XIV

El calor era insoportable.

Serían las doce del día y el sol irradiaba sobre la tierra abrasada sus rayos perpendiculares.

La campiña estaba silenciosa y desierta.

Los pájaros habían cesado de cantar.

Los labradores habían abandonado el arado y habían entrado los bueyes en sus establos.

No parecía sino que la tierra de Escocia se hallaba bajo el ecuador.

Y sin embargo, a aquella hora y bajo aquel cielo inclemente, se veía una porción de gente acuadrillada, que caminaba con gran trabajo por un camino de herradura, donde sus pasos levantaban una nube de polvo.

Aquellos hombres, que iban encadenados de dos en dos, con los pies descalzos, la cabeza afeitada y cubiertos de harapos, eran presidiarios.

Triste convoy de ladrones y asesinos, condenados en los diferentes condados de Escocia y reunidos luego en la cárcel central de Edimburgo, eran conducidos en fin por etapas, bajo la custodia de tres capataces, hacia el puerto de Liverpool, donde debían embarcarlos para Australia.

Estos desgraciados caminaban lentamente, cubiertos de sudor y de polvo.

Unos se quejaban y gemían arrastrándose penosamente.

Los otros juraban y blasfemaban.

A veces sucedía que alguno de ellos, abrumado de fatiga, se echaba por tierra, y se negaba a marchar.

Entonces uno de los capataces levantaba su bastón y le apaleaba sin piedad.

El desgraciado exhalaba un grito de dolor y se volvía a poner en marcha.

—Teniente Percy, dijo uno de los capataces de aquella chusma, dirigiéndose a su camarada, que era evidentemente su superior, a juzgar por el galón que llevaba en la manga de su uniforme, teniente Percy, ¿no pensáis en que sería ya tiempo de hacer un pequeño alto?

—¡Ya lo creo! respondió el teniente. ¿Estáis cansado, John?

—Tengo los pies hinchados.

—Yo, estoy rabiando de sed.

—¡Y pensar que no hay una gota de agua en este maldecido país!...

—Eso consiste, respondió el teniente Percy filosóficamente, en que la nieve que veis allá arriba en la cima de las montañas, no se ha derretido todavía.

—Y es muy probable que no se derretirá jamás, respondió el capataz John.

—Lo que quiere decir, añadió Percy, que no hay que contar con ella.

—Esa es mi opinión. Pero ¡qué diablo! se me figura que no tardaremos en encontrar una villa, una aldea, una venta siquiera....

—A dos leguas de aquí tenemos la aldea de Pembleton.

—¡Ah! dos leguas, a esta hora de calor, es demasiado!

—Tranquilizaos, John, nos detendremos antes.

—¿Dónde?

—¿Veis aquella línea negra al horizonte?

—Sí; es un bosque.

—A cuya orilla corre un riachuelo.

—Bien. ¿Es allí donde vamos a hacer alto?

—Sin duda. Y aun descansaremos allí hasta la caída de la tarde.

—¿En vez de avanzar hasta la aldea de Pembleton?

—Sí.

—¡Por vida mía! que no comprendo ese singular capricho, teniente!

—En efecto, John, tengo el capricho de ganar cien libras esterlinas y de haceros ganar cincuenta.

El capataz, estupefacto, se quedó mirando al teniente Percy.

—La verdad, teniente, dijo en fin, ¿es que el sol os ha lastimado la cabeza?

—¿Por qué me preguntáis eso?

—¡Toma! añadió John, se me figura que os burláis de mí.

—De ningún modo, John.

—Pues ¿cómo podéis ganar por aquí cien libras?

—Ese es mi secreto.

—¡Ah!

—Y vos podéis contar con cincuenta.

—¿Yo?

—Sí, amigo mío, pero para eso es necesario hacer lo que después os diré.

—¡Hablad! hablad! dijo John; ¡cáscaras! cincuenta libras! no ganamos tanto por año.

—Cincuenta libras esterlinas, repitió el teniente Percy.

—Pero......

El teniente se sonrió y guiñó el ojo maliciosamente.

—Sois demasiado curioso, John. Un poco de paciencia.

Y el teniente Percy no pronunció más palabra.

Los presidiarios habían percibido también el bosque y lo miraban con ansiedad.

—¡Perra canalla! les gritó el teniente, no jadeéis así ni saquéis la lengua..... ¡un poco de ánimo! Dentro de un cuarto de hora descansaremos, y tendréis agua para apagar la sed.

Esta promesa reanimó a aquellos desgraciados.

Iban en número de ocho encadenados de dos en dos, y atados a una cuerda que les obligaba a ir en fila.

