XXXVII
—Pero, ¿qué ha sucedido? preguntó Tom con ansiedad.
—Una gran desgracia, caballero.
—¿Qué desgracia?
—Mr. Simouns ha muerto.
Tom dejó escapar un grito.
En aquel momento un joven se abrió paso entre la multitud y se acercó a Tom.
Este lo reconoció al punto.
Era aquel mismo pasante de Mr. Simouns, que el solícitor había enviado a buscar al teniente Percy algunos días antes.
—¡Ah! señor Tom! exclamó el joven con los ojos arrasados en lágrimas, ¡qué desgracia! señor Tom, que desgracia!
Tom se había quedado como estúpido.
—Pero... ¡es imposible! dijo en fin.
—¡Oh! eso es lo mismo que yo decía, señor Tom; yo no quería creerlo hace una hora..... Pero lo he visto muerto, bien muerto.
Y entonces el pasante contó a Tom que Mr. Simouns había vuelto a su casa la noche anterior, como de costumbre, en perfecta salud y de muy buen humor.
Que había cenado como todas las noches, y se había metido en la cama un poco antes de las doce.
La mañana siguiente, a eso de las ocho, viendo que tardaba en llamar a su ayuda de cámara, mistress Simouns se inquietó un poco y fue a tocar a su puerta.
Pero, como nadie le respondiese, abrió y entró.
Mr. Simouns se hallaba extendido en la cama, y estaba muerto.
Un médico, llamado a toda prisa, había declarado que el solícitor acababa de sucumbir a una congestión cerebral, determinada por una causa desconocida.
Durante este relato del pasante, Tom hizo grandes esfuerzos para conservar su serenidad y recobrar toda su energía.
—Pero, dijo en fin, ¿es aquí donde ha muerto?
—No, señor; ha muerto en su domicilio, fuera de Londres.
Entonces, ¿por qué hay aquí esa aglomeración de gente?
—Porque la justicia está arriba.
—¡La justicia!... ¿Qué viene a hacer aquí?
—Viene a sellar y poner en secuestro los papeles de Mr. Simouns.
Esta respuesta fue un nuevo golpe para el pobre Tom.
Entre los papeles de Mr. Simouns se encontraba seguramente la famosa declaración del teniente Percy y consortes, visada por la embajada de París, único documento por cuyo medio podía obligarse a transigir a lord Evandale.
Y Tom conocía la marcha lenta y tortuosa de la justicia inglesa. Sabía que una vez puesto un secuestro, había para un tiempo indefinido.
Después de penosos esfuerzos, acabó por abrirse paso y entró en la casa siguiendo de cerca al pasante.
El gabinete del solícitor estaba ya cerrado y habían puesto los sellos en la puerta.
En tanto, las dos de la tarde habían pasado hacía tiempo, y lord Evandale no parecía.
Tom permaneció toda la tarde errando de un lado a otro por la calle de Pater-Noster.
Esperaba ver llegar a lord Evandale según había prometido el día anterior, puesto que no debía conocer todavía la muerte del solícitor; pero lord Evandale no pareció por aquellos parajes.
De entonces Tom supo ya a qué atenerse.
Mr. Simouns no había muerto de muerte natural.
Lo había herido la misma mano misteriosa que dirigía la infernal intriga en que se hallaban envueltos lord William y todos los suyos.
¡Y Tom se encontraba solo en adelante para combatir con semejantes adversarios!.....
Pero ya lo hemos visto, el honrado escocés estaba dotado de una energía a toda prueba. Jamás se desalentaba completamente, y tenía la paciencia y la tenacidad de los cazadores americanos.
Esperó quince días, prudentemente escondido con Betzy, en uno de los barrios extremos de Londres, y de allí espiaba sin embargo todo lo que convenía a los planes de su conducta futura.
Al cabo de ese tiempo, el gabinete de Mr. Simouns volvió a emprender sus trabajos.
El mismo pasante que había noticiado a Tom la muerte de su principal, y que era su oficial mayor, fue nombrado solícitor, por providencia ministerial, en el oficio vacante de Mr. Simouns.
Tom fue a verlo de seguida.
El nuevo procurador estaba al corriente del negocio y sabía la marcha que había seguido hasta el día.
—Mr. Simouns ha muerto, dijo; pero yo ocupo su lugar y continuaré su obra. Estoy próximo a obtener que se levante el secuestro, y tan luego como hayamos encontrado la famosa declaración que nos sirve de base en este negocio, obligaremos a lord Evandale a que termine la transacción.
