XI

Como decíamos pues, el Indio Nizam se había sentado familiarmente al lado de sir Evandale, y hasta se había atrevido a tomarle la mano.

—¿Qué edad teníais, le dijo, cuando perdisteis vuestra madre?

—Unos siete años, respondió el joven Pembleton.

—De consiguiente erais demasiado niño para que os pudieran confiar un secreto.

Esta palabra produjo una conmoción extraña en sir Evandale.

Sin embargo no respondió y continuó mirando al Indio.

—Porque yo poseo un secreto que os debo confiar, añadió este.

—¿Un secreto?

—Sí, un secreto que se refiere a vuestro..... nacimiento.

—Pero, dijo sir Evandale con altivez, mi nacimiento no tiene nada de misterioso, que yo sepa.

—Sí... y no.

Y diciendo esto, el mendigo clavó en el joven caballero una mirada tan resuelta y dominadora, que sir Jorge Evandale bajó la cabeza, humillado y sumiso ante aquel vagabundo.

—Decidme, prosiguió Nizam, ¿no habéis oído hablar nunca de vuestro tío sir Jorge Arturo Pembleton?

—Raramente, repuso sir Evandale.

—Pero en fin, ¿os han hablado alguna vez?

—Sí.

—¿Quién?

—Los criados de mi casa.

—¿Y vuestra madre?

—Jamás.

—¡Ah! dijo Nizam soltando una carcajada satánica, ¿no os habló nunca de él?

—No; y aún recuerdo, prosiguió sir Evandale, que un día estuvo a punto de desmayarse porque un doméstico pronunció ese nombre delante de ella.

—En otro tiempo no se hubiera desmayado, murmuró Nizam con voz sorda y acento irónico.

Sir Evandale se estremeció de nuevo.

—¿Qué quieres decir, mendigo! exclamó.

Nizam seguía sonriéndose.

—No pretendáis humillarme con vuestro desprecio, sir Evandale, dijo. Yo, mendigo tal que me veis, soy sin embargo poderoso; y, ya os lo he dicho, si me escucháis, os juro que haré de vos un lord, y os casaré con miss Anna, la rica heredera.......

Un vivo sentimiento de orgullo fermentó en el cerebro de sir Evandale.

—Continúa, dijo.

Nizam prosiguió:

—También debe haber un hombre en New-Pembleton que no habla jamás de sir Jorge. Ese hombre se llama Tom.

—¡Tom! exclamó sir Evandale. ¡Oh! a ese le aborrezco.

—Y tenéis razón.

—Lo aborrezco, porque no ama más que a mi hermano mayor... al poderoso lord William, añadió sir Evandale.

—Si supierais otra cosa aún, repuso el Indio, vuestro odio sería mucho mayor.

—¿Qué es pues?

—¡Oh! ya os lo diré más tarde. Por ahora no se trata de Tom.

—¿De quién entonces?

—De sir Jorge Pembleton.

—Pues bien, habla....

—Sir Jorge, hace veinte y dos años,—prosiguió Nizam,—era un pobre segundón como vos. Mientras que su hermano gozaba ya de las consideraciones debidas a su nacimiento, y que un día sería lord, se casaría con miss Evelina Ascott, y poseería una inmensa fortuna; el pobre hermano menor estaba destinado a servir oscuramente en la marina.

—Como yo en el ejército de las Indias, murmuró suspirando sir Evandale.

—Sin embargo sir Jorge amaba a miss Evelina.

Sir Evandale hizo un brusco movimiento.

—Y miss Evelina le amaba.....

—¡Mientes!

—Yo no he mentido jamás, dijo fríamente el Indio.

Y paralizó de nuevo al joven Evandale con su mirada dominadora.

En seguida, aquel miserable mendigo, desplegando una autoridad de maneras y de expresión y un lenguaje que nadie hubiera podido sospechar en él, al verle mendigar por los caminos; aquel mendigo, decimos, contó detalladamente a sir Evandale los amores misteriosos de miss Evelina y sir Jorge; luego la vuelta de este de las Indias, y en fin aquella noche terrible en que lady Pembleton había faltado, a su pesar, a todos sus deberes.

Sir Evandale le escuchaba temblando y empapada en sudor la frente. Lo escuchaba casi sin poder respirar, y cuando el Indio hubo concluido, dijo al fin reponiéndose, después de un momento de silencio:

—Pero entonces, sir Jorge fue.....