Detrás de la cadena marchaba una mula, que conducía por el ronzal otro capataz, y sobre la cual iba un hombre echado como un fardo.

Aquel hombre, que apenas tendría veinte años, era un pobre presidiario que habían tomado en el camino, sacándolo del hospital de la cárcel de Perth donde se hallaba.

Tenía el rostro embotado y cubierto de una lepra asquerosa, y su aspecto era tan repugnante, que el pobre diablo había venido a ser un objeto de horror, hasta para aquellos hombres degradados que eran sus compañeros de infortunio.

Cuando la cadena hacía alto, la mula se quedaba atrás, y nadie hubiera osado acercarse a aquel infeliz, pues había corrido el rumor entre aquella gente de que la enfermedad de su compañero era contagiosa.

El capataz se ponía unos guantes para darle de beber o de comer.

Por lo demás, aquel desgraciado estaba casi idiota y no hablaba una palabra.

¿Qué crímen había cometido?

Nadie lo sabía.

Todo lo que habían podido averiguar es que estaba condenado a la deportación por cinco años.

Los presidiarios llegaron en fin a la entrada del bosque.

—¡Alto! ordenó el teniente Percy.

Pero, en vez de detenerse, los presidiarios se precipitaron hacia el riachuelo, por cuyo álveo corría un chorro de agua.

Allí, echados por tierra, bebieron ávidamente, y después que hubieron apagado la sed, los capataces les distribuyeron algunos alimentos groseros, y el teniente Percy les dijo:

—Ahora, si tenéis sueño, podéis dormir a vuestras anchas.

Aquí permaneceremos hasta entrada la noche.

Con esto los desgraciados se acostaron dos a dos en la yerba a la sombra de los árboles, y media hora después todos dormían profundamente.

Pero el teniente Percy y su segundo el capataz John, no dormían por su parte.

Sentados en un ribazo, a notable distancia de aquella escoria humana, como ellos la llamaban, en vez de gustar las dulzuras del sueño, departían en voz baja.

—Sí, John, amigo mío, hay medio de ganar en el lindero de este bosque ciento cincuenta libras esterlinas..... ciento para mí, cincuenta para vos, decía el teniente Percy.

—¿Y qué hay que hacer para eso? preguntó John.

—Escuchad y lo sabréis. ¿No habéis notado que cuando nos detuvimos en Perth para hacernos cargo del presidiario que no puede andar, el alcaide de la cárcel me entregó un canuto de hoja de lata?

—Sí, el que lleváis colgado a la cintura.

—Este es en efecto.

—Bien, dijo John, ¿y qué?

—¿Sabéis lo que contiene?

—No, a fe mía. No me he atrevido a preguntároslo.

—Esta caja contiene una víbora azul.

—¿Y qué es eso?

—Un reptil de la India, grande como el dedo meñique.

—¿Y cuya picadura es mortal?

—No. Pero el veneno de esta víbora tiene una propiedad particular no menos terrible.

—¡Ah!

—Hace hincharse el cuerpo, y especialmente el rostro, que se cubre de una lepra asquerosa, al cabo de pocas horas, y el infeliz a quien el reptil ha inoculado su veneno, cae por más o menos tiempo en un completo idiotismo.

—Pero entonces, dijo John, ese desgraciado que viene en la mula, ¿ha sido picado por esa víbora?

—Sí.

—¿Y como ha sucedido eso?

—Muy sencillamente. El carcelero la deslizó en su cama la antevíspera de nuestra llegada a Perth. Ese pobre mozo era un vigoroso joven, sano de cuerpo y de espíritu; y ahora, ya lo veis, se ha convertido en un miserable idiota, cuya vista causa horror.

—Pero hay una cosa que no me explico, dijo John, ¿por qué el carcelero de Perth ha cometido esa mala acción?

—Con el fin de ganar también por su parte otras cien libras.

—Ahora lo comprendo menos.

El teniente Percy se echó a reír.

—Hay por esos mundos de Dios, dijo, un hombre bastante poderoso para comprar a todos los empleados de presidio de la libre Inglaterra.

—¡Ah! Y..... ese hombre.......

—¡Chito! dijo el teniente Percy, dentro de un rato os pondré al corriente de todo.......

Y se levantó de pronto añadiendo:

—¡Esperad!

Un hombre acostado en la yerba a algunos pasos de distancia, y cuya presencia nadie hubiera podido sospechar, levantó la cabeza en este momento, y mirando al teniente Percy, le hizo un signo misterioso.

Aquel hombre era el Indio Nizam.


XXIX

diario de un loco de bedlam.