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Sir Evandale contemplaba al Indio con un asombro que no estaba exento de temor.

Aquel hombre podía considerarse como viejo, si solo se fijaba la atención en sus canas, pero los rasgos de su fisonomía rebosaban juventud y, cosa extraña, sin el color bronceado de su rostro, se le hubiera tomado por un europeo, tanto se acercaban sus facciones al tipo de la raza caucásica.

Sin embargo, no se crea por esto que era bello, pues si sus facciones eran nobles y correctas, su rostro estaba desfigurado por profundas cicatrices que notablemente le afeaban.

Cuando el Indio iba por los caminos implorando la caridad de los transeúntes, solía levantarse las mangas del vestido y entreabrir la camisa; y todos los que llegaban a verle por un momento los brazos o el pecho, experimentaban un vivo sentimiento de horror.

El cuerpo de aquel hombre estaba cubierto de heridas horribles; heridas cicatrizadas, es verdad, pero no por eso menos repugnantes, pues la piel que las cubría se había formado de una manera incompleta y era trasparente como una tela de cebolla.

Algunas veces, este Indio, que ya hemos visto se llamaba Nizam, con el objeto de enternecer a sus oyentes, solía contarles su historia.

Un día, según él, había sido sorprendido por un tigre en una pagoda, en el momento en que rezaba devotamente sus oraciones, arrastrado hasta un juncal inmediato, y entregado a la voracidad de sus cachorros.

¿Cómo había podido escapar a aquella camada de tigres?

Para explicar esto, Nizam contaba un hecho bien extraño.

En el momento en que los hijuelos del tigre le laceraban el cuerpo con sus garras y que, bajo los ojos de su madre, jugaban con su cuerpo palpitante, aunque lleno de vida aún; en tanto que resignado, como todos los hombres de su raza, esperaba la espantosa muerte que le estaba reservada; se oyó de repente un ruido muy semejante al fragor de un trueno lejano.

Los tigres, abandonando su presa, parecieron consultarse con la mirada.

La madre manifestó una inquietud recelosa.

El ruido continuaba en tanto y parecía aproximarse; y al mismo tiempo temblaba la tierra, como si marchara por ella un ejército de gigantes.

Entonces el tigre dio un bufido ronco, y tomó la fuga con sus hijuelos, abandonando al desgraciado Indio que, aunque cubierto de horribles heridas, vivía aún.

Pero Nizam no se había salvado por esto.

Aquel ruido formidable, que acrecía sin cesar, y que se oía ya a corta distancia, el pobre Indio lo había reconocido........

Era una tropa de elefantes que atravesaba la espesura.

Nizam cruelmente herido y sin fuerzas para moverse, hacía tristes reflexiones.

—Los tigres no me han acabado, se decía, pero los elefantes pasarán sobre mi cuerpo y me aplastarán bajo sus pies.

Pero Nizam se engañaba y juzgaba mal a los elefantes.

Estos iban en número de más de doscientos.

¿De dónde venían?... ¿A qué punto se encaminaban en compañía tan numerosa?

Nizam juzgó que aquellos animales emigraban, pues llevaban consigo a sus hembras y sus hijuelos, y en medio de ellos marchaban los elefantes viejos, que se distinguían por sus orejas enteramente blancas.

Un jefe iba a la cabeza, a más de cien pasos delante de la columna.

Aquel jefe era un elefante blanco.

El elefante sagrado de los Indios.

Nizam, a pesar de su estado de debilidad, lo descubrió desde lejos, y como el pobre Indio era un piadoso servidor del dios Wichnou, pensó que aquel dios enviaba al animal sagrado en su ayuda.

Y Nizam no se engañaba.

Cuando el elefante llegó a cierta distancia, se acercó a él, se detuvo, bajó la trompa, la rodeó al cuerpo del Indio, y lo colocó blandamente sobre su cuello.

Luego continuó su marcha, siempre seguido por el formidable ejército que mandaba.

Los elefantes salieron a poco del juncal, y llegaron a una vasta llanura cultivada, en medio de la cual se veía una aldea india.

Entonces el elefante blanco volvió a coger a Nizam y lo colocó a orillas de un campo de arroz; y fijando en él esa mirada de su raza, que tiene algo de humano, pareció decirle, según creyó comprender el pobre herido:

—Aquí te hallas bajo la protección de los hombres, que son tus hermanos, y no tienes nada que temer de los tigres.

