XVIII

Sir Evandale volvió a poco al dormitorio de lord William.

La bujía seguía ardiendo.

El digno hijo de sir Jorge, después de haber echado una mirada recelosa en su rededor, fue a sentarse en el sillón donde se había dormido algunas horas antes.

—Ahora, murmuró, poco me importa volverme a dormir, y aun por el mayor tiempo posible. Prefiero que sir Archibaldo y su hija se despierten antes que yo.

En efecto, por seguro que estuviese de si mismo, sir Evandale temía ver despertarse a las personas que estaban allí encadenadas por un sueño letárgico.

¿Qué iba a suceder cuando llegaran a descubrir que lord William o más bien el hombre que le había sustituido estaba muerto?

Preocupado con este pensamiento, sir Evandale no tardó sin embargo en dormirse bajo la influencia de las emanaciones narcóticas de la bujía.

Pero cuando en fin, esta llegó a apagarse, la atmósfera se fue despejando poco a poco, y al cabo de una hora se despertó sir Archibaldo.

Solo que al despertar, sintió que se ahogaba, que le faltaba aire.

El olor fétido que antes le había impresionado se dejaba sentir aún con bastante fuerza.

Sir Archibaldo hizo un violento esfuerzo, se levantó vacilando y, arrastrándose hacia una de las ventanas, dio un puñetazo en los vidrios.

Uno de ellos saltó en mil pedazos.

Al mismo tiempo una fuerte bocanada de aire penetró en el cuarto e instantáneamente purificó aquella atmósfera viciada.

El efecto fue rápido como el pensamiento.

Miss Anna se despertó en seguida, y el ayuda de cámara no tardó también en volver en su acuerdo.

Solo sir Evandale permaneció al parecer profundamente dormido.

El dormitorio estaba débilmente alumbrado.

Los primeros albores del día luchaban con la claridad de una lamparilla colocada bajo un globo de cristal opaco, y los objetos aparecían indecisos en medio de aquella semioscuridad.

Miss Anna miró atónita a su padre, y dio muestras bien claras de la opresión que la dominaba aún.

Sir Archibaldo fue a abrir las dos ventanas, y después volvió hacia su hija.

Pero en aquel momento esta arrojó un grito terrible.

La mano del que creían lord William pendía fuera del lecho.

La joven cogió aquella mano, y al tocarla la rechazó con espanto.

Aquella mano estaba helada.

Sir Archibaldo se inclinó entonces sobre el cadáver.

—¡Muerto! dijo con estupor.

El grito de miss Anna había despertado a sir Evandale.

Levantose en seguida, estiró los brazos, y echando una mirada estúpida en su rededor murmuró:

—¿Qué sucede? ¡Dios mío!

—Vuestro hermano ha muerto, dijo sir Archibaldo; ha muerto mientras que nosotros dormíamos.

En todo caso análogo a la catástrofe que había tenido lugar en New-Pembleton, siempre se encuentra a punto un médico inteligente para explicar de una manera satisfactoria las cosas menos explicables.

Una hora después del extraño suceso que acababa de ocurrir en la quinta, uno de los médicos célebres que habían llamado por el telégrafo, llegó de Londres.

Aquel príncipe de la ciencia no vaciló en declarar que el joven lord Pembleton, había sucumbido a la acción de un principio deletéreo particular, al que dio un nombre latino.

Y aseguró que el sueño que se había apoderado de las personas que se encontraban en el dormitorio, había sido ocasionado por las exhalaciones mórbidas que despedía el cuerpo de lord William, cuya descomposición había precedido a su muerte.

Sir Evandale manifestó el más violento dolor.

Su desesperación era tal, que se golpeaba con furor la cabeza y quería morir a su vez. Gran trabajo costó el lograr calmarlo al cabo de algunas horas.

Aquella tarde, como si quisiese aislarse en su dolor, y fuera de sí, al menos en apariencia, se salió al campo, y fue a sentarse en lo alto de una colina que dominaba la carretera.

Allí pasó algún tiempo, esperando sin duda a alguno, cuando un espectáculo extraño atrajo de pronto sus miradas.

Una cuadrilla de hombres encadenados subía penosamente por la cuesta.

Delante de ellos iba el teniente Percy y el capataz John.

Detrás seguía una mula tirada por el cabestro, y sobre ella iba acostado un pobre idiota que apenas tenía semblante humano.

Sir Evandale se estremeció y volvió a otro lado la cabeza.

Un pastor que andaba por aquel sitio, se aproximó para ver de cerca la cadena de presidiarios, y dijo mirando a sir Evandale:

—Son unos pobres forzados que van a presidio, milord. ¡Infelices!... da pena verlos... pero el más infeliz de todos es el que va en la mula... ¡es leproso y loco!...

Sir Evandale arrojó una moneda de oro al pastor y huyó como un insensato.

Así bajaba corriendo por la pendiente de la colina, cuando oyó a su lado una voz burlona que le decía:

—¿Habéis venido a convenceros, milord, de que yo no falto a mis promesas?.....

Sir Evandale se volvió y vio a un hombre echado detrás de unos matorrales, desde donde también parecía observar la marcha de los presidiarios.

Aquel hombre era Nizam.

Y como el joven, cubierto de una palidez mortal e inundada en sudor la frente, se quedase sorprendido y como clavado en tierra, Nizam dio un salto y se acercó rápidamente a él.

—Hoy eres lord, le dijo; dentro de seis meses serás esposo de miss Anna.

Y Nizam desapareció de nuevo.

Seis meses después, en efecto, miss Anna, vivamente solicitada por su padre, dejó el luto de su prometido lord William.

Sir Archibaldo tenía decidido empeño en que su hija se casase con un lord, y ella que había amado tanto y tan desinteresadamente a lord William y que en nada tenía la fortuna..... no titubeó un momento en pasar a ser lady Evandale Pembleton, dando su mano al nuevo heredero de aquella poderosa familia.

El día mismo de aquel casamiento, un hombre que había llegado demasiado tarde para asistir a los funerales de su amo, declaró a lord Evandale que dejaba su servicio.

Aquel hombre era Tom.

El fiel Tom que lloraba siempre a lord William y que no quería servir al hijo del crímen.

La noche del mismo día, y después de la brillante recepción que siguió a la ceremonia nupcial, mientras que conducían a la joven esposa a su cuarto; lord Evandale halló medio de desaparecer por un momento, y bajó furtivamente al parque.

Nizam, el supuesto Indio, Nizam que se había llamado en su juventud sir Jorge Pembleton, había dado cita aquella noche a su hijo para felicitarlo.

El lugar de la cita era junto a aquel árbol donde Nizam había esperado tantas veces a sir Evandale.

Y sir Evandale, hoy ya lord y en el colmo de todas las dichas que ambicionaba, se había apresurado a acudir al llamamiento de su padre.

El cielo estaba despejado y diáfano, y la luna iluminaba con su argentada luz el parque y los jardines.

Lord Evandale salió cautelosamente de la casa, y dando la vuelta hasta llegar bajo las ventanas de su habitación, no tardó en descubrir a Nizam que le esperaba bajo el árbol.

Pero el supuesto Indio no se hallaba en pie como de costumbre.

Nizam estaba acostado en tierra y parecía dormir tranquilamente.

Lord Evandale lo llamó en voz baja, después con mayor fuerza, y esto repetidas veces.

Pero Nizam no respondió.

Entonces el joven se aproximo a él, lo examinó con cuidado, y retrocedió de pronto, lanzando un grito de horror.

Nizam estaba muerto.

El brillante oficial de marina que se llamara un tiempo sir Jorge Arturo Pembleton, y cuya miserable vida fue un horrible tejido de crímenes, hasta aquel día testigo de su triunfo; había dejado de existir, y todavía llevaba clavado en el corazón el cuchillo que había ocasionado su muerte.

Lord Evandale volvió a acercarse a aquel cuerpo ensangrentado, y arrancando de él el arma homicida, la examinó y la reconoció al punto.

Aquella arma era el cuchillo de caza de Tom, el marido de Betzy.


XXXIII

diario de un loco de bedlam.