XXIV

Tom pasó muchos meses en la hacienda, insistiendo en sus ruegos cada día y suplicando a Mr. Bruce que no olvidase lo que debía a su nombre y a la satisfacción de la justicia.

—Volved a Inglaterra, milord, le decía, es necesario que recobréis vuestro nombre y que entréis como dueño en el solar de vuestros mayores.

Pero Mr. Bruce le respondía invariablemente:

—No, amigo mío, aquí soy dichoso y aquí permaneceré.

El pobre Tom se desesperaba al ver la inutilidad de sus esfuerzos.

—Escribe a tu mujer que venga a reunirse contigo, le decía además Mr. Bruce.

Pero Tom no renunciaba a la esperanza de convencer a su antiguo amo.

—Es necesario que volváis a Inglaterra, le repetía, es necesario.

A veces Mr. Bruce, cansado de su obstinación, le dejaba sin respuesta, hasta que al fin le dijo un día:

—Escúchame, mi pobre Tom, y no insistas en un empeño inútil.

—Decid, mi querido amo.

—Supongo por un momento que me decido y sigo tus consejos.

—¡Ah! ¿los seguiréis?

—Que nos volvemos a Inglaterra.

—Bien.

—Y que me presento a mi hermano.

—Será fuerza que os reconozca.

—No solamente se negará a ello, sino que me acusará de ser un impostor.

—¡Oh! en cuanto a eso, ya le probaremos!....

—¿Qué quieres tú que yo le pruebe? Mi identidad está perfectamente establecida: soy Walter Bruce, antiguo deportado, y no otra cosa. Lord William ha muerto, y está enterrado con todas las ceremonias legales en el panteón de Pembleton.

—¡Ah! respondía Tom negándose a aceptar este razonamiento, si sir Evandale se niega a reconoceros, hay otra persona que os reconocerá de seguro.

—¿Quién?

—Miss Anna.

La frente de lord William se nublaba al oír esto, y solía responder:

—No, yo no amo a miss Anna, ni ella me ha amado jamás. Estoy en la convicción de que también sería inútil esa prueba.

Tom parecía darse por vencido y no añadía una palabra.

Pero al día siguiente volvía a la carga, aunque siempre con el mismo resultado que la víspera.

En fin, un acontecimiento inesperado vino a darle la victoria.

En Australia, las fortunas se hacen rápidamente, y se deshacen a veces con más rapidez aún.

El antiguo mundo ha creado allí un pueblo enteramente nuevo: un pueblo compuesto de aventureros y de criminales arrepentidos que han sufrido ya su condena.

Todos ellos buscan con ansia su camino, tienen prisa de crearse una posición, y así la actividad humana no tiene allí límites.

Primero presidiario, luego deportado y al fin libre, el hombre trabaja allí en las minas y hace una rápida fortuna; o bien toma el oficio de pastor, y por poco activo e inteligente que sea, salva bien pronto la línea de demarcación que separa al trabajador del propietario, o el pastor asalariado del rico ganadero.

Pero la fortuna de este último es excesivamente incierta y se halla sometida a súbitos y terribles trastornos.

El día menos pensado, el ganadero se ha acostado rico y tranquilo. Posee en sus pastos cien mil cabezas de ganado, y tiene diez y ocho leguas cuadradas de país que ha escogido por dominio, pues la Inglaterra concede la posesión del suelo a todo aquel que ha sabido conquistarlo.

Al día siguiente se despierta arruinado.

¿Cómo se ha operado este fenómeno?

La Australia está infestada de negros fugitivos que han huido de las colonias, donde eran esclavos, y que viven del robo, del pillaje y del incendio en esta isla que es grande como un continente.

La autoridad ha debido tomar medidas contra ellos y hasta se han creado varios regimientos de negros sometidos, que llaman la milicia negra.

Esta tropa se ha hecho muy temible y presta grandes servicios sin duda, pero es impotente sin embargo para proteger a los colonos del interior.

Los negros cimarrones, como llaman a los fugitivos, se contentan por lo general con robar algunos ganados.

Pero si creen tener queja grave o gran perjuicio de un colono o ganadero, entonces organizan contra él una verdadera expedición.

Una noche la habitación se encuentra cercada.

Estas están defendidas en general por altos muros que rodea un foso profundo: contienen una guarnición de ciento cincuenta o doscientos servidores, entre criados, gañanes y pastores, todos ellos adictos a su amo; y hay además una jauría de perros enormes y medio salvajes, que guardan los patios y las puertas de los establos y caballerizas.