Al cabo de ocho días, el nuevo solícitor obtuvo que se levantaran los sellos.
Pero ¡ay! aquí esperaba a Tom un nuevo desengaño, más cruel, más terrible que todos los que ya había sufrido.
Levantado el secuestro, se procedió a un minucioso examen, pero fue en vano el registrar todos los papeles de Mr. Simouns; la famosa pieza había desaparecido.
Una mano criminal la había sustraído sin duda, el día de la visita judicial en el gabinete de Pater-Noster street.
El nuevo solícitor no se desalentó sin embargo.
Cuando estuvo bien convencido de la desaparición de aquel documento, tomó inmediatamente su partido, y dijo a Tom:
—El teniente Percy continúa en París, ¿no es verdad?
—Así lo creo.
—Pues bien, es necesario ir a París, y obtener de ese hombre una nueva declaración, aun cuando sea a fuerza de dinero.
El honrado Tom, siempre animoso e infatigable, partió de seguida.
Al día siguiente llegaba a París y corría al domicilio del teniente.
Aquí nuevo golpe y nuevo desengaño.
El teniente había desaparecido de París hacía ocho días, sin que nadie supiese su paradero.
Tom buscó entonces a los dos antiguos cabos de presidio, pero también los buscó en vano.
Ni la policía de París, ni la embajada inglesa pudieron averiguar el paradero de aquellos individuos.
Entonces Tom, fuera de sí de cólera y de dolor, exclamó:
—¡Pues bien! Ya que no hay que contar con la justicia..... yo la tomaré por mi mano.
Y partió precipitadamente para Londres.
La misma noche en que Tom se hallaba de vuelta en la capital, lord Evandale, que había asistido a la sesión de la Cámara alta, salió bien tarde del Parlamento.
Era cerca de media noche.
En vez de entrar en el carruaje y de retirarse a su casa, lord Evandale despidió a sus lacayos, y se dirigió a pie a Pall-Mall, donde estaba su club.
El noble personaje pasó allí una parte de la noche jugando al faraón.
Las alternativas de ese juego violento, en el que se puede perder en pocas horas una fortuna, parecieron interesarle bastante, pues eran más de las tres de la mañana cuando se decidió al fin a retirarse.
—¡Cómo! milord, le dijo el baronet sir Carlos M...... ¿os vais a pie a estas horas?
—Sí por cierto, respondió lord Evandale.
—¿No teméis a los estranguladores?
—¡Bah! jamás ha habido estranguladores en Londres.
—¡Oh! ¿Os burláis?
—No temo nada, ni a nadie, querido, añadió lord Evandale.
Y partió riéndose con fatuidad.
Alejose del club con paso rápido, y cuando se hallaba ya a cierta distancia, le pareció oír andar detrás de él.
Volviose y vio un hombre que le seguía.
Entonces lord Evandale apresuró el paso.
El hombre que iba tras él hizo lo mismo, y así llegaron ambos en pocos momentos a Trafalgar-square.
Al pie de la estatua de Nelson, lord Evandale, que se vio perseguido de cerca, se detuvo y se volvió bruscamente.
Entonces el desconocido llegó a él.
—Dos palabras, milord, dijo aquel hombre.
Lord Evandale, al oír aquella voz, sintió un terror vago apoderarse de su espíritu.
—¿Qué me queréis? preguntó.
El desconocido dio un paso más hacia él.
—¿No me reconocéis, milord?
—No, dijo secamente lord Evandale.
—Me llamo Tom.
—¡Ah! ¿y qué?
—Vengo a preguntaros si estáis dispuesto a devolver en fin la libertad a lord William.
Lord Evandale se echó a reír.
—¿Estáis loco? dijo.
—¡Milord! repuso Tom temblando de furor, cuidado con lo que decís!
—¡Atrás! dijo lord Evandale.
Y viendo a dos policemen a cierta distancia, los llamó en su ayuda.
—El socorro llegará tarde, dijo Tom.
Y sacando un largo puñal del bolsillo, lo hundió hasta la guarda en el pecho de lord Evandale, que cayó arrojando un grito.
Los agentes de policía llegaron en aquel punto y se apoderaron de Tom.
Pero lord Evandale se agitaba con las convulsiones de la agonía, y lord William estaba vengado.
LII
diario de un loco de bedlam.