambole, y bien pronto se halló a la puerta de la casa designada.

Esta era una vieja casucha de tres pisos, bastante degradada, y de aspecto triste y sombrío.

Se entraba en ella por un portal estrecho y oscuro, en medio del cual había un ventanillo que daba a la tienda de un pescadero.

Este, al oír pasos en el portal, se asomó al ventanillo.

—¿Adónde vais? preguntó.

—¿No es aquí donde vive Betzy-Justice? preguntó Marmouset.

—Sí, en el tercer piso. No hay más que una puerta.

—¿Sabéis si está en su cuarto?

—¡Oh! ya lo creo! La pobre mujer está en cama desde el día en que ahorcaron a su marido.

Al oír esto, Marmouset, Vanda y Shoking tomaron la escalera.

Llegados al tercer piso, Marmouset llamó discretamente, a pesar de haber visto que la llave estaba a la puerta.

—¡Entrad! gritó una voz débil desde el interior.

Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergón extendido en el suelo, y parecía hallarse en un estado de postración extrema.

Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dejó escapar un grito de espanto.

—¡Ah! exclamó, ¿venís acaso a buscarme, a mi también, para encerrarme en la cárcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habéis colgado a él?—¡Oh! no vale la pena, añadió, miradme bien, y veréis que me estoy muriendo.

—Os engañáis, pobre Betzy, respondió Marmouset; nosotros no somos agentes de justicia, sino amigos vuestros.

—¡Ah!... ¿no me engañáis? dijo la vieja.

Y sacando sus manos descarnadas, separó con los dedos la maraña de cabellos canos que le cubrían la frente.

—De veras..... bien de veras, ¿no me engañáis? repitió.

—No; nosotros somos amigos y compañeros del Hombre gris.

Este nombre arrancó a la vieja una exclamación de alegría.

—¿Del Hombre gris? dijo, ¿del Hombre gris?

—Sí.

—¿No está ya en la cárcel?

Al oír esta pregunta, Marmouset y Vanda se miraron con estupor.

Su última esperanza acababa de desvanecerse.

Betzy-Justice no había visto al Hombre gris, y hacía ya ocho días que Rocambole y Milon habían salido del subterráneo de Newgate.

—¡Ah! exclamó Vanda exhalando un tristísimo gemido, ya os decía que había muerto.

Betzy se incorporó sobre su miserable lecho.

—¿Quién ha muerto? preguntó con ansiedad.

Y fijó sobre aquellas tres personas desconocidas, sus ojos inflamados por la fiebre y las lágrimas.


XIII

Betzy-Justice seguía mirando con ansiedad a las tres personas que rodeaban su lecho.

Pero ninguna de ellas había osado proferir una palabra después de la exclamación de Vanda.

La pobre vieja, después de contemplarlos un momento, se irguió violentamente, y dijo con voz ronca animada por la fiebre:

—¡No!... ¡no!... ¡os engañáis!... ¡eso no puede ser..... el Hombre gris no ha muerto!

—Es de esperar que así sea, repuso Marmouset.

Vanda movió tristemente la cabeza y no respondió.

—El Hombre gris prometió a mi pobre Tom que él haría justicia, y el Hombre gris no ha podido morir antes de haber cumplido su palabra. Además, añadió, el Hombre gris no es un hombre como los demás.

—Eso es verdad, dijo Shoking abriendo su pecho a la esperanza.

—El Hombre gris no puede morir, repitió Betzy.

Y luego, mirándolos de nuevo con espanto, añadió:

—¿A qué habéis venido aquí?

—A buscar al Hombre gris.

—¿Y decís que sois sus amigos?

—Sí.

Y como se quedase mirándolos con aire de duda, Marmouset añadió:

—En el momento de separarnos, el Hombre gris nos dijo: es posible que no nos volvamos a ver.

—¡Ah!... ¿Os ha dicho eso?

—Sí; y nos ha ordenado venir a buscaros.

—¿A mí?

—Para suplicaros en su nombre que nos entreguéis unos papeles.

Betzy los miró con desconfianza, y quedó un momento en silencio.

—No, no, dijo en fin, vosotros no venís de su parte.

