XVI
Dos horas después de haber desaparecido Nizam, lord William volvía a New-Pembleton.
Sir Evandale le esperaba en el salón del piso bajo.
El joven lord venía radiante de alegría.
—¡Ah! querido hermano mío! dijo echándose en sus brazos, ¡no se cómo expresarte mi dicha!.... soy el más feliz de los hombres!
—Me complace en extremo, hermano, repuso sir Evandale con una punta de ironía.
—Miss Anna, me ama, prosiguió lord William.
Lord Evandale no respondió una palabra, y el joven lord prosiguió con entusiasmo:
—Sí, me ama, amigo mío; esta noche me ha confiado el secreto de su corazón.
—¡De veras! dijo sir Evandale.
—Sir Archibaldo nos había dejado solos, prosiguió lord William, y nos hallábamos en un cenador del jardín cerca de la casa.....
Miss Anna, aprovechando aquella coyuntura, puso su lindísima mano entre las mías, añadió con emoción el joven lord, y me dijo en voz baja:
—Deseaba hablaros a solas.
Y como yo la mirase con extrañeza, casi con inquietud:
—Milord, continuó, no quiero llegar a ser vuestra esposa, sin que hayáis leído en el fondo de mi corazón.—Milord, yo os amo... os amo, no porque sois un noble de elevada raza, no porque sois lord y par del reino y formaréis parte de la Cámara alta..... os amo solamente por vos, porque sois bueno, porque el sonido de vuestra voz llena mi alma de un éxtasis delicioso.
Yo llevé su mano a mis labios y la cubrí de besos.
Miss Anna prosiguió:
—He querido que sepáis esto de mi boca, milord, y que os penetréis bien de que yo no he hecho ninguno de los mezquinos cálculos de mi padre.
—¿Qué cálculos? pregunté yo admirado.
—Mi padre, prosiguió miss Anna, es, como sabéis, muy rico, pero es de baja nobleza, apenas esquire.
—¡Oh! ¿y qué importa?.....
—Por eso tiene en mucho vuestra alianza; mientras que yo.....
Y se detuvo como avergonzada.
—Acabad, miss Anna, la dije.
—Mientras que yo, prosiguió, quisiera que fuerais pobre, de origen oscuro......
—¡Querida Anna! exclamé.
Y la estreché en mis brazos.
—¡Ay! hermano mío! añadió lord William, ¡cuán largos me parecen los quince días que me separan aún de la dicha!....
Sir Evandale había escuchado atentamente a su hermano y permanecía mudo y sombrío.
—Perdonadme, añadió lord William. Los hombres dichosos son egoístas; no saben hablar más que de sí mismos.—Pero descuidad, mi querido hermano, vos seréis también dichoso y, si he de dar crédito a sir Archibaldo, la mujer que os destina.....
—¡Oh! no hablemos más de eso, milord, dijo secamente sir Evandale; no hay comparación posible entre vos y yo.
—¿Cómo pues? preguntó lord William.
—Sin duda. Vos amáis a miss Anna.....
—¡Oh! con toda mi alma!
—¿Y puedo yo saber, por hermosa que sea, si llegaré jamás a amar a la hija del nabab?
Y sir Evandale dejó escapar un suspiro.
Lord William tuvo entonces como un remordimiento de haberle hablado de su dicha.
—Querido hermano mío, le dijo, voy a acostarme. Las dulces emociones de este día me han dejado sin fuerzas. Buena noche.... y os pido de nuevo perdón.
—Voy a acompañaros hasta vuestro cuarto, dijo sir Evandale.
Y subió con él en efecto.
Las ventanas del dormitorio del joven lord estaban todas abiertas.
Sir Evandale quiso cerrarlas.
—¡Oh! dejadlas así, dijo lord William.
—¿No teméis el aire de la noche?
—No; al contrario, tengo mucho calor. Este verano es cruel, hermano mío.
—Pues entonces, buena noche, dijo sir Evandale.
Y se retiró a su cuarto.
Pero antes de salir, había echado una mirada a hurtadillas hacia el lecho.
Las cortinas estaban en órden y nada revelaba la presencia del reptil que se había dormido sin duda entre algún pliegue de las sábanas.
Una hora después, el ayuda de cámara de lord William, que dormía en un cuarto contiguo, oyó de repente un gran grito.
Un grito de dolor y de angustia.
