XX
Tom emprendió pues la heroica empresa que se había propuesto, y sin pérdida de tiempo, se puso en busca del desgraciado lord William.
Pero el mundo es grande, como él mismo había dicho, y buscar a un hombre por él, cuando no se sabe bajo qué nombre se oculta, es cosa bien difícil, sino imposible.
Tom se puso sin embargo a la obra.
Empezó por ir a Londres a reunirse con su mujer, y la dio parte de las revelaciones supremas de Nizam.
Betzy era una mujer inteligente y sobre todo de buen sentido.
Oyó a Tom hasta el fin, y cuando este hubo terminado su relato, le dijo con la mayor sencillez:
—Antes de todo, amigo mío, hay dos cosas que sería necesario saber.
—¿Cuáles? preguntó Tom.
—Primero, el nombre del teniente que conducía la cuerda de presidiarios.
—¿Y después?
—Y después de qué ciudad de Escocia venía el infeliz que se halla hoy enterrado en el panteón de la familia Pembleton, bajo el nombre de lord William.
—Tienes razón, dijo Tom.
El antiguo mayordomo tenía muchas relaciones en Londres.
Entre otras personas de todas clases, conocía a un famoso detective a quien Scotland yard, es decir la prefectura de Policía de Londres, había confiado siempre los encargos más delicados.
Tom fue a verse con él, y bajo la mayor reserva le confió el secreto de la existencia de lord William.
Y al depositar en él este secreto, le puso en la mano un billete de trescientas libras.
El detective pidió ocho días para practicar sus diligencias.
Al cabo de ese tiempo, el fiel Tom que aguardaba con impaciencia, recibió la nota siguiente:
«Un teniente de presidio ha pasado, hace siete meses, por la aldea de Pembleton.
»Se llama Percy, y se dirigía a Liverpool, adonde conducía una cuerda de presidiarios.
»Es muy probable que se haya embarcado con ellos.»
Tom tomó en seguida el ferrocarril y se fue a Liverpool.
Allí, compulsando los registros de la marina, encontró en efecto el nombre de Percy, seguido de la calificación de teniente.
Percy se había embarcado para la Nueva Zelanda, con los forzados que conducía.
Tom vaciló entonces sobre el partido que debería tomar.
¿Se embarcaría también desde luego, o no haría mejor en averiguar antes el nombre del presidiario que habían sustituido a lord William?
Este último partido le pareció más acertado, y tomó en seguida el camino de Escocia.
Fue primero a Edimburgo, después a Glascow, y en fin a otras ciudades menos importantes, tomando informes en todas ellas con una prudencia y una habilidad consumadas.
Así llegó hasta la pequeña ciudad de Perth.
Apenas empezó en ella sus investigaciones, cuando creyó haber encontrado las huellas de lo que buscaba.
Allí le hablaron de un acontecimiento misterioso e inexplicable, que había tenido lugar hacia la época a que él se refería.
Un joven del país, llamado Walter Bruce, había sido condenado, por robo con fractura, a cinco años de deportación.
Aquel joven se hallaba encerrado en la cárcel de Perth, esperando salir de un momento a otro para su destino, cuando por una singularidad inexplicable, había sido víctima de un accidente que no tenía ejemplo en el país.
Una noche se había acostado en perfecto estado de salud, y se había despertado al día siguiente dando gritos espantosos.
Acudieron a él, y lo hallaron completamente loco y con el rostro amoratado y cubierto de una lepra asquerosa.
Tom creyó reconocer en este retrato al desgraciado cuyo nombre buscaba; pero su esperanza se convirtió en certidumbre, cuando le añadieron que una cadena que pasó a los dos días, le tomó consigo a pesar de su horrible estado. Y como no podía marchar, lo habían atravesado sobre una mula donde conducían el bagaje.
Tom comparó las fechas y adquirió la convicción de que la salida de Walter Bruce de la ciudad de Perth, había tenido lugar cinco días antes de la pretendida muerte de lord William.
Conocido esto, no faltaba más que encontrar a Walter Bruce.
Tom volvió inmediatamente a Londres.
El antiguo y fiel servidor de la familia Pembleton no era rico, pues todo su haber consistía en dos o tres mil libras esterlinas, penosamente ahorradas durante su servicio.
Esta era una dificultad bastante grave, pero Betzy halló el modo de resolverla.
—Yo soy joven aún y bastante fuerte: de consiguiente puedo trabajar y ganar mi vida. Llévate el dinero.
