XVII
Aquel día fue terrible.
Lord William permaneció largas horas devorado por una fiebre ardiente, y a ella se sucedió después un abatimiento profundo.
Permanecía con los ojos cerrados, respiraba apenas, y cuando llegó la noche, su rostro estaba cubierto de pústulas purulentas, y de tal modo entumecido que no se distinguían sus facciones.
Habían enviado un despacho a Londres, llamando a los médicos más célebres de Inglaterra.
Pero, ¿llegarían a tiempo?
Sir Archibaldo y su hija se habían instalado a la cabecera del enfermo.
Miss Anna lloraba sin consuelo, y nadie podía arrancarla del horrible espectáculo que tenía ante los ojos.
Sir Evandale, por su parte, había representado también su papel como un cómico consumado. El dolor que manifestaba era tal que conmovía a todo el mundo, y todos los esfuerzos que hicieran para hacerle tomar algún alimento habían sido inútiles.
Sir Archibaldo le había estrechado muchas veces la mano, y miss Anna había llegado al punto de echarse en sus brazos llamándole «mi querido hermano.»
Hacia la caída de la tarde, lord William pareció por un momento salir de su torpor, y pronunció algunas palabras que hicieron creer volvía a la razón.
Miss Anna sintió renacer en su corazón la esperanza; pero sir Evandale arrugó más de una vez el entrecejo.
Su ansiedad era terrible, pues no sabía, si lord William recobraba la razón, cómo podría Nizam cumplir su promesa.
En fin, después de la comida, a la que apenas tocaron el joven Evandale y sus huéspedes; estos, es decir, sir Archibaldo y su hija, se instalaron de nuevo en el dormitorio de lord William para pasar la noche.
Poco después, sir Evandale vino a reunirse con ellos.
El joven traía su candelero en la mano, y lo puso sin afectación sobre la repisa de la chimenea.
Apenas había pasado una hora, cuando sir Evandale empezó a adivinar los proyectos de Nizam.
Un olor extraño y de una fetidez bastante pronunciada se había esparcido por el cuarto.
¿Era acaso lord William quien exhalaba aquel olor fétido, y vivo, aún, entraba ya en descomposición cadavérica?
Sir Archibaldo y miss Anna lo pensaron así; pero permanecieron animosamente en su puesto.
Sir Evandale por su parte, comprendió desde luego que aquel olor provenía de la vela que había traído allí encendida.
Y bien pronto sintió pesadez de cabeza y un violento deseo de dormir.
Sin embargo, luchó cuanto pudo contra aquel sueño letárgico, y tuvo tiempo para ver a sir Archibaldo y a su hija cerrar los ojos casi en el mismo instante, y poco después de ellos, el ayuda de cámara de lord William, que había permanecido en la habitación para servir a su amo y darle las pociones prescritas por el médico, se durmió igualmente.
Sir Evandale a su vez, cerró los ojos y se quedó dormido.
Pero no había pasado mucho tiempo, cuando sintió una violenta sacudida, y después una extraña sensación de frío.
Al punto abrió los ojos, y sintió su rostro enteramente mojado.
Miró a su rededor, y vio que ya no se hallaba en el dormitorio de lord William, sino en su propio cuarto y acostado en su lecho vestido como estaba.
Un hombre se hallaba junto a él.
Y este hombre, como ha podido adivinarse, era Nizam.
El supuesto Indio le pasaba por el rostro una esponja empapada en vinagre inglés.
Sir Evandale fijó con ansiedad los ojos en Nizam y le dijo:
—¿Qué ha sucedido?
—Levántate, repuso Nizam.
Sir Evandale se incorporó sobre su lecho y saltó vivamente a tierra.
El efecto del narcótico había desaparecido, dejándole solamente una ligera pesadez de cabeza.
—Ven conmigo, le dijo Nizam.
Y abrió la puerta que daba a la galería convertida en biblioteca y que, como sabemos, conducía al dormitorio de lord William.