—Os juro que sí, buena Betzy, repuso Shoking.

—Y yo..... no os creo.

Marmouset tomó afectuosamente una de las descarnadas manos de la vieja, y la dijo con acento penetrante:

—Miradme bien, ¿tengo acaso el aire de una persona que miente?

—No lo sé.

—Reflexionad, prosiguió Marmouset, que si el Hombre gris ha muerto, y vos no queréis confiar en nosotros.....

—Yo no tengo que reflexionar más que en una cosa, dijo Betzy.

—¿Cuál?

—En lo que me encargó mi pobre Tom cuando lo llevaron preso..... me dijo que no confiara los papeles a nadie.....

—¿Ni aun al Hombre gris?

—¡Oh! sí.

—Pues bien, puesto que nos envía.....

—Dadme la prueba de ello.

Y esta mujer a quien el pesar y la miseria habían puesto a las puertas de la muerte, y a la que quedaban sólo tal vez algunas horas que vivir, esta mujer, decimos, manifestó resueltamente su decisión de no deshacerse de los misteriosos documentos que se hallaban en su poder.

—Querida amiga, dijo entonces Shoking, ¿no me conocéis a mí?

—No, repuso Betzy. Sin embargo, me parece haberos visto en alguna parte.

—Me llamo Shoking.

Este nombre pareció despertar un recuerdo en la débil inteligencia de Betzy-Justice.

—¡Ah! sí, respondió, ¿Shoking el mendigo?

—Precisamente.

—Ya recuerdo. Hemos pasado una noche juntos en el Work house de Mail-Road.

—Es verdad, dijo Shoking.

—Pero eso no me prueba que vengáis de parte del Hombre gris.

—Yo soy su amigo.

—¿Y quién me lo prueba?

—Veamos, dijo Shoking que era paciente y obstinado como verdadero inglés, ¿conocéis en Londres alguna persona que os inspire absoluta confianza?

—Si, conozco a un sacerdote católico.

—¿Tal vez el abate Samuel?

—¿Le conocéis también? preguntó Betzy fijando los ojos en su interlocutor con tenaz atención.

—No solamente lo conozco, dijo Shoking, sino que puedo afirmaros que él atestiguará, si es preciso, que vengo de parte del Hombre gris.

—Pues bien, respondió Betzy, que el abate Samuel venga aquí a decirme que puedo entregaros los papeles.

—¿Y nos los daréis entonces?

—Sí.

Shoking consultó a Marmouset con la mirada.

Este la comprendió y dijo resueltamente:

—Nuestro jefe nos ha dado una órden, y debemos ejecutarla. Tengo la convicción íntima de que nuestro jefe vive.......

—Yo también, dijo Shoking.

—¡Dios lo quiera! murmuró Vanda.

—Pero debemos obrar como si hubiese muerto.

—Tal es mi opinión, repuso Shoking.

—Pero en fin, prosiguió Marmouset, ¿dónde encontrar al abate Samuel?

—Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queréis esperarme aquí.....

—¿Aquí?

—Sí; tomando un cab, estaré de vuelta antes de una hora.

—Está bien: esperaremos, repuso Marmouset.

—Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y en seguida os entregaré los papeles, dijo Betzy.

Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tenía más muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, además del jergón donde Betzy estaba acostada.

La pobre vieja creyó comprender aquella mirada.

—¡Ah! exclamó, buscáis dónde he podido ocultar los papeles, ¿no es verdad?

Y soltando una carcajada nerviosa, que hacía daño oír, añadió:

—¡Oh! no están aquí; podéis creerme..... Se hallan muy lejos de esta casa.

—¡Ah! dijo Marmouset.

—Y si venís en efecto de parte del Hombre gris.....

—Muy pronto tendréis la prueba, Betzy, dijo Shoking.

Y tomó precipitadamente la puerta, mientras que Vanda y Marmouset se sentaban a la cabecera de aquella pobre mujer.

Shoking era hijo de Londres, y de consiguiente conocía aquella vasta ciudad hasta en sus menores detalles.

Una vez fuera de Adam street, torció hacia Rothnite-Church, donde sabía que encontraría en el fondo de un patio una estación de carruajes de alquiler.

