VII
Milady prosiguió:
—Las cimas nevadas de los montes Cheviot, y las verdes llanuras donde se asienta New-Pembleton,—todo eso acaba de desaparecer.
Mi esposo y yo continuamos sin embargo en nuestros cuadros, suspendidos a los muros ahumados de la galería; pero tenemos la facultad de ver las cosas más distantes.
Nos hallamos en medio del día.
El ardiente sol de los trópicos ilumina una sabana árida, un paisaje abrasado y triste.
Una multitud de hombres medio desnudos y cubiertos de sudor, trabajan penosamente bajo ese cielo de fuego, pidiendo a la tierra ingrata un producto que se niega las más veces a dar.
Esos hombres son criminales condenados a la deportación colonial, y que la Inglaterra ha enviado a las lejanas tierras de Australia para hacerles expiar sus crímenes.
Y entre ellos, sin embargo, se encuentra un inocente.
Un inocente que eleva a veces sus ojos al cielo, tomándolo por testigo de los inmerecidos sufrimientos que padece.
Y aquí milady, enjugando de nuevo sus lágrimas, añadió:
—¿Y sabes, Tom, quién es ese hombre?
—No, milady.
—Es mi hijo.
—¿Lord William?
—Sí.
—¡Oh! Lina, exclamé, vuestra imaginación excitada os extravía.
¿Cómo es posible que pueda suceder cosa semejante?
—No lo sé.
—¿Olvidáis, milady, que solo había un hombre a quien pudiéramos temer, y que ese hombre ha muerto?
—¿Quién sabe?
—¡Oh! bien sabéis que vuestro hermano sir James lo ha matado.
—No, me dijo milady, las cosas no han tenido lugar tal como tú crees.
—¿Qué queréis decir, Lina?
—Que James, mi hermano, y el miserable a quien llamaban sir Jorge, se han batido en efecto en un bosque, en los alrededores de Calcuta.
—Sí, milady, y allí sir James ha muerto a sir Jorge.
—No precisamente. Sir James, según su relato, le ha roto una pierna de un pistoletazo.
—Es verdad; pero sir Jorge ha caído y no ha podido levantarse.
—¿Qué importa? El hecho evidente es que sir James se ha alejado dejándolo vivo.
—¡Oh milady, la contesté, bien comprendéis que un hombre que cae con una pierna rota en una selva indiana, no sale ya de ella. Los tigres se encargan de acabar con él.—Por lo demás, ¿no recordáis que todos los periódicos anunciaron por aquel tiempo que se había encontrado el cuerpo de sir Jorge medio devorado por las fieras?
—Sí, repuso milady, han encontrado un cadáver completamente desfigurado, cubierto con un jirón de uniforme; pero, ¿era sir Jorge en efecto?
—Vamos, Lina, exclamé, veo que os dejáis llevar de terrores insensatos. Yo os aseguro que sir Jorge ha muerto.
Pero milady, movió tristemente la cabeza y me dijo:
—No importa: sea como quiera, me decido a dejar la residencia de New-Pembleton.
—¿Y adónde queréis ir?
—Allá arriba.
—¿Al antiguo castillo?
—Sí.
—Como comprendes bien, mi querida Betzy, acabó Tom, yo no he debido discutir esa determinación. Yo no puedo querer sino lo que milady quiere. Y esta es la razón por la que estamos aquí.
Betzy dejó escapar un suspiro.
—Sí, murmuró, estamos aquí, aislados en estas montañas, y la salud de milady se debilita más cada día.
—Eso es verdad.
—Y los médicos dicen que está atacada de una enfermedad mortal.
—¿Quién sabe? los médicos se equivocan muchas veces, dijo Tom.
Betzy movió la cabeza con desaliento.
—Además, yo no te he dicho que he ido ya a ver a John Pembrock, añadió Tom.
—¿Y quién es ese hombre?
—John Pembrock es un Escocés que vive en Perth, donde goza de una gran reputación como médico.
—¿Y John Pembrock vendrá a visitar a milady?
—Lo espero de un momento a otro.
—¡Ah!
—Ese médico es un hombre muy singular, prosiguió Tom. Es rico, lo que es ya raro en un Escocés, y además nunca visita por dinero.
—¡Es en efecto singular!
—Pero jamás vacila en encargarse de los enfermos desahuciados por sus colegas, y es muy raro que no los cure.
No había acabado Tom de decir estas palabras cuando se oyó un ruido al exterior.
Este ruido era el de la campana que se encontraba fuera del puente levadizo de Old-Pembleton, y que alguna visita acababa de agitar.