Así fue como Nizam se salvó de una muerte cierta. Socorrido por los habitantes de aquella aldea, sus heridas se cicatrizaron una a una; pero la piel no volvió a formarse, y había sido reemplazada por una membrana viscosa que dejaba ver los músculos y las venas de los miembros.

Pero, ¿por qué Nizam había dejado la India?

¿Por qué y para qué vino a Londres, y por qué había abandonado luego esta ciudad para venir a vivir mendigando en el condado de Northumberland?

Esto es lo que el Indio no decía.

Tal era el hombre que acababa de aparecerse a sir Evandale, en el momento en que se abandonaba a los arrebatos de su odio y de su sombría desesperación.

Nizam se deslizó al pie del árbol donde se había escondido, y sin el menor embarazo vino a sentarse al lado de sir Evandale.

Este, ya lo hemos dicho, lo miraba con un asombro que no estaba exento de miedo.

El Indio adivinó este sentimiento en el joven, y se apresuró a decirle:

—No temáis nada de mí. Os soy adicto, como lo es la liana al árbol a cuyo tronco se enlaza.

Y como sir Evandale continuase mirándole con recelo y sin responderle:

—Os amo como un perro a su amo, como un esclavo fiel a su señor, añadió el Indio con emoción, y toda mi sangre es vuestra.

—¿De veras? dijo sir Evandale.

—Os amo, prosiguió Nizam, y quisiera haceros lord.

—¡Oh!... ¡oh!

—Tal como os lo digo.

Sir Evandale inclinó la cabeza y exhaló un suspiro.

—Desgraciadamente, murmuró, eso es imposible.

—No hay nada imposible, dijo sentenciosamente el Indio.

—Pero..... pobre amigo.....

—Sir Evandale, prosiguió el Indio con gravedad, ¿tenéis prisa en seguir la caza?

—No.

—¿Queréis tener la bondad de escucharme?

—Habla cuanto quieras.

—Sir Evandale, vos amáis a miss Anna.......

El joven se estremeció y no pudo ocultar su turbación.

—¿Qué sabes tú? exclamó con forzada sonrisa.

—Sir Evandale, prosiguió Nizam con su tono sentencioso, cuando levantáis los ojos, descubrís en lo alto de la montaña los elevados muros y macizas torres de Old-Pembleton.

—Bien, ¿y qué?

—Cuando los bajáis hacia la llanura, veis las graciosas torrecillas de New-Pembleton, la opulenta morada moderna.

—Pero en fin.....

—Y después vuestra mirada abarca las diez leguas cuadradas de praderas, de campos cultivados y de bosques que rodean los dos ricos dominios, y entonces suspiráis.......

Sir Evandale suspiró en efecto.

—Y no podéis menos que deciros, prosiguió Nizam, si yo hubiera nacido el primero..... todo eso sería mío.

—Es verdad, murmuró sir Evandale con aire preocupado y sombrío.

—Y mientras que todo el mundo os da el título común de gentleman, oís llamar a vuestro hermano milord.......

—Y bien, ¿qué puedo yo hacer a todo eso?

—Muy sencillo. Ser lord a vuestra vez.

—Pero.....

—Y si yo lo quiero..... lo seréis.

—¡Tú!

Y sir Evandale contempló al mendigo con sonrisa irónica.

—No riáis, sir Pembleton, exclamó Nizam.

El joven continuaba mirándolo con burlona curiosidad.

Entonces Nizam se levantó, irguió con altivez su talle encorvado, y sus ojos ardientes lanzaron una llama que ofuscó por un momento a sir Evandale.

—En el país donde nos hallamos, dijo, vivo, es verdad, de la caridad pública, y soy un objeto de horror y de piedad para todos, pero si yo quisiera.....

—¿Qué harías?... veamos.

—Haría lo que nadie puede hacer..... haría de vos..... lord Pembleton, dijo fríamente el Indio.

—¡Ah! exclamó sir Evandale estremeciéndose.

—Escuchadme, prosiguió Nizam.

Y volvió a sentarse familiarmente al lado del hermano desheredado de lord William Pembleton, el alto y poderoso señor y par de Inglaterra.


XXV

diario de un loco de bedlam.