Allí halló en efecto un cab, y subiendo en él, dijo al cochero:

—Saint-George-Church.

—¿En el Southwarck? preguntó el cabman.

—Sí. Y tendrás seis peniques de propina si me llevas a buen paso.

El cabman dio riendas a su trotón irlandés y salió a escape.

La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos después el cab se detenía delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia católica.

Shoking se apeó y atravesó el cementerio.

Después, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se dirigió al postigo que daba acceso a la sacristía.

Nada había sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.

Tal como lo hemos visto en otra ocasión, tal se encontraba ahora, y el mismo viejo sacristán que conocemos guardaba el santuario, y venía a abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.

Shoking llamó, y el buen anciano vino a abrir de seguida.

Al ver a Shoking, sus ojos medio apagados se animaron con una súbita alegría.

—¡Ah! exclamó, ¡mucho tiempo hace que no os dejáis ver, querido amigo!

—He estado ausente, respondió Shoking.

—¿De veras?

—He estado en Francia.

—¡Ah! muy bien.

—Y quisiera ver al abate Samuel. ¿Está allá arriba?

Y diciendo esto, designaba con la vista la puerta del campanario.

—Si, dijo el anciano con un movimiento de cabeza.

Shoking subió en seguida a la torre y llamó a la puerta disimulada en el muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris y todos los que el reverendo Patterson perseguía con su odio implacable, habían encontrado sucesivamente un asilo.

El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.

Al oír llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a Shoking, soltó, como el sacristán, una exclamación de alegre sorpresa.

—Padre mío, le dijo Shoking, ya sabéis que yo era el fiel amigo del Hombre gris, o mejor dicho, su servidor más adicto.

—Ya lo sé, repuso el abate.

—¿Tendríais inconveniente en atestiguarlo?

—Ninguno.

—En ese caso os suplico que vengáis conmigo.

—¿Adónde?

—A Rothnite, en Adam street.

—Bien, dijo el abate Samuel, ya sé lo que queréis.

—¡Ah!

—Habéis ido a pedir ciertos papeles a la viuda de un ajusticiado.

—Sí.

—Que llaman Betzy-Justice.

—Ese es en efecto su nombre.

—¿Y no ha querido creer que vais de parte del Hombre gris?

—No lo creerá si no venís a afirmarlo.

—Pues bien, dijo el sacerdote, vamos; estoy pronto a seguiros.

Shoking se quedó mirando al abate Samuel.

—¿Conocéis por ventura, padre mío, le dijo, la historia de esos papeles?

—Sí.

—¿Quién os la ha contado?

—El Hombre gris mismo.

Shoking lanzó una exclamación de alegría.

—¡Ah! si es así, dijo, bendigo mil veces al cielo, pues eso me prueba que el Hombre gris, a quien creíamos muerto, vive todavía.

El abate Samuel bajó la cabeza y no respondió.


XIV

En el momento en que atravesaban el cementerio, Shoking cogió vivamente las manos del abate Samuel.

—¡Ah! exclamó, decidme que lo habéis visto.

—¿A quién?

—Al Hombre gris.

—Sin duda que lo he visto.

—¿Cuándo? ayer..... hoy? preguntó Shoking con voz ahogada por la emoción.

—No, dijo el abate Samuel; lo he visto en Newgate hace unos quince días.

Shoking dejó escapar un grito de sorpresa.

—¡Ah! exclamó; en ese caso, no sabéis nada.

El sacerdote se quedó mirándolo con extrañeza.

—¿No sabéis pues, prosiguió Shoking, que el Hombre gris no está ya en Newgate?

—Sí, ya lo sé.

—Entonces..... no ignoráis dónde se halla.....

Y al decir esto, Shoking empezó a recobrar la esperanza.

—Lo ignoro, respondió el abate Samuel.

—Nosotros creemos que ha muerto.

—¡Ah! dijo el sacerdote.

Y permaneció impasible.

—¡Oh! exclamó Shoking, vos sabéis muchos cosas que nosotros ignoramos.

—Es muy posible.

