XIII
Sir Evandale erró de un lado a otro, y no volvió a ver a Nizam en todo el día.
A la caída de la tarde, el desgraciado joven se volvió triste y pensativo a la quinta de New-Pembleton.
Lord William acababa de llegar.
—¿Qué ha sido de vos, hermano? le preguntó.
—He perdido la caza, respondió sir Evandale.
—¿De veras?
—Sí, y como el tiempo era magnífico y soy apasionado admirador de la naturaleza, he seguido por senderos extraviados y agrestes, sin notar que me alejaba más de lo que debía de New-Pembleton.
—En fin, habéis llegado, y eso es lo principal, dijo lord William gozoso. ¡Ah! no sabéis, hermano, cuántas cosas tengo que deciros!
—¿A mi? exclamó sir Evandale estremeciéndose.
—A vos.
—¡Ah! contestó lacónicamente el joven.
Y esperó a que su hermano acabara de explicarse.
—En primer lugar, prosiguió lord William, os diré que soy el hombre más dichoso de este mundo.
—¡De veras!
—Dentro de tres semanas, miss Anna se llamará lady Pembleton.
—Os felicito sinceramente, murmuró sir Evandale con aire embarazado.
—En segundo lugar hemos hablado mucho de vos, el padre de miss Anna y yo.
—¿Y a qué propósito? preguntó sir Evandale.
—Ya os he dicho otras veces, hermano mío, prosiguió el joven lord, cuánto detesto la ley inglesa que ha establecido los mayorazgos.
—¡Ah! repuso sir Evandale con una sonrisa irónica.
Lord William prosiguió.
—Yo soy el primogénito. La ley me da el título, las tierras, los señoríos, un asiento en el Parlamento...
—Y a mi, nada; ya lo sé, dijo sir Evandale con acento resignado.
—Y eso me indigna.
—¡Ah! ah! repuso sir Evandale irónicamente.
—Desgraciadamente, la ley no permite que yo renuncie todas esas ventajas y que divida con vos la fortuna.
—Yo no os pido nada, milord, dijo secamente sir Evandale.
—Esperad un poco, hermano mío, contestó lord William sonriéndose afectuosamente.
Sir Evandale se quedó mirándolo.
—El padre de miss Anna y yo, hemos tenido una magnífica idea, querido hermano.
—¡Ah!
—Ya sabéis que miss Anna es nieta de un rajáh de la India.
—En efecto.
—Un rajáh fabulosamente rico.
—¿Y bien?
—Y que tiene un hermano rajáh como él, y como él inmensamente rico.
Sir Evandale no contestó y continuó mirando a lord William.
—Ese hermano tiene una hija, prosiguió el joven lord, una hija única que será dotada como una reina.
—¿Y qué?
—Que el padre de miss Anna os dará cartas de recomendación para los dos rajáhs.
—Bien.
—Y solo quedará por vos, estoy seguro, si no os casáis con la bella Dai-Natha.
—¡Ah! ¿se llama Dai-Natha?
—Sí, hermano mío; y es muy hermosa, según dicen.
—Os doy infinitas gracias por el cuidado que tomáis de mi porvenir, repuso el joven Pembleton.
Y su voz, al hablar así, revelaba una sorda ironía.
Pero lord William no lo notó, y se separó de su hermano contento y satisfecho.
Apenas se halló solo, sir Evandale dejó estallar todo su rencoroso despecho.
—¡No es la hija del rajáh lo que yo quiero, exclamó con furor concentrado; no, lo que quiero es miss Anna: no son plantaciones de arroz y de índigo lo que ambiciono..... es el solar de Pembleton y los bosques y pastos que lo rodean..... es tus títulos, tu nombre, tu dignidad, lord William!
Y fue a encerrarse en su habitación, devorado por sus bajas y criminales pasiones.
Dos días se pasaron así.
Sir Evandale se paseaba por los alrededores, ya a pie ya a caballo, y había vuelto muchas veces al paraje del bosque donde Nizam le había contado su historia.
En vano recorrió todos los caminos de la llanura y los senderos del bosque.
El Indio Nizam permanecía invisible.
Al tercer día, y a la caída de la tarde, cuando sir Evandale volvía a New-Pembleton, triste y desalentado, halló a Tom en el patio de la quinta.
