XXXI
El cigarro que aquel gentleman había dado a Tom estaba sin duda impregnado de un narcótico muy activo, pues el pobre escocés durmió con un sueño de plomo durante muchas horas.
Cuando volvió en sí, se encontró en una oscuridad completa.
Quiso moverse, y se sintió agarrotado.
Le habían atado fuertemente las piernas y ligado las manos a la espalda.
Como no oía ningún ruido, dedujo de ello que el tren había cesado de marchar.
Pero bien pronto, como sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, reconoció que no se hallaba en el vagón del ferrocarril donde se había quedado dormido.
¿Dónde estaba pues?
Deseando darse cuenta de su situación y salir de ella a toda costa, se puso a gritar con todas sus fuerzas.
Pero nadie le respondió.
Entonces hizo un esfuerzo para levantarse, pero impedido por sus ligaduras, volvió a caer por tierra.
Se hallaba sobre un suelo húmedo y resbaladizo, el de un calabozo sin duda; pero lo que le parecía singular es que aquel suelo era de tablas.
Tom reflexionó algunos momentos, y acabó por adivinar una parte de la verdad.
Había caído en un lazo hábilmente tramado, y las personas que se habían apoderado de él no tenían otro objeto que separarlo de lord William.
Tom era un hombre enérgico.
En los momentos más críticos de su existencia jamás había perdido su presencia de ánimo, y sabía considerar fríamente el peligro sin arredrarse ante él.
Cesó pues de gritar, y cayó en una meditación profunda.
A poco, a fuerza de mirar en el espacio tenebroso que le rodeaba, le pareció descubrir una débil vislumbre, que aparecía y desaparecía por intervalos desiguales.
Aquella dudosa claridad, pasaba probablemente por una estrecha hendedura.
Pero de pronto, la luz se extinguió por completo, y en el mismo instante le pareció sentir una oscilación ligera.
Tom se volvió, acostándose sobre la espalda, y procuró palpar con sus manos ligadas el suelo donde estaba extendido; y poco tardó en convencerse de que se hallaba, como lo había creído al principio, sobre un suelo de madera, o al menos sobre un entarimado.
Al mismo tiempo sintió un fuerte olor de brea, y volvió a experimentar las mismas oscilaciones con mucha más violencia.
No había pues lugar a la duda. Tom comprendió entonces que se hallaba encerrado en la sentina de un buque, y no en un calabozo, como lo había creído antes.
Así se pasaron algunos minutos.
Poco después se dejaron oír algunos pasos en el piso superior, la luz apareció de nuevo, numerosas pisadas se sucedieron a las primeras, luego ruido de voces, y las oscilaciones continuaron con más fuerza.
En fin otro ruido más caracterizado, vino a revelarle del todo su situación: el ruido de la respiración jadeante de una máquina de vapor que se pone en movimiento.
A él se mezcló bien pronto el de la rotación de una hélice, y el fragor del agua agitada con esfuerzo.
Tom se hallaba, pues, a bordo de un buque de vapor.
¿Cómo se había operado este cambio, y de que manera habían podido trasportarlo desde el ferrocarril donde en mal hora se quedara dormido?
¿Adónde se dirigía aquel buque?
Esto es lo que Tom no podía adivinar.
Tampoco podía comprender en qué manos había caído, y sin embargo el nombre de lord Evandale le vino instintivamente a los labios.
Entonces se puso a gritar de nuevo y con más fuerza; pero fue inútil, pues nadie acudió a este llamamiento.
El buque acababa sin duda de levar el ancla, y los marineros y toda la tripulación se hallaban ocupados en la maniobra de partida, y no pensaban en él en aquel momento.
La máquina hacía un ruido infernal y la hélice precipitaba sus rotaciones.
Pero Tom seguía gritando sin desalentarse.
En fin, los pasos que ya había oído, resonaron de nuevo sobre su cabeza.
A poco se abrió una escotilla, una luz vivísima hirió la vista de Tom al salir de pronto de la oscuridad, y un hombre asomó en seguida la cabeza.
Aquel hombre llevaba un sombrero embreado y un chaquetón azul.
—¡Eh! individuo! ¿eres tú quien hace todo ese escándalo? dijo mirando a Tom.
—¿Dónde estoy? preguntó este. ¿Por qué me han atado como a un malhechor?