Shoking no dijo más, pero se hizo para sí esta reflexión:

—Ahora estoy seguro de que el Hombre gris no ha muerto. Si se oculta de todos, es que tiene poderosas razones para hacerlo.—Y esas razones, veo perfectamente que las conoce el abate Samuel y que no quiere revelarlas.

Partiendo de esta idea, Shoking guardó un silencio lleno de reserva.

Así salieron del cementerio, y montaron en el cab que esperaba a Shoking en el square.

—Rothnite-Church, dijo al cochero.

El cab partió con la misma velocidad.

Llegados a la iglesia de Rothnite, el abate y Shoking echaron pie a tierra y despidieron el cab.

Después continuaron su camino a pie y llegaron a Adam street.

Marmouset los esperaba en el umbral de la puerta.

—¡Ah! venid pronto, dijo, venid pronto.

—¿Qué hay de nuevo? preguntó Shoking.

—Hay... que la pobre anciana se muere.

—¿Betzy?

—Después que nos dejaste, prosiguió Marmouset, ha tenido una crisis nerviosa, a la que se ha seguido una gran postración y debilidad; y en este momento apenas respira. No hay que perder tiempo, si es que ya puede reconocer al padre.

Y Marmouset saludó al abate Samuel.

—Tranquilizaos, caballero, dijo este en francés. Conozco a Betzy y la he visto muchas veces en ese estado, sobre todo después de la muerte de su marido.

Y hablando así, subieron a la miserable buhardilla.

Vanda continuaba a la cabecera de la pobre anciana, que yacía como inerte en su miserable lecho.

Pero cuando Betzy-Justice vio aparecer al abate Samuel, su rostro se trasfiguró y un sentimiento de satisfacción inefable se pintó en su mirada.

—¡Ah! exclamó, he creído morir antes de vuestra llegada.

El abate Samuel la tomó afectuosamente la mano.

—Cobrad ánimo, Betzy, la dijo.

—¡Oh! no me falta, respondió la vieja: además, debo cumplir las últimas voluntades de mi pobre Tom: es necesario que su muerte no haya sido inútil.

Y mirando a Shoking añadió:

—¿Conocéis a este hombre?

—Sí, respondió el abate Samuel.

—¿Es un amigo del Hombre gris?

—Sí.

—¡Ah! ¿Y vienen todos estos de su parte?

—Así es, dijo el sacerdote católico.

—Entonces... ¿puedo decirles donde están los papeles?

—Ciertamente.

Betzy hizo un esfuerzo supremo, y logró con gran trabajo incorporarse de nuevo en su lecho.

—Entonces, dijo, escuchadme..... escuchadme con atención.

Las cuatro personas que asistían a esta escena, rodearon el lecho de la pobre anciana, cuya voz se debilitaba por instantes.

—¿Conocéis la iglesia de Rothnite? dijo.

—Sí, respondió el abate Samuel.

—Está rodeada de un cementerio.

—Como todas las iglesias de Londres.

—Pues bien; en el cementerio de Rothnite hay una sepultura que tiene por epitafio un solo nombre: Robert.

—Acabad, dijo Shoking.

—Sobre esa sepultura hay una cruz de hierro, continuó Betzy-Justice. Las cruces de hierro son raras, ¡muy raras! en el pobre cementerio de Rothnite: así encontraréis fácilmente la sepultura de que os hablo.

—¿Y los papeles se hallan en esa sepultura?

—Sí.

—Está bien, dijo Marmouset, vamos a buscarlos de seguida.

—No es posible, observó Betzy. No podréis hacerlo, pues la iglesia y el cementerio están cerrados de noche.

—Pasaremos por encima de la verja.

—No hay necesidad de eso, dijo Shoking.

—¿Qué quieres decir? preguntó Marmouset mirando a Shoking con curiosidad.

—Quiero decir, respondió este, que tengo un medio seguro de penetrar en el cementerio sin escalar rejas ni forzar ninguna puerta.

El abate Samuel hizo un signo afirmativo que quería decir:

—Yo también.

—En ese caso, vamos, dijo Marmouset.

—Pero, observó Vanda, no podemos dejar a esta pobre mujer sola. En tanto que volvéis, yo permaneceré a su lado.

