XXII

Nada más gracioso ni más poético que aquella linda habitación perdida en un océano de verdura.

La granja o casa de labor, las caballerizas y los establos, estaban rodeados de altos muros, deslumbrantes de blancura.

La casa habitación ocupaba el centro, y un frondoso jardín, esmeradamente cuidado, la cercaba por todas partes.

Tom y sus compañeros penetraron en el patio de la granja, y se detuvieron mientras se adelantaba el guía.

Un mulato de pocos años se hallaba en la puerta de las caballerizas.

El antiguo deportado se dirigió a él y le dijo:

—Buenos días, Nathan.

—Buenos días, Toby, respondió el mulato.

—Aquí vengo con dos amigos, continuó el pastor, que desean ver a Mister Bruce.

—Mister Bruce no está en la habitación, respondió el muchacho.

Tom palideció al oír esto.

—¿Dónde esta pues? preguntó Frantz Hauser.

—¡Oh! tranquilizaos, no está de viaje.

—¡Ah!

—Ha ido a ver uno de sus rebaños apriscado a una milla de aquí.

—¿Y volverá pronto?

—¡Ciertamente! No puede tardar mucho.

—Entonces lo esperaremos, dijo Tom.

—Pero mistress Bruce está en la casa, añadió el chicuelo; podéis entrar.

Tom vacilaba en aceptar la oferta.

—Vaya, venid, dijo el antiguo deportado.

Y se adelantó hacia el interior siguiéndole los demás.

Algunos criados iban de un lado a otro por los patios y el jardín, y la puerta de la habitación estaba de par en par abierta.

Tom vio a su frente un ancho vestíbulo adornado con jarrones de flores, y en el fondo la elegante balaustrada de una espaciosa escalera.

Al ruido de sus pasos, se abrió una puerta a la derecha del vestíbulo, y una graciosa joven apareció en ella, llevando en brazos a un niño, a quien daba el seno.

Detrás de ella venía también una lindísima niña de cuatro años, que se cogía al vestido de la joven, y fijaba en los recién venidos sus grandes ojos admirados.

Mistress Bruce, pues era ella, conocía a Toby.

—Buenos días, Toby, le dijo.

—Buenos los tengáis, señora, respondió el pastor.

—¿Venís a ver a mister Bruce?

Y al hacer esta pregunta, fijaba con curiosidad sus miradas en Frantz Hauser y en Tom.

—Señora, respondió Toby señalando a este último, aquí tenéis a una persona que ha conocido mucho a vuestro marido.

La joven se estremeció y murmuró con una emoción mal contenida:

—¿Dónde?

—En Inglaterra, respondió Tom vivamente.

La emoción de la joven pareció ir en aumento.

—¿En Inglaterra? repitió.

—Sí, señora.

—Ya..... en Perth.....

—¡Oh! no... en Pembleton-castle.

Y Tom al decir esto tenía los ojos arrasados en lágrimas.

La joven se fijó en él con más atención.

—¿Quién sois pues? dijo en fin.

—Me llamo Tom, señora.

Mistress Bruce dejó escapar un grito:

—¡Tom! dijo, ¿os llamáis Tom?

—Sí, señora.

—¡Ah! Dios mío!

Y pareció vacilar y un temblor nervioso se apoderó de todo su cuerpo.

Tom prosiguió:

—Sí, señora, me llamo Tom, y comprendo por vuestra emoción que sir Walter os ha hablado de mí con frecuencia.

—Y me habla aún todos los días, respondió la joven.

Apenas acababa de decir estas palabras, se oyó resonar en el patio de entrada el ruido de los pasos de un caballo.

Tom se precipitó hacia aquel sitio.

El leal servidor no se había engañado: Walter Bruce era quien llegaba.

Tom se acercó a él temblando como un azogado, y tal era su conmoción, que Toby tuvo que correr a él y sostenerlo.

Mister Bruce era un gallardo joven de veinte y siete a veinte y ocho años, y su rostro, tostado por el sol, no presentaba ya la menor traza de la horrible picadura de la víbora azul.

Miró fijamente a Tom y no lo reconoció al principio.

El pobre Tom tenía ahora la cabeza enteramente blanca.

—¿Quién es ese hombre? preguntó sir Walter echando pie a tierra.

—¡Amo mío!..... mi buen señor! exclamó Tom, ¿no me conocéis?.....