El mayordomo estaba en traje de camino, y se disponía a montar a caballo.
Lord William hablaba con él en voz baja.
—¿Adónde va Tom? preguntó sir Evandale aproximándose.
—A Londres, respondió lord William.
—¿Para qué?
—Va a cobrar una suma importante que tengo depositada en casa de uno de mis banqueros.
—¡Ah! dijo sir Evandale.
Tom partió de seguida. Debía ir a caballo hasta la estación próxima, y allí tomar el tren acelerado de Edimburgo a Londres.
Lord William se apoyó entonces en el brazo de su hermano y dirigiéndose a su gabinete, le dijo:
—La ley inglesa me obliga a conservar en mi poder todos los bienes muebles e inmuebles de la familia, pero puedo disponer del numerario hasta cierto punto. Ahora bien, hoy mismo acabo de entrar en posesión de veinte mil libras esterlinas que creía perdidas. He pensado en vos, y creo que me daréis el placer de aceptarlas.
—¡Hermano!... murmuró confuso sir Evandale.
—Tomad, añadió lord William.
Y le entregó una cartera henchida de pagarés y de banknotes.
En esto había llegado la noche.
Como a la sazón se hallaban en lo más fuerte del estío, el día había sido en extremo caluroso.
Así aspiraban con avidez una ligera brisa que agitaba apenas las hojas de los árboles y refrescaba un poco la atmósfera.
Sir Evandale, después de haberse separado de su hermano, se había retirado a su cuarto, y, despojándose de una parte de sus vestidos, se echó por un momento en la cama.
Pero el estado de su espíritu no le permitía conciliar el sueño.
La ventana que daba frente al lecho había permanecido abierta.
La brisa movía blandamente un árbol que tocaba casi a esta ventana, pero pasados algunos instantes, se agitó de pronto con tal fuerza entreabriendo sus ramas, que sir Evandale se incorporó sobresaltado y saltó vivamente del lecho.
Entonces, el follaje del árbol se abrió con violencia, y apareció un hombre que, ágil como un mono, saltó al alféizar de la ventana.
Aquel hombre era Nizam.
—Heme aquí, dijo.
—¡Ah! exclamó sir Evandale, tres días hace que os ando buscando.
—He estado ausente, respondió Nizam.
—¿Adónde habéis ido?
—A Londres.
—¿De veras?
—Y he vuelto hace dos horas.
—¿Y qué habéis ido a hacer a Londres?
—He ido a buscar a algunos amigos, con quienes tenía necesidad de entenderme.
—¡Ah! dijo sir Evandale estremeciéndose de nuevo.
—Sí, tenemos necesidad de ellos para que llegues a ser lord.
—Pero... ¿lo lograré positivamente?
Y la voz de sir Evandale temblaba de emoción.
—Positivamente.
—¿Y... muy pronto?
—Antes de un mes.
—Pero no mataréis a lord William, ¿no es verdad?
—No. Ya te he dicho que no morirá.
—¿Me lo juráis?
—Te lo juro.
—Está bien, dijo sir Evandale exhalando un suspiro.
Y en seguida añadió:
—Es decir... que pasará por muerto.
—Sí.
—¿Qué haréis pues de él?
—Quieres saber demasiado, hijo mío, respondió Nizam. ¡Más tarde! más tarde!
Y como asaltado de pronto por otra idea, se volvió a sir Evandale y añadió:
—¡Ah! ¿tienes algún dinero... algunas economías?... Necesito dinero.
—Precisamente he recibido hoy, dijo sir Evandale.
Y abriendo su escritorio, sacó de él la cartera que le había dado lord William.
—Tomad, añadió.
Nizam abrió la cartera y tomó dos billetes de cien libras.
—Tengo bastante por el momento, dijo. Si necesito más, te volveré a pedir.
Y dio un paso hacia la ventana, pero volviéndose de pronto añadió:
—Tom ha partido, ¿no es verdad?
—Sí, esta tarde.
—Entonces, dijo Nizam, cuyos ojos brillaron con un fulgor siniestro, ha llegado la hora. Podemos obrar sin temor.
Y saliendo por la ventana, dijo aún antes de descolgarse:
—Duerme tranquilo... serás lord.
Y desapareció como una sombra.
XXVIII
diario de un loco de bedlam.