XXI

El Alemán Frantz Hauser se quedó mirando a Tom con extrañeza.

—Sí, respondió, he conocido en efecto a un deportado que se llamaba, o más bien, que llamaban Walter Bruce.

—Y él repudiaba ese nombre, ¿no es verdad?

—Sí, y decía que era lord: así, todos le llamábamos milord, pero de burlas, se entiende, pues sabíamos muy bien...

—No, no sabíais nada, dijo Tom bruscamente.

Frantz se quedó mirándolo de nuevo.

—La persona a quien dabais el nombre de Walter Bruce era un lord en efecto, prosiguió Tom; pero esto no hace ahora al caso. ¿Adónde lo encontrasteis?

—Hemos trabajado juntos en la misma cadena cerca de cuatro años.

—Pero, ¿dónde?

—En la Nueva Zelanda, ya os lo he dicho.

—¿Y os separasteis después?

—Sí.

—¿Por qué?

—Yo había cumplido mi tiempo. Me volvieron la libertad, y al hacerlo, me dieron a escoger entre volver a Europa o establecerme aquí.

—¿Y Walter Bruce?

—Debe también haber concluido su tiempo.

—Entonces... ¿habrá vuelto a Europa?

—No lo creo.

—¡Ah! exclamó Tom temblando de emoción.

—No respondo, prosiguió Frantz, de la exactitud absoluta de los informes que voy a daros: sin embargo, nada perdéis en escucharme.

—¡Veamos! dijo Tom con creciente ansiedad.

—Hay pocos deportados que vuelvan a Europa, después de cumplir su condena: la mayor parte solicitan quedarse en Australia.

Unos se ponen a servir como pastores; otros trabajan en las minas; y algunos acaban por hacer fortuna.

—¿Y bien? dijo Tom.

—Hace seis meses, prosiguió Frantz, me hallaba yo en Melbourne, donde se celebra una gran feria de ganado.

Los bueyes y los carneros llegaban por centenas, y toda la ciudad estaba llena de labradores y ganaderos.

Aquel día, si no me equivoco, me pareció ver en medio de la feria a un hombre que se parecía a Walter Bruce: hasta recuerdo que intenté reunirme con él, pero la multitud era tan compacta, que bien pronto lo perdí de vista.

—Bien, repuso Tom, pero admitiendo que fuese efectivamente Walter Bruce el que habéis visto, ¿qué deducís de ello?

—Lo más lógico: que Walter Bruce es pastor en las tierras de algún ganadero.

—¿En Australia?

—Sin duda.

—Pero, ¿en qué parte de ella?—La Australia es grande como un continente.

—Sí, dijo Frantz, pero bueno es que sepáis que no vienen ordinariamente a Melbourne otros ganados que los del oeste.

—Está bien, repuso Tom, lo buscaré en esa comarca.

—¿Ese Walter Bruce era acaso vuestro amigo? preguntó Frantz.

—Era mi amo.

—¿Eh? dijo Frantz.

—Mi amo, un noble lord de la libre Inglaterra, añadió Tom.

—¿Cómo un lord ha podido ser deportado?

—¡Oh! replicó Tom, esa es una larga y tenebrosa historia que no puedo contaros hoy.

—¡Ah!

—Pero voy a haceros una proposición.

—Decid.

—Según he visto, sois muy pobre.

—Me muero de hambre.

—Pues bien, ¿queréis ganar diez libras por mes?

Los ojos del antiguo deportado brillaron de codicia.

—¡Diez libras! exclamó.

—Sí.

—¿Y que es necesario hacer para eso?

—Acompañarme y buscar conmigo a Walter Bruce.

—¡Oh! acepto desde luego, dijo el Alemán.

—Y si lo encontramos, prosiguió Tom, tendréis además una gratificación de cincuenta libras.

—Siendo así, exclamó Frantz, estoy pronto a seguiros hasta el cabo del mundo.