Nizam entró el primero en aquel cuarto.
—Mira, dijo.
Miss Anna, sir Archibaldo y el ayuda de cámara dormían profundamente.
Lord William, inmóvil sobre su lecho, no daba signo de vida.
—¡Oh! exclamó Nizam, podemos hablar en voz alta. Un cañonazo no los despertaría, y si permanecemos, aquí mucho tiempo, te volverías a quedar dormido.
—¡Ah! dijo sir Evandale, me confirmo en lo que ya os he dicho; me habéis engañado..... mi hermano ha muerto.
—No; está dormido.
—¿Decís verdad?
—Acércate y pon la mano sobre su corazón.
Sir Evandale obedeció, y sintió en efecto que el corazón de lord William latía.
Entonces sir Evandale se volvió a Nizam.
—¿Y bien? le preguntó.
—Mira ahora hacia aquí.
Y el Indio le mostró en un rincón del cuarto un objeto, en el que sir Evandale no había reparado aún.
Aquel objeto tenía la forma de un cuerpo humano, cubierto con un paño de color oscuro.
Nizam levantó aquel paño, y sir Evandale no pudo contener un grito de horror.
¡Tenía ante los ojos un cadáver!
Un cadáver horrible, espantoso, y cuyo rostro desfigurado y cubierto de lepra, se parecía de aquel modo al de lord William.
Nizam se sonreía con aire de triunfo, como un artista que se goza en el resultado de su obra.
—¿Crees que sabrán ahora distinguir al uno del otro?
—¡Oh! imposible! exclamó sir Evandale. Si estuvieran juntos en ese lecho, yo mismo no sabría decir cuál es mi hermano.
—¡Ah! Ya ves cómo yo sé hacer bien las cosas.
—Pero..... ese... ¿está muerto?
—Sí.
—Ya veis como yo decía bien, murmuró sir Evandale un poco conmovido; la picadura de la víbora azul es mortal.
—Te engañas.
—¡Ah!
—Este hombre no ha muerto de eso.
—¿Cómo?
—Se le ha echado dos gotas de ácido prúsico en un vaso de agua.
Sir Evandale no podía apartar los ojos de aquel cadáver informe, sino para contemplar a su hermano que yacía en una inmovilidad completa.
—¡Vamos! dijo Nizam, ayúdame.
Y aproximándose a la cama, descubrió a lord William y, cogiéndolo en brazos, lo extendió dormido sobre la alfombra.
Después, cambió la camisa del joven lord con la del presidiario, y cogiendo el cuerpo de este entre él y sir Evandale, lo colocaron en el lecho.
—Y ahora, dijo sir Evandale, ¿qué vais a hacer de mi hermano?
—Vas a ayudarme a trasportarlo fuera de la quinta.
—¿Cómo?
—Primero vamos a llevarlo a tu cuarto.
—Bien.
—Dos hombres han colocado una escalera de mano contra la ventana y me esperan abajo.
—¿Y quiénes son esos dos hombres?
—El teniente Percy y el capataz de presidio John.
—Pero es necesario tener en cuenta, observó sir Evandale, que una vez fuera de esta atmósfera, se despertará bien pronto.
—Sin duda.
—Y entonces.....
—¿No te he dicho que estará completamente loco durante muchas semanas?
—¡Ah! es verdad.
—Y durante ese tiempo, añadió Nizam riéndose, no habrá hecho poco camino que digamos; y cuando al cabo de él vuelva a la razón, estará más lejos de Inglaterra que de la Australia.
—¡Y yo seré lord!
—Sí, tú serás lord.
Y diciendo esto, Nizam cargó sobre el hombro a lord William dormido y volvió a tomar el camino de la galería.
Sir Evandale le siguió, cerrando tras sí la puerta.
La bujía estaba consumida en gran parte, pero seguía ardiendo sobre la chimenea.
XXXII
diario de un loco de bedlam.