VI

Salvemos ahora un espacio de cinco años, y trasportémonos de nuevo a las agrestes fronteras de Escocia, cortadas por los montes Cheviot.

Corría el mes de abril de 1834.

Dos personas hablaban en voz baja en una de las salas abovedadas de Old-Pembleton.

El antiguo solar había visto nuevos días de esplendor y días de duelo durante aquellos cinco años.

Por segunda vez, New-Pembleton, la aristocrática morada moderna, se ha visto abandonada por Old-Pembleton, el antiguo castillo de los altos barones feudales.

¿Por qué?

Escuchemos la conversación de las dos personas que hablaban al lado del fuego, en una de las salas bajas del castillo.

—No hay que replicarme, Tom; os lo repito una y mil veces; nuestra ama ha hecho mal en volver a Old-Pembleton.

—Yo no digo sí ni no, mi querida Betzy.

—Y veamos si os place, señor Tom, ¿por qué vaciláis de ese modo entre opuestos pareceres?

—A fe mía, buena Betzy, tan cierto como soy Tom y vuestro cariñoso marido desde hace tres años, que no sabré decir aún si lady Evelina, nuestra noble y bondadosa señora, ha tenido o no razón en dejar primero a Londres, y New-Pembleton después, para venir a encerrarse aquí. Sin embargo, a lo que puedo juzgar según mis cortos alcances, me inclino a creer que ha tenido razón.

—¡Ah!... ¿de veras?

—Bien reflexionado, sí, mi querida Betzy.

—Pues lo que es yo, dijo Betzy-Justice, la joven mujer de Tom,—porque ambos eran muy jóvenes en esta época,—yo me inclino a creer lo contrario.

—¿Y sobre qué basáis vuestra opinión?

—Sobre una cosa que salta a la vista. La salud de milady se altera más cada día.

—¿Y creéis?.....

—El aire frío y vivo de estas montañas no puede serle provechoso.

—¡Ah!

—Está enferma del pecho, y el clima que le conviene no es por cierto este.

—Hay mucho de verdad en lo que me decís, querida Betzy; pero yo persisto en mi opinión, pues decididamente veo que tengo una opinión.

—¿Positivamente?

—Sí, amiga mía.

—Veamos pues: explícaos, señor Tom.

—Hará cosa de tres años, lady Evelina me hizo llamar un día y me dijo:—Tom, es necesario que yo te consulte, pues tú eres hombre de buen consejo.

—Hablad, Lina, le respondí.

Pues como sabes, querida Betzy, soy hermano de leche de milady, y me ha quedado la costumbre de llamarla abreviando su nombre como lo hacía en nuestra infancia.

Milady prosiguió:

—Hace un mes que tengo ensueños espantosos.

—¿De veras? la dije.

—O mejor dicho, tengo siempre el mismo ensueño.

¡Ah!

—¡Pero es terrible!

Yo esperé que milady se explicase, y guardé un respetuoso silencio.

Entonces prosiguió:

—Mi sueño tiene tres partes. En la primera, me encuentro en New-Pembleton, y me paseo por el parque llevando a mi hijo mayor por la mano.

—¿Lord William? le dije.

—Precisamente.

—Querido Tom, interrumpió Betzy, permíteme hacerte una pregunta.

—Di, amiga mía.

—El difunto lord, que yo no llegué a conocer, se llamaba Evandale, ¿no es verdad?

—Sí.

—Y su padre, ¿no llevaba el mismo nombre?

—Así es.

—Pues bien, prosiguió Betzy, yo creía que el nombre de Evandale era como hereditario en la familia.

—Sí, con raras excepciones.

—Y que se trasmitía entre los primogénitos.

—Esa ha sido por largo tiempo la costumbre.

—Entonces, replicó Betzy, ¿por qué monseñor,—como llamamos al joven lord,—se nombra William, y su hermano menor lleva ahora el nombre de Evandale?

—Voy a explicároslo, Betzy.

—Veamos pues.

—Milord Evandale tenía un amigo de la niñez que fue luego su compañero de armas. Ambos servían a bordo del mismo buque y tenían el mismo grado. Este amigo se llamaba sir William Dickson.

—Muy bien.

—Y lord Evandale quiso que fuese padrino de su hijo.

—¡Ah! ¿y por eso monseñor se llama William?

