XXVII

Mr. Simouns prosiguió de este modo:

—La persona a quien llamáis vuestro amo, y que en rigor, puede muy bien ser lord William, ha sido deportado, según decís.....

—Sí, señor, respondió Tom.

—Y hace unos diez años que dejó la Inglaterra, ¿no es así?

—Sobre poco más o menos.

—De consiguiente, puede estar desconocido para todo aquel que no tenga interés en conocerle.

—¡Ay! así es.

—En ese caso, ya veis que si vuestro amo se presenta a lord Evandale, este le volverá la espalda, y que no será recibido mejor sin duda por su noble esposa.

—Si debo decíroslo todo, exclamó Tom vivamente, sabed que mi amo ha visto ya a lady Pembleton.

—¡Ah!

—Y no lo ha reconocido.

—Razón de más, repuso Mr. Simouns, para que aceptéis mis proposiciones.

—Veamos, os escucho.

—Sin que os sea necesario decírmelo, me es fácil adivinar que tanto vuestro amo como vos, habéis vuelto de Australia casi sin recursos.

Tom bajó la cabeza y no respondió.

—Lord Evandale es fabulosamente rico. No sería difícil, estoy seguro, de hacerle entrar en una transacción.

—¿De qué transacción queréis hablar? preguntó Tom con cierta violencia.

—De una transacción, replicó Mr. Simouns, como esta por ejemplo: Lord William consentiría en conservar el nombre de Walter Bruce y en volver a Australia.....

—Pero.....

—Y lord Evandale le daría treinta, cuarenta o cincuenta mil libras.....

—¿Estáis loco, Mr. Simouns? dijo Tom fríamente.

—¡Ah! ¿creéis?.....

—Mi amo no renunciará a ninguno de sus derechos.

—¿Quiere ser lord?

—Sí.

—¿Y entrar en la posesión plena y entera de su fortuna?

—Ciertamente.

—Entonces sois vos quien estáis loco, Mr. Tom, y vuestro amo más que vos, dijo el solícitor.

—¡Oh! caballero!...

—Y voy a probároslo, prosiguió Mr. Simouns. Un hombre solamente, ya os lo he dicho, el teniente de presidio Percy, podría dar un testimonio digno de fe.

—Yo encontraré a ese hombre, ¡os lo juro! dijo Tom.

—Pero, me obligáis a repetirlo, ese hombre se guardará muy bien de decir la verdad.

—¡Oh! se le obligará....

—Y aun cuando lo hiciese, continuó Mr. Simouns, eso no nos haría adelantar gran cosa.

—¿Por qué?

—Por la sencilla razón de que el testimonio de un guarda de la chusma, es decir, de un hombre que ocupa una posición tan baja en la escala social, no inspira sino una mediana confianza; y os lo repito, añadió Mr. Simouns, ese hombre es el único que podría en rigor alguna cosa.

—Yo lo encontraré, dijo de nuevo Tom.

—Ahora, prosiguió diciendo el solícitor, suponiendo que logréis encontrar al teniente Percy y que este consienta en hablar, creéis buenamente que todo está hecho, ¿no es verdad?

—¡Toma! se me figura.......

—Estáis en un error.

—¿Cómo? exclamó Tom.

—El procurador general no se mezclará en el negocio. Lord Evandale es par del reino, tiene asiento en la Cámara alta, y es necesario, para perseguirlo, obtener una autorización del Parlamento. ¿Consentirá en ello la Cámara? Es poco probable.

En ese caso, no os quedará otra acción contra lord Evandale que el recurso de un pleito.

Y ya lo sabéis, Mr. Tom, los pleitos cuestan mucho en Inglaterra. Por lo que a mí hace, añadió Mr. Simouns, no me encargaría de emprender ese, sin que se me depositase al menos una caución de diez mil libras.

—¡Diez mil libras! exclamó Tom.

—Lo menos.