Pero los negros llegan en multitud tan crecida, que a veces se cuentan por miles.

Y si la hacienda se encuentra aislada, lejos de toda habitación, y no llegan prontos socorros, el colono está perdido.

Los negros le harán a veces gracia de la vida, pero pegarán fuego a su habitación y dependencias, arrasarán los árboles, y matarán todo el ganado que no puedan llevarse.

Entonces el desgraciado colono tendrá que empezar a construir de nuevo el edificio de su precaria fortuna.

La tierra, en Australia, no tiene valor sino por los brazos que la cultivan y los rebaños que pastan su yerba salada.

Una vez dispersos los cultivadores y ganaderos, el colono queda reducido a la indigencia.

Tales desgracias son harto frecuentes hacia el interior, y Walter Bruce no debía verse libre de ella.

Y sin embargo, siempre había vivido en buena inteligencia con los negros cimarrones.

Cuando rondaban alrededor de su hacienda, solía enviarles pan, carne y aguardiente; y los negros respetaban sus ganados, y hasta le llamaban el buen blanco.

Pero una aventura amorosa vino a destruir en un momento todas estas buenas disposiciones.

Sucedió, pues, que el jefe de una de las hordas más temibles de esos bandidos, llamado Kukuren, se enamoró de una joven mulata que servía como criada en la hacienda.

La solicitó subrepticiamente por algún tiempo, y al cabo se atrevió a venir a pedirla en matrimonio a Mr. Bruce.

El joven colono le escuchó con su natural bondad y le respondió:

—Dirígete a ella. Si quiere seguirte, no me opondré a su voluntad.

El jefe lo hizo así, pero la mulata, que tenía horror de los negros cimarrones, le negó resueltamente su mano.

Kukuren juró vengarse.

Pocos días después, en medio de una noche oscura, penetró en la habitación escalando los muros, y llegando hasta el cuarto de la criada, la arrebató de su lecho y trató de huir con ella.

Pero la mulata se defendió arrojando gritos desesperados.

Uno de los pastores del colono cogió una escopeta, se asomó a una ventana, y viendo a un negro que huía, le apuntó e hizo fuego.

El negro cayó mortalmente herido.

Y como aquel negro era Kukuren, el jefe poderoso de una horda numerosa y temible, Mr. Bruce comprendió que estaba perdido.

En efecto, a la noche siguiente, la habitación fue atacada por una innumerable multitud de aquellos forajidos, a quienes los colonos de Australia han apellidado los demonios negros.

Aquello fue un sitio y una batalla.

Mr. Bruce resistió el ataque y se defendió valerosamente.

Pero sus servidores cayeron uno a uno, heridos por las flechas emponzoñadas de los negros.

Al mismo tiempo, muchos de ellos pusieron fuego a la habitación.

Atrincherado con su mujer, sus hijos y algunos de sus criados, Mr. Bruce se defendía aún con el heroísmo de la desesperación, cuando llegó la milicia negra.

La horda de Kukuren tomó entonces la fuga, y Mr. Bruce pudo así salvarse con toda su familia.

Pero en cambio estaba completamente arruinado.

Tom había conservado el famoso cinturón que los caníbales no pensaron en quitarle, y gracias a esta feliz casualidad, poseía aún setecientas u ochocientas libras esterlinas.

Esto era más de lo que necesitaban para volver a Europa.

Tom creyó entonces llegado el momento de dar el último golpe, y mirando a su amo, le dijo con acento de triunfo:

—¡Ah! lo que es ahora no dudo que consentiréis en volver a vuestro rango y reconquistar vuestro nombre!

—¡Ay! respondió suspirando Mr. Bruce, si yo fuera solo, puedes estar seguro de que permanecería aquí y que trataría de reconstituir mi fortuna; pero tengo mujer e hijos, y me espanta por ellos la miseria.

—¡En fin! exclamó Tom.

Un mes después, Walter Bruce, su esposa, sus dos hijos y Tom, se embarcaban en Melbourne, aprovechando la salida de un buque que hacía vela para Inglaterra.

Ocho días antes, Tom había escrito a Betzy:

—Al fin lo he decidido a partir. Dentro de seis meses, lord William llegará conmigo a Londres.

Y Tom dejó la Australia con el corazón henchido de esperanza, mientras que Walter Bruce vertía lágrimas en silencio, pensando en aquella habitación perdida en las praderas del noroeste, bajo cuyo techo había vivido tanto tiempo feliz.


XXXIX

diario de un loco de bedlam.