XXIII

En fin, después de una pausa de algunos instantes, Mr. Bruce prosiguió.

—Y sin embargo, yo estaba bien seguro de mi identidad.—Los recuerdos de mi juventud venían en tropel a mi memoria, y llegó un momento en que mi corazón latió con violencia y en que mis labios murmuraron un nombre:

«¡Miss Anna!»

Pocos días después, al cabo de mil esfuerzos, logré avistarme con el comandante militar de nuestra colonia, y le supliqué que me oyese.

Al principio me rechazó con alguna dureza, pero al fin, movido de mis ruegos, consintió en lo que le pedía.

Entonces le conté el caso en que me hallaba, y como debía de haber error de personas, puesto que yo me llamaba lord William.

El comandante me escuchó fríamente, sin interrumpirme, y cuando hube acabado, buscó la nota de mi deportación, la leyó, y me respondió:

—Vuestro nombre es en realidad Walter Bruce, y tenéis hoy poco más de veinte años. La sala del crímen de Perth os ha condenado a la deportación.

Después de vuestra condena, y mientras os hallabais aún en la cárcel de Perth, os ha acometido una enfermedad extraña, y habéis presentado tales síntomas, que os creyeron por un momento perdido.

Os cubrió una lepra horrible y perdisteis completamente la razón.

Vuestra locura ha durado muchos meses.

Fue necesario trasportaros de Perth a Liverpool en una mula, pues vuestro triste estado no os permitía andar.

Embarcado luego en un trasporte de la marina real, vuestra enfermedad ha continuado en toda la travesía, y solo al llegar aquí, es cuando ha empezado a desprenderse la lepra que os cubría el rostro.

Desde entonces la calma se ha ido restableciendo en vuestro espíritu, y se ha podido creer que vuestra locura había desaparecido.

Yo quedé aterrado al escuchar estas palabras.

Sin embargo, vuelto prontamente en mí, seguí hablándole con tal franqueza, con tal acento de verdad, citándole con nombres propios y detalles mis relaciones de otro tiempo, y supe coordinar tan perfectamente mis recuerdos, que su convicción empezó a vacilar.

—Pues bien, me dijo, consiento en escribir a Inglaterra y pedir nuevos informes.

Durante un año viví lleno de resignación y sobre todo de esperanza.

Algo me decía, Tom, que andabais en mi busca: y aun cuando jamás he podido darme cuenta cómo, durante mi pasajera locura, he podido ser confundido con un criminal y hallarme en una colonia lejana haciendo la vida de un forzado; más de una vez pensaba que mi hermano debía investigar cuál había sido mi suerte.

Tom bajó la cabeza y no respondió.

—En fin, al cabo de un año, el comandante me hizo llamar.

—¿Y bien? me dijo, ¿sois ya más razonable?

Esta pregunta me dejó helado.

—Ya sabéis, añadió, que escribí a Inglaterra.

—¿Y os han contestado?

—Sí.

Y diciendo esto me entregó una carta.

Aquella carta estaba firmada por lord Evandale Pembleton.

Y no podía dudar, pues era en efecto la firma de mi hermano.

Sir Evandale escribía al gobernador de la Nueva Zelanda:

«Señor Gobernador:

»He tenido en efecto un hermano mayor llamado lord William.

»Pero lord William ha muerto en New-Pembleton hace cosa de dos años.

»Su muerte fue ocasionada por la picadura de un reptil venenoso.

»Os incluyo el acta de defunción certificada por el Sheriff del condado y firmada por tres testigos dignos de fe, para que no os quede duda sobre la autenticidad de ese documento.

»Mi familia me aconseja presentar una queja a los tribunales, a fin de que el miserable que ha osado tomar el nombre de mi desgraciado hermano, reciba el condigno castigo.»

—¿Y bien? me dijo el comandante, ¿persistís aún en vuestras aserciones?

Yo bajé la cabeza y no respondí una palabra.

Lo había comprendido todo.

—¡Ah! exclamó Tom.

—Mi hermano se había apoderado de mi título y de mi fortuna.....

¿Por qué medios había logrado su objeto?

Esto es lo que ignoro y lo que no sabré quizá jamás, añadió suspirando Mr. Bruce.

—Eso..... yo lo sé, dijo Tom.

—¿Tú lo sabes?

—Sí.

Y Tom, enjugando sus lágrimas, añadió:

—¿Os acordáis del mendigo Nizam?

—¿El Indio?

—Sí, aquel miserable.......