Porque es de advertir, que todas las noches alzaban el puente levadizo, y el viejo solar se convertía de nuevo en fortaleza, como en los buenos tiempos feudales.
Tom se levantó precipitadamente y salió de la sala baja.
En el dintel de la puerta encontró a Paddy, un viejo servidor escocés que había visto nacer a miss Evelina Ascott, y no se había separado de ella jamás.
—Tom, dijo Paddy al encontrarse con el criado de confianza de lady Pembleton, hay dos hombres a la puerta, uno a pie y otro a caballo.
—¿Qué piden?
—Quieren entrar.
—¿Han dicho sus nombres?
—El jinete dice que viene de Perth.
—¿Y el otro?
—El otro no dice nada.
Tom atravesó la gran sala, el vestíbulo, el patio, y llegó corriendo hasta la poterna del puente levadizo.
Hacía un frío bastante vivo y el cielo estaba cubierto y lluvioso.
Antes de poner en movimiento las cadenas del puente levadizo, Tom abrió un postigo y miró hacia fuera.
El jinete esperaba con calma al otro lado del foso.
Tom no tardó en reconocer en él a John Pembrock y sacando entonces la cabeza exclamó:
—¡Ah! ¿sois vos?... Os esperaba.
Y en seguida mirando al hombre que venía a pie:
—¿Y ese hombre, dijo, ¿viene con vos?
—Es un pobre Indio, respondió John Pembrock, que me ha pedido limosna en el camino, y a quien he prometido hospitalidad por esta noche.
Tom arrugó el entrecejo.
—No hay sin embargo muchos Indios en Inglaterra, dijo, y a fe mía que jamás se ha visto uno en nuestras montañas,—Milady no tiene costumbre de albergar a gentes que no conoce..... de consiguiente voy a darle una corona, y con eso podrá ir a hospedarse allá abajo, en la aldea.
—Creo que no haréis eso, Tom, dijo John Pembrock.
—¿Y por qué causa, sir John?
—Porque este hombre está tan cansado, que apenas puede tenerse en pie, y porque parece que se muere de inanición.
—La aldea está a un paso y hay en ella una buena posada donde podrá confortarse; y para que lo haga mejor, puesto que os interesáis por él, voy a darle no una corona, sino una guinea.
—Tom, dijo John Pembrock, sed más humano, os lo suplico.
—Perdonad, doctor, yo he hecho un juramento a milady.
—¿Cuál?
—La he jurado no dejar entrar en Old-Pembleton más que a personas conocidas.
—Así, dijo John Pembrock, ¿negáis absolutamente la hospitalidad a este desgraciado?
—No me es posible obrar de otro modo.
Y diciendo esto, Tom echó mano al bolsillo y arrojó por la rejilla de la poterna una moneda de oro, que fue a caer a los pies del mendigo.
John Pembrock era una especie de gigante y recordaba por su estatura y formas hercúleas los célebres montañeses escoceses cantados por Walter Scott.
No había acabado de hablar Tom, cuando Pembrock se inclinó sobre la silla, asió al Indio por los brazos, lo colocó delante de sí, y volvió brida súbitamente diciendo:
—¡Sois un hombre sin corazón!
Y volviendo para atrás, puso su caballo al galope, antes de que Tom estupefacto tuviese el tiempo de responderle.
Inmediatamente bajó este el puente levadizo, se lanzó afuera, y echó a correr tras John Pembrock gritando:
—¡Deteneos!... ¡deteneos!
Pero el doctor siguió a escape sin responder una palabra.
Solo se oían las herraduras del caballo, resonando sobre las peñas de la escarpada cuesta que conducía a la aldea.
Tom no se desalentó sin embargo.
A todo correr bajó también la empinada pendiente, llegó a la aldea, y entró en su única posada.
Allí se hallaba ya el pobre Indio, instalado en un rincón de la chimenea; pero John Pembrock había desaparecido.
Acababa de partir diciendo al posadero:
—Si Tom, el mayordomo de lady Pembleton, viene luego a buscarme, le diréis que yo no estimo a las personas faltas de humanidad, y que jamás me molesto por ellas.
Y en seguida había tomado el camino de Perth.
Tom se volvió tristemente a Old-Pembleton.
Un triste presentimiento le oprimía el corazón, y apenas entró se apresuró a subir al cuarto de milady.
Lady Evelina estaba echada en su lecho y parecía dormir profundamente.
Tom la llamó, primero en voz baja y luego con más fuerza.
Milady no se despertó.
Entonces se acercó más a ella, la tocó, y..... retrocediendo de repente lanzó un grito de horror.
Lady Evelina no dormía.......
¡Lady Evelina Pembleton estaba muerta!
XXII
diario de un loco de bedlam.