XXVIII

Tom dirigió la vista hacia el punto que le indicaba Betzy.

Veíase allí en efecto una mujer que parecía errar a la ventura, y que con la cabeza levantada iba examinando todas las casas.

—Sí, dijo Tom, ella es: no te habías engañado.

De pronto aquella mujer pareció decidirse, atravesó la calle, y entró resueltamente en el estrecho portal de la casa.

Entonces Tom dijo a su mujer:

—Espérame, voy a salir a su encuentro.

Y se precipitó por la escalera.

La mujer que subía con paso ligero y Tom que bajaba precipitadamente la escalera, se encontraron en el descanso del segundo piso.

—¿Milady? dijo Tom en voz baja.

Lady Pembleton,—pues era en efecto ella,—se levantó vivamente el velo.

—Os buscaba, dijo.

Y echó temblando una mirada a su rededor, como avergonzada de haber penetrado en aquel casucho miserable.

Pero sobreponiéndose y haciendo un esfuerzo, se asió al brazo de Tom y le dijo por lo bajo:

—He venido sin que lo sepa lord Evandale.

—¡Ah! exclamó Tom.

—Quisiera ver de nuevo a... la persona que decís ser lord William.

—Aquí vive, repuso Tom.

—¿En esta casa?...

—Mirad, esa es la puerta de su cuarto.

—¿Y..... está..... solo?

—No, señora, dijo Tom; está con su mujer y con sus hijos.

—¿Sus hijos?..... ¿su mujer?.....

Lady Pembleton dijo estas palabras con un acento extraño.

Pero en fin, la emoción que se había apoderado de ella, pareció calmarse súbitamente.

—Deseo verlo a solas, dijo.

—En ese caso, respondió Tom, podéis subir a mi cuarto, que está en el piso superior. Betzy y yo saldremos, y en seguida os enviaré a milord.

Lady Pembleton se arrepentía ya seguramente del paso que daba, y hubiera dado algo por poderse alejar de allí.

Pero era demasiado tarde.

Tom la ofreció el brazo y la ayudó a subir, y en seguida corrió a avisar a lord William.

Este se conmovió en extremo al saber que lady Pembleton venía a verlo, y una idea consoladora pasó por su imaginación.

—El otro día no ha podido conocerme, se dijo, pero hoy es seguro que me reconocerá.

Sus fuerzas flaqueaban cuando penetró en el aposento donde le esperaba su antigua prometida.

Tom hizo una seña a su mujer y ambos salieron del cuarto.

Lady Pembleton había permanecido en pie y con el velo echado sobre el rostro; pero apenas salieron Tom y Betzy, lo levantó y dio un paso hacia lord William.

Ambos se quedaron fijos y se contemplaron un momento en silencio.

Ni uno ni otro se atrevían a hablar.

En fin lady Pembleton hizo un supremo esfuerzo y dijo a media voz:

—He querido, caballero, volver a veros, por razones que comprenderéis bien pronto.

—¡Ah! veo que me reconocéis, milady, dijo lord William.

Ella no respondió a esta aserción y añadió:

—Estamos solos aquí, ¿no es verdad, caballero?

—Absolutamente solos.

—¿Nadie puede oírnos?

—Nadie.

—He querido volveros a ver, prosiguió la joven lady, para ponerme enteramente a vuestro servicio.

—¡Ah! exclamó lord William estremeciéndose.

—Caballero, continuó lady Pembleton, yo he visto a lord William muerto, sin que quedara en mi espíritu la menor duda; y sin embargo vos me decís que existe.

—Soy yo, milady; y al verme, habéis debido convenceros.

—Sea, admitamos que es así.

—¿Qué queréis decir, milady?

—Perdonad, dijo esta humildemente, os suplico que me escuchéis hasta el fin.

—Hablad.

—Os he creído muerto, y Dios sabe cuánto he sufrido y cuánto os he llorado.

Y al decir esto, sus ojos se arrasaron en lágrimas.

—Os he llorado, prosiguió, y durante muchos meses, he rehusado hasta oír hablar de otra unión, pues quería vivir y morir llevando el duelo de mi primer amor. Pero mi padre me perseguía sin descanso, lord Evandale me amaba...... y al fin fatigada, vencida..... bajé la cabeza y obedecí a mi padre.

