IV

CONTINUACION.

Afortunadamente, al lado de lady Evelina, sola y desesperada, había un hombre animoso y resuelto.

Este hombre era Tom.

El honrado Escocés no perdió la cabeza, y adivinó de seguida por qué habían robado el niño.

En Londres es esto tan común, como el robo de una bolsa o de un pañuelo; y aún constituye un comercio bastante lucrativo.

Hay tal o cual mendiga que logra a duras penas conseguir al día una limosna, y que haría una fructuosa colecta, si llevase un niño en sus brazos cuando implora la caridad pública.

Hay también maestras de niños, siniestras industriales cuyo tipo sólo florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Támesis las pobres criaturas que les confiaran en secreto.

El día menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a reclamarlos.

Es necesario pues que estén preparadas para poder reemplazar con niños robados, los que han dejado de existir después de largo tiempo, y cuya pensión se ha cobrado religiosamente.

Y en fin, hay además los gitanos, los saltimbanquis y los cómicos de la legua, que andan siempre a caza de niños y los roban con una destreza admirable.

Pero Tom no pensó un solo momento en los mendigos, gitanos ni saltimbanquis.

Su primera idea fue justa y lógica.

—El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la marina real.

Mucho tiempo hacía que sir Jorge no se veía en Londres, ostensiblemente al menos.

Lady Evelina no lo había vuelto a ver desde la noche fatal.

Pero Tom había visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park, y—aunque aquel hombre iba vestido como un rough,—Tom lo había reconocido.

El supuesto rough era sir Jorge.

Tom se puso en busca de sir Jorge, seguro de que el niño estaba en su poder.

El fiel servidor y confidente de lady Evelina era Escocés, pero había pasado su infancia en Londres, y conocía perfectamente todos los misterios de la gran capital.

Así no tardó mucho en encontrar a sir Jorge.

Este se había ocultado en una callejuela del Wapping, hacia los confines de Withe-Chapelle, en una casa alta y sombría, habitada únicamente por gente del pueblo.

Tom cayó en aquella casa como un rayo, a una hora de la mañana en que el gentleman se hallaba aun en el lecho.

Tom se presentó en su cuarto con una pistola en cada mano.

Sir Jorge estaba sin armas.

El joven le asestó una pistola a la frente y le dijo:

—Si no me entregáis el niño, os mato.

Sir Jorge aparentó al principio una gran sorpresa.

—¿De qué niño hablas, miserable? le preguntó.

—Del hijo mayor de lady Evelina.

Sir Jorge protestó enérgicamente.

—No he visto al hijo de lady Evelina, contestó, ni comprendo lo que me quieres decir.

Pero Tom añadió fríamente:

—Os doy cinco minutos. Si dentro de cinco minutos no me habéis devuelto el niño, sois hombre muerto.

La mirada del Escocés expresaba tan fría y decidida resolución, que sir Jorge tuvo miedo, y lo confesó todo.

El hijo de lady Evelina había sido entregado a unos saltimbanquis que debían adiestrarlo en su oficio.

Tom podía encontrar esos saltimbanquis en Mail Road, muy cerca de la Work-house.

Pero Tom movió la cabeza y contestó:

—Creo lo que decís, sir Jorge. Sin embargo, quiero que vengáis conmigo.

Y os advierto que si intentáis escaparos, os mato como a un perro.

Y obligó a sir Jorge a vestirse.

Sir Jorge Pembleton había dicho la verdad.

Los saltimbanquis estaban en Mail Road, y el niño se hallaba con ellos.

Tom lo tomó en brazos, y huyó con él sin entrar en más explicaciones.

Aquel mismo día, sir Jorge desapareció de nuevo, y pasaron muchos meses sin que nadie volviera a verlo.

¿Por qué sir Jorge había robado al hijo de lady Evelina?

Sir Jorge era un miserable: odiaba con toda su alma a su hermano lord Pembleton, de quien sólo había recibido beneficios; aborrecía a lady Evelina, después de haberla amado con tan violenta pasión; pero en cambio adoraba al hijo segundo de su cuñada, a aquel niño, vivo testimonio de un crímen, a su propio hijo en fin.

Esto explicaba su conducta. Haciendo desaparecer al hijo mayor, al primogénito que debía suceder a lord Evandale en su bienes y títulos, ¿no era asegurar esos mismos títulos y bienes al hijo segundo, es decir, al hijo de sir Jorge?

Después de este grave incidente, Tom no se separó ya de día ni de noche del hijo de lord Evandale.

Lady Evelina no salía jamás sola, y Tom estaba sin cesar a su lado.

Así pasaron algún tiempo, hasta que al fin llegó la noticia de la muerte de lord Evandale Pembleton.

Entonces, como queda dicho, lady Evelina se refugió a su castillo de los montes Cheviot, se rodeó de una guarnición numerosa, y no se decidió a bajar a New-Pembleton, hasta que llegó a saber que sir Arturo Jorge Pembleton se había embarcado de nuevo para las Indias.