XXXIII

Tom había llegado a Londres de noche.

A aquella hora, las casas de banca y los escritorios de comercio, así como los gabinetes y oficinas de abogados y procuradores, estaban cerrados.

Así el pobre Tom, aunque devorado de impaciencia, tuvo que esperar al día siguiente.

Aquel día, apenas habían sonado las nueve de la mañana, se hallaba ya en el gabinete de mister Simouns.

El solícitor abrió desmesuradamente los ojos al escucharlo.

—Jamás he tenido ningún pasante llamado Edward Cokeries, le dijo.

—¡Es posible! exclamó el cándido Tom.

—Y en cuanto a lord William y a vuestra mujer, ni siquiera he oído hablar de ellos.

Por lo demás, todo lo que acabáis de contarme, es menos extraordinario de lo que creéis.

Y como al oír estas palabras, se quedase Tom mirándolo estupefacto, Mr. Simouns añadió:

—Debíais haber escuchado mi consejo. Estoy seguro que hubiéramos llegado a una transacción con lord Evandale.

—Pero, ¿quién sabe, exclamó Tom, si a esta hora el miserable no habrá hecho asesinar a su hermano?

—No es probable.

—Sin embargo.......

—¿No decís que lord William, su esposa y sus hijos han desaparecido?

—Sí, respondió Tom.

—¿Y vuestra mujer también?

—Igualmente.

—Pues bien, ya veis que no se asesinan así como quiera cinco personas.

—¿Qué ha sido de ellos entonces?

Mr. Simouns tuvo lástima de la desesperación del pobre escocés.

—Escuchad, le dijo; yo tengo por costumbre el no ocuparme sino de los asuntos de mi profesión: sin embargo, hay tal acento de verdad en vuestras palabras, y estoy ahora tan convencido de que lord William vive, que me decido a tomar mano en vuestra causa y la suya.

No me explicaré más por el momento, pero venid esta tarde, y ya veremos.......

Tom se fue más consolado, y pasó todo el día errando por las calles de Londres, buscando a la ventura y gastando su tiempo inútilmente.

Buscar en Londres una persona que ha desaparecido, es, según el dicho vulgar, como querer hallar una aguja en un montón de paja.

Así anduvo de un lado a otro hasta las seis de la tarde, hora en que tomó la vuelta de la City y se dirigió a la calle de Pater-Noster.

Todos los escribientes se habían ya ido, pero Mr. Simouns esperaba a Tom.

—¿No habéis encontrado nada? le dijo.

—¡Ay! no señor, respondió Tom.

—Entonces yo he sido más dichoso.

Tom lanzó una exclamación de alegría.

—¡Oh, no os alegréis tan pronto, mi pobre Tom! dijo el solícitor.

—¡Pues qué!..... por acaso..... ¿han muerto?

—No, pero han sido víctimas de una maquinación infernal. ¿Sabéis dónde se halla lord William?

—¡Decid!... ¡decid! preguntó con ansiedad el pobre Tom.

—Está en Bedlam.

—¿En un hospital de locos?

—Sí, amigo mío.

Tom levantó las manos al cielo con aire desesperado.

Mr. Simouns añadió:

—Tenemos en Londres un detective muy hábil que se llama Rogers. Algunas veces he empleado a ese hombre con éxito, y estaba seguro de antemano que dirigiéndome a él, llegaría a saber el paradero de lord William y su familia, así como de vuestra mujer.

De consiguiente hice venir a Rogers esta mañana, apenas me dejasteis.

El agente de policía conocía perfectamente el asunto de que le hablaba, y así no me dejó acabar.

—Ese negocio, me dijo, me ha pasado por las manos. No quise encargarme de él, pero puedo deciros todo lo que ha ocurrido sobre el particular.

Y he aquí lo que Rogers me ha contado, prosiguió Mr. Simouns:

Al día siguiente de vuestra partida de Londres, lord William recibió un telegrama firmado por vos.

—¿Por mí? exclamó Tom.

—Un despacho falso, ya lo comprendéis.

—¡Ah!

—En él decíais a lord William: «He encontrado a Percy.—Cokeries irá a veros. Haced lo que os diga.»

Aquel mismo día, Cokeries se presentó a él.

Hizo redactar a lord William, bajo su dictado, un largo pedimento muy difuso, sembrado acá y allá de frases incoherentes, simulando fórmulas judiciales.

