XXVI

En la City, cerca de San Pablo, hay una calle que llaman Pater-Noster street.

Esta calle es la de los libreros.

Pero estos útiles industriales no forman sin embargo, como podría creerse, la totalidad de sus habitantes.

Hay allí un poco de todo: muchos libreros, es verdad, pero avecinando con artesanos y negociantes, con propietarios de poca monta, y con humildes empleados de comercio.

Hasta se encuentra en Pater-Noster, y por más señas en el número 17, lo que se llama en Inglaterra un solícitor.

El solícitor, en Londres, es lo que podríamos llamar un procurador-abogado.

Como procurador judicial, hace las diligencias de un pleito, y como abogado lo defiende.

Así el solícitor gana mucho dinero.

En primer lugar se hace pagar muy caro,—y en segundo eterniza los pleitos.

De este modo el litigante que entra rico en su gabinete, sale al fin las más veces arruinado.

Pero en cambio tiene la ventaja de haber ganado su pleito.

Como decíamos pues, existía en Londres por esta época, y en el número 17 de la calle de Pater-Noster, un solícitor famoso.

Este solícitor era conocido con el nombre de Mister Simouns.

Era un hombre de gran talento y toda la curia inglesa le rendía pleito homenaje.

Cada una de sus palabras valía por lo menos una guinea, pero tenía el raro mérito, en su cualidad de solícitor, de conducir los negocios al paso de carga. Los pleitos no se eternizaban en sus manos.

Mister Simouns era un hombre joven aún.

Alto, un poco obeso, con algunos raros cabellos sobre las sienes, y el cráneo enteramente desnudo, el rostro adornado con dos magníficas patillas, los labios delgados, ojos claros y azules, tez rosada, y un gracioso hoyuelo en la barba.....

Tal era mister Simouns.

Su aspecto era majestuoso, pero reflejaba a la vez una bondad natural y una franqueza, que no dejaba de atraerle partidarios.

En una ocasión se había atraído sin quererlo el sufragio de sus conciudadanos, que intentaron enviarlo a la Cámara de los comunes; pero mister Simouns rehusó este honor.

—No soy bastante rico aún, había dicho, para consagrar mi tiempo a los negocios públicos.

Mr. Simouns, como hemos indicado, conducía a veces un pleito con una rapidez extraordinaria. Los ecos del tribunal de Drury-Lane conservaban por largo tiempo los sonidos armoniosos de su elocuencia, a la vez patética y violenta.

Este célebre solícitor acababa de defender a un Irlandés comprometido en las últimas intentonas del fenianismo, y lo había hecho absolver.

Y lo que había conmovido sobre todo y encantado al pueblo de Londres, era que el pobre Irlandés no tenía una blanca en el bolsillo, y que Mr. Simouns lo había defendido de balde.

Es verdad también que Mr. Simouns, como buen inglés, sabía lo que se hacía llamando la atención sobre su persona.

Ahora bien, una mañana, Mr. Simouns llegaba como de costumbre a Pater-Noster.

En Londres, todo hombre de negocios, comerciante, notario o abogado, que ha adquirido una regular fortuna, tiene su despacho o gabinete en una calle populosa y central, pero vive con su familia en el campo.

A alguna distancia de la capital o al menos a dos o tres leguas del centro, habita por lo común en una linda casita rodeada de jardines, lejos de la mortífera atmósfera de Londres.

Mr. Simouns llegaba pues a su gabinete de Pater-Noster a las once de la mañana, y se volvía al campo a la hora de comer.

En la mañana de que hablamos, acababa de llegar como de costumbre, bajaba de su coche e iba a penetrar en el portal estrecho, oscuro y húmedo que conducía a su oficina, cuando un hombre, que parecía estarlo esperando hacía ya tiempo, dio un paso hacia él y le dijo con cortesía:

—Dispensadme, mister Simouns.

Aquel hombre estaba decentemente vestido.

Mr. Simouns se volvió, lo miró atentamente, y se quedó como dudando por un instante.

Su mirada parecía decir:

—Me parece que conozco a este prójimo. ¿Dónde diablos lo he visto?

—Veo que no os acordáis de mí, mister Simouns, dijo aquel hombre.

—En efecto..... y sin embargo..... me parece...

—Hace cerca de diez años que no nos hemos visto.

—¡Oh! entonces.......

El desconocido no le dejó acabar y prosiguió:

—Yo era ya un cliente de vuestro gabinete, cuando erais aún oficial mayor.

—¿De veras? exclamó Mr. Simouns.

—Yo era mayordomo de lord Pembleton y me llamo Tom. Venía aquí con frecuencia cuando os ocupabais de los negocios de mi noble amo.

