XXIX
En la tarde de aquel mismo día, tres personas se hallaban reunidas en el palacio Pembleton, y celebraban un consejo de familia.
Aquellas tres personas eran lord Evandale, lady Pembleton su esposa, y sir Archibaldo, padre de esta.
Sir Archibaldo no era ya el magnífico personaje, afectuoso y cortés que hemos conocido al principio de esta historia.
Hay hombres favorecidos por la fortuna, a quienes la prosperidad hace mejores, y otros, por el contrario, en quienes despierta todos los malos instintos.
Sir Archibaldo era de estos últimos.
De origen oscuro, y pobre en sus primeros años, había hecho, como sabemos, una gran fortuna en la India.
Satisfecha por esta parte su ambición, se volvió a Inglaterra; pero desde que instaló en ella sus penates, no tuvo ya otra idea ni otro objeto, que el de entroncar en una gran familia, casando a su hija con un alto personaje.
Lord William había sido el primer blanco de sus intrigas.
Luego, muerto para él lord William, había pensado en lord Evandale.
El relato que lady Pembleton hiciera a su antiguo prometido, era verdadero en todos sus puntos.
Lo había llorado en efecto largo tiempo, y resistido cuanto pudo a las observaciones y órdenes de su padre.
Pero al fin había sido necesario ceder, y se había casado con lord Pembleton.
Después, poco a poco llegó a amar a su marido, y el nacimiento de sus hijos la había hecho olvidar al infortunado lord William, al que, por otra parte, creía efectivamente muerto.
Tres años después, el deportado Walter Bruce, logró,—como sin duda el lector lo recuerda,—interesar en su suerte al gobernador de la colonia de Aukland.
Este había escrito a Inglaterra.
Lord Evandale se hallaba a la sazón ausente de Londres, y fue de consiguiente lady Pembleton quien recibió la famosa carta que le revelaba la existencia de lord William.
Este fue un golpe terrible para ella.
Se echó en brazos de su padre, consultándole en el extraño caso en que se hallaba, y sir Archibaldo, a quien no parecía impresionar en extremo esta noticia, la dijo con una completa calma:
—Lord William ha muerto, hija mía, y el hombre que ha hecho escribir esa misiva es un impostor. Pero de todos modos, reflexionad en lo que voy a deciros: aun dado el caso de que lord William viva, debe haber muerto para vos.
—Pero.....
—Nada, no hay que vacilar en este punto. Sois lady Evandale Pembleton, y el hermano mayor de vuestro esposo no puede, no debe existir.
Lord Evandale, al volver a Londres y al tomar conocimiento de la carta, empezó por gritar y por indignarse.
Sin embargo lady Pembleton acabó por arrancarle la confesión de su crímen.
Lord Evandale lo confesó todo, pero añadiendo que si había suprimido a su hermano, no había tenido parte en ello la ambición, sino su ardiente amor hacia miss Anna.
Esto bastó para que lady Pembleton perdonase a su esposo, y la joven amante y cándida de otros días, se convirtió, bajo el doble influjo de su padre y de su marido, en la altiva y fría gran señora que acabamos de ver entrar furtivamente en la miserable casa de lord William.
Aquella tarde, pues, sir Archibaldo y lord Evandale, que esperaban a lady Pembleton con impaciencia, la salieron al encuentro al verla llegar, y, antes de que hablase, la abrumaron de preguntas.
—¿Está verdaderamente desconocido? dijo sir Archibaldo.
—Tanto, respondió lady Pembleton, que hubiera pasado mil veces junto a él sin conocerlo.
—¿Y acepta nuestras proposiciones? preguntó lord Evandale.
—No; no hay con él transacción posible.
Sir Archibaldo se sonrió con desdén.
—¡Bah! exclamó, será un pleito escandaloso, pero saldremos de él con honor.
—Empezando, añadió lord Evandale, porque, para sostener un pleito semejante, se necesita mucho dinero.
—Y no solamente no lo tiene, dijo lady Pembleton, sino que me ha parecido hallarse en la más profunda miseria.
—Sin embargo es necesario tomar un partido, dijo sir Archibaldo.
—¿Y cuál?
—Es necesario que ese hombre salga de Londres.
—¿Cómo obligarlo?
