XII

El supuesto Indio prosiguió:

—Mi convalecencia fue larga.

Cerca de dos meses pasé en la choza del brahmin, curándome lentamente de mis horribles heridas.

Los tigres me habían desfigurado por completo; y hasta tal punto que hubiera podido ir a pasearme en medio de mis antiguos compañeros y amigos, sin que ninguno de ellos me hubiera conocido.

Pero no era ese mi proyecto.

Mi única preocupación, mi idea fija, se concentraba en un solo punto.

Volver a Inglaterra.

Quería a toda costa volver a ver, no ya a lady Evelina, sino al fruto de nuestras amores... al hijo a quien yo idolatraba..... a ti en fin.

El supuesto Indio hablaba con tal emoción, que sir Evandale no podía engañarse.

Nizam y sir Jorge no formaban más que uno, y sir Jorge era en efecto su padre.

Este continuó:

—El brahmin, a quien yo confié una parte de mi secreto, me enseñó a dar a mi rostro un color cobrizo, por medio de la decocción de ciertas plantas.

Me teñí además el pelo y las cejas de color rojo, y acabé en fin por tomar la semejanza de ciertos Indios que tienen sangre europea en las venas y que, bajo su piel rojiza, ostentan los rasgos más correctos de la fisonomía de la raza blanca.

Cambiado así, volví públicamente a Calcuta.

Nadie llegó a conocerme.

Yo sabía además la lengua india. Fui pues a alojarme a la parte más retirada de la ciudad negra, que es el barrio de los indígenas, pues lo que se llama la ciudad blanca es donde habitan los Europeos.

Yo estaba sin dinero. Era necesario vivir en primer lugar, y en seguida reunir una pequeña suma que me permitiese costear el viaje a Inglaterra.

Mis horribles heridas llegaron a ser un objeto de curiosidad, y mi historia, hábilmente arreglada, sirvió de anuncio para enseñarme por dinero al público.

Al cabo de seis meses tenía bastante dinero para volver a Europa.

Me embarqué pues, y al cabo de otros seis meses de penosa navegación,—pues di la gran vuelta de África, en vez de pasar por el mar Rojo y Suez,—llegué en fin a Londres.

Durante muchos meses, mi única ocupación fue vagar por los parques, por los squares y por los alrededores del palacio Pembleton.

Algunas veces tenía la dicha de verte cuando te sacaba a pasear algún lacayo.

Aquí sir Evandale interrumpió bruscamente a Nizam.

—¡Esperad! exclamó.

—¿Qué? preguntó Nizam.

—Un recuerdo de mi niñez que asalta mi imaginación en este momento.

—Veamos, dijo el supuesto Indio sonriéndose.

—Tendría yo a la sazón cuatro o cinco años, prosiguió sir Evandale, y me acuerdo que me habían llevado, una hermosa tarde de invierno, a Hyde-Parc, al margen de la Serpentina cuya superficie estaba helada.

Muchos niños de mi edad jugaban allí, y algunos se divertían en deslizarse por el hielo... y me parece ver aún un rough de color atezado que permanecía a distancia, y nos miraba jugar.

—Era yo, dijo sencillamente Nizam.

—¡Oh! sí, erais vos, prosiguió sir Evandale, os reconozco en vuestra mirada.

—Era a ti a quien yo contemplaba.

—¡Ah!

—Pero continúa. ¿No te acuerdas de otra cosa?

—¡Oh! sí. A los pocos instantes, el hielo se rompió de repente, y uno de los niños se hundió en el río arrojando un grito terrible.—Entonces el rough dio un salto, se precipitó en el río y sacó al niño sano y salvo, atrayéndose los aplausos de la multitud que llenaba el parque.

—¿Y qué más?

—No sé. Aquel hombre desapareció en seguida.

—¿Y no lo has vuelto a ver hasta aquí? dijo Nizam.

—Sin conocerlo; puesto que sin vuestra historia, yo no hubiera tenido ese recuerdo de mi infancia.

—Entonces déjame proseguir, dijo Nizam.

Y Nizam, o mejor dicho sir Jorge, continuó en estos términos su relato.

—Lady Evelina, dijo, dejó a Londres de nuevo, y vino a establecerse en Old-Pembleton.

Entonces, dominado por el deseo de verla furtivamente alguna vez, emprendí detrás de ella tan largo y penoso viaje.

Mis recursos estaban agotados, y así me fue forzoso el venir implorando la caridad pública por los caminos y parajes habitados.

