XXXIV
Mr. Simouns pareció recogerse algunos instantes.
Tom lo miraba con ansiedad y, por decirlo así, suspendido a sus labios.
En fin, el solícitor levantó la cabeza y fijándose en su interlocutor, prosiguió:
—Según me dejáis dicho, amigo mío, habéis buscado al teniente Percy por todas partes.
—¡Ay! sí, señor; y todo me hace creer que ha muerto.
—Os engañáis.
—¿Creéis que vive aún? exclamó Tom vivamente.
—Tengo la certeza.
—¡Ah!
—Y la prueba.
Tom sintió renacer en su corazón la esperanza.
—Escuchad, prosiguió Mr. Simouns; mientras que vos corríais de un lado a otro en busca de ese hombre, yo lo buscaba también.
—¿Y lo habéis encontrado?
—El teniente Percy vive todavía, y no solamente no está ciego ni enfermo, sino que goza de todas sus facultades.
—¿Y reside en Londres?
—Sí.
Y diciendo esto, Mr. Simouns tiró del cordón de una campanilla.
A los pocos instantes se presentó uno de sus escribientes.
—Tomad mi carruaje, le dijo Mr. Simouns, y corred a Dover-Hill. Ya conocéis al hombre que vino con vos ayer. Conducidlo aquí al instante.
El pasante partió de seguida.
Entonces Mr. Simouns añadió:
—Hace poco, os abandonabais a la desesperación, amigo mío. El exceso en todo, no es cosa razonable: así, no vayáis ahora a entregaros a una inmoderada alegría.
—Sin embargo.....
—Escuchadme hasta el fin. El teniente Percy está en efecto en Londres: hablará cuando sea requerido, mediante una suma de dinero que he prometido entregarle. Hará más aún.
—¿Qué?
—Hará intervenir a los dos capataces que le acompañaban y que fueron cómplices en la sustitución de lord William por el cadáver de un forzado.
—¡Oh! pero entonces...... exclamó Tom gozoso.
—Esperad. Esos tres hombres han dejado el servicio y tienen hoy una modesta posición. Pero luego que hayan declarado, no solamente perderán su pensión de retiro, sino que caerán además en manos de la justicia.
—¡Ah! repuso Tom.
—Y serán, por lo menos, condenados a la deportación.
—Pero ante esa perspectiva, ¿cómo podéis creer que se atrevan a declarar la verdad? observó Tom, que había recobrado poco a poco su sangre fría.
—He encontrado el medio de hacerles hablar y de sustraerlos al rigor de la ley.
—¿Qué medio es ese? preguntó Tom.
—En primer lugar daremos a cada uno de ellos mil quinientas libros esterlinas; que es el precio que han puesto a sus revelaciones.
—Bien.
—En seguida dejarán la Inglaterra, pasarán el estrecho y se establecerán en Francia. No tienen que temer la extradición, pues no se halla establecida para esa clase de crímenes.
—Pero, en ese caso, no dirán nada.....
—Al contrario, declararán con entera libertad.
Tom no acertaba a comprender lo que oía.
—Una vez en París, prosiguió el solícitor, se presentarán al embajador británico y le revelarán el misterioso crímen de Pembleton: añadirán además ciertos detalles relativos al alcaide de la cárcel de Perth, que ejerce aún hoy día sus funciones, y que ha sido el más culpable en todo ese negocio.
Ese hombre, cogido de improviso, lo confesará todo.
—Pero entonces, dijo Tom, será condenado.
—¡Ya lo creo!... y con harta justicia. Ha sido el más culpable, os lo repito, pues él fue quien sirvió de intermediario entre el teniente y los capataces que conducían la cadena y el supuesto Indio Nizam.
—Entonces el pleito está ganado de antemano, dijo Tom gozoso.
—¡Oh! todavía no, repuso Mr. Simouns.
—Sin embargo.....
—Esperad, añadió el jurisperito. En Inglaterra, toda vez que un interés privado está en juego, la justicia no persigue directamente.
