XV

El Indio Nizam se puso lentamente en pie, miró a los presidiarios que seguían durmiendo, y se adelantó con precaución.

Después observó con atención a los capataces y dirigiéndose a Percy, le dijo.

—¿Sois vos el teniente?

—Sí, el teniente Percy, respondió este.

—Bien. Yo soy la persona que os esperaba.

—Lo había adivinado, dijo el teniente.

—¿Me traéis el insecto?

—Sí, aquí está en esta lata.

Y el teniente Percy dio la caja a Nizam.

Este sacó entonces del bolsillo una cartera grasienta y tomó de ella dos billetes de veinte y cinco libras cada uno.

—Aquí tenéis cincuenta libras, dijo, a cuenta de las ciento cincuenta prometidas.

—Bien, repuso el teniente, ahora espero vuestras órdenes.

—Pasaréis aquí el resto de la noche, dijo Nizam.

—Bueno.

—Después, mañana muy temprano os pondréis en marcha y haréis de nuevo alto en la aldea de Pembleton.

El teniente se inclinó en señal de asentimiento.

—Ya allí, simularéis una indisposición, y diréis a vuestra chusma que es necesario detenerse...

—¿Cuánto tiempo debo permanecer en Pembleton?

—No lo sé aún, repuso Nizam; eso dependerá de los acontecimientos. Por lo demás pienso que los desgraciados que ahí conducís no estarán muy de prisa.

—¡Oh! Ya lo creo que no.

—Y que si encuentran descanso y que comer y beber en Pembleton, estarán muy satisfechos de permanecer allí un par de días.

—Sí por cierto, dijo Percy; con el tiempo canicular que hace sobre todo, esa canalla no marcha sino a palos.....

—Escuchadme, dijo Nizam interrumpiéndole; hay, allá arriba, cerca de Pembleton, y al lado mismo de la verja del parque una posada que linda con la carretera.

—¿Es allí dónde debemos detenernos?

—Sí. El posadero está ganado por mí. Albergará vuestros forzados en una cueva espaciosa, y dejará el resto de la posada para vos, vuestros compañeros y el desgraciado idiota que conducís en una mula.

—Perfectamente, dijo el teniente Percy. ¿Y después?

—Después, os lo repito, contestó Nizam, esperaréis allí nuevas instrucciones.

Y al decir esto, Nizam guardó cuidadosamente el canuto de hoja de lata, y se separó de aquellos dos hombres.

Los forzados seguían durmiendo.

En cuanto a su compañero, el pobre diablo que había sido picado por la víbora azul, ese estaba acostado sobre la yerba cerca de la mula, y lanzaba gritos inarticulados.

Nizam desapareció a través de los árboles.

Aunque ya viejo, el antiguo segundón de la familia Pembleton se conservaba fuerte y ágil, y así, apenas se halló fuera del alcance de la vista, se echó a correr a todo escape.

Corría saltando zanjas y barrancos, y atravesaba la maleza, como un gamo perseguido por una jauría numerosa y ardiente.

Así llegó sin detenerse hasta unas tapias bastante elevadas, tapias que formaban la cerca de la posesión de New-Pembleton.

Pero como el parque tenía muchas leguas de contorno, la quinta se hallaba bastante lejos de aquel sitio.

Nizam escaló la tapia con una agilidad increíble y, saltando al parque, continuó corriendo su camino.

Al cabo de un cuarto de hora, se detuvo algunos instantes para tomar aliento.

Después dio algunos pasos aún y se detuvo de nuevo.

Seguramente, a juzgar por sus movimientos, Nizam buscaba alguna cosa o esperaba una seña.

Pero de repente pareció despertarse su atención, y echándose precipitadamente entre unas matas espesas, se acostó en ellas boca abajo.

Aquella espesura se hallaba al lado de una de esas calles enarenadas que los Ingleses trazan circularmente en sus parques y jardines.

Nizam prestó el oído, escuchando atentamente un ruido lejano.

Este ruido se fue aproximando, haciéndose cada vez más distinto, y entonces pudo comprender que lo ocasionaba el trote de muchos caballos, y el roce de las ruedas de un carruaje sobre la arena.

Inmóvil y reteniendo el aliento, Nizam miraba a través de la espesura.

Así pudo ver un gran landó abierto, tirado por cuatro caballos, precedido de un postillón y seguido por dos lacayos con librea roja, sobre dos vigorosos poneys de Escocia.

El landó pasó muy cerca de Nizam, y este pudo ver que iban en él lord William, sir Archibaldo y su hija miss Anna, la prometida del heredero de Pembleton.

El supuesto Indio permaneció echado en tierra hasta que se alejó bastante el carruaje.

Cuando juzgó que se hallaba a gran distancia, se levantó cautelosamente y siguió su camino hacia la quinta.

