XXXVI

Ocho días habían trascurrido después de la salida de Tom para Francia, y en la mañana del octavo se hallaba de vuelta en Londres.

Dos personas le esperaban en la estación, Mr. Simouns y Betzy.

Betzy, puesta en libertad bajo caución, había vuelto también a la capital, y esperaba con ansiedad a su marido.

Este venía radiante de alegría.

Traía una declaración en regla, firmada por el teniente Percy y los dos capataces o cabos de presidio; y este documento, legalizado por el cónsul inglés, estaba visado por la embajada.

—Ahora, dijo Mr. Simouns, podemos entrar en campaña. Voy a escribir a Mr. Evandale pidiéndole una entrevista.

Tom, que había pasado la noche en camino de hierro, tomó algunas horas de reposo, y a las dos de la tarde, según habían convenido, fue a buscar a Mr. Simouns en un cab.

Apenas reunidos, ambos se dirigieron al West-End.

—Me parece, dijo Mr. Simouns cuando llegaron a la puerta de lord Evandale, que es inútil, al menos por el momento, el que entréis conmigo.

—¿Por qué? preguntó Tom.

—Porque temo que se os escape un movimiento de indignación, a vista de lord Evandale, y que esto comprometa el éxito de nuestra negociación. Si tengo necesidad de vos, os haré llamar.

—Sea como queráis, respondió Tom.

Mr. Simouns entró pues solo en casa de lord Evandale.

El noble personaje le esperaba en su gabinete. No había podido adivinar lo que el solícitor podía tener que decirle; pero como este se había ocupado largo tiempo de los negocios de la familia Pembleton, supuso que lo traía alguna cuestión de interés.

Lo recibió pues cordialmente y aun le invitó a tomar asiento, pero el solícitor permaneció de pie.

—¿De qué se trata pues, mister Simouns? preguntó lord Evandale.

—Milord, respondió aquel, me presento como procurador del hermano de Vuestra Señoría.

—¿Qué hermano? dijo lord Evandale riéndose.

—Vuestro hermano mayor, lord William Pembleton, repuso Mr. Simouns gravemente.

—Señor procurador, dijo lord Evandale, mi hermano ha muerto hace cerca de diez años.

—Eso es lo que cree todo el mundo.

—Y esa es la verdad, señor mío.

—Milord, dijo fríamente Mr. Simouns, hay otros dos hombres que todo el mundo cree también muertos, y que viven sin embargo.

—¡Ah!

—El primero se llama Tom.

Lord Evandale no pudo ocultar un ligero estremecimiento.

—¿Y..... el segundo? dijo.

—El segundo es Percy, el teniente de presidio.

—Yo no conozco a ese hombre.

—Sin embargo, añadió Mr. Simouns, siempre impasible, él fue quien ayudó a sir Jorge Pembleton, vuestro padre, a sustituir el cadáver del forzado Walter Bruce al cuerpo de lord William aletargado.

—¡Ah! muy bien! dijo lord Evandale, puesto que os creéis tan al corriente en todos esos supuestos misterios de familia, voy a poneros en la verdadera vía, para que salgáis de vuestro error.

—Veamos pues, milord.

—Hay un astuto bandido, prosiguió lord Evandale, que se llama en efecto Walter Bruce, el cual ha imaginado, para sacarme algún dinero, hacerse pasar por lord William, mi desgraciado hermano, que ha muerto de la picadura de un reptil.

—¿Y..... ese bandido?.....

—Me he contentado con denunciarlo a la justicia.

—Conozco ese detalle.

—Y creo que la justicia, dando prueba de una indulgencia sin igual, se ha contentado con encerrarlo en Bedlam.

—¿Estáis seguro de ello, milord?

—¡Oh! no diré que esté absolutamente seguro!.....

—Pero ese hombre tiene mujer..... hijos.....

—Es posible.

—¿Y es por órden vuestra?.....

—¡Ah! ¿qué es esto? exclamó lord Evandale con altivez; ¡se me figura que os permitís interrogarme!

—No es mi intención, milord, repuso Mr. Simouns con firmeza, el faltar a la consideración debida a vuestra clase, pero me es necesario probaros que estoy más al corriente de este negocio de lo que creéis.

—En hora buena, hablad.....

—Un día, hará de esto tres meses, la esposa de Walter Bruce,—llamémosle así por la forma,—recibió una carta de su marido... es decir una carta apócrifa en la que se trataba de una transacción.

—¿Con quién?

—Con vos, milord.