—¡Oh! exclamó Betzy con voz doliente, ¡no permaneceréis por mucho tiempo!..... Creo que por esta vez todo está concluido. Sin embargo, no quisiera morir sin saber que tenéis esos papeles.......

—Descuidad: volveremos aquí tan pronto como estén en nuestro poder, respondió el abate Samuel.

Y salió el primero del aposento.

Marmouset y Shoking, le siguieron inmediatamente, y bajaron con precipitación la escalera.

Tan luego como se hallaron en la calle, el sacerdote dijo a Marmouset:

—Hay una cosa que no sabéis, que no podéis saber, pero que el Hombre gris conoce perfectamente.

—¡Ah!

—Y es que el cementerio de Rothnite ha servido muchas veces de lugar de reunión de los fenians.

—¿Es posible?

—Y de consiguiente vamos a tomar el mismo camino que ellos, para penetrar en ese sitio.

—¡Ah! dijo Marmouset, ya que me habláis del Hombre gris.......

—¿Qué?

—¿Sabéis que ha sido de él?

—Se ha escapado de Newgate.

—Sí; pero ¿y después?

—Después..... ¡Toma!.....

Y el sacerdote pareció embarazado.

Marmouset movió tristemente la cabeza.

—Mucho temo, dijo, que haya muerto.

—¡Oh! no, dijo el abate Samuel.

—¡Ah! ¿creéis que no ha muerto?

—Sí.

—Pero..... ¿estáis seguro?

—Tal vez.....

—Y... en fin, ¿le habéis visto?

—No, pero puedo afirmaros que vive.

—Y yo lo creo firmemente, dijo Shoking.

Marmouset sentía latir su corazón con violencia.

—¡Oh! padre mío! exclamó, ¡por favor!..... Si tenéis alguna noticia reciente del que vos llamáis el Hombre gris y a quien nosotros reconocemos como nuestro jefe.....

—No insistáis, caballero, respondió con embarazo el abate Samuel, no insistáis, pues no me es posible responderos. Básteos saber que el Hombre gris vive..... y que lo veréis un día.

Marmouset bajó la cabeza y no insistió más.

Rocambole vivía y esto le bastaba por el momento.

Además, Marmouset recordaba ahora otras circunstancias análogas que contribuían a tranquilizarlo.

Recordaba que hacía tres o cuatro años, el capitán había desaparecido súbitamente, y que después, cuando menos lo esperaban había vuelto del mismo modo.

Hablando así, el abate Samuel y sus dos compañeros llegaron a la plazuela de Rothnite-Church.

En ella había un public-house, que cerraba todas las noches muy temprano, pero donde debían velar hasta bien tarde, pues se veía filtrar un rayo de luz por los postigos de la tienda a hora muy avanzada.

Shoking llamó a la puerta de aquella taberna de un modo particular.

En seguida se oyó ruido en el interior, pero a pesar de ello la puerta permaneció cerrada.

Entonces Shoking se volvió al abate Samuel.

—El publican espera el santo y seña, dijo, y yo no sé cuál es.

—Esperad.....

Y el abate Samuel aproximó los labios a una hendedura de la puerta, y pronunció algunas palabras en dialecto irlandés.

Apenas pronunciadas, la puerta se abrió como por encanto.

El publican, un irlandés de pura raza, hizo un gesto de admiración al ver al abate Samuel.

—¡Ah! exclamó, pero..... hoy no es día de reunión.

Esto aludía a las conferencias misteriosas de los fenians.

—Ya lo sé, dijo el abate, pero venimos para un negocio particular al cementerio.

—¡Ah! eso es otra cosa!

El tabernero conocía a Shoking, pero, en cuanto a Marmouset, era la primera vez que lo veía.

Así se quedó mirándolo con extremada curiosidad, hasta que el abate Samuel le dijo:

—Este gentleman es un amigo del Hombre gris.

El publican lo saludó con respeto; y yendo en seguida a encender una linterna en la lámpara que ardía sobre el mostrador, se volvió y dijo:

—¡Vaya! puesto que tenéis que hacer en el cementerio, venid.

Y levantó la trampa que se encontraba en medio del public-house, la cual cubría una escalera de mano por donde se bajaba a la bodega del establecimiento.


