XXXII

El Regente, gran steamer transatlántico de la marina real inglesa, llevaba el derrotero de Buenos Ayres.

A los quince días de una travesía feliz, dando la vuelta por toda la costa O. de España, entró en las aguas de África, y dio vista al elevado pico de Tenerife.

El sol había bajado al horizonte envuelto en una aureola de púrpura, y el cielo iba extendiendo su manto azul, oscureciendo la vasta extensión del Océano.

Sin embargo hacia el S. O. corrían amontonándose algunas nubes parduscas, y el viento había refrescado de pronto al ponerse el sol.

El capitán, que era un viejo marino, después de haber dirigido sucesivamente su anteojo hacia los cuatro puntos cardinales, había arrugado algún tanto el ceño; pero no dijo sin embargo una palabra.

Tom iba de un lado a otro con indiferencia: parecía enteramente resignado con su suerte, y a esto había debido el que le permitieran a bordo una completa libertad.

Podía pasearse a toda hora sobre cubierta, y hasta le toleraban el que hablase con los marineros.

Tom no se quejaba ya, ni pedía que le dejasen desembarcar o pasar a otro buque para volver a su país; pero observaba cuidadosamente todo lo que ocurría a su rededor, y exploraba sin cesar el horizonte, esperando siempre ver asomar alguna vela.

La actitud preocupada del capitán, no escapó pues aquel día a su mirada investigadora.

Al mismo tiempo no apartaba la vista del elevado pico que se alzaba majestuoso en el horizonte.

Al cerrar la noche, el capitán dio la órden de parar la máquina y poner a la capa.

Tom se estremeció de alegría.

El viento fue cayendo poco a poco; el mar se levantaba por grados, las olas se coronaban de espuma, y las nubes iban avanzando en grupos cerrados y amenazadores.

—Vamos a tener un famoso chubasco, murmuraban los marineros.

En fin, la noche cerró por completo, y con la noche vino la tempestad.

Una tempestad terrible, espantosa.

El steamer iba de un lado a otro a la ventura, ya en la cima de las encrespadas olas, ya en los hondos abismos que se abrían en el Océano.

Y al mismo tiempo aumentaba la oscuridad.

Tom sabía que la isla de Tenerife se hallaba a lo más a dos leguas de distancia.

En fin, en el momento en que la tempestad estaba en su mayor fuerza, y cuando toda la tripulación ocupada en la maniobra, obedecía como un solo hombre a la voz tonante del capitán, y mientras que los mástiles se plegaban y crujían a la fuerza del viento; una voz dominó todos estos ruidos gritando:

—¡Un hombre al mar!

¿Aquel hombre había caído al agua por accidente, había sido arrebatado por una ola, o es que voluntariamente se arrojara al mar?

Nadie hubiera podido decirlo en aquel momento.

Además, ¿quién era aquel hombre?

¿Era un marinero o un pasajero?

Ni siquiera pensaron en averiguarlo.

Sólo a la mañana siguiente, cuando apareció el día, se fue sosegando la tempestad, y el capitán pudo hacerse cargo de las averías del buque; fue cuando vinieron a decirle que el hombre que había caído al mar era Tom.

El capitán se encogió de hombros.

—El pobre diablo ha querido escaparse, dijo, pero estábamos muy lejos de la costa, y se habrá ahogado.

Y yendo a su camarote, escribió en el libro de bordo:

«Esta noche pasada, en medio de una borrasca bastante fuerte, el nombrado Tom, a quien yo conducía a América, de órden y por cuenta de la Misión evangélica, cuya dirección reside en Londres, ha sido arrebatado de cubierta por una ola, y se ha ahogado.»

Después de esto, el vapor continuó su camino.

El capitán se engañaba. Tom no se había ahogado: Tom era un diestro y vigoroso nadador.

El intrépido Escocés fue por largo tiempo juguete de las olas. Tan pronto levantado por ellas a considerable altura, tan pronto sumido en abismos inconmensurables, había a pesar de ello nadado sin descanso, hasta que tuvo la fortuna de encontrar un trozo de mastelero, procedente de las averías del buque.

Aquel madero flotante fue su tabla de salvación.