Al día siguiente, Tom y Frantz Hauser se embarcaron en Sidney para Melbourne.

Justamente iba a haber una feria de ganado, y Tom y su compañero permanecieron en la ciudad.

Esperaron el primer día de feria, que debía prolongarse toda la semana, y entre tanto Tom recorrió todas las posadas y establecimientos públicos, y no cesó de pasear por las calles.

Pero por parte alguna encontró a Walter Bruce.

Sin embargo Frantz encontró por su parte a un antiguo deportado, que era pastor a la sazón y que había conocido a Walter Bruce; y naturalmente le pidió noticias suyas.

—¡Oh! dijo el deportado, hay hombres que han nacido de pie; todo les sale a medida de su deseo.

—¿Qué quieres decir?

—¡Toma! que Walter Bruce es uno de esos hombres.

Tom asistía a esta conversación, pero no decía una palabra. Su corazón latía con tal violencia, que parecía iba a salírsele del pecho.

—¿Conque Walter Bruce es tan dichoso? preguntó Frantz.

—Más de lo que podía apetecer.

—¿Dónde se halla?

—A cien leguas de aquí, hacia el noroeste.

—¿Lo has visto?

—Hace unos seis meses.

—¿Y en qué se ocupa?

—Era pastor como yo cuando vino de la Nueva Zelanda.

—¿Y ahora?

—¡Oh! ahora es ganadero, y tiene una bella hacienda y muchas cabezas de ganado.

—¿Y cómo se ha arreglado para adquirir todo eso? preguntó de nuevo el Alemán.

—Ha sabido hacerse amar de la hija de un rico labrador y se ha casado con ella. El labrador ha muerto poco tiempo después, y Walter Bruce es hoy rico, pues su mujer era hija única.

—¿Y puedes indicarnos con certeza el sitio donde se halla? preguntó aún el Alemán.

—Haré más todavía, respondió el pastor.

—¿Qué?

—Yo sirvo en una hacienda que está solo a algunas millas de la suya.

—¡Ah!

—Mañana me vuelvo, pues ya he vendido mi ganado. Si queréis venios conmigo.

—¿Y nos conducirás a la hacienda de Walter Bruce?

—Sí.

Tom no podía contener su alegría.

Instó para que se apresurase lo más posible el viaje, y al día siguiente, muy de mañana, emprendió el camino con Frantz y el antiguo deportado convertido en pastor.

En Australia se viaja aún lentamente y de una manera enteramente primitiva.

Los caminos se hallan apenas abiertos, y no se transitan sino a caballo o en carretas de bueyes.

Necesitaron pues nuestros viajeros diez o doce días, para recorrer las cien leguas que separaban Melbourne de los pastos donde Walter Bruce había establecido su habitación.

Al llegar a algunas millas de distancia, el pastor condujo a Tom a la hacienda de su amo.

—Mañana, le dijo, os conduciré a casa de Walter Bruce, pues lo que es hoy no podríamos llegar de día, y está el país infestado de ladrones.

Tom esperó pues hasta el día siguiente.

Pero apenas empezó a apuntar el día, se pusieron de nuevo en camino.

Tom estaba devorado de impaciencia, y preguntaba a cada paso si se hallaban aun distantes.

—No son más que las seis de la mañana y estamos todavía lejos de la habitación, dijo el guía, pero ya marchamos por las tierras de la hacienda.

En fin, a eso del mediodía, Tom descubrió a lo lejos una casa blanca y de aspecto gracioso, que se levantaba en medio de gigantescos árboles.

—¡Allí es! dijo el deportado.

Tom tuvo un momento de angustia y sus ojos se arrasaron en lágrimas.

—¿Querrá ahora volver a Europa? murmuró para sí.

Y vacilante y llorando como un niño, Tom continuó avanzando hacia aquella casa que, de lejos, encerrada entre la espesura, parecía un nido de tórtolas.


XXXVI

diario de un loco de bedlam.