V

Tal era el espantoso secreto que Lady Evelina había confesado por escrito, y puesto después ante los ojos de lord Ascott su padre.

Lord Ascott, como hemos visto, la había estrechado en sus brazos diciéndola:

—Tu hermano te vengará.

Y en efecto, tres meses después, sir James dejó la Inglaterra y volvió a la India.

Sir Jorge estaba en Calcuta cuando llegó allí sir James.

Aquella misma noche había un baile en el palacio del gobernador, y el oficial Pembleton se hallaba en sus salones y parecía el hombre más alegre del mundo.

Sir James, que asistía también a esta recepción, se acercó a él y lo saludó.

Sir James era hermano de lady Evelina, y además había sido condiscípulo y amigo de infancia de sir Jorge.

El primero no era aún más que midshipman, es decir guardia marina: el segundo era teniente de navío.

Sir James saludó pues al oficial y le dijo:

—Llego de Londres y traigo un encargo para vos. Dentro de un rato, cuando se halle más animado el baile, podremos reunimos, si gustáis, en la azotea que da al mar.

—Allí me hallaréis, respondió sir Jorge.

Y se fue a bailar con la hija de un nabab que era tan bella como su padre rico, lo que no es poca ponderación.

Un cuarto de hora después, los dos jóvenes volvían a encontrarse, y se paseaban absolutamente solos en una de las azoteas del palacio.

Entonces Sir James miró fijamente a sir Jorge y le dijo:

—He abreviado mi tiempo de licencia sólo por venir a veros.

—¡Y bien!.....

—Lo sé todo.

Sir Jorge se estremeció, pero repuso reponiéndose prontamente:

—¿Qué es lo que sabéis?

—Que habéis hecho traición a vuestro hermano.

—¿Y qué os importa?

—Habéis deshonrado a mi hermana.

Sir Jorge se encogió de hombros.

—Y necesito toda vuestra sangre, añadió sir James.

—Estoy a vuestras órdenes, respondió tranquilamente el hermano de lord Evandale.

—Muy bien, dijo sir James, pero es necesario pensar en que sois mi superior y que no puedo batirme sin infringir las ordenanzas.

—¡Oh! que no quede por eso, respondió sir Jorge, yo me encargo de allanar esa dificultad.

—¡Ah!

—El almirante que manda la escuadra de evoluciones, anclada en el puerto, os autorizará, a petición mía, a batiros conmigo.

—Permitidme una observación, dijo sir James; olvidáis que nos unen lazos de parentesco o al menos de afinidad.....

—¿Y qué importa?

—Importa mucho. No quiero que nuestro duelo haga nacer la menor sospecha contra mi hermana.

—Pues bien, dijo sir Jorge, nos batiremos sin testigos.

—Iba a proponéroslo.

—¡Ah! muy bien.

—Y aun quería algo más.

—Veamos.

—¿No hay un bosque a poca distancia de la ciudad?

—Sí.

—¿Un bosque poblado de tigres?

—Como todas las selvas de la India.

—¡Magnífico! en ese caso, iremos mañana a ese bosque, cada uno por nuestro lado, a puestas del sol.

—¿Y después?

—Muy sencillo. Los tigres harán desaparecer el cadáver del que sucumba en la demanda.

—Aceptado, dijo sir Jorge.

Al día siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el bosque a la hora indicada.

¿Qué sucedió entre ellos?

Nadie lo ha sabido jamás.

Pero el hecho es que sir James volvió solo a Calcuta, a la hora en que aparecían las primeras estrellas en el cielo magnífico de la India.

Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigió un despacho a lord Ascott, concebido en estos términos:

«Nuestro honor queda satisfecho.—Ella está vengada.»

Al día siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos informes de un cadáver medio devorado por los tigres, cubierto aun con algunos pedazos de uniforme.

Y pronto se esparció el rumor por la ciudad de que sir Jorge Pembleton, víctima de su pasión por la caza, había tenido un fin horrible.

Tom y lady Evelina estaban, o creían estar al menos, tranquilos para siempre.


XX

diario de un loco de bedlam.