XXXIX

Lord William y Edward Cokeries se quedaron mirando a Betzy con curiosa ansiedad.

Esta, después de echar una ojeada en rededor, les dijo en voz baja:

—He encontrado el medio de salir de aquí.

—¿Cómo? preguntó lord William con aire de duda.

—¡Oh! no hablo de vos, contestó, sino de mí..... Y si lo consigo, todo irá bien, os lo aseguro.

—¿Qué haríais pues? preguntó lord William.

—En primer lugar, el señor me dirá dónde ha ocultado ese documento importante.....

—Así lo haré, interrumpió Edward Cokeries.

—Cuando salga de aquí, iré desde luego a buscar ese papel.

—¿Y después?

—Después, lo llevaré al sucesor de Mr. Simouns.

—Todo eso está muy bien, Betzy, pero, ¿cómo lograréis salir?

—¡Oh! muy fácilmente, como vais a ver.

—Explicaos.

—Ya sabéis que hay en Londres una sociedad de Señoras piadosas y caritativas, que han tomado el nombre de Damas de las prisiones.

—Sí, dijo lord William con un signo de cabeza.

—No solamente asisten a los reos de muerte, sino que también visitan a los presos que caen enfermos.

—Todos los días vienen aquí, dijo lord William.

—Y van siempre, como sabéis, encubiertas; es decir que llevan sobre la cabeza una especie de capuchón, que les oculta casi todo el rostro.

—En efecto: pero veamos en fin.....

—Una de esas Damas vino ayer a ver a un pobre loco que está muy enfermo. Al atravesar la galería adonde da mi celda, esa señora pasó por mi lado y, mirándome fijamente, me dijo:

—Buenos días, Betzy.

Yo hice un gesto de sorpresa.

—¿Me conocéis pues, señora? la pregunté.

—Sí, vos sois la mujer de Tom.

Y como viese que mi sorpresa aumentaba, añadió:

—Y estáis tan loca como yo.

—Pero, repuse con voz balbuciente, ¿cómo sabéis?......

—Yo he asistido a vuestro marido en Newgate, y me lo ha contado todo.

—¡Ah!

—Desgraciadamente no puedo hacer gran cosa por vos, pero lo que puedo hacer, no titubearé en ejecutarlo.

Yo seguía mirándola con asombro.

—Escuchad, me dijo, supongo que deseáis salir de aquí, ¿no es verdad?

—¡Oh! ya lo creo!... sí, señora.

—Pues bien, yo puedo haceros salir.

—¿Cómo?

—¿No ocupáis sola una celda?

—En efecto.

—Pues bien, a partir de esta noche misma, fingíos enferma: meteos en la cama y rehusad todo alