XIX

¿Qué había sido de Tom?

En la misma mañana del día en que lord Evandale debía enlazarse con miss Anna, la hija de sir Archibaldo, fue, como sabemos, cuando Tom anunció a su joven amo que dejaba inmediatamente su servicio.

Ya hemos visto que Tom estaba en Londres cuando tuvo lugar el fatal acontecimiento que acabamos de contar.

Tom volvió, lloró a su amo y lo creyó realmente muerto.

Y como lord Evandale parecía sentir tan vivamente la desgracia de su hermano, el fiel criado no sospechó ni un solo instante la verdad.

Sin embargo una noche, algún tiempo después de su vuelta, Tom fue testigo invisible de una escena extraña.

Hallábase asomado a una ventana de su cuarto, que daba al parque, respirando por algunos momentos el aire de la noche, cuando vio deslizarse a un hombre por entre los árboles, y acercarse cautelosamente a la casa.

Aquel hombre era Nizam el Indio.

Tom se preparaba a bajar para echar fuera a aquel mendigo, cuando se abrió una puerta excusada de la quinta, y otro hombre salió de ella furtivamente.

La luna inundaba de luz los jardines y se veía como en medio del día.

Tom examinó a la persona que acababa de salir y reconoció con sorpresa al joven lord Evandale.

Siguolo con la vista, y lo vio reunirse con el Indio.

Pero su sorpresa fue mayor aún, al ver que este se cogió familiarmente a su brazo.

Esto fue una revelación para el antiguo servidor de la familia.

No adivinó enteramente la verdad, pero comprendió una parte de ella.

Nizam era Indio: de consiguiente él debía haber procurado la víbora azul.

Nizam era pues cómplice de lord Evandale.

Y lord Evandale había asesinado a su hermano.

Tom, entonces, se propuso espiar incesantemente al Indio, a fin de adquirir de una manera cierta la prueba del crímen.

Obtenida esta prueba, Tom vengaría la muerte del desgraciado lord William.

Sin embargo el hermano de leche de lady Evelina no sospechaba aún la verdadera identidad de Nizam.

Por otra parte, hasta entonces no se había ocupado del mendigo, ni había fijado en él mucho la atención; pero a partir de la noche en que le fue evidente la existencia de un crímen y la complicidad entre el Indio y lord Evandale, Tom redobló sin descanso su vigilancia.

Ocho días después, encontró una noche la ocasión que esperaba, y siguió a lord Evandale que tenía una nueva cita con Nizam.

Escondido a su vez entre la maleza, Tom oyó toda la conversación de Nizam con lord Evandale.

Y cuando al fin se alejaron, el honrado mayordomo se levantó temblando de emoción y bañada en sudor la frente.

Acababa de saber quién era Nizam.

El supuesto Indio era el padre de lord Evandale, es decir sir Jorge Pembleton.

Sir Jorge que había muerto para todos en Calcuta hacía más de quince años.

Tom no podía pues dudar del crímen y de la complicidad de lord Evandale, pero había una cosa sin embargo que no sabía aún.

Y era que lord William no había muerto.

Ahora pues, como ya sabemos, el día en que lord Evandale debía casarse con miss Anna, Tom y Betzy dejaban su servicio.

Partieron en medio del día, en un break de caza, para ir a la estación vecina, y tomar allí el tren del ferrocarril que pasaba para Londres.

Uno de los criados de la quinta que los condujo a la estación, los vio entrar en un vagón de segunda clase, y partir a los pocos minutos.

De consiguiente lord Evandale estaba bien persuadido de que habían dejado el país.

Y sin embargo Tom no había ido muy lejos.

Al llegar a la estación vecina, descendió del tren y, dejando a Betzy continuar su camino hasta Londres, volvió a campo travieso hacia Pembleton, y cerca de él, permaneció el resto del día escondido en una zanja.

La víspera había sorprendido una cita dada por Nizam a sir Evandale.

Tom saltó las tapias del parque cuando llegó la noche, y fue a esconderse entre las breñas, cerca del árbol donde el supuesto Indio solía esperar a lord Evandale.

Las horas fueron trascurriendo lentamente.

