IX
Miss Anna cabalgaba graciosamente en medio de una lucida cuadrilla de caballeros que se agrupaban galantemente a su rededor.
Toda la flor y nata del condado se hallaba allí, y cada uno de aquellos apuestos galanes suspiraba al contemplar a miss Anna.
Es verdad también que miss Anna era en extremo hermosa. Tenía diez y ocho años, y a esto se añadía otra ventaja incontestable; y es que era muy rica, cosa bastante rara en una inglesa.
El que logrará su mano, alcanzaría no solamente la posesión de una beldad incomparable, sino también una de las herederas más opulentas del Reino Unido.
Esta joven era hija de sir Archibaldo Curton, baronet millonario y miembro influyente de la Cámara de los Comunes.
Sir Archibaldo, segundón de familia, se había expatriado en su juventud, pasando a las Indias, donde no había desdeñado dedicarse al comercio, aunque pertenecía a la aristocracia.
Había hecho una fortuna colosal, casándose luego con la hija de un nabab, que le había llevado otra fortuna, y de esta unión tuvo una sola hija, que era miss Anna.
La magnífica quinta de recreo de sir Archibaldo, que era casi una residencia real, se hallaba en el llano, a unas tres millas inglesas de la de lord William Pembleton.
Lord William y sir Archibaldo se vieron como vecinos y se visitaron con frecuencia.
Lord William acabó naturalmente por enamorarse de miss Anna, y esta se ruborizaba cada vez que veía al joven lord.
Un día al fin,—habría de esto seis meses,—lord William había hecho una visita solemne a sir Archibaldo, y le había dicho sin preámbulos:
—Amo a miss Anna, y solicito el honor de unirme a ella en matrimonio.
A lo cual sir Archibaldo había respondido:
—Creo haber notado que mi hija os ama también: y por lo que a mi hace, tengo a mucho honor la demanda que me hacéis.
Lord William dejó escapar una exclamación de alegría.
Pero sir Archibaldo respondiendo a aquel movimiento juvenil con una sonrisa, se había apresurado a añadir:
—No os alegréis tan pronto, milord; nada hay todavía seguro, y las cosas irán más lentamente de lo que suponéis.
Lord William se había quedado mirando a sir Archibaldo con sorpresa.
Este prosiguió:
—Probablemente debéis saber que yo he estado casado con una India. Mi esposa, que tuve el dolor de perder hace mucho tiempo, era hija del nabab Moussamy, el más rico de los que habitan el Punjab.
—¿Y bien? exclamó lord William.
—Mi hija es su heredera.
—Bien.
—Y en razón de ese título, yo no puedo casarla sin el consentimiento del nabab.
Lord William frunció el entrecejo.
—Pero tranquilizaos, añadió sir Archibaldo. El viejo nabab adora a su nieta.
—¡Ah!
—Y de consiguiente quiere todo lo que ella quiere. Y si en esta ocasión miss Anna.......
Al oír esto, lord William se sonrojó como una doncella.
Lord William sabía que miss Anna le amaba.
Esta conferencia entre el joven lord y el baronet, y la que tuvo lugar en seguida entre el padre y la hija, habían permanecido secretas.
Lo mismo sucedió respecto a la misiva que le enviara al nabab, y que habían escrito con gran misterio.
Así todos los nobles gentlemen del condado, y aun los que desde Londres perseguían a miss Anna con sus pretensiones, no habían perdido la esperanza, y la hacían una corte asidua mecidos por las más dulces esperanzas.
Miss Anna no alentaba ni desalentaba a ninguno, y entretanto tomaba parte en todas las diversiones que se improvisaban en su honor y que servían de pretexto para gozar de su compañía.
La caza, por otra parte, era su pasión favorita; e intrépida amazona, seguía a caballo a los más atrevidos cazadores, saltando con ellos los fosos y los vallados.
Además sir Archibaldo tenía también pasión por la caza, y dos veces por semana, al menos, convidaba a sus vecinos a alguna partida en sus magníficos bosques.
A una de estas reuniones ordinarias, era pues adonde acudían aquella mañana lord William y su hermano sir Evandale.
Ya hemos visto como el primero, al descubrir a miss Anna en medio de su brillante escolta de adoradores, había excitado a su caballo y salido al galope.
Sir Evandale, que se quedó algunos pasos de tras, dirigió a su hermano una ardiente mirada de odio.
La joven miss parecía más animada que de costumbre y su rostro estaba radiante de hermosura.