XV

Llegados a la cueva, el abate Samuel tomó la linterna de manos del publican.

—Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.

—¿Puedo volver a la tienda?

—Sí.

—¿Y no esperáis a nadie?

—A nadie absolutamente.

—Está bien, repuso el tabernero. Y se volvió por la escala, dejando a Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.

Entonces este último pasó la mano por el fondo de aquella pared húmeda, buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tardó en abrir una puerta, tan hábilmente disimulada, que se confundía con el muro.

—He aquí nuestro camino, dijo el sacerdote.

La puerta descubría un estrecho corredor subterráneo, y todos tres entraron por él uno después de otro.

Marmouset iba el último, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba delante, alumbrando con la linterna que había tomado al publican.

El pasadizo subterráneo, bajo y estrecho, tenía la forma de un conducto de desagüe, y se prolongaba por un espacio de más de treinta metros, hasta llegar a una pequeña escalera de seis peldaños gastados y desiguales.

Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente entornada, pues cedió al empujarla el abate Samuel.

Entonces el sacerdote apagó la linterna.

—¿Qué hacéis? preguntó Marmouset.

—Soy prudente.

—¿Pues dónde estamos?

—En un panteón de familia.

—¡Ah!... ¿es posible?.....

—Mirad, añadió el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la vista a vuestro frente.

—Bien.

—¿No descubrís nada?

—Me parece que veo el cielo a través de una ventana.

—No es una ventana, sino una puerta.

En efecto, la bóveda donde acababan de penetrar por tan singular camino, tenía naturalmente una pequeña puerta que daba al cementerio.

El abate Samuel descorrió un cerrojo, y abrió con precaución la puerta.

—Yo sé dónde está la sepultura, añadió el sacerdote irlandés.

Y hablando así, salió delante para guiar a sus compañeros.

La noche era oscura y la niebla extremadamente densa.

—Seguídme, dijo de nuevo el abate Samuel, y marchad con precaución: es necesario evitar en lo posible el andar sobre las tumbas..... es una profanación.

A pesar de la oscuridad, el sacerdote se orientaba bastante bien.

—¡Ah! dijo Marmouset en voz baja, ¿sabéis en efecto cuál es la sepultura?

—Sí, me acuerdo haber notado la cruz de hierro y la breve inscripción que forma el epitafio.

—¿Sabíais también que contenía esos papeles?

—No; y sin embargo.....

—Sin embargo... ¿qué? preguntó Marmouset.

—Sé vagamente lo que encierran esos papeles.

—¡Ah!

—Hace unos tres meses, prosiguió el abate Samuel, un día vino un hombre a la iglesia de Saint-George, y solicitó hablarme.

—¿Quién era ese hombre?

—Tom, el marido de Betzy-Justice.

—¡Ah! no lo habían preso aún.....

—No: tampoco había cometido el crímen que le ha costado la vida. Tom me contó pues su historia, y me suplicó que me interesase por él.

El desgraciado me creía omnipotente, y me decía que si yo tomaba su causa entre manos, la consideraba como ganada.

Desgraciadamente Tom era escocés y protestante, y de consiguiente no pertenecía al fenianismo.

Estaba pues seguro de antemano que nuestros hermanos se negarían a ayudarle, y así se lo dije.

El infeliz no quiso oír más, y se fue haciéndome un gesto de a Dios desesperado.

Dos días después, Tom asesinaba a lord Evandale.

—Pero decidme, preguntó Marmouset, ¿no le hablasteis entonces del Hombre gris?

—De ningún modo.

—Entonces, ¿cómo el Hombre gris ha podido saber?.......

—Se han visto en Newgate.

—¡Ah! es verdad.

Y Marmouset añadió para sí:

—Reconozco en este rasgo al capitán y su carácter caballeresco:—para que Rocambole haya aceptado la herencia de Tom el ajusticiado, es necesario que esa causa sea justa.

El abate Samuel se detuvo en este momento.

—Aquí es, dijo.

La noche estaba demasiado oscura para que pudiesen leer el epitafio, pero se veía distintamente la cruz de hierro.