El marinero se echó a reír.
—Anda a preguntarlo al capitán, ¡mala ralea! dijo. Yo no sé más que una cosa.....
—¿Qué? pregunto Tom con ansiedad.
—Nada; que si vuelves a gritar, vas a llevar la cuerda..... ¿Me entiendes?—Ya estás avisado.
Tom supo dominarse, y no cedió a la cólera que le ahogaba.
—Amigo mío, respondió con dulzura, no hay necesidad de castigo: me callaré, puesto que así me lo mandan.
—¡Así me gusta! eso es lo que se llama ser razonable! dijo el marinero ablandándose a su vez.
—Pero, vamos, prosiguió Tom, ¿no podríais al menos decirme dónde estoy?
—¡Toma! en la sentina del barco.
—¿En qué barco?
—A bordo del Regente, steamer transatlántico.
—¿Y adónde vamos?
—A América.
—Pero en fin, añadió Tom, ¿por qué estoy aquí?
—Eso es lo que no sé.
Y al decir esto se retiró el marinero.
Algunas horas después volvió a aparecer, trayendo algún alimento para Tom y un poco de vino; y bajando a la sentina, le desató las manos a fin de que el desgraciado pudiera comer.
Tom estaba desesperado.
El buque marchaba a todo vapor y se alejaba velozmente de las costas inglesas.
El día se pasó así, luego la noche, después otro día por entero.....
Dos veces en cada veinte y cuatro horas, el mismo marinero traía de comer a Tom, le desataba las manos, y así que acababa su frugal comida, volvía a atarlo de nuevo.
En fin, al cabo de tres días, el marinero, al llegar como de costumbre, le dijo:
—Tengo nuevas órdenes del capitán.
—¡Ah! exclamó Tom.
—El capitán juzga inútil el dejarte por más tiempo en este sitio.
—¿De veras?
—Sí, y me ha dado órden de desatarte y de conducirte sobre cubierta.
Ya no hay riesgo en hacerlo.
—¿Qué queréis decir? preguntó Tom.
—¡Bah! es necesario ser un topo para no comprenderlo! dijo el marinero. Estamos ya a cien leguas de las costas de Inglaterra, y no hay miedo de que puedas escaparte a nado.
—¡Ah! repuso sencillamente Tom.
Y se dejó desatar de pies y manos sin añadir una palabra, recobrando al fin la completa libertad de sus movimientos.
El marinero lo condujo sobre cubierta.
Tom reflexionaba en tanto y se decía para sí:
—Me hallo a bordo de un buque del Estado. El capitán es un oficial de marina y debe ser un cumplido caballero. Voy a dirigirme a él. Es imposible que no me escuche y que, al escucharme, no acabe por reconocer que soy víctima de un error o más probablemente de una intriga criminal. Y en ese caso me hará volver a Inglaterra con el primer buque que encontremos.
Y Tom, firme ya en este propósito, esperó una ocasión propicia para hablar con el capitán.
Los hombres de la tripulación lo miraban con extrañeza, y ninguno le dirigía la palabra.
En fin, algunas horas después, y cuando empezaba a caer la tarde, el capitán se presentó en el entrepuente.
Tom se fue derecho a él y le saludó con respeto.
Pero a las primeras palabras que dijo, el capitán le interrumpió y repuso secamente:
—No tengo explicaciones que daros. He recibido órdenes terminantes respecto a vos, y las ejecuto. Es cuanto tengo que deciros.
Y le volvió la espalda.
Tom no se desalentó con esta respuesta, e intentó un nuevo paso dirigiéndose al segundo.
Pero este le recibió peor todavía.
Aquel oficial no se dignó escucharlo y le dijo con dureza:
—Si os quejáis, os hago poner un grillete y encerrar de nuevo.
Entonces el pobre Tom bajó la cabeza y se retiró diciendo para sus adentros:
—Está bien: veo que no puedo contar sino conmigo mismo.
Y con la calma imperturbable que caracteriza a los Ingleses, no habló más palabra con nadie, y esperó una ocasión para recobrar su libertad.
Esta ocasión se hizo esperar muchos días; pero al fin se presentó, como va a verse, probando que el honrado escocés había tenido razón para no desesperar de su estrella.
XLVI
diario de un loco de bedlam.