XXX

¿Qué se habló en este conciliábulo entre el reverendo Patterson, sir Archibaldo, y lord y lady Pembleton?

Nadie ha podido saberlo de positivo.

Pero en la mañana que se sucedió a este día, Tom recibió un billete singular.

Un billete sin firma, concebido en estos términos:

«Una persona que no puede darse a conocer, pero que conoce la adhesión sin límites que le une a lord W...... previene a Tom que el antiguo teniente de presidio Percy se halla retirado en Escocia, y habita Perth, su ciudad natal.

»Percy vive miserablemente de una corta pensión de retiro, que le ha concedido el gobierno de S. M. la reina.

»Hoy se halla casi ciego, y vive con su hija que lo sostiene con su trabajo.

»No será necesario mucho dinero para decidirlo a hablar.»

Tom llevó este billete a lord William.

El joven lord lo leyó y frunció el entrecejo.

—Amigo mío, dijo, temo una asechanza. No vayas a Perth.

—¿Una asechanza? exclamó Tom admirado.

—Yo he observado con atención a miss Anna durante nuestra entrevista, prosiguió lord William, me ha reconocido perfectamente.....

—¡Ah!

—Y no solamente esa mujer no me ama ya, sino que lo sabe todo y se ha hecho cómplice de su marido. Ha venido a verme con el solo objeto de hacerme partir de Londres. Me he resistido a ello, y... las hostilidades comienzan.

—Pero, ¿con qué objeto pretenden hacerme ir a Perth, sino debo hallar allí al teniente Percy?

—Con el objeto de separarnos.

—Tal vez tenéis razón, dijo Tom. En vez de ir allá, voy a escribir.

Tom tenía algunas relaciones en Perth: entre otras personas, conocía a un antiguo chalán, con quien había andado en tratos en otro tiempo para renovar las caballerizas de Pembleton.

Pensó pues en él, y se fue en seguida a una oficina de telégrafos y le envió el despacho siguiente:

«Mi antiguo amigo:

»Perth es una ciudad tan pequeña, que todo el mundo debe conocerse en ella.

»Así, no os será difícil averiguar si se encuentra un teniente de presidio retirado, llamado Percy.

»Me haréis en ello un gran favor.

»Respuesta pagada.

Tom,
»Antiguo mayordomo de lord Pembleton.

»17. Adam street, Spithfields, Londres.»

Hecho esto, Tom esperó.

Hacia la tarde, llegó la respuesta, que decía lacónicamente:

«Mi querido Mr. Tom:

»El teniente Percy vive efectivamente en Perth, pero está gravemente enfermo.

»Vuestro afectísimo servidor,
»John Murphy, esq.»

Tom fue a enseñar este despacho a lord William.

Este reflexionó algunos instantes, y al fin le dijo:

—Por poco dinero que se necesite para decidir a Percy a decir la verdad, es preciso tenerlo sin embargo, y nuestros recursos.....

—Me quedan cien libras, repuso Tom.

—No es bastante.

—Iré a Perth sin embargo, milord; tengo allí algunos amigos, y no me será difícil encontrar dinero, respondió el fiel escocés.

Y fue inmediatamente a hacer sus preparativos de viaje.

Pero no había pasado una hora, cuando se presentó un desconocido en Adam street, y solicitó hablarle.

Este hombre era pequeño de cuerpo, ya viejo, rigurosamente vestido de negro, y toda su persona respiraba el perfume desagradable de las gentes de curia.

Saludó a Tom profundamente y le dijo con tono melifluo:

—Debo empezar por deciros, caballero, que me llamo Edward Cokeries, vuestro humilde y rendido servidor.

—Yo lo soy vuestro, señor mío, respondió Tom, pero debo confesaros ingenuamente que no tengo el honor de conoceros.

—Soy uno de los oficiales de mister Simouns, el solícitor de Pater-Noster street.

—¡Ah! eso es diferente, dijo Tom.

Y pensó para sí que Mr. Simouns habría reflexionado acaso, y encontrado tal vez el medio de volver a lord William su nombre y su fortuna.

Edward Cokeries prosiguió:

—Yo trabajo en un cuartito pequeño que da al gabinete de Mr. Simouns.

—¡Ah!