—Sí, pero al mismo tiempo no quisieron que se perdiese en la familia el nombre de Evandale.

—¡Ya! y lo dieron al hijo segundo.

—Así es, Betzy.

—Lo comprendo muy bien, Tom. Continúa tu relato.

Tom prosiguió:

—Como te refería pues, lady Evelina me dijo: En la primera parte de mi ensueño, me paseo por el parque de New-Pembleton, y llevo a William por la mano.

De repente se me figura que William se pone pálido... muy pálido, y que se trasparenta como una sombra; luego, poco a poco, su rostro va desapareciendo y queda velado tras una densa niebla.....

Después, la niebla se va disipando por grados..... y entonces, ¡oh! es horrible!..... Mi hijo, a quien no he dejado de la mano, me aparece de nuevo, Tom.......

—¿Y bien?

—Pero ha cambiado de figura.

—¡Cómo! exclamé.

—No es William, continuó milady, es Evandale. Y sin embargo, William es el que estaba a mi lado, y yo no he cesado de estrechar convulsivamente su mano.

—Bien extraño es eso, Lina, la dije; pero afortunadamente no es más que un sueño.

—Espera, Tom, prosiguió milady. Generalmente, al ver esta metamorfosis extraña, en seguida me despierto sobresaltada dando un grito.

A poco me levanto las más veces, y pasando al cuarto contiguo, voy a contemplar a mi querido William que duerme tranquilamente.

Esto disipa mis temores, y volviéndome a acostar, no tardo en dormirme de nuevo.

—¿Y soñáis otra vez, Lina?

—Sí, Tom, y entonces empieza la segunda parte de mi ensueño.

—¡Ah! veamos, exclamé.

—He cesado de pertenecer al mundo de los vivientes, y me encuentro reproducida en un retrato de familia.

Me hallo retratada en pie y vestida de luto. Ya no soy una mujer, sino un lienzo colocado en un cuadro; pero mi imagen, que reproduce ese lienzo, ve, piensa y recuerda.

Me hallo colocada en la Sala de los Antepasados de Old-Pembleton.

En frente de mí, está el difunto lord Evandale, mi noble esposo.

También se ha convertido, como yo, en retrato de familia, e igualmente como yo, ve y piensa..... y, durante la noche, hablamos por lo bajo, en aquella larga galería, rodeados de nuestros mayores que nos contemplan con tristeza.

Las ventanas de la Sala de los Antepasados están todos abiertas; la luna inunda de su dulce claridad la campiña, y podemos descubrir allá bajo, en la llanura, los blancos muros de New-Pembleton y las frondosas arboledas de su parque.

En la argentada zona que ilumina allí la luz de la luna, vemos a un hombre que se pasea, dando el brazo a una mujer que nos es desconocida..... Muchos gentlemen los acompañan.

Y oímos distintamente que todos ellos llaman al hombre milord y milady a la mujer.

—¡Ah! aquel hombre es lord William sin duda! dije.

—No, repuso lady Evelina, es Evandale.

—¿Sir Evandale..... lord?

—Sí.

—Pero, entonces.....

—Entonces, prosiguió milady, mi difunto esposo y yo, que no somos ya más que retratos de familia, nos miramos el uno al otro tristemente, y lágrimas verdaderas brotan de nuestros pintados ojos.

—Pero, para que sir Evandale sea lord, es preciso.....

Aquí me detuve, no osando completar mi pensamiento.

—Es preciso que William haya muerto, ¿no es verdad? me dijo milady.

—Sí, Lina, le contesté.

—En eso te engañas, Tom.

—¿Es posible?

—William está vivo.

—¡Oh! es singular!

Milady enjugó sus lágrimas, y continuó su relato.

—De repente, la luna desaparece, y las tinieblas invaden la galería de retratos.

En medio de la oscuridad oigo sollozos ahogados, que vienen del retrato de lord Evandale.

Después estalla un ruido violento como el del trueno, y una luz vivísima e instantánea inunda la galería.......

Aquí empieza la tercera parte de mi horrible ensueño.

Y hablando así, milady, no pudo contener sus lágrimas.

—Escucha, Tom, escucha lo que resta, me dijo.

Yo la contemplaba, mudo de sorpresa y de dolor.


XXI

diario de un loco de bedlam.