XXXV

—Id inmediatamente a hacer vuestros preparativos de partida, dijo aun Mr. Simouns al teniente Percy. Tan luego como lleguéis a París, me enviaréis un despacho indicándome las señas de la posada que hayáis tomado, vos y vuestros compañeros.

—¿Debemos presentarnos de seguida en la embajada?

—No; permaneceréis allí sin dar el menor paso, hasta la llegada del señor a París, repuso el solícitor señalando a Tom. Él vos indicará lo que debéis hacer.

El teniente se levantó y salió del gabinete.

Entonces, apenas quedaron solos, Tom dijo a Mr. Simouns:

—¿Y mi pobre mujer que está en la cárcel?

—La haremos salir antes de ocho días.

—¿Cómo?

—Yo la haré poner en libertad bajo caución.

—¡Ah! bien, dijo Tom, pero si después deja la Inglaterra, como hemos convenido, se perderá la fianza.

—Añadiremos esa suma a los gastos generales que deberá reembolsarme lord William.

Tom quedó pensativo por algunos instantes, y después de un corto silencio añadió:

—Pero, ¿no me habéis también dicho que la señora y los hijos de lord William habían desaparecido?

—Sí.

—¿Les habrá sucedido acaso alguna desgracia?

—Mucho lo temo; y sin embargo.....

—¿Qué? preguntó vivamente Tom.

—Hoy estoy casi tranquilo sobre el particular.

—¿Cómo pues?

—He enviado en su busca al detective de que os he hablado.

—¡Ah!

—Y esta mañana precisamente me ha enviado un telegrama desde Brighton.

—¿Y qué dice?

—Ved por vos mismo.

Y Mr. Simouns tomó un papel de su bufete y lo presentó a Tom.

Este leyó:

«A Mr. Simouns, Pater-Noster street, London.

Esperad con confianza. Creo haber hallado la huella de lo que buscamos.

Rogers.»

—Así, creéis que logrará encontrarlos.....

—Estoy seguro.

—Muy bien, dijo Tom levantándose. Volveré mañana.

—¡Oh! no, repuso Mr. Simouns, no conviene que volváis aquí.

—¿Por qué?

—Porque nuestros adversarios os creen muerto, y no deben saber que vivís hasta el día en que estéis armado con el testimonio escrito de los cómplices de lord Evandale. Ahora bien, si venís aquí con frecuencia, podéis ser visto y reconocido.

¿Dónde os habéis alojado?

—En ninguna parte aún.

—Pues bien es necesario buscar un barrio extraviado; por ejemplo en el East-End, por el lado de Mail en Road.

—¿Bueno; pero ¿cuándo saldré para París?

—Tan pronto como tengamos noticias positivas de mistress Bruce y de sus hijos.

—¿Y a lord William, no lo volveré a ver antes de partir?

—Es imposible. En primer lugar no se penetra fácilmente en Bedlam.

—¡Oh! el rigor no es tan grande, puesto que se puede obtener un permiso.

—Sí, pero cuando llegue a saberse que una persona ha visitado a Walter Bruce, las sospechas recaerán inmediatamente sobre vos, y, os lo repito, debéis estar muerto para lord Evandale hasta que llegue el momento decisivo.

Tom se inclinó no encontrando qué responder.

—Pero, a vos... ¿os veré? dijo.

—Mañana, entre diez y once, respondió el solícitor, pasaré en carruaje por Mail en Road. A la altura del work-house, me detendré y echaré pie a tierra. Hallaos por allí.

—Muy bien, dijo Tom.

Y partió de seguida, teniendo buen cuidado de salir de la casa furtivamente, y de encubrirse lo mejor que pudo hasta estar fuera de la City.

Inmediatamente, siguiendo el consejo de Mr. Simouns, fue a buscar habitación cerca de Mail en Road.

No le fue difícil hallar posada por aquel sitio, y a la mañana siguiente, a la hora convenida, se hallaba delante del work-house, paseándose por la acera y espiando todos los carruajes que pasaban.

En fin, uno de ellos se detuvo, y un hombre bajó de él.

Aquel hombre era el solícitor.

—¡Albricias! amigo Tom, dijo acercándose a este. Se ha encontrado a mistress Bruce.

Tom dejó escapar una exclamación de alegría.

—Tomad, dijo Mr. Simouns, leed.

Y le entregó una carta abierta.

Esta carta era del detective Rogers.