Ocho días después, Tom se embarcaba para la Nueva Zelanda, llevando unas dos mil libras en letras y billetes, guardados en un cinturón de cuero.
Los primeros meses de la travesía fueron dichosos.
El buque que conducía a Tom dobló la punta meridional de América y entró en las aguas del Pacífico.
Pero un mes después de haber pasado el cabo de Hornos, naufragó cerca de la isla Tabor, yendo a encallar sobre un bajío, en una noche oscura y brumosa.
Inmediatamente se declaró una vía de agua, y las bombas fueron impotentes para apurarla.
El buque se iba a pique, y en vista de esto, el capitán echó al agua las chalupas, y en ellas se amontonaron pasajeros y marineros del modo que les fue posible.
Entonces empezó para el pobre Tom una desgraciada serie de espantosas aventuras.
Durante diez y siete días, el frágil barco que lo llevaba erró sin dirección y sin brújula por la inmensidad de los mares.
Las provisiones se agotaron, el hambre llegó con todos sus horrores, y aquellos infelices empezaron a asesinarse unos a otros para alimentarse.
A los dos días de esta horrible situación apareció en fin la tierra.
Los desgraciados náufragos hicieron esfuerzos increíbles, y abordaron por último a una isla salvaje.
Pero su situación no hizo más que cambiar de faz, para ser todavía más horrible.
Los habitantes de aquella isla eran negros antropófagos.
El pobre Tom y aquellos de sus compañeros de infortunio que habían sobrevivido, fueron llevados por los caníbales al interior de las tierras.
Tom había sufrido tanto durante la navegación, que se había quedado extremadamente flaco.
Este triste privilegio le salvó la vida.
Todos sus compañeros fueron devorados por los salvajes.
En cuanto a él, intentaron al principio engordarlo, pero no habiendo podido conseguirlo, se cansaron al cabo y lo dejaron vivir.
En cambio lo condenaron a los más duros trabajos, y así pasó cinco años en medio de aquellos negros, tratado con una crueldad inaudita.
En fin, un día, un navío inglés hizo escala en aquella isla maldita.
Los negros que vinieron a bordo a vender frutas, pescado y aceite de foca, contaron a la tripulación que había un blanco entre ellos.
El capitán envió a algunos hombres a tierra, y estos le trajeron al pobre Tom.
Aquel buque hacía vela para Australia y debía tocar en la Nueva Zelanda.
Tom cobró ánimo y creyó tocar al fin el término de sus esperanzas.
Los negros le habían dejado su cinturón, no encontrando en él más que papeles que no podían excitar su codicia; y de consiguiente tenía aún su dinero.
Un mes después, Tom, que había caído enfermo en esta nueva travesía y que, más que un hombre, parecía un fantasma, llegó extenuado a Aukland.
Allí descansó unos días y trató de reponerse, y después de escribir a su mujer, que sin duda le creía muerto, emprendió de nuevo sus pesquisas en busca de lord William, o más bien, del deportado Walter Bruce.
Después de muchos días de investigaciones inútiles, supo al fin que una centena de deportados que habían cumplido su condena, se habían trasladado a Australia en vez de volver a Europa.
Walter Bruce había también cumplido su condena tiempo hacía, pero ¿se hallaba por ventura entre ellos?
Esto es lo que Tom no sabía.
Sin embargo resolvió ponerse en camino para aquel punto, y se embarcó con dirección a Melbourne.
Ya allí, empezó de nuevo sus pesquisas.
Recorrió todas las tabernas, interrogó a los marineros y preguntó a cuantos deportados encontrara.
Ninguno de ellos pudo darle noticias de Walter Bruce.
Pero Tom no se desalentó por esto.
Había dejado a Melbourne, trasladándose a Sidney, y estaba alojado en una miserable posada, cuando hizo conocimiento con un Alemán que se llamaba Frantz Hauser.
Frantz se hallaba en la más completa desnudez.
Sospechando que Tom tenía algún dinero, le confió su situación desesperada, y le pidió algún socorro, añadiendo que había sido condenado injustamente hacía siete u ocho años, y deportado a la Nueva Zelanda.
—¿Habéis conocido a otro deportado que llamaban Walter Bruce? le preguntó Tom.
—¡Ya lo creo! respondió Frantz, fue un tiempo mi compañero, y me acuerdo que lo apellidábamos Milord.
Tom dejó escapar una exclamación de alegría, y tomando vivamente las manos de Frantz, le dijo:
—¡Hablad!... ¡hablad! decidme todo lo que sabéis de él!
XXXV
diario de un loco de bedlam.