Al ver llegar a lord William se ruborizó de una manera bien visible, y tendiéndole la mano le dijo:
—Milord, creo que mi padre tiene que daros una buena noticia.
Lord William se sonrojó a su vez.
Todos se quedaron mirándolo con una curiosidad envidiosa, y al mismo tiempo sir Archibaldo se adelantó hacia él.
—Milord, le dijo, la respuesta que esperábamos de la India ha llegado.
Al encendido rubor que coloraba el rostro de lord William, se sucedió súbitamente una palidez mortal.
Sir Archibaldo prosiguió:
—El nabab Moussamy consiente en el matrimonio de miss Anna.
Y dirigiéndose a los gentlemen que los rodeaban, añadió:
—Señores, tengo el honor de anunciaros el próximo casamiento de miss Anna, mi hija, con el noble par de Inglaterra lord William Pembleton.
Muchos de los que oyeron esta solemne declaración se mordieron los labios, y en medio de los parabienes que se apresuraron a prodigar, ahogaron más de un suspiro y más de un sentimiento de despecho mal disimulado.
Pero el que palideció más visiblemente y sufrió más sin duda, fue sir Evandale.
Sin embargo su rostro permaneció impasible, y la viva emoción interior que trastornó todo su ser, se manifestó únicamente en su palidez y en un ligero estremecimiento de los labios.
De repente sir Archibaldo pareció distinguirlo entre los demás caballeros que le rodeaban, y le dirigió directamente la palabra.
—¡Hola! sir Evandale, le dijo, también tengo para vos una buena noticia.
—¿Para mí? exclamó sir Evandale estremeciéndose.
—Para vos.
—¡Oh! ¿Os burláis?....
—¿No habíais solicitado entrar a servir en el ejército de la India?
—En efecto, respondió sir Evandale.
—Pues bien vuestro despacho de capitán de cipayos me ha llegado esta mañana.
—Y podéis dar las gracias a sir Archibaldo, hermano, dijo lord William.
—¡Ah! exclamó sir Evandale.
—Sí, prosiguió el joven lord, puesto que debéis vuestro grado a su apoyo y al de sus amigos de Londres.
Y añadió, creyendo que la emoción que se pintaba en el rostro de su hermano era de alegría:
—Pero, no partiréis de seguida, ¿no es verdad?
—Sois el jefe de nuestra casa, respondió irónicamente sir Evandale, y por lo tanto a vos os toca mandar y a mí obedecer.
—Pues bien, dijo lord William sonriéndose, os ordeno permanecer algunos días aún a mi lado, y asistir a mi matrimonio.
—Seréis obedecido, murmuró sir Evandale con acento feroz.
—Vamos, todo eso está muy bien, dijo sir Archibaldo. ¡Ahora, señores, la señal a los ojeadores y corramos la caza!
A poco empezó el ojeo, la zorra huía ya fuera de su camada, los perros ladraban con furor, los caballos galopaban en todas direcciones, y las trompas de caza resonaban por la llanura.
Sin embargo uno de los gentlemen no había seguido la caza.
Al partir sus compañeros se había detenido en un recodo del bosque, y apeándose al pie de un árbol, había atado a él su caballo y se había sentado sobre la yerba.
Veíase pintada en su rostro la lucha de las más encontradas y detestables pasiones, y sus ojos vertían lágrimas de rabia.
—¡Fatalidad!....... decía, ¡injusticia de la suerte!..... ¡Ambos somos hijos de los mismos padres..... la misma sangre corre por nuestras venas; y sin embargo todo es para él, la fortuna, el rango, las dignidades!..... ¡y como si esto no bastara, hasta me arrebata a miss Anna!
Yo en tanto debo contentarme con una charretera en el ejército de la India... ese es todo el porvenir que me ha dado mi familia.
¿Es una burla del destino?
¡Oh! ese hombre es mi hermano..... pero lo odio..... lo aborrezco con toda mi alma!
Sir Evandale, fuera de sí de ira, había pronunciado estas últimas palabras en voz alta, creyéndose absolutamente solo.
Y sin embargo se engañaba.
No había acabado de hablar, cuando se entreabrió el ramaje de un árbol vecino, y apareció entre las hojas una cabeza bronceada, coronada de cabellos blancos e iluminada por dos ojos que brillaban como tizones encendidos.
—¡El Indio! murmuró aterrado sir Evandale.
—Sí, el Indio, repuso una voz sorda e irónica, el Indio que es tu amigo y que viene a ofrecerte sus servicios. Él aborrece como tú a lord William, con un odio inextinguible y mortal.
XXIV
diario de un loco de bedlam.