Walter Bruce arrojó un grito de sorpresa.

—¡Tom! exclamó.

—¡Ah! milord, dijo Tom con voz alterada, ya sabía yo que acabaría por encontraros.....

Mr. Bruce estrechó a Tom en sus brazos, y lo tuvo largo tiempo abrazado.

Después, descubriendo a Frantz Hauser y a Toby, les alargó la mano y les dijo con una triste sonrisa:

—Ya veis como yo no mentía cuando os revelé mi nombre y calidad.......

Y volviéndose a su mujer añadió:

—Querida Lucy, conduce a esos dos buenos amigos al comedor y haz que les sirvan una colación. Por mi parte, excusadme, pues estoy impaciente de hallarme a solas con mi querido Tom.

Y tomando al antiguo mayordomo por el brazo, entró con él en la casa.

Tom no había podido dominar aún su emoción ni contener sus lágrimas.

Apenas se hallaron solos, Walter Bruce le abrazó de nuevo y le dijo:

—¡Así, amigo mío, te has atrevido a venir hasta aquí a buscarme!...

—Hace seis años que salí de Inglaterra, respondió Tom, y sin esos maldecidos salvajes.....

—¿Qué salvajes?

—¡Oh! milord, respondió Tom, no os ocupéis de eso..... Mis sufrimientos no son nada en comparación de los vuestros.

—Tom, dijo Mr. Bruce, antes de contaros mi historia quiero saber la vuestra.

Sir Walter hablaba con autoridad.

—Os obedeceré, milord, respondió Tom.

Y contó en seguida del modo que había dejado la Inglaterra con el designio de buscar al infortunado lord William, y la sucesión de fatales aventuras que habían contrariado e interrumpido su viaje.

—Pues yo, amigo Tom, dijo entonces Mr. Bruce, en todo lo que me ha sucedido, hay una cosa que jamás he podido explicarme.

—¿Cuál, milord?

—He estado sin memoria durante más de un año, y aun loco, según me han dicho.

—¡Ah! dijo Tom.

—El último acontecimiento de mi antigua existencia de que puedo acordarme es el siguiente. Acababa de meterme en cama en mi cuarto de New-Pembleton, y empezaba a conciliar el sueño, cuando sentí un cuerpo viscoso y frío que me subía por el rostro, y casi al mismo tiempo experimenté un dolor tan agudo, que no pude menos de arrojar un grito.

—¿Y después?

—No me ha sido posible acordarme de nada después de eso.

—¡Ah! exclamó Tom.

—Una mañana en fin, volví en mí como si despertara de un largo sueño, y..... me encontré con un grillete al pie y trabajando en una mina. Otros hombres de aspecto repugnante y cínico, encadenados y vestidos como yo, trabajaban a mi lado, amenazados de continuo por el látigo de un capataz. Yo no me di al pronto cuenta de la situación, y me puse a llamaros.....

—¡Oh! Dios mío! exclamó Tom enternecido, levantado los ojos al cielo.

—Mis compañeros se echaron a reír.

—¿Ignoráis quién soy? exclamé indignado.

—Eres Walter Bruce, me respondieron.

—Os engañáis, les respondí, mi nombre es lord William Pembleton.

Mis compañeros de cadena soltaron otra vez la carcajada.

Y como yo manifestase mi indignación de una manera bastante enérgica, un capataz se acercó a mí y me dijo:

—¿Volvemos a las andadas, Bruce?... ¿Os entra de nuevo la locura?

—¿Loco?... ¡yo! exclamé.

El capataz me volvió la espalda, y como había suspendido mi trabajo, recibí aquella noche una corrección humillante.....

Durante ocho días, grité, me indigné, apelé a la justicia de los hombres, a la de Dios.....

¡Esfuerzos inútiles!

A cuantos hablaba de mi nacimiento y de mi rango en la sociedad, sólo conseguía que se encogieran de hombros y que me mirasen con lástima. Todos me repetían que yo era Walter Bruce, natural de Perth, en Escocia, y que había sido condenado por robo a cinco años de deportación y de trabajos públicos.

Aquí Mr. Bruce se detuvo un momento, como abrumado bajo el peso de sus recuerdos.

Tom le contemplaba en silencio, con los ojos anegados en lágrimas.....


XXXVII

diario de un loco de bedlam.