Aquel grito partía del dormitorio de lord William.
El ayuda de cámara se levantó a toda prisa y corrió al cuarto de su amo.
El joven lord se hallaba de pie, en medio del dormitorio, oprimiendo entre sus manos crispadas la víbora, a la que había ahogado.
Pero el reptil le había picado antes cruelmente en el rostro, y le corrían algunas gotas de sangre a lo largo de la mejilla.
Lord William estaba como loco. La sorpresa, el dolor, la desesperación, se pintaban en su semblante descompuesto por la cólera.
En fin, arrojó la víbora al suelo, y el criado la puso el pie encima aplastándola por completo.
Al mismo tiempo gritaba pidiendo socorro, mientras que el joven lord tiraba con fuerza del cordón de la campanilla.
A este ruido, todos los criados de la casa fueron acudiendo presurosos, y tras ellos no tardó en aparecer sir Evandale.
Lord William seguía gritando y decía con desesperación:
—¡Soy un hombre perdido!
Pasado aquel primer tumulto, pudieron al fin concertarse y corrieron a buscar al médico de la aldea.
Este llegó a toda prisa y declaró que la picadura era venenosa, pero no mortal.
Lavó la herida, la cauterizó y después de recetar un calmante, hizo que volviera a acostarse lord William.
Entre tanto, sir Evandale se lamentaba sin cesar, y atribuía aquel accidente a la imprudencia de lord William, que se había acostado con las ventanas abiertas.
Poco después se apoderó de este último una fiebre ardiente, y bien pronto se declaró un espantoso delirio, una especie de locura, y ya no pronunció el pobre joven más que palabras incoherentes.
Su rostro se hinchaba por momentos, y de encendido que antes estaba, se ponía amoratado, casi negro.
Sin embargo, tuvo aún una ligera vislumbre de razón, y pronunció el nombre de miss Anna.
—Que avisen a miss Anna y a sir Archibaldo, ordenó sir Evandale.
Uno de los domésticos partió inmediatamente a caballo.
Al apuntar el día, sir Archibaldo y su hija llegaron a New-Pembleton.
Miss Anna entró apresuradamente en la habitación, se acercó al lecho del enfermo, y lanzó un grito de horror.
Lord William estaba completamente desconocido.
La cabeza, horriblemente hinchada y ennegrecida, no presentaba ya rostro humano; la piel de las mejillas se desprendía en pedazos; la lengua estaba entumecida, los labios lívidos, y los ojos apagados.
El médico empezó a mover de un lado a otro la cabeza, y acabó por declarar que lord William estaba perdido.
Sir Evandale no pudo sufrir por más tiempo este espectáculo, y se alejó del cuarto del enfermo.
Acaso empezaban a acosarle los remordimientos o tal vez creía una catástrofe inmediata.
Salió al parque, deseando respirar con libertad y estar solo, y corría a la ventura, como un insensato, con la cabeza descubierta; cuando de repente saltó un hombre de la espesura y se le puso delante.
Aquel hombre era Nizam, que venía a él, sonriéndose de una manera siniestra.
—¿Y bien? exclamó.
—Me habéis engañado, dijo sir Evandale.
—¿Cómo y en qué? preguntó Nizam.
—Mi hermano se muere...
—Yo te juro que no morirá.
—Sin embargo... el médico.....
El médico es un asno, dijo fríamente Nizam: ahora, lo que has de procurar es no venderte, pues estás completamente trastornado. Sigue paso a paso lo que voy a decirte, y obedéceme en todo, si quieres ser lord y poseer a miss Anna.
Este nombre hizo volver en sí a sir Evandale y le devolvió toda su sangre fría.
—Veamos... hablad, dijo.
Entonces Nizam sacó una bujía del bolsillo.
—Toma esto, dijo.
—¿Para qué?
—Esta noche pondrás esta vela en tu candelero.
—Bueno, ¿y después?
—Después irás a acompañar a sir Archibaldo y a su hija, que no dejarán por cierto de velar toda la noche en el cuarto de lord William, y colocarás tu candelero en la chimenea.
—Nada más fácil, pero...
—Creo inútil decirte que debes dejar arder la bujía...
—No comprendo...
—No tienes necesidad de comprender, dijo Nizam riendo. Ya verás... hasta la noche.
Y el supuesto Indio desapareció por entre los árboles.
XXXI
diario de un loco de bedlam.