—¿Y luego? dijo lord William.

—Después, acabé por amar al hombre con quien me había casado sólo por sumisión....... fui madre, y era ya la más dichosa de las mujeres..... cuando os habéis aparecido a mis ojos..... ¡vos, a quien creía muerto!—Vuestra aparición ha trastornado completamente mi dicha, y..... aquí me tenéis completamente a vuestra merced, caballero. Vengo pues a suplicaros rendidamente que no causéis escándalo, que no turbéis la paz de que gozo y, en una palabra, que no empeñéis una lucha inútil e insensata.

—Pero, milady, dijo lord William, vuestro esposo me ha despojado infamemente.

—Ambos estamos dispuestos a hacer un sacrificio.

—¿Qué decís? preguntó lord William con altivez.

—Os será muy difícil, si no imposible, el probar que lord William no ha muerto.

—¡Oh! yo lo probaré, dijo lord William.

—Entonces, a vuestra vez despojaréis a vuestro hermano, y cubriréis de oprobio el nombre de Pembleton.

—Si tales son vuestras ideas, milady, dijo lord William con amargura, ¿a qué habéis venido aquí?

—A proponeros una transacción.

—Veamos.

—Dejaréis inmediatamente a Londres, volveréis a Australia, conservaréis el nombre de Walter Bruce, que es ahora fatal e inflexiblemente el vuestro.....

—¿Y qué me daréis en cambio? preguntó lord William con ironía.

—Todo el oro que queráis.

Lord William se sonrió amargamente.

—Lo que me pedís es imposible, dijo.

Esta respuesta glacial no desconcertó a lady Pembleton.

—¿Qué exigís pues? preguntó.

—Oídme a vuestra vez, milady.

La joven esperó con ansiedad.

—Tanto como vos, tengo empeño en conservar intacto el nombre de mi familia..... el honor de la casa Pembleton. Por eso, por eso solo, desciendo también a proponer una transacción, pero que difiere esencialmente de la vuestra.

—Veamos, dijo lady Evandale.

—Un hombre cuya identidad no ha quedado establecida, sir Jorge, mi tío, conocido en otro tiempo bajo el nombre de Nizam, ha sido, como ya debéis saber, la causa primera de todas mis desgracias. ¿Por qué no haríamos de él el único culpable?

—No os comprendo, dijo la joven lady.

—¿Por qué sir Evandale, mi hermano, no reconocería públicamente que ha sido engañado por ese hombre, autor de la sustitución?

—¿Y después?

—¿Por qué no me reconocería en fin, en vez de negar pérfidamente que soy su hermano. Dividiríamos entre ambos la fortuna, y él conservaría el título de lord: ¿qué me importa? Lo único que quiero es mi nombre de Pembleton.

—Lo que pedís es absolutamente imposible, caballero.

—¡Ah! ¿lo creéis así?

—Sí, dijo lady Pembleton sordamente. El derecho de primogenitura existe en Inglaterra.

Lord William hizo un gesto de cólera.

—¡Basta, milady! dijo: no podemos entendernos.

—¿No decís, caballero, repuso lady Pembleton con acento glacial, que sois lord William?

—Demasiado lo sabéis, dijo este con indignación.

—Pues bien, es necesario probarlo.

—Lo probaré, milady.

—Entonces, dijo ella, ese día, lord Evandale os devolverá vuestros títulos y vuestra fortuna.

Y dio un paso para retirarse.

Lord William hizo un gesto para detenerla.

Pero ella abrió la puerta y volviéndose, le dijo:

—Si fuerais verdaderamente William, el noble y digno joven que me amaba, y a quien yo he amado tanto, hubierais tenido conmigo otro lenguaje.—A Dios, caballero, no nos volveremos a ver sino delante de la justicia.

Y salió con la frente erguida y con paso majestuoso.

Lord William lanzó un gemido y se dejó caer anonadado en una silla.

—¡Oh! miserable corazón humano! exclamó. ¡He ahí la mujer que me amaba por mí solo....... y que despreciaba las riquezas!


XLIII

diario de un loco de bedlam.