Pero tras tan penoso sacrificio, no logré conseguir mi objeto. Ningún extraño podía penetrar en Old-Pembleton.

Lady Evelina y ese maldecido Tom, habían hecho del antiguo solar una verdadera fortaleza.

Rondé muchos días inútilmente por los alrededores, y la más cruel desesperación se apoderaba ya de mi alma, cuando una noche..... una noche oscura y fría, oí en medio del silencio el galope de un caballo que subía por las cuestas escarpadas del castillo.

Me acerqué entonces a un recodo del sendero, y el jinete pasó cerca de mí.

Tendí la mano y le pedí una limosna.

El viajero me dio una corona y me dijo:

—Tienes frío, ¿no es verdad?

—Frío y hambre, respondí.

—Ven conmigo, añadió, y encontrarás una buena cena al lado de un buen fuego.

—¿Dónde? pregunté.

—Allá arriba.

Y me señalaba al mismo tiempo las torres de Old-Pembleton.

—Os engañáis, le dije.

—¿Cómo pues?

—Las puertas de ese castillo no se abren jamás.

El desconocido se echó a reír.

—Ven conmigo, repitió. Tan cierto como me llamó John Pembrock, médico algo conocido de la ciudad de Perth, te juro que esas puertas se abrirán esta noche.

Yo le seguí entonces, pero, como lo temía, Tom no quiso dejarme entrar.

Entonces, ebrio de cólera, John Pembrock me tomó sobre su caballo, y volviendo riendas, me dijo al bajar a escape hacia la aldea:

—Esas gentes no tienen corazón. ¡Tanto peor para ellos!

En efecto, al día siguiente supe que tu madre había muerto.

—Y desde entonces, preguntó sir Evandale, ¿habéis permanecido siempre en el país?

—Siempre.

—¿Mendigando?

—Sí, y dichoso en medio de mi miseria, cada vez que lograba verte.

—Así pues, murmuró sir Evandale, vos sois sir Jorge Pembleton...

—Sí.

—Y de consiguiente..... mi padre.

—Sí, repitió el supuesto Indio con los ojos arrasados en lágrimas.

—Pues bien, padre mío, dijo sir Evandale, venid conmigo.—Yo parto en breve para las Indias; vos me acompañaréis, y allí viviremos dichosos, vos consolándome con vuestro cariño, y yo rodeando de cuidados vuestra vejez.

Sir Evandale, al decir esto, hablaba con verdadera emoción.

Nizam volvió a estrecharlo en sus brazos.

—No, hijo mío, exclamó, tú no irás a las Indias.

—Pero, ¿adónde queréis que vaya?

—Permanecerás aquí.

—¿Para presenciar la dicha de un hermano a quien odio?

—No, sino para tomar su puesto.

Sir Evandale dejó escapar un grito.

Nizam prosiguió con una especie de exaltación:

—¡Tú serás lord!

—¿Yo?

—¡Y te casarás con miss Anna!

—Pero entonces, padre mío, dijo el joven temblando de emoción, es necesario para eso que lord William muera.

—Tal vez.

—Y lord William es joven y está lleno de fuerza y de salud.

—¡Bah! dijo Nizam, ¡la vida humana es tan poca cosa!.....

Sir Evandale hizo un gesto de terror.

—¡Oh! no, padre mío, exclamó, ¿pensaríais acaso en matar a lord William?

—¿Qué te importa?

—¡No!... ¡no! dijo vivamente el joven, me opongo absolutamente a ello.

Nizam pareció reflexionar por algunos instantes.

Después, mirando fijamente a sir Evandale:

—Pues bien, dijo, supongamos una cosa.

—Veamos.

—Supongamos que todo el mundo crea a lord William muerto, y que viva sin embargo.

—Pero, ¡eso es imposible!

—Todo es posible a un hombre como yo, respondió Nizam.

—¿Y decís que William podría pasar por muerto estando vivo?

—Sí.

—¿Y yo podré heredar su título de lord?

—Positivamente.

—¿Y podré casarme con miss Anna?

—Sí, te casarás con miss Anna.

—Pero, ¿me prometéis solemnemente que William no morirá?

—¡Te lo juro!

Y Nizam dijo esto con un acento de seguridad que no dejaba lugar a la duda.

—¡Oh! exclamó sir Evandale, ¡me parece que estoy poseído de un vértigo!

—¡Lord Pembleton! dijo Nizam con aire de triunfo, yo te saludo!

Y el Indio desapareció entre la maleza, dejando a sir Evandale solo, aturdido y paralizado de estupor.


XXVII

diario de un loco de bedlam.