—Y cuando la puerta está entreabierta..... naturalmente, y sin que yo ponga nada de mi parte, oigo todo lo que allí se habla.

—¡Ah! ya! repuso Tom.

—Ayer habéis venido a consultar a Mr. Simouns.

—En efecto.

—Y... ¿qué queréis? he oído toda vuestra conversación.

Tom sintió despertarse en su espíritu un sentimiento de desconfianza.

—¿No es pues Mr. Simouns quien os envía? preguntó.

—Esperad, dijo Cokeries, dejadme ir hasta el fin, Mr. Tom.

—Bien, veamos.....

—Hace veinte años que trabajo, prosiguió Edward Cokeries, veinte años que me ocupo de materias contenciosas y, aunque simple pasante de procurador, he hecho algunas economías. Mi sueño dorado sería comprar el oficio de Mr. Simouns, que es muy rico y desea retirarse: pero me faltan 3,000 libras esterlinas, lo que no es una pequeña suma.

—Pues si habéis contado conmigo, dijo Tom sonriéndose tristemente, os habéis engañado de medio a medio.

—No tanto como lo suponéis, Mr. Tom.

El pasante había tomado, al hablar así, un aire tan misterioso, que Tom lo miró con más atención.

—Ya os he dicho, prosiguió Edward Cokeries, que tengo algunas economías.

—Muy bien, ¿y qué?

—Poseo hoy algo así... como de 10 a 12,000 libras esterlinas, y no tendría inconveniente en ponerlas a disposición de Lord William.

—¿De veras? exclamó Tom.

—Tanto más, prosiguió el pasante, que conociendo profundamente, como conozco, las leyes del país, me comprometo a encargarme de ese pleito y estoy seguro de antemano de ganarlo.

—¿Es posible?

—Ayer mismo, dudaba aún en venir a veros, pero he tomado mi partido, y aquí me tenéis.

Tom no cabía en sí de gozo.

—Yo soy quien os ha escrito.......

—¿La carta anónima?

—Sí.

—Entonces, ¿es bien cierto que el teniente Percy está en Perth?

—Ciertísimo. Y en todo caso, no tenéis más que preguntarlo.

—Es cosa hecha. Me han contestado de Perth en ese sentido.

—¿Y vais a partir?

—En este instante.

—Pero, ¿qué dinero lleváis con vos?

—Doscientas libras.

—No es bastante.

—¿Qué queréis? dijo Tom cándidamente, llevo todo lo que poseo.

—Pues bien, dijo el pasante sacando una cartera, es necesario hacer bien las cosas y no dar golpes en vago. Voy a daros un billete de mil libras. Solamente..... al hacer este adelanto, pongo una condición.

—Decid.

—Ganado el pleito, quiero cincuenta mil libras.

—Las tendréis, dijo Tom.

Y tomó el billete, que el otro había extraído de su cartera.

—Ahora, Mr. Tom, dijo Edward Cokeries, id a Perth y traed al teniente Percy, yo respondo de todo.

Lord William, mudo de sorpresa, había asistido al fin de esta conversación.

—Y decidme, preguntó Tom al pasante, ¿debo escribiros al llegar a Perth?

—Es absolutamente inútil.

Y dicho esto, el extraño personaje saludó profundamente y tomó en seguida la puerta.

—¡Ah! mi querido amo! dijo Tom enternecido, ya veis que la hora del triunfo no está lejos!

—¿Quién sabe? dijo lord William con aire de duda.

Tom corrió inmediatamente al ferrocarril, y tomó el tren de Edimburgo.

Serían a la sazón las ocho de la noche.

Entró en un vagón de primera clase,—pues no había otros, siendo aquel el tren correo,—y a poco vino a sentarse a su lado un gentleman que llegaba en el momento de partir.

Aquel gentleman tenía un aire de franqueza y honradez que cautivaba a primera vista.

Entraron pues en conversación, y no habían andado muchas millas, cuando ya reinaba entre ellos cierta confianza.

El gentleman se puso a fumar, y ofreció un cigarro a su compañero de viaje.

Tom lo aceptó sin inconveniente.

Fumó algunos minutos, y no tardó en caer en un sueño profundo.


XLV

diario de un loco de bedlam.