Al tropezar con él lo asió fuertemente, y poniéndoselo bajo el pecho, siguió nadando con más seguridad, sino con menos fatiga, y a fuerza de constancia, logró al fin tocar tierra, cuando ya se abandonaba al mar sin aliento.

El compañero de viaje que le había ofrecido un cigarro en el vagón a su salida de Londres, y las personas que se habían apoderado de él aletargado para trasportarlo a bordo del Regente, habían omitido un ligero detalle.

Por olvido o indiferencia, le habían dejado el cinturón de cuero en donde el Escocés guardaba su fortuna; aquel mismo cinturón que no tentara tampoco la codicia de los salvajes de la Oceanía.

De consiguiente, Tom tenía dinero.

Al salir el sol, lo encontró desmayado en la playa, a un tiro de ballesta de la pequeña ciudad de Laguna.

Un pescador que venía a retirar sus redes, destrozadas por la tempestad, le prodigó sus cuidados y lo volvió a la vida.

Tom contó, al recobrar sus sentidos, que iba como pasajero en el vapor británico el Regente, y que una ola le había arrastrado de la cubierta, en la tempestad de la noche anterior.

El pescador lo condujo a Laguna y le dio hospitalidad.

Así como Santa Cruz, la capital de la isla, Laguna posee muchos Ingleses.

Tom se hizo conducir a casa del Cónsul, refirió su pretendido accidente, y pidió una autorización para ser trasportado a Inglaterra.

Para esto le fue necesario esperar que pasase un buque con este destino.

En fin, al cabo de ocho días, un bergantín dinamarqués hizo escala en Santa Cruz.

Aquel bergantín se dirigía al mar del Norte y debía tocar en Newcastle, lo que convenía perfectamente a Tom, pues quería ir a Escocia antes de volver a Londres.

La travesía duró cerca de un mes.

Pero ya había escrito desde Tenerife dos cartas: una a su mujer Betzy, y otra a lord William.

En ellas contaba todo lo que le había sucedido, y les aconsejaba que dejasen la casa de Adam street, que se ocultasen en cualquier otro barrio apartado de Londres, y que no determinasen ni hiciesen nada antes de su vuelta.

Al mismo tiempo les rogaba que le contestasen a Perth, al apartado del correo.

En toda su desastrosa aventura, Tom no había adivinado más que una parte de la verdad.

Estaba en la convicción de que el pasante Edward Cokeries había obrado de buena fe, y creía aún que el amigo que le había escrito de Perth, confirmándole la existencia del teniente Percy era en efecto sir John Murphy, a quien había tratado en otro tiempo.

La asechanza de que había sido víctima, la atribuía a lord Evandale.

Tom desembarcó pues en Escocia, y no se detuvo un momento hasta llegar a Perth.

Su primer cuidado, antes de aposentarse, fue ir a la oficina de correos, donde esperaba encontrar cartas de lord William o de Betzy.

Pero ni uno ni otro le habían escrito.

Entonces corrió en seguida al domicilio del antiguo chalán Murphy; y allí supo, con un asombro difícil de definir, que aquel hombre había dejado a Perth hacía muchos años.

De consiguiente no era él quien le había escrito.

Tom no se desalentó sin embargo.

Sin pensar siquiera en descansar, se puso en seguida en busca del teniente Percy.

Pero todas sus diligencias fueron inútiles.

En ninguno de los barrios de Perth habían oído jamás hablar de aquel hombre ni nadie le había visto.

Entonces recordó Tom, aunque tarde, la incredulidad que manifestara lord William cuando le enseñó el billete anónimo que le indicaba la residencia del teniente Percy en Perth; y reconoció en fin que había obrado a la ligera.

El pobre servidor, humillado y confundido, tomó pues el camino de Londres.

Al llegar a la capital, corrió en seguida a Adam street.

Pero allí lo esperaba una nueva y dolorosa sorpresa.

Lord William y su familia habían desaparecido hacía un mes.

Betzy había partido tras ellos.

¿Adónde habían ido?

Nadie pudo decírselo.

Tom calculó entonces el tiempo trascurrido, y vio que había cerca de tres meses que saliera de Londres.

Pero ya hemos visto que nuestro digno escocés no se desalentaba nunca completamente.

—¡Yo los encontraré! se dijo con resolución.

Y se puso en seguida a la obra.


XLVII

diario de un loco de bedlam.