XXXVIII

Betzy estaba sin duda en el secreto de los proyectos de su marido y no se había opuesto en ningún modo a su resolución, puesto que no manifestó la menor inquietud al no verlo volver aquella noche.

Al día siguiente se fue a rondar por los alrededores del palacio Pembleton.

El patio de entrada estaba lleno de gente.

Betzy se metió poco a poco entre la multitud y escuchó lo que decían.

Allí contaban, con interminables comentarios, que el noble lord había sido asesinado al atravesar Trafalgar-square, a las cuatro de la mañana.

¿Por quién?

Según algunos, el asesino era un fenian.

Lord Evandale había pronunciado dos días antes en la Cámara alta un discurso muy violento contra la Irlanda.

Según otros, el crímen había tenido por móvil el robo.

Y nadie pronunciaba el nombre de Tom.

Pero como todos estaban de acuerdo sobre la prisión del asesino, Betzy supo a qué atenerse sobre la suerte de Tom.

Betzy era una mujer animosa.

—Tom está preso, se dijo, pero, ¿qué importa? Suceda lo que quiera, yo continuaré su obra.

La pobre mujer basaba su resolución en engañosas ilusiones.

Pensaba que, una vez lord Evandale muerto, lady Pembleton se acordaría de que había amado a lord William, y que se apresuraría a consentir en la transacción.

Con esta esperanza, aguardó pacientemente algunos días.

Los funerales del difunto tuvieron lugar con gran pompa. Los periódicos se ocuparon de ellos, así como se habían ocupado de la muerte del noble personaje, cuyas virtudes y cualidades ensalzaron hasta las nubes. Pero ninguno de ellos habló de las antiguas relaciones del asesino con la víctima.

Al cabo de ocho días, Betzy se presentó en el palacio Pembleton solicitando una audiencia de la viuda.

Lady Anna consintió en recibirla.

Betzy abordó la cuestión desde luego, y, sin otros preámbulos ni rodeos, la dijo:

—El miserable que había abusado de vuestra confianza, milady, ha expiado su crímen. ¿Rehusaréis ahora reconocer a lord William?

Lady Pembleton no desplegó los labios y, por toda respuesta, se fue a tirar del cordón de una campanilla.

Dos hombres entraron inmediatamente, sir Archibaldo y un desconocido.

Es decir, un desconocido para la pobre Betzy, pues el individuo en cuestión no era otro que el reverendo Patterson.

—Padre, dijo lady Pembleton, haced arrojar a la calle a esa miserable loca.

Betzy tuvo un arrebato de indignación.

—¡Ah! milady, exclamó, hasta hoy os había creído la esclava de lord Evandale, pero ya estoy convencida de que erais su cómplice.

Sir Archibaldo llamó a sus lacayos, y estos se apoderaron de Betzy y la pusieron a la puerta.

Betzy gritaba como una desesperada.

Dos policemen del barrio la cogieron entonces a su vez, y la condujeron al puesto de policía más cercano.

Allí, Betzy quiso contarlo todo al comisario que la interrogó; pero este la cerró la boca y dio órden de que la condujeran a la cárcel.

Entonces la pobre mujer comprendió que estaba perdida.

Pero esta ruda escocesa estaba dotada de la indómita y salvaje energía de su marido.

—Pues que debo estar presa, se dijo, tanto vale aprovechar la ocasión para ver a lord William.

Betzy pasó tres días en el puesto de policía del West-End.

Y durante estos tres días dio tales pruebas de insensatez y falta de razón, ya riéndose a carcajadas sin motivo, ya cantando y llorando al mismo tiempo, y ya dando voces descompuestas en las altas horas de la noche; que el comisario declaró que estaba loca y la hizo conducir a Bedlam.

Esto es lo que Betzy quería.

Lord William, bajo el nombre de Walter Bruce, seguía siempre en el famoso hospital.

El director de Bedlam sabía muy bien que debía guardar al supuesto loco hasta su muerte, y cumplía con todo rigor las misteriosas órdenes que había recibido.

Pero respecto a Betzy, juzgaron sin duda inútil el comunicarle los motivos que la habían hecho conducir allí, y de consiguiente no fue vigilada de cerca, y pudo ver a lord William.

Este no había perdido en ningún modo la razón, pero el pesar iba minando lentamente su existencia.

Y no es que pensase ya en reconquistar su nombre y su perdida fortuna, ¡oh! no! su idea fija ahora era recobrar la libertad, reunirse con su esposa y sus hijos, y volver con ellos a Australia.