Y hecho esto, se comprometió a entregarlo él mismo al fiscal del tribunal supremo.

Dos días después, lord William recibió una carta vuestra.

—¡Pero si yo no he escrito una palabra! exclamó Tom.

—Ya sé que no habéis escrito, pero han imitado vuestra letra de manera a engañar al más experto.

—¿Y qué me hacían decir en esa carta?

—Decíais que Percy estaba enfermo, y que permanecíais a su lado hasta que se restableciese para poder acompañaros a Londres.

—¿Y después? dijo Tom.

—Ocho días después, lord William recibió cita del tribunal mandándole comparecer, bajo el nombre de Walter Bruce, se entiende, en el gabinete del fiscal del Consejo.

Esto despertó en el joven lord alguna esperanza, y partió lleno de alegría.

Llegada la noche, como no hubiese vuelto aún, su esposa y la vuestra empezaron a concebir alguna inquietud, pero no tardaron en recibir una carta, escrita y firmada por lord William.

Pero esta carta era obra de un hábil falsario como la vuestra.

Lord William escribía que el fiscal no había dudado un momento en admitir las pruebas de su identidad, y que había hecho comparecer inmediatamente a lord Evandale.

Que este último, al presentarse y ser confrontado con su hermano, no pudiendo negarse a la evidencia, lo había confesado todo.

Sin embargo, el fiscal había retrocedido ante la enormidad del escándalo y la dura necesidad de hacer comparecer en justicia y acusar a un par del reino, y había instado vivamente para que interviniese una transacción entre los dos hermanos.

Lord William recibiría como compensación una suma de doscientas cincuenta mil libras esterlinas, y la propiedad de un palacio que la familia Pembleton poseía en París, en el faubourg Saint-Honoré, y consentiría en vivir en adelante en Francia.

A esta condición se añadía la de salir de Londres en el acto.

Lord William partía pues para Folkestone, donde iba a esperar a su mujer y a sus hijos.

Al mismo tiempo rogaba a Betzy que fuera a Perth a reunirse con Tom, que le noticiase la transacción que había tenido lugar, y que, volviendo con él a Londres, arreglasen sus asuntos, y salieran después para Francia.

La esposa de lord William no dudó un momento de la autenticidad de esta carta.

En ella venía adjunto un billete de cien libras, y así no le fue difícil hacer al día siguiente sus preparativos, y partir por el tren correo de las ocho de la noche, en el railway del Sur.

Desde ese momento no se la ha vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hijos.

—Pero, ¿y lord William? dijo Tom, ¿qué ha sido de él?

—El extraño escrito presentado en su nombre al tribunal, sólo ha servido para hacer dudar de su razón.

—¡Ah!

—Al mismo tiempo ha recibido una queja de lord Evandale, que reclamaba la acción de la justicia contra un antiguo deportado, que tomaba el nombre de su difunto hermano, y le perseguía con reclamaciones absurdas.

De consiguiente, mientras que mistress Bruce se dirigía a toda prisa a Folkestone, donde creía encontrarlo, lord William se hallaba sometido al examen de dos médicos, los cuales no titubearon en declarar de una manera unánime que estaba loco.

—¿Y..... entonces? preguntó Tom temblando.

—Entonces, ya os lo he dicho, lo han encerrado en Bedlam, donde se halla todavía.

—Pero, ¿y mi mujer?.....

—Vuestra mujer salió para Escocia el mismo día.

Iba en el vagón destinado para las señoras, y al llegar a la segunda estación, una anciana de aspecto muy respetable, se quejó en alta voz pretendiendo que la habían robado.

Todas las demás viajeras rechazaron indignadas esta imputación, pero los empleados del ferrocarril, cumpliendo con su deber, hicieron venir a un inspector de policía.

Registraron a todas las que ocupaban el vagón, y se encontró en la faltriquera de Betzy el bolsillo de la señora robada.

Betzy protestó en vano: fue presa, y la condujeron a la cárcel de la villa inmediata.

Tom, al oír esto, tuvo un acceso de desesperación.

—¡Oh! exclamó, estamos perdidos!

—No, todavía no, dijo Mr. Simouns con su flema británica.

Tom se quedó mirándolo con ansiedad.


XLVIII

diario de un loco de bedlam.