—Yo traigo fósforos en el bolsillo, dijo Shoking.

—¿Y para qué?

—¡Toma! para ver bien si el nombre que está escrito ahí es el que ha dicho Betzy.

—Es inútil. Estoy seguro que esta sepultura es la que nos ha designado.

Aquel sepulcro consistía en una simple losa extendida por tierra.

—No tenemos instrumentos para levantar la piedra, dijo Marmouset.

—No hay necesidad de ellos, respondió el abate.

—¡Ah! ¿lo creéis así?

—Ved sino. Y el sacerdote cogió la losa por el borde, con ambas manos, y la levantó fácilmente, tanto era ligera.

Aquella losa, que parecía puesta allí, más como una puerta, que como piedra sepulcral, cubría una fosa cuyas paredes eran de mampostería.

En el fondo de la fosa se entreveía un ataúd.

Shoking no pudo contener un movimiento de terror.

—¿Tienes miedo? le dijo Marmouset.

—Un poco, respondió Shoking.

—¿Por qué?

—Porque..... de seguro, los papeles están en el ataúd.

—Es probable.

—¡Oh! exclamó Shoking, yo no podré nunca poner mis manos sobre un cadáver..... ¡oh!... ¡no!

Marmouset no respondió una palabra y descendió a la fosa.

La oscuridad era allí tan profunda, que no veía nada absolutamente, pero trató de suplir la vista con el tacto.

Tocó en todos sentidos el féretro, y encontró en uno de sus costados un tornillo, luego otro y en fin, cuatro.

En Londres no se clavan los féretros, sino que se cierran con tornillos.

Marmouset sacó inmediatamente un cortaplumas que contenía muchas hojas, y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvió de ella como de un destornillador.

Shoking se separó a un lado, apartándose de la sepultura.

El abate Samuel, por su parte, permaneció al borde de la fosa, prestando cuidosamente el oído, y con la vista fija en la verja del cementerio, escrutando también de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.

El cementerio no tenía guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas, y además podía suceder que algún fenian tuviese el capricho de venir allí, penetrando por el mismo camino que ellos habían traído.

Afortunadamente la operación no fue larga.

En menos de diez minutos Marmouset logró sacar los cuatro tornillos.

—Está hecho, dijo.

Shoking retrocedió algunos pasos más y volvió a otro lado la cabeza.

Marmouset levantó entonces con cuidado la tapa del ataúd.

—¡Ah! exclamó, puedes venir, Shoking.

—¿Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.

—El ataúd está vacío.

—¿Vacío?

El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.

—No hay ningún cadáver, añadió Marmouset.

—¿Ni papeles tampoco?

—¡Ah! sí..... creo que sí.

Y Marmouset encontró en efecto, en un rincón de aquel féretro vacío, un paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre negro.

En seguida echó el paquete al abate Samuel, y cerrando el ataúd, sin detenerse en colocar de nuevo los tornillos, saltó vivamente fuera de la fosa, y ayudó al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de modo que no se conociera la aparente profanación que acababan de llevar a cabo.

El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos después llegaban al public-house, salían en seguida de él furtivamente, y se dirigían a toda prisa hacia Adam street.

Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.

Sin embargo, al ver aparecer al abate Samuel, un resto de vida, como el último fulgor de una luz que va a apagarse, pareció animar su mirada.

—He aquí los papeles, dijo el sacerdote.

—Si, murmuró la anciana con voz apagada, eso es..... ¡Ah!... Ahora... ya puedo morir.

Estas fueron sus últimas palabras.

Su respiración se hizo fatigosa, sus ojos se vidriaron, y se agitó con algunos movimientos convulsivos.

Un instante después exhaló el último aliento.

Betzy-Justice acababa de morir, mientras que el sacerdote católico la daba la absolución.

Vanda y sus tres compañeros pasaron la noche al lado del cadáver de la pobre Betzy.

Durante esta velada, Marmouset abrió el paquete tan cuidadosamente envuelto, y encontró en él un voluminoso manuscrito en inglés que llevaba este título extraño:

Diario de un loco de Bedlam.

Y después de hojearlo, leyó en alta voz lo siguiente:


XVI

diario de un loco de bedlam.