Ya descubría a través de los árboles las torrecillas blancas y los ventanas ojivales, así como las blancas estatuas diseminadas en las avenidas, destacándose sobre los cuadros de césped y el verde follaje del fondo; cuando Nizam se detuvo otra vez y fijó cuidadosamente su atención.

Un joven se hallaba sentado en un banco delante de la casa, y parecía absorto en la lectura.

Nizam echó una mirada en su rededor y, en vez de emprender de nuevo su carrera, avanzó arrastrándose penosamente, como un hombre abrumado de fatiga.

De este modo, se dirigió hacia el joven que estaba sentado y leyendo delante de la casa.

Sir Evandale, pues, era en efecto este, oyó sus pasos y levantó la cabeza.

—Una limosna por el amor de Dios, dijo Nizam con voz doliente, alargando la mano.

Sir Evandale le dio una corona.

Nizam echó una mirada furtiva en su rededor.

—Creo que estamos solos, dijo por lo bajo.

—Sí. Unos han partido y los demás duermen la siesta.

—Entonces podemos hablar.

Y el falso mendigo continuó en su posición respetuosa, permaneciendo de pie delante del joven.

—¿Qué venís a decirme? le preguntó entonces sir Evandale.

—Que todo está pronto.

Sir Evandale se estremeció de pies a cabeza.

—Los presidiarios han llegado.....

—¡Ah!

—Y la víbora también.

Y diciendo esto, Nizam entreabrió la miserable hopalanda que le cubría, y enseñó el canuto de hoja de lata que llevaba suspendido al cuello.

—Sir Jorge, dijo entonces con profunda emoción el joven Evandale, requiero de vos de nuevo el solemne juramento que me habéis hecho.

—¿Cómo? exclamó Nizam.

—Juradme que la picadura de esa víbora no es mortal.

—¡Lo juro una y mil veces! dijo Nizam; pero si mi juramento no te basta, baja mañana a la aldea de Pembleton.

—¿Para qué?

—Allí verás a los forzados y te enseñarán al pobre diablo a quien ha picado esa víbora. Entonces podrás convencerte de que a pesar de la máscara de lepra que le cubre, está lleno de salud y de vida.

—Está bien; os creo.

—Ahora, prosiguió Nizam, ha llegado el caso de que recordemos el proverbio: Ayúdate y el cielo te ayudará.

—El infierno querréis decir, respondió Evandale con amarga sonrisa.

—Sea, no me opongo a ello, dijo Nizam.

—¿Y qué esperáis de mí? preguntó el joven.

—Díme, ¿tu hermano no ha ido a acompañar a sir Archibaldo y a miss Anna?

—Sí.

—¿Cuándo volverá?

—Va a comer con ellos, y de consiguiente no volverá hasta muy tarde.

—¿Es posible ir de tu cuarto al suyo sin encontrar a nadie?

—Sí, pasando por la biblioteca.

—Entonces espérame esta noche en tu cuarto.

—¿A qué hora?

—A las ocho; cuando cierre completamente la noche.

—¿Vendréis por el mismo camino?

—Sí, por el árbol que me sirve de escala.

Sir Evandale hizo un signo de asentimiento, y el fingido mendigo, respondiendo con un profundo saludo, se retiró por la avenida que conducía a la verja.

Aquella noche en efecto, sir Evandale se retiró temprano a su cuarto, y dejó abierta la ventana que daba al parque.

A la hora convenida, las ramas del árbol se entreabrieron, y Nizam saltó vivamente al alféizar de la ventana y de allí al cuarto donde el joven le esperaba.

—¿Lord William no ha vuelto aún? preguntó sir Jorge.

—No.

—Vamos pues.

Sir Evandale estaba pálido y temblando.

Al oír a Nizam, sintió una especie de desfallecimiento, y murmuró con voz agitada:

—¡Ah! no... no quiero!

—¡Imbécil! respondió Nizam, ¿no amas a miss Anna?

Estas palabras penetraron como un dardo en el corazón de sir Evandale.

—¡Vamos! dijo con voz sorda.

Y abrió precipitadamente una puerta que daba a una galería convertida en biblioteca.

Al fin de aquella galería había otra puerta que daba acceso al dormitorio del joven lord.

Los dos miserables se deslizaron sin ruido en aquel cuarto, y en seguida fueron a asegurarse de que nadie se hallaba en el gabinete contiguo.

Luego, sir Evandale se acercó al lecho de su hermano y levantó un poco las cortinas.

Entonces Nizam introdujo la lata entre las sábanas y la abrió.

En aquel momento se dejó oír un silbido.

La víbora se deslizó en el lecho, y volvieron a caer las cortinas.

Sir Jorge y su hijo salieron corriendo del cuarto, y pocos instantes después, el primero huía por donde había venido, diciendo:

—¡Hasta mañana!

Y sir Evandale, inundada en sudor la frente, caía en una silla murmurando:

—¡Es horrible!.... ¡horrible!... pero seré lord!


XXX

diario de un loco de bedlam.