—¡Ah! muy bien, dijo Mr. Simouns, me acuerdo ahora perfectamente. Sí, sí, ahora recuerdo vuestra fisonomía.

—Pues bien, Mr. Simouns, vengo a veros, y desearía hablaros de un negocio de gravísima importancia.

—En ese caso, subid a mi gabinete.

Y Mr. Simouns entró delante de Tom que le siguió de cerca.

El antiguo mayordomo de Pembleton no volvió a pronunciar una palabra, hasta que se halló instalado en el gabinete particular del solícitor.

—¿Seguís sirviendo siempre a la noble familia Pembleton? le preguntó entonces Mr. Simouns.

—Sí y no, respondió Tom.

Mr. Simouns se quedó mirándolo.

—He dejado el servicio de sir Evandale, pero continúo al lado de lord William.

Como era tan notorio en el Reino Unido que lord William había muerto y que sir Evandale había sucedido a su hermano, Mr. Simouns se quedó mirando fijamente a Tom, creyendo que se hallaba con un loco.

Pero Tom hablaba con convicción, y no había el menor indicio de locura ni en su mirada, ni en su actitud ni en la inflexión de su voz.

—Dispensadme, dijo Mr. Simouns, es necesario que os expliquéis con más claridad, amigo mío.

—Eso es lo que voy a hacer, si es que os dignáis escucharme.

—Bien, hablad.

El solícitor es un hombre paciente por costumbre y por deber de profesión. Positivo ante todo, sabe que en el relato más desordenado y más oscuro de un cliente, hay siempre un punto claro que puede ser útil a la defensa, y que las mejores causas no son muchas veces las más fáciles de explicar.

—Mr. Simouns, dijo entonces Tom, el honorable Mr. Goldery, vuestro predecesor, era muy adicto a lord Evandale Pembleton, el padre de lord William. Era sobre todo un hombre muy honrado, Mr. Goldery.

—Y yo me jacto de ser tan honrado como él, repuso Mr. Simouns con calma.

—Estoy persuadido de ello, prosiguió Tom, y por eso he venido a consultaros.

—Está muy bien, os escucho, repitió Mr. Simouns.

Un jurisperito es una especie de confesor; debe decírsele todo y él debe saber oírlo todo.

Tom no pasó nada en silencio.

Contó detalladamente la historia de sir Jorge Pembleton, y el crímen abominable de que se había hecho culpable.

Ese crímen, como ya sabemos, había dado por consecuencia el nacimiento de sir Evandale.

Tom refirió pues todo lo que había pasado: los temores de lady Evelina, la infancia de lord William y de su hermano sir Evandale, en fin el drama misterioso y terrible que había tenido lugar en New-Pembleton, y que había dado por resultado la sustitución del cadáver del presidiario Walter Bruce a lord William aletargado.

Y luego que hubo concluido, se quedó mirando en silencio a Mr. Simouns.

Este no tardó en contestarle.

—Todo lo que acabáis de decirme, repuso, es verdad sin duda, pero al mismo tiempo extremadamente inverosímil. Ahora, admitiendo que yo doy entera fe a ese relato, ¿en qué puedo serviros?

—Podéis sostener las pretensiones de lord William.

—¿Qué pretensiones?

Y Mr. Simouns se sonrió de modo que hizo estremecerse a Tom.

—Paréceme sin embargo, dijo el pobre mayordomo, que es cosa muy sencilla. Lord William no ha muerto, y de consiguiente pretende entrar en posesión de su nombre, de sus títulos y de su inmensa fortuna.

—Eso es lo que es imposible.

—¿Por qué causa?

—Porque a los ojos de la ley lord William ha muerto y que su acta de defunción está en regla.

—Pero, ¿y probando la sustitución?.......

—¿Cómo podéis hacerlo?

—¡Toma! contando lo que ha pasado.

Mr. Simouns se encogió de hombros.

—Nadie os creerá, dijo.

—Sin embargo.....

—Una sola persona podría presentar un testimonio de algún valor en este negocio, prosiguió Mr. Simouns.

—¿Quién es esa persona?

—El teniente de presidio que se hizo cómplice de sir Jorge Pembleton.

—¡Oh! exclamó Tom, yo encontraré a ese hombre.

—Pero dado caso que lo encontréis, no dará ese testimonio.

—¡Fuerza será que lo haga!

Mr. Simouns se encogió de nuevo de hombros.

En fin, después de un momento de reflexión, añadió:

—Ante todo seamos positivos. Escuchadme a vuestra vez, Mr. Tom.

—Decid, decid, repuso Tom, que parecía lleno de fe en la justicia de su causa.


XLI

diario de un loco de bedlam.