—Vuestro padre, repuso fríamente el Indio.

—¡Mi padre!

—El que también había soñado hacer de vos un lord.

—Y sir Jorge..... ha muerto, ¿no es verdad?

—Para todo el mundo, sí.

—¿Qué quieres decir?

—Para mí, no.

—¿Sir Jorge no ha muerto?

—Vive, os lo repito.

—¡Vive!

—Sí, y voy a probároslo.

Y al decir estas últimas palabras, Nizam se levantó rápidamente.

—Esperadme aquí, añadió, vuelvo dentro de pocos minutos.

Y desapareció entre las árboles del bosque.

Nizam se dirigió a un arroyo que corría entre la espesura, se arrodilló inclinándose en su orilla y se lavó repetidas veces el rostro.

Hecho esto, volvió adonde se hallaba el joven Evandale.

Este al verlo llegar arrojó un grito de sorpresa.

El color bronceado del rostro de Nizam había desaparecido.

Nizam era blanco como un Europeo, como un Inglés.

Y como sir Evandale le miraba con estupor, el supuesto Indio le dijo:

—¿No preguntabais por sir Jorge?... Pues bien, heme aquí.

—¿Vos?..... ¿vos? exclamó el joven con asombro.

—Yo, tu padre, dijo el supuesto Indio.

Y estrechando a sir Evandale entre sus brazos, lo cubrió de besos furiosos.

Este hombre que vivía hacía diez años en el país, y que todo el mundo llamaba Nizam el Indio, era efectivamente sir Jorge Arturo Pembleton.

Era el mismo a quien sir James Ascott había dejado herido en una pierna y sin movimiento, en medio de un bosque de la India poblado de tigres.

Y en la historia que Nizam contaba bajo su supuesto nombre, no había de falso más que una cosa, el ataque del tigre en la pagoda de Wichnou.

Todo lo demás era verdadero.

Es decir, que atraídos por sus lamentos y por el olor de la sangre, apenas sir James hubo desaparecido, varios tigres se habían lanzado sobre él; pero aunque lo habían mal herido, no tuvieron tiempo para devorarlo.

La tropa de elefantes había hecho huir a los tigres precipitadamente.

Abandonado por el elefante blanco que lo sacara del bosque, en un campo cultivado, a orillas de un arrozal, sir Jorge había permanecido allí muchas horas privado de sentido.

Vuelto en fin en sí, se fue arrastrando como pudo, vertiendo aún sangre de sus heridas, hasta la choza de un Indio anciano que vivía fuera de la aldea.

Aquel Indio era un brahmin.

El brahmin consideró como un hecho milagroso el acto que había llevado a cabo el elefante blanco, y no titubeó en afirmar a sir Jorge que era Wichnou mismo quien, por uno de esos avatars, que le eran familiares, se había encarnado en un elefante blanco con el único objeto de librarlo de la muerte.

Esto era de consiguiente,—según el buen brahmin,—un llamamiento de Brahma a la verdadera religión, y en su opinión, el soldado inglés, así favorecido, debía abandonar patria y creencias, y consagrarse en adelante a la causa de sus hermanos los Indios.

Sir Jorge aparentó dejarse convencer y entrar en las miras del sacerdote indio, pues su objeto era de no aparecer de nuevo en Calcuta y de pasar por muerto. Esto se acomodaba con sus proyectos ulteriores.

Por consiguiente, de acuerdo con el brahmin, tomó todas las medidas que pudiesen acreditar su muerte.

Un cipayo que venía por las noches a merodear en la aldea, había sido asesinado por los Indios.

Su cuerpo, destrozado por las aves de rapiña, yacía enteramente desfigurado en un campo inmediato.

El brahmin le puso el uniforme desgarrado de sir Jorge, y lo trasportó a la entrada de la selva.

Así fue como sir Jorge pasó por muerto a los ojos de todos, y fue dado de baja en la marina inglesa.

Aquí llegaba de su relato el supuesto Nizam, cuando sir Evandale le interrumpió diciéndole:

—Pero, ¿qué interés teníais en pasar por muerto?

El fingido Indio se sonrió misteriosamente.

—Voy a decirtelo, hijo mío, respondió.

Y abrazó de nuevo con pasión a sir Evandale.


XXVI

diario de un loco de bedlam.