—Bien ¿y qué?

—Aquel miserable fue el cómplice de vuestro hermano.

—¿Pero qué había yo hecho a ese infeliz?

Tom se sonrió con amargura.

—¡Infeliz! repitió, ¿sabéis quién era ese hombre?

—No.

—Era sir Jorge Pembleton, el infame que había manchado el tálamo de vuestro padre y deshonrado a vuestra madre.

—¡Ah! exclamó Mr. Bruce palideciendo.

—De casta le viene al galgo..... dice el refrán, añadió Tom, y aquí el refrán no miente. Sir Evandale es digno hijo de tal padre.

Y aquí Tom refirió punto por punto a Mr. Bruce todo lo que había sucedido, según ya sabemos por los capítulos precedentes.

—Pero, dijo Mr. Bruce, después que mataste a ese infame, ¿por qué no dijiste nada a mi hermano?

—Quería encontraros antes.

—¿Y se ha casado con mis Anna?

—El mismo día que salí de New-Pembleton se celebraba la boda.

Y dicho esto, Tom refirió la triste odisea de su viaje y las aventuras de su larga estancia entre los negros caníbales.

Mr. Bruce lo escuchó con interés, y cuando hubo concluido, le dijo:

—Ahora veo que en la época en que el gobernador de la Nueva Zelanda escribió a Inglaterra, tú habías salido ya de ella.

—Sí.

Mr. Bruce permaneció un momento silencioso.

Después añadió:

—Ya comprendes por lo que acabo de decirte, que todas mis esperanzas habían quedado destruidas. A partir del día en que el gobernador me comunicó la carta de sir Evandale, ya no esperé en nada y me resigné.

Mis compañeros de infamia seguían llamándome milord por burla; pero yo no volví a decir más que pertenecía a la alta aristocracia inglesa.

Así se pasaron los años.

Yo no los contaba y hasta me era indiferente la vida, cuando un día me hicieron saber que había cumplido mi condena y que estaba libre.

—Bruce, me dijo el gobernador al entregarme una pequeña cantidad, fruto de mi dura labor de cinco años, podéis escoger punto de residencia, sea volviendo a Inglaterra o permaneciendo aquí, sea pasando a Australia donde encontraréis fácilmente trabajo.

Yo opté por este último partido y me embarqué para Melbourne.

Por fortuna, llegué a aquella ciudad en un día de feria.

Un colono del noroeste me tomó a su servicio como pastor, y me condujo a su hacienda aquel mismo día.

Aquel colono era el padre de miss Lucy.

Mis sufrimientos, la ruda vida que había llevado, y el contacto durante cinco años con los seres depravados y envilecidos que me rodeaban; no habían podido degradar mi carácter ni destruir mi distinción natural.

Aquí entra, amigo mío, una historia novelesca de amor, que sería muy largo contarte.

Yo había olvidado a miss Anna.

Pero mi corazón no se había cerrado a toda emoción dulce, pues empecé a suspirar al ver a miss Lucy.

—Y llegasteis a amarla.......

—Como ella me amó y me ama todavía.

Al cabo de dos años, yo había conquistado la amistad y la entera confianza del colono.

Un día, al fin, me llamó aparte y me dijo:

—He comprendido, mi pobre Walter, que amáis a mi hija y que ella os corresponde. Lo he pensado todo, y no encuentro inconveniente en vuestra unión. En Inglaterra, un enlace semejante sería monstruoso, pero en Australia somos indulgentes. Además me habéis contado vuestra historia, y creo firmemente en cuanto me habéis dicho.

—Y así es, dijo terminando Mr. Bruce, como llegué a casarme con miss Lucy, como heredé a su padre, y como en fin he conseguido ser dichoso.

—Sin embargo, milord, exclamó Tom, no creo por eso que tengáis decidido el permanecer aquí.

—Sí, amigo mío, esa es mi intención.

—¡Cómo!... ¿renunciaríais a reivindicar vuestros derechos?

—¿Para qué? respondió con indiferencia lord William, el hombre que existía en mí ha muerto para todos: ya no soy ni quiero ser otra cosa que el colono Walter Bruce.

—¡Pero es imposible!

—Soy dichoso, amigo mío.

A tiempo que decía esto, entró en la habitación su joven esposa, llevando uno de sus niños por la mano, y el otro en brazos recostado sobre el hombro.

—Mira..... dijo Mr. Bruce a Tom, ¿qué crees que me falte para ser feliz?


XXXVIII

diario de un loco de bedlam.