VIII
Habían trascurrido diez años después de los acontecimientos que acabarnos de narrar.
Diez años hacía que Lady Evelina había ido a reunirse con su esposo, lord Evandale Pembleton, en un mundo mejor.
Dos jóvenes gentlemen a caballo, uno al lado del otro, seguían una mañana la grande avenida de añosos olmos de New-Pembleton, e iban departiendo alegremente.
Estos jóvenes eran los dos huérfanos de la noble familia.
Lord William Pembleton, el actual jefe de ella, aquel niño que su madre y el fiel Tom habían guardado con tanta solicitud, era ahora un apuesto y gallardo joven de diez y nueve años, alto, esbelto, y sin embargo robusto.
Su hermano, por el contrario, aunque apenas tenía dos años menos, era débil, delicado y de pequeña estatura.
Lord William tenía una fisonomía abierta y franca, la mirada noble y leal, y la boca siempre risueña.
Sir Evandale, su hermano, tenía el rostro anguloso, los labios delgados y descoloridos, la mirada torva y traidora.
El primero era un tipo de nobleza y de lealtad.
El segundo descubría a su pesar algo de bajo, de astuto y de envidioso.
Ambos iban montados en magníficos poneys de Escocia, y llevaban la casaca escarlata de los cazadores de zorras. De este modo se dirigían al bosque vecino, donde los esperaba una alegre cuadrilla de sus compañeros de caza.
Cabalgando así, llegaron al extremo inferior de la avenida, e iban a salir por la verja del parque que daba al camino real, cuando de pronto les cerró el paso un hombre que se hallaba reclinado contra la puerta de la verja.
Aquel hombre era un mendigo, un pobre diablo en harapos, listo y vigoroso, aunque ya de cierta edad, con la tez cobriza de los Indios.
Y era un Indio en efecto, un hijo de la raza cobriza que los Ingleses han logrado subyugar.
Tal vez aquel hombre había sido rey en su país, y ahora vivía de la caridad pública entre sus enemigos.
A pesar del vigor que manifestaba, el Indio, como hemos dicho, era un anciano.
Algunos raros cabellos entrecanos se escapaban de su gorro de lana gris; y una larga barba inculta le caía sobre el pecho.
—Mis buenos señores, dijo levantando hacia los dos gentlemen sus manos suplicantes, dignaos socorrer al pobre Indio.
Lord William le arrojó una guinea.
—¡Vete! le dijo.
El Indio recogió lo guinea y desapareció entre la maleza.
—Por cierto, milord, dijo sir Evandale, que practicáis la caridad de una manera bien brutal.
—¡Ah! ¿os parece así, hermano? repuso el joven lord.
—¿Por qué despedís así a ese mendigo?
—Porque ese hombre ha sido causa de la muerte de nuestra madre, respondió lord William.
—¿Cómo es eso posible, milord?
—¿Tom no os ha contado nunca esa historia?
—Jamás.
Lord William dejó escapar un suspiro.
—Pues bien, añadió, yo voy a contárosla.
Y como en esto habían llegado al camino real, pusieron sus caballos juntos y tomaron el galope.
—Mi querido Evandale, dijo entonces lord William, nuestra madre estaba muy enferma, y los médicos desesperaban de salvarla. Pero parece sin embargo, que había todavía remedio. Tom fue a ver a un famoso médico escocés que vivía en Perth.....
—John Pembrock, ¿no es verdad?
—Justamente.
—Y John Pembrock no fue más afortunado que los otros médicos sin duda.
—John Pembrock se hizo describir por Tom todos los síntomas de la enfermedad.
—¡Ya! y no vino al castillo..... ¿no es eso?
—Al contrario, sin duda vio esperanza de éxito, pues se presentó aquella misma noche en el puente levadizo de Old-Pembleton.—Pero desgraciadamente no venía solo.
—¡Ah!
—Un hombre lo acompañaba, y ese hombre era el mendigo que acabamos de ver.
Ahora bien, amigo mío, prosiguió lord William, debo deciros ante todo, que nuestra santa madre, se hallaba perseguida hacía muchos años por misteriosos e inexplicables terrores.—Tom, que poseía toda su confianza, no ha querido jamás explicarse francamente conmigo sobre esto.
Nuestra madre se había refugiado pues en Old-Pembleton, y todas las noches alzaban el puente levadizo y no dejaban entrar a nadie.
Tom, conformándose con las órdenes recibidas, se negó a abrir al mendigo: solo podía franquear la puerta a John Pembrock, el médico que había prometido curar a nuestra madre.