—Pues bien, dijo Tom, nosotros perseguiremos.
—Sí, pero olvidáis que lord Evandale es hoy un hombre poderoso, y que tendrá acaso más partidarios que enemigos, el día en que se le obligue a comparecer en justicia.
—¿Qué importa, si podemos presentar las pruebas auténticas de su infamia?
—Todo lo que queráis, respondió Mr. Simouns; pero así como hay abogados dispuestos a defender el pro, se encuentran muchos para defender el contra. ¿Y quién nos dice que el juez que ha hecho encerrar a lord William como loco, querrá desmentir su opinión?—¿Quién nos asegura que la justicia inglesa osará dar publicidad a semejante escándalo?
Tom bajó la cabeza y quedó un momento en silencio.
—Pero entonces, dijo en fin, ¿de qué sirven las declaraciones del teniente Percy y de sus cómplices?
—Servirán al menos, respondió el solícitor, para obtener una transacción.
—¿Cuál?
—La misma que nuestros adversarios proponían en la carta apócrifa atribuida a lord William.
—¿Doscientas cincuenta mil libras esterlinas?
—Sí, y el palacio Pembleton del faubourg Saint-Honoré en París.
—Pero, ¿cómo conseguiremos eso?
—Armados con esas declaraciones legalizadas en regla, iremos a ver a lord Evandale, vos y yo.
—Bueno, ¿y después?
—Lord Evandale vacilará ante el temor de un pleito escandaloso, y comprenderá que le conviene una transacción. Una palabra suya basta para que pongan a lord William en libertad.
—¿Y luego?
—Lord William dejará la Inglaterra, irá a París, y allí tendrá lugar el cambio.
—¿Qué cambio?
—El de las doscientas cincuenta mil libras y los títulos de propiedad del palacio Pembleton, contra la declaración del teniente Percy y de sus cómplices, legalizada por la embajada inglesa.
Tom movió la cabeza con desaliento. No estaba enteramente convencido, y le parecía demasiado duro el que lord William abandonase así sus derechos por un interés material, por considerable que fuese.
Además, su responsabilidad como mediador, le pesaba sobre la conciencia.
Mr. Simouns, viendo su indecisión, añadió:
—Reflexionad en todas las dificultades y retardos de un pleito semejante. No conocéis, amigo mío, todas las imperfecciones de nuestra legislación.
—Es verdad.
—Los trámites de ese pleito pueden hacerse durar muchísimos años.
—Y bien, ¿qué importa, si conseguimos el objeto?
—Y durante ese tiempo, continuó Mr. Simouns, la esposa y los hijos de lord William vivirán en la más profunda miseria, y él, encerrado en una casa de locos, acabará por perder la razón.
Este último argumento triunfó en fin de los escrúpulos del honrado escocés.
—Y en fin, dijo para terminar Mr. Simouns, no os ocultaré que si no tengo inconveniente en adelantar siete u ocho mil libras para este negocio, no será lo mismo si se trata de una suma más considerable, y para sostener el pleito, se necesitan al menos veinte y cinco mil libras.
—Pues bien, dijo Tom, sea como queráis.
—¡Perfectamente! respondió Mr. Simouns.
En este momento se abrió la puerta del gabinete y se presentó el teniente Percy.
Tom lo examinó con curiosidad.
Era un hombre joven aún y vigoroso, y que parecía dotado de una gran energía.
—El señor y yo hemos quedado de acuerdo sobre lo convenido ayer con vos, le dijo Mr. Simouns señalando al antiguo mayordomo de Pembleton.
El teniente se inclinó volviéndose a Tom.
—Esta noche saldréis para París, prosiguió el solícitor.
—Como gustéis, Mr. Simouns.
—He aquí quinientas libras esterlinas para vos y vuestros compañeros. El resto os será entregado en París, tan luego como firméis en la embajada.
Y diciendo esto le dio un cupón del Banco, de quinientas libras, que el teniente Percy se metió tranquilamente en el bolsillo.
XLIX
diario de un loco de bedlam.