«Muy señor mío;—escribía el agente de policía:—he preferido haceros esperar algunas horas y confiar mi misiva el correo, en vez de emplear el medio lacónico y poco reservado del telégrafo.

»Os escribo esta carta en la casa misma de mistress Bruce.

»La pobre señora no sabe absolutamente nada. A estas horas cree todavía que su esposo se halla en París.

»Voy a referiros en pocas palabras todo lo que le ha sucedido.

»Ya sabéis que salió de Londres, hace tres meses, para ir a reunirse con su marido en Folkestone.

»En la supuesta carta de Mr. Bruce, que motivó esta partida, habían imitado tan maravillosamente su letra, que ella no pudo sospechar lo más mínimo.

»Un hombre la esperaba en la estación de Folkestone.

»Pero, como podéis muy bien imaginar, aquel hombre no era Mr. Bruce, sino un gentleman que decía venir de su parte.

»Como prueba de ello, la presentó otra carta, firmada también Walter Bruce, que su señora creyó igualmente auténtica.

»En ella decía Mr. Bruce que a causa del cambio de ciertas combinaciones, se veía obligado a partir solo para París, donde ella iría a reunírsele, previo aviso, dentro de algunas semanas. De consiguiente la rogaba que aceptase sin reserva alguna los servicios de aquel gentleman, que gozaba de toda su confianza, y a quien había dado sus instrucciones.

»Mistress Bruce dio crédito a esta segunda carta, como lo había dado a la primera, y no titubeó en seguir al gentleman, que la condujo a Brighton, y la instaló en la casita de campo donde la he encontrado esta mañana.

»Cada quince días recibe una supuesta carta de su marido, el cual retarda siempre su ida a París, bajo diferentes pretextos.

»En cada una de esas cartas viene además adjunta una suma de dinero.

»Yo no he creído deber desengañar a mistress Bruce. Me he limitado a decirla que venía de vuesta parte, pues ella sabe que os ocupáis de una transacción entre su esposo y lord Evandale.

»Creo, salvo vuestro parecer, que sería bueno no decirla nada, hasta que esa transacción se lleve a cabo y que Mr. Bruce haya sido puesto en libertad.

»De todos modos, espera vuestras órdenes

»Vuestro seguro servidor
Rogers.»

Tom devolvió esta carta al solícitor, y le dijo:

—¿Y qué habéis resuelto?

—He enviado un telegrama a Rogers, diciéndole solamente:

«Habéis hecho bien. No digáis nada.»

—Bien. ¿Y qué vamos a hacer ahora?

—Vos, saldréis para París hoy mismo. Aquí tenéis una carta de crédito sobre la casa Shamphry y Compa., calle de la Victoria.

—Permitidme aún una pregunta, Mr. Simouns, dijo Tom tomando la carta.

—¿Qué es ello? preguntó el solícitor.

—¿Sabe algo lord William de todas nuestras negociaciones?

—Absolutamente nada.

—Debe hallarse en estado de completa desesperación.

—Sin duda. Pero más vale no decirle nada aún.

—¿Por qué?

—Porque podríamos despertar las sospechas de lord Evandale.

—Tenéis razón. Pero obremos con la mayor celeridad a fin de abreviar su martirio.

—Eso es, repuso Mr. Simouns. Así, ¿vais a partir hoy mismo?

—Sí, señor.

—De ese modo llegaréis a París mañana por la mañana: sin perder un minuto, os pondréis en seguida en relación con el teniente Percy.

—¿Dónde lo hallaré?

—Acaba de enviarme un despacho noticiándome que se ha alojado con sus compañeros en el hotel de Champaña, calle Montmartre.

—Bien.

—Al punto los llevaréis a la embajada. Y tan luego como hayan prestado declaración, y esta se halle legalizada en regla, me escribiréis cuatro líneas.

—¿Y después?

—¡Toma! después, iré a ver a lord Evandale.

Tom se inclinó y saludó a Mr. Simouns, que se volvió a su carruaje.

Una hora después, tomaba Tom el tren correo del Sud-Railway y estaba en camino para París.

Cuarenta y ocho horas más tarde, Mr. Simouns recibía el despacho telegráfico siguiente:

«Declaración prestada. Embajador convencido. Pieza legalizada.

»Salida de París esta noche. Mañana en Londres.

Tom.»

—¡Eh!... eh! murmuró Mr. Simouns, empiezo a creer que lord Evandale hará bien en transigir.


L

diario de un loco de bedlam.