—¡Es exagerado!

—No lo creáis, repuso Mr. Simouns: y aun así, no sabré deciros si entraré en mis desembolsos.

—Pero... ¡es inconcebible, que se necesite tanto dinero para obtener justicia y adquirir uno lo que le pertenece! exclamó Tom.

—No digo que no, pero así es.

—Pero entonces....

—Entonces vuestro amo hará bien en resignarse y en adoptar el partido que le queda.

—¿Qué partido?

—El de una transacción.

—¡Jamás! repuso el leal servidor de lord William.

—Como os plazca, dijo Mr. Simouns. Solamente, no echéis en saco roto mis consejos..... tomad vuestras precauciones.......

Tom se quedó mirándolo.

—Lord Evandale, prosiguió Mr. Simouns, se halla en una situación que considero como inexpugnable.

—¿Y qué? preguntó Tom.

—Si todo lo que me habéis dicho es verdad, es un hombre poco escrupuloso.

—Así es.

—Y si tratáis de dar un escándalo, no creo que retroceda ante un nuevo crímen.....

—¡Oh! hay justicia en Inglaterra! exclamó Tom.

Mr. Simouns se encogió de hombros.

Tom dijo entonces levantándose:

—Veo con dolor que me había hecho una ilusión al contar con vuestro apoyo.

—No me juzguéis a la ligera, Mr. Tom, respondió el solícitor; siempre y cuando queráis, me encontraréis a vuestra disposición y a la de lord William, para obligar a lord Evandale a una transacción.

—No queremos transacción de ninguna especie, dijo Tom con altivez. A Dios, Mr. Simouns.

—Hasta la vista, Mr. Tom.

Y el solícitor se levantó a su vez y acompañó a Tom hasta la puerta del gabinete.

—Ya nos volveremos a ver, le dijo.

—No lo creo, caballero.

—Y yo estoy seguro.

Tom tomó la puerta precipitadamente, bajó por Pater-Noster, luego por Sermon-Lane, y llegó a orillas del Támesis.

Ya allí, se embarcó en el penny-boat de Sprinfields, y pasó a la opuesta márgen, a la entrada del Borough.

Y en fin, al desembarcar en la orilla derecha del río, se dirigió a pie hacia una calle que conocen muy bien nuestros lectores, esto es, a Adam-street.

En esta calle era donde vivía Betzy, la mujer de Tom, y en la misma casa donde este había aposentado a lord William, con su esposa y sus hijos, a su vuelta de Australia.

Tom llegó allí desesperado.

En vez de entrar primero en el cuarto de lord William, se fue derecho a la habitación de su mujer.

—¿Y bien? le preguntó esta.

Tom movió la cabeza con desaliento.

—Esas gentes del foro no tienen entrañas, dijo.

Y le contó el resultado de su entrevista con Mr. Simouns.

—Ese hombre tiene razón hasta cierto punto, dijo Betzy; pero yo he concebido otras esperanzas.

—¡Veamos! exclamó Tom con ansiedad.

—Hace poco, prosiguió Betzy con cierto misterio, he salido un instante para ir al mercado.

—Bien, dijo Tom.

—Y al volver, me he cruzado en la calle con una mujer que venía a pie, cubierta con un velo espeso, y que parecía buscar alguna cosa.

—¿Y esa mujer?.....

—Tiene el aspecto y el modo de andar de miss Anna.

—¿De lady Pembleton?

—Sí.

Tom se estremeció de pies a cabeza.

—Y no estoy lejos de creer, añadió Betzy, que lo que busca es el medio de ver a lord William.

Y diciendo esto, Betzy se aproximó a la ventana y miró a la calle.

Pero casi al mismo tiempo se volvió de repente y exclamó:

—¡Calla!... por aquí vuelve..... ¡mira!

Tom se acercó vivamente a la ventana y miró a su vez a la calle.


XLII

diario de un loco de bedlam.