XXV
Dejemos ahora trascurrir algún tiempo, y volvamos a nuestra vez a Londres.
Nos hallamos en medio del verano.
Es decir durante el estío, que es lo que llaman los Ingleses la estación.
La ciudad de Londres, tan triste y brumosa en invierno, tiene también sus días de esplendor, que la inundan de sol y de aire puro.
Entonces las cúpulas de sus iglesias y la cima de sus edificios reverberan la luz en mil cambiantes; sus calles ostentan una animación y alegría insólitas, y sus parques y sus squares se ven llenos de una compacta multitud que parece dichosa y contenta de la vida.
Hyde-Park, sobre todo, presenta en semejantes días un espectáculo soberbio.
Los coches, los jinetes y las personas de todas clases que recorren a pie sus frondosas alamedas, se cruzan, mezclan y confunden en todos sentidos.
Mucho después de ponerse el sol, Hyde-Park está aún lleno de gente. Acá y allá, tiernos amantes recitando por lo bajo la eterna cantinela del primer amor; niños revoltosos jugando a orillas de la Serpentina; ancianos rejuvenecidos por el sol, y jóvenes lánguidas y novelescas soñando con el cielo de Italia y con las lontananzas azules que baña el Mediterráneo.
Y toda esa variada multitud va y viene, circula, y aspira con placer la brisa de la tarde que reemplaza el ardiente calor del día. Todos parecen dichosos.
Son las ocho de la noche: empieza la hora del crepúsculo, y un rayo de luz se desliza aún por entre el sombrío follaje de los añosos árboles.
Una joven bella y elegante, llevando a un niño por la mano, y seguida de dos lacayos, se pasea por la margen izquierda del riachuelo.
Esta joven es la que hemos conocido en otro tiempo con el nombre de miss Anna, y que se llama hoy lady Evandale Pembleton.
El niño que lleva por la mano es su hijo.
Erguida y majestuosa, sigue lentamente su paseo, pero hace algunos instantes parece recelosa e inquieta.
Y es que ha notado que hace algunos instantes un hombre la sigue a cierta distancia.
¿Quién era aquel hombre?
Lady Pembleton lo ignora.
O al menos no ha podido verlo bastante cerca para poder fijar su opinión.
Sin embargo su aspecto y su traje son los de un gentleman.
Además, ha observado que su cabeza es enteramente cana.
Pero su obstinación en seguir a la joven, ha acabado por inspirarla temor.
Iba a tomar pues por una alameda más concurrida, cuando el gentleman pareció de repente adoptar una resolución, y adelantándose a los dos lacayos, se aproximó a lady Pembleton con el sombrero en la mano.
Lady Pembleton hizo al principio un gesto de temor; pero el gentleman se apresuró a decirla:
—Milady, ¿no me reconocéis?
Lady Pembleton dejó escapar una exclamación de sorpresa.
—¡Tom! dijo, ¿es posible?
—Sí, milady.
—Yo os creía muerto.
—Pues ya lo veis, milady, estoy vivo, y bien vivo, repuso Tom.
Lady Pembleton lo contemplaba con una especie de estupor.
Tom continuó:
—Milady, acabo de llegar de Australia.
—¡Ah! ¿de veras? exclamó la joven.
—Y he venido expresamente para veros.
—¿A mí?
—A vos, milady.
—Así, no es la casualidad la que nos hace encontrarnos.....
—No, milady; hace ocho días que ando vagando por los alrededores de vuestro palacio.
—¿Y por qué no habéis entrado?
—Porque quería veros a solas, milady.
—¡Ah!
Y lady Pembleton pareció de nuevo inquieta.
—Milady, prosiguió Tom, nadie debe oír lo que tengo que deciros.
—Me espantáis con vuestro tono misterioso, amigo Tom.
—Es absolutamente necesario que os hable por algunos minutos, milady.
—Pues bien, Tom, seguid a mi lado y hablad. Estamos casi solos en este momento y nadie puede oírnos.
—Tengo un secreto que confiaros, milady.