Durante las largas y tristes horas de su prisión, había empleado el tiempo en redactar un extenso diario, en donde contaba todo lo que sabía de su lamentable historia.

Las revelaciones de Betzy completaron este relato.

Ahora bien, la casualidad, que se burla con tanta frecuencia de los hombres y que parece complacerse a veces en destruir las mejores combinaciones humanas, la casualidad, decimos, vino de pronto en ayuda a lord William y a la fiel y desgraciada Betzy.

Un día trajeron un nuevo loco a Bedlam.

Betzy, al verlo pasar a larga distancia, creyó haber visto ya en alguna parte a aquel hombre; pero al día siguiente, cuando a la hora de recreo, se encontró con él en los patios del hospital, ya no le quedó la menor duda y llegó a reconocerlo.

Era aquel individuo de edad provecta y maneras ambiguas, que se había presentado en la casa de Tom, hacía algunos meses, bajo el nombre de Edward Cokeries, anunciándose como un pasante del solícitor Mr. Simouns.

Aquel hombre, según el lector recuerda sin duda, había sido el instrumento de lord Evandale, o más bien del reverendo Patterson, y—como se habrá adivinado también,—el que había imitado con tal perfección la letra de lord William, y trasmitido a Tom el falso despacho de John Murphy, datado de Perth, en Escocia.

Edward Cokeries estaba loco, realmente loco, y su locura tenía un origen singular.

Al día siguiente del asesinato de lord Evandale, el miserable falsario se había presentado en el palacio Pembleton, ignorando absolutamente la catástrofe que había tenido lugar la noche anterior.

Allí supo de improviso la muerte de lord Evandale.

Y de improviso también, Edward Cokeries, que no esperaba aquel golpe, perdió por completo la razón.

Este exceso de sensibilidad, que parecerá extraño, tenía sin embargo su fundamento.

Aquel mismo día debía entregar el noble lord a su agente, la suma de dos mil libras esterlinas, como precio de su traición.

Y la muerte violenta del lord había anulado naturalmente este contrato verbal.

Los criados del palacio hicieron venir algunos agentes de policía que condujeron a Cokeries a su casa.

El pobre loco tenía mujer e hijos.

Durante algunos días había permanecido encerrado en su cuarto, guardado y cuidado afectuosamente por su familia; pero al cabo presentó tales síntomas de locura furiosa y dio un escándalo tal, que los vecinos aterrados, pidieron que se le encerrase en sitio más seguro.

Entonces intervino la policía, y lo condujeron a Bedlam.

Ahora bien, así como una conmoción violenta había sido la causa de la locura de Edward Cokeries; otra emoción de distinta naturaleza, aunque no menos fuerte, tuvo el poder de volverlo a la razón.

A la vista de Betzy y de lord William, Edward Cokeries lanzó un grito terrible.

Su locura había desaparecido.

Y con la razón, le volvió también la memoria, y con ella el arrepentimiento.

Una tarde, hallándose con lord William en sitio apartado y fuera de la vista de todos, se echó a sus pies y le pidió perdón, acusándose de todos sus crímenes, y confesando que había sido el instrumento de lord Evandale y del reverendo Patterson.

Él era quien había hecho arrebatar a Tom del camino de hierro.

Él quien había hecho desaparecer al teniente Percy.

Él también quien había robado en el gabinete de Mr. Simouns, mientras se fijaban los sellos, aquella importante declaración de Percy y consortes, legalizada por la embajada de Inglaterra.

Pero aquel documento no lo había entregado a lord Evandale.

Lo conservaba como fianza del pago de ocho mil libras, que el noble lord debía entregarle en varias fracciones, según había sido estipulado entre ellos.

Así, al saber de pronto la muerte del lord, había comprendido que no sería pagado, y la desesperación lo había vuelto loco.

Y cuando hubo confesado todo esto, Edward Cokeries añadió:

—Ahora, milord, os juro por la salvación de mi alma, que si un día salgo de aquí, trabajaré sin descanso en reparar todo el mal que he hecho.

Lord William movió tristemente la cabeza.

—No se sale de Bedlam, dijo.

Pero Betzy, que se hallaba presente, respondió:

—¿Quién sabe?

La animosa escocesa había encontrado un medio de evasión, y pensaba emplearlo de seguida, de la manera que va a verse.


LIII

diario de un loco de bedlam.