La quinta estaba llena aún de luz y de ruido, y los numerosos convidados a la boda no habían partido todavía.

Sin embargo Nizam no tardó en llegar.

Estaba sin duda impaciente de ver a su hijo, pues habiéndose sentado entre la espesura al pie del árbol, no apartaba los ojos de la casa, y sus miradas manifestaban una ansiedad creciente.

Embebido en sus pensamientos, no oyó un ligero ruido que hacían detrás de él entre las hojas, y no pudo prevenirse contra el ataque de un hombre que cayó sobre él de improviso.

Volviose bruscamente y reconoció a Tom.

El antiguo mayordomo venía armado con un cuchillo de monte.

Nizam estaba sin armas.

Así su primer movimiento fue huir, pero Tom lo cogió vigorosamente por el cuello.

Entonces quiso gritar.

—Si levantas la voz eres muerto, le dijo Tom.

El Indio luchaba sin embargo por desasirse, mas su enemigo lo sujetaba sólidamente y al mismo tiempo añadía:

—¡No escaparás de mis manos, miserable!... Sé quién eres.—Tú no te llamas Nizam, tu verdadero nombre es sir Jorge Pembleton.

El Indio soltó una carcajada feroz.

—¡Ah! me has reconocido! exclamó.

—Sí, y sé también que has asesinado a lord William.

—No es cierto, dijo sir Jorge.

—¡Miserable! ¿osas negar tu crímen?

—No lo niego, respondió Nizam; digo la verdad. Yo no he asesinado a lord William.

—¿No eres tú quien ha traído la víbora?

—Sí.

—Y no la has introducido en el lecho de lord William.

—Sí, repitió Nizam.

—¿Y te atreves a defenderte?

—Yo no he asesinado a lord William.

—¡Infame!

—Lord William no ha muerto.

Tom lanzó un grito, y su emoción fue tal, que faltó poco para que dejase escapar a sir Jorge.

—Lord William no ha muerto, repitió este. Pero cuando sepas lo que ha sido de él, sentirás que se halle aún en el número de los vivientes.

Tom había echado a Nizam en tierra y lo tenía sujeto por el cuello.

Al oír su respuesta, le apoyó la rodilla sobre el pecho y el cuchillo a la garganta, y le dijo con furor:

—¿Acabarás de hablar, miserable?

—¡Ah!... ¿quieres saberlo todo?

—Sí.

—¿Y si te digo donde se halla lord William, me harás gracia de la vida?

—No.

—Pues bien, dijo Nizam, te diré lo que ha sido de él, y esa será mi venganza.

Y riendo como un condenado y con voz ahogada por la presión que sufría, refirió a Tom de qué manera el cadáver del forzado había sustituido al noble lord, y como este, perdida la razón, se hallaba ahora en el puesto de aquel miserable.

Y cuando hubo acabado su relato, añadió con una carcajada diabólica:

—Pero de nada te sirve el saber que tu noble amo vive aún, pues no lograrás encontrarlo.

Arrastrando una cadena entre otros deportados que van a morir al nuevo mundo, lleva entre ellos una vida miserable, bajo el nombre fatal del forzado de quien ha tomado el puesto.......

—¿Y cuál es ese hombre? preguntó Tom.

—Eso es lo que no sabrás nunca.

—¡Habla!... ¡o te mato!

—No, dijo Nizam que procuraba ganar tiempo, y que alimentaba la esperanza de que lord Evandale llegaría de un instante a otro.

—¡Habla! repitió Tom.

—No, no..... jamás.

—¡Pues bien, muere! dijo Tom.

Y le hundió el cuchillo en el pecho.

Nizam murió sin exhalar un grito.

Entonces Tom se levantó e irguió con resolución la cabeza.

—No sé qué nombre es el que lleva mi desgraciado amo, murmuró, pero no importa. Por grande que sea la tierra, yo lo encontraré con ayuda de Dios.

Y dejando plantado su cuchillo en el pecho de Nizam, corrió a la cerca del parque, y saltando por ella, tomó precipitadamente la fuga.


XXXIV

diario de un loco de bedlam.