—No lo sé; pero ya encontraremos un medio.......
Aquí fue interrumpido sir Archibaldo por la entrada de un lacayo que presentó, en una bandejilla de plata, una tarjeta de visita a lord Evandale.
El joven lord tomó la tarjeta y leyó:
El reverendo Patterson.
—¿A qué vendrá a verme ese sacerdote?
—Milord, respondió el lacayo, esa persona insiste mucho en ver a Vuestra Señoría.
—Hacedle entrar, dijo lord Evandale.
Pocos minutos después, el reverendo Patterson se presentó en el gabinete.
Era en efecto el mismo pastor evangélico que ya conocemos: el hombre flemático y frío, el sacerdote fanático e implacable con quien el Hombre gris había sostenido una lucha tenaz y sin tregua, y que perseguía tan cruelmente al clero católico de Londres.
El reverendo Patterson entró, saludó a lord Evandale, y viendo que sir Archibaldo y su hija iban a retirarse, se interpuso cortésmente y les dijo:
—¡Oh! podéis permanecer, milady, y vos también, caballero. Es hasta necesario que asistáis a la conferencia que se digna acordarme milord.
Lord Evandale contemplaba al reverendo Patterson con curiosidad.
—Hablad, caballero, le dijo.
—Milord, prosiguió el pastor protestante, soy el jefe de la Misión evangélica de la Nueva Inglaterra.......
—¡Ah! exclamó lord Evandale.
—Los apóstoles que van a llevar la luz de la fe a los salvajes de la Nueva Caledonia y de la Nueva Zelanda.
—Muy bien, dijo lord Evandale, conozco esa digna institución.
—Entonces, ya sabéis, milord, prosiguió el reverendo Patterson, que una obra semejante no podría llevarse a cabo sin hacer inmensos sacrificios; y por rica que sea hoy la asociación que presido, tiene sin embargo necesidad del concurso de los fieles.
Lord Evandale se engañó sobre el sentido de estas palabras.
—Comprendo perfectamente, mi reverendo, le respondió; venís a pedirme que contribuya para vuestra obra. Nada más agradable para mí: podéis inscribirme por quinientas libras esterlinas.
El reverendo se sonrió con cierta afectación.
—Quinientas libras, dijo, sería mucho para otro que vos, milord.
—Entonces, inscribidme por mil.
—¡Oh! milord, cuando sepáis el servicio que vengo a prestaros.....
Lord Evandale sintió apoderarse de su espíritu una aprehensión extraña.
—¿Qué queréis decir? preguntó.
—Ya sabéis, milord, repuso el reverendo, que la obra que presido tiene misioneros en todas partes.
—Bien, pero.....
—Tenemos en Aukland.
—¿Y qué?
—Y uno de ellos se halla de vuelta en Inglaterra.
—Pero permitidme, ¿en qué puede eso interesarme?
—En que ese misionero ha conocido mucho a un antiguo deportado que se llama Walter Bruce.
Lord Evandale palideció y guardó silencio por algunos instantes.
Lady Pembleton y su padre se miraron con inquietud.
—¿De veras? dijo en fin lord Evandale.
—Y aun puedo añadir que ese Walter Bruce se halla hoy en Londres.
—¡Ah!
—Y que según parece...... pretende llamarse lord William Pembleton.
—¡Ese hombre es un impostor! exclamó lord Evandale.
—Tal es mi opinión, dijo fríamente el reverendo Patterson.
Y mirando fijamente a lord Evandale, acompañó estas palabras con cierta sonrisa, que hubiera podido traducirse así:
—Sé perfectamente a qué atenerme sobre el particular, y haríais bien, por vuestro propio interés, en jugar conmigo a cartas descubiertas.
Lord Evandale comprendió aquella sonrisa y esperó.
El reverendo hizo una breve pausa, y añadió con gravedad:
—Que sea ese hombre lord William o no, la verdad es que puede ocasionaros grandes embarazos.
—¡Bah! exclamó con desprecio lord Evandale.
—Sí, milord, puede ocasionaros embarazos, y yo puedo evitároslos.
—¡Ah! ¿de veras?
—Si es que llegamos a entendernos.
—Hablad, dijo lord Evandale.
XLIV
diario de un loco de bedlam.