IV

Lord Evandale estaba en la Oceanía.

El Minotauro se dirigía hacia Melburne, una de los dos capitales de la Australia, y cada vez que el navío hacía escala en algún punto, el noble lord escribía a su esposa largas cartas, que expresaban todo su amor, toda su ternura.

A veces, hasta había pensado en dar su dimisión y volver a Inglaterra.

Pero el soldado no deserta la víspera de una batalla, y lord Evandale no abandonó su navío.

El Minotauro pasó dos años en Australia, dando caza a los piratas que infestaban sus mares.

Concluida esta campaña, el commodoro fue llamado a Londres, pero su ausencia había durado más de treinta meses.

A su vuelta, lady Evelina salió a su encuentro, llevando a sus dos hijos de la mano.

El segundo había nacido después de la partida de lord Evandale.

La noble joven estaba pálida y triste, y parecían haber pasado por ella más de diez años.

¿Qué había sucedido pues durante la larga ausencia de lord Evandale?

Este no podía adivinarlo, ni llegó a saberlo jamás.

Lady Evelina vivía lejos de toda sociedad, y pasaba la mayor parte del año en Pembleton; y respecto a sir Jorge, nadie había vuelto a verlo después de la noche fatal de que hemos hablado.

Lord Evandale no llegó ni aun a sospechar que había dejado por un momento las Indias para volver a Europa.

Alarmado de la palidez de su esposa y del estado de postración física y moral en que se hallaba, el noble lord consultó uno por uno todos los médicos célebres de Londres.

Los médicos convinieron en que se hallaba atacada de una enfermedad de languidez puramente nerviosa, y aconsejaron un viaje por Italia.

Lady Evelina partió con su marido.

Pasó un mes en Nápoles, otro en Roma, Milan y Venecia, y volvió a Londres más enferma, más desalentada y cansada de la vida.

Dos seres solamente lograban arrancarle una sonrisa.

El uno era Tom, su hermano de leche.

El otro su hijo mayor, el primogénito que debía heredar un día la inmensa fortuna de lord Evandale y sucederle en sus cargos y dignidades.

En cuanto a su segundo hijo, la pobre joven no podía contemplarlo un momento sin que lágrimas de vergüenza viniesen a arrasar sus ojos.

Apenas acababan de llegar de Italia, cuando fue declarada la intervención anglo-francesa en favor de la insurrección griega.

Lord Evandale recibió la órden de embarcarse y tomar el mando de una flotilla, y lady Evelina se encontró de nuevo sola.

Una tarde, la joven se paseaba en Hyde-Park, llevando a su hijo mayor por la mano.

La noche se aproximaba rápidamente.

Seguida a cierta distancia por dos de sus lacayos, lady Evelina se paseaba sin desconfianza por la margen de la Serpentina, cuando de repente, saliendo de un bosquecillo inmediato, se presentaron a ella dos hombres del pueblo, o dos roughs, como los llaman en Londres.

Lady Evelina se volvió vivamente y llamo a sus lacayos.

Pero estos habían desaparecido.

Al mismo tiempo, uno de los dos roughs se echó sobre ella, y le puso la mano en la boca para impedir que gritase.

El otro en tanto se apoderó del niño, y tomó precipitadamente la fuga.

Una hora después, los dos lacayos, que pretendían haberse extraviado por una alameda lateral, creyendo seguir a su señora, la habían encontrado desmayada a orillas de la Serpentina, y la condujeron a su casa.

En cuanto a su hijo, había desaparecido.


XIX

diario de un loco de bedlam.