—¡Un secreto!
—Un secreto que hace algunos años os hubiera colmado de alegría.
—¡Ah!
—Y que ahora va a llenar vuestro corazón de una dolorosa tristeza.
—¡Me espantáis, Tom!
—Milady, prosiguió este, ya os lo he dicho, llego de Australia.
—¿Y qué?
—Allí he encontrado a un hombre que se acordaba de vos... que pensaba en vos con frecuencia.
—No os comprendo. ¿Quién puede pensar en mí en Australia?... preguntó lady Pembleton impasible.
—Un hombre que se llama Walter Bruce.
—Ese nombre me es desconocido, Tom.
—Es posible, milady; pero antes de llevar ese nombre, tenía otro.
—¿Cuál?
—Se llamaba lord William Pembleton.
Lady Pembleton dejó escapar un grito.
Luego, mirando a Tom con estupor:
—¿Estáis loco? le dijo.
—No, milady, gozo de toda mi razón.
—Sin embargo, sabéis muy bien que lord William ha muerto.
—Lo he creído como vos, milady.
—Y yo lo he visto sin vida, Tom.
—No es a lord William a quien habéis visto muerto, milady.
—¿A quién pues?
—A un presidiario llamado Walter Bruce.
—¡Ah! mi pobre Tom! dijo entonces lady Pembleton, veo claramente que el dolor que habéis sentido por la muerte de vuestro noble amo os ha trastornado el cerebro.
—No, milady, yo no tengo trastornado el cerebro; no, no estoy loco.
—Sin embargo.....
—Os lo suplico, milady; dignaos escucharme hasta el fin.
Lady Pembleton pudo apenas reprimir un gesto de impaciencia.
En seguida echó una mirada en su rededor y vio que estaban solos.
Los dos lacayos, viendo que su noble señora hablaba familiarmente con aquel gentleman, se mantenían a respetuosa distancia.
—Sea, dijo en fin, hablad.
—Milady, os lo repito, dijo el antiguo mayordomo, lord William no ha muerto.
Lady Pembleton no respondió.
—¡Oh! prosiguió Tom, ya me creeréis cuando lo sepáis todo.
Y en seguida contó a lady Pembleton todo lo que sabía, todo lo que había visto y todo lo que había hecho.
Sin embargo, lady Pembleton le escuchaba con aire de incredulidad.
—¡Ah! exclamó Tom al concluir con acento de triunfo, cuando lo hayáis visto, será fuerza que me creáis.
—¿Cuándo lo haya visto, decís?
—Sí, milady.
—Pues qué, ¿no está en Australia?
—Ha venido conmigo a Londres.
Lady Pembleton palideció y no pudo ocultar su turbación.
—¡En Londres! exclamó, ¿ese hombre está en Londres?
—Ese hombre que habéis amado.... y que habéis llorado.
—¿Y llegaré a verlo?
—Sí, llegaréis a verlo, milady.
Hablando así, se aproximaban en este momento a una vuelta de la alameda, donde forma un codo el riachuelo, dando origen a otra avenida.
En aquella vuelta había un banco colocado contra un sauce que lo cubría con su sombra; y en aquel banco estaba sentado un hombre, joven aún, pero cuyo rostro conservaba las huellas de largos sufrimientos.
Al ver aproximarse a lady Pembleton, aquel hombre se levantó vivamente.
—¡Miss Anna! exclamó.
Lady Pembleton se estremeció y fijó en él la vista.
—¡Ahí le tenéis! dijo Tom.
La joven lady dio algunos pasos más y contempló fríamente a Walter Bruce.
Y después, volviéndose a Tom, dijo con acento glacial:
—En efecto, amigo mío, este hombre se parece vagamente a lord William, pero no es él. Lord William ha muerto.
Walter Bruce exhaló un grito de dolor y huyó como un insensato.
—¡Oh! ¿por qué he vivido hasta hoy? decía al alejarse, ¡Ya sabía yo que no me reconocería!
XL
diario de un loco de bedlam.