Pero John Pembrock era un hombre de singular carácter.
Viendo que Tom no quería dejar entrar al mendigo, volvió la espalda y se negó resueltamente a penetrar en el castillo.
—¿Es posible?
—En aquel mismo instante se volvió a Perth.
—Al día siguiente encontraron muerta a nuestra pobre madre.
—Y bien, dijo sir Evandale, en todo eso veo que John Pembrock era un miserable; pero, en cuanto al pobre Indio, no ha sido en rigor sino la causa bien inocente.....
—Sea, repuso lord William, pero su vista me oprime siempre el corazón.
—¿Lo encontráis con frecuencia?
—¡Con demasiada frecuencia! Siempre anda por estos alrededores.
—¿Y cómo se hace que ese hombre, nacido a cuatro mil leguas de aquí, se haya establecido en nuestras montañas?
—Cosa es en efecto bien singular y que no sabré deciros.
—Tom debe de saberlo.
—Lo sabe todavía menos que yo, así como todos los habitantes de la comarca.
Ese mendigo, a quien llaman Nizam, pasa las noches en los bosques, y solo se le ve de día a la puerta de las poblaciones o de las casas de campo.
Además no se le conoce oficio alguno.
—¡Oh! respecto a eso no hay que extrañar, observó sir Evandale, el pobre es ya viejo.
—Es viejo, pero bastante ágil y robusto aún para poder ocuparse de un trabajo cualquiera.
—Hace poco he notado una cosa bien singular, milord, dijo sir Evandale.
—¿Cuál?
—Vos le habéis echado una guinea, ¿no es verdad?
—Sí.
—No creo que se halle acostumbrado a semejantes limosnas.
—Ciertamente que no: por lo común no recoge más que medio penique cuando tiende la mano. Y bien, veamos, ¿qué habéis notado?
—Al irse, os ha lanzado una mirada de odio.
—¡Oh! lo comprendo muy bien. Ese hombre es un malvado.
—Y en cambio, a mí me ha mirado de muy distinto modo, añadió sir Evandale.
—¿De veras?
—Si, me ha mirado afectuosamente.
—¡Bah!
—Y aun con cierta emoción.
—¿Qué queréis? exclamó lord William riéndose, eso no prueba más sino que tenéis el don de agradarle, mientras que yo le soy antipático.
Sir Evandale se sonrió de una manera equivoca.
—Eso no debe importaros, milord, dijo, hartas compensaciones tenéis.
—¿Qué queréis decir?
—¡Toma!... si ese pobre Indio manifiesta algún apego hacia mí, vos tenéis en cambio otras personas que os adoran y que pasarían su vida a vuestros pies, y que, estando a nuestro servicio, ni aun se dan la pena de disimular la aversión que me tienen.
Lord William se encogió de hombros.
—Apuesto, dijo, a que aludís a ese pobre Tom.
—¿Por qué negarlo? Hablo de Tom y de su mujer Betzy.
—¿Creéis que no os aman?
—Seguramente.
—¡Qué extraña idea!
—¡Oh! por lo demás, yo les pago en la misma moneda.
—¡Hermano!....
—Estoy en mi derecho, prosiguió con impetuosidad sir Evandale; y si en vez de ser un pobre segundón de la familia, fuese yo como vos lord Pembleton, señor de este país, dueño del antiguo solar y de la quinta moderna..... si dentro de un año debiera yo formar parte de la Cámara alta.....
—Y bien, ¿qué haríais? respondió Lord William.
—Empezaría por arrojar de mi presencia a Tom y a su mujer.
—Y haríais muy mal, dijo severamente lord William.
Sir Evandale volvió el rostro a un lado y no respondió.
—Tom es hermano de leche de nuestra madre, añadió lord William. No lo olvidéis, Evandale.
Y dicho esto, los dos hermanos apresuraron el paso de sus monturas, y no cambiaron una palabra más.
Bien pronto penetraron en el bosque.
A poco trecho entraron por una de las alamedas que lo atravesaban de parte, a parte, y ya allí, descubrieron a unos trescientos pasos de distancia, una numerosa cabalgada de cazadores igualmente vestidos de rojo, y entro ellos el traje blanco de una amazona.
El rostro de lord William reveló a esta vista una vivísima emoción, mientras que en el de su hermano se pintó el despecho, al mismo tiempo que le dirigía a hurtadillas una mirada de odio y de envidia.
—¡Ved a miss Anna! dijo lord William.
Y espoleando a su caballo, volvió a tomar el galope.
XXIII
diario de un loco de bedlam.