—¡Ah! veamos.

—Lord William consentía a no reclamar en justicia su nombre ni su título, y a dejar la Inglaterra; en cambio de la oferta que se le había hecho de una suma de doscientas cincuenta mil libras y el palacio Pembleton de París.

—Muy bien, ¿y qué?

—Esa transacción era razonable,—bajo el punto de vista del honor y consideración de la familia,—y yo vengo, milord, a proponerla a mi vez.

Y diciendo esto, Mr. Simouns sacó del bolsillo un papel, lo extendió sobre la mesa y añadió:

—Cuando Vuestra Señoría haya tomado conocimiento de esta declaración jurídica, creo que no vacilará......

Lord Evandale tomó el papel y lo leyó.

Mr. Simouns, que lo observaba a hurtadillas, lo vio palidecer a medida que leía.

En fin el noble lord, al acabar la lectura, tuvo un movimiento de cólera y estrujó el papel entre las manos.

—¡Oh! dijo tranquilamente Mr. Simouns, podéis desgarrar ese documento y hasta echarlo al fuego, si así os place, milord. No es más que una copia. La pieza auténtica, legalizada por la embajada británica, se halla bajo llave en mi gabinete.

Lord Evandale pareció reflexionar algunos instantes.

—Pues bien, dijo en fin, si yo consiento en lo que me pedís, ¿cuál será mi garantía?

—Se os entregará el original de la copia que acabáis de leer, y que es la sola pieza importante del pleito que intentamos sostener.

—Muy bien. Pero Walter Bruce está en Bedlam.....

—¡Oh! es tan fácil para Vuestra Señoría el hacerlo salir!

—¿Lo creéis así?

—Vuestra Señoría no tiene más que escribir dos líneas al lord presidente, y Walter Bruce será puesto en libertad.

—¿Y partirá de Londres?

—Inmediatamente.

—¿Y en cambio de mi casa de París y de las doscientas cincuenta mil libras, se me entregará esa declaración?

—Milord, dijo Mr. Simouns, soy un hombre conocido en Londres por mi probidad. Jamás he dado mi palabra sin cumplirla.

—Está bien, dijo lord Evandale. Mañana a esta hora, pasaré por vuestra casa, y concluiremos este negocio tal como lo deseáis.

Mr. Simouns saludó a lord Evandale y se retiró sin más palabra.

Tom había permanecido en el carruaje.

—En fin, amigo mío, dijo al incorporarse con él Mr. Simouns, la causa está ganada.

—¿Consiente en todo?

—En todo absolutamente.

—¿Y lord William saldrá de Bedlam?

—Mañana será puesto en libertad. Por lo demás, venid mañana a las dos a mi gabinete. A esa hora todo estará concluido.

Tom y Mr. Simouns se separaron en Leicester-square.

El solícitor se volvió a su oficina, y el buen escocés fue a reunirse con Betzy, que había tomado un modesto cuarto amueblado en Drury-Lane.

Todo Inglés de pura raza que tiene un motivo fundado de alegría, acostumbra a dar gracias a la Providencia con el vaso en la mano.

Tom veía al fin coronados sus esfuerzos; así pasó todo el resto del día con Betzy, y corrieron de taberna en taberna hasta la media noche, bebiendo porter, sherry, gin y aguardiente, anegando por completo su regocijo.

A media noche se acostaron completamente borrachos.

Sin embargo, la mañana siguiente, Tom se levantó como de costumbre, enteramente despejado y con toda su lucidez de espíritu.

Toda la mañana la pasó lleno de impaciencia.

En fin, cuando dieron las dos, salió a toda prisa, tomó un cab, y se hizo conducir a Pater-Noster Street.

Pero en el momento en que entraba en esta calle, ordinariamente tranquila, vio una multitud compacta que obstruía el paso a la casa de Mr. Simouns.

Tom bajó del carruaje y se aproximó vivamente.

La multitud estaba silenciosa y parecía consternada.

Tom quiso penetrar por medio de ella y abrirse paso hasta la puerta gritando: ¡Plaza! plaza!; pero no lo pudo conseguir a pesar de todos sus esfuerzos.

—¿Qué es esto? dijo entonces encarándose con un rough que se hallaba a su paso, ¿qué sucede aquí?

—Ha sucedido una gran desgracia, respondió aquel hombre del pueblo.

Tom se estremeció de pies a cabeza y sintió un sudor frío inundar de pronto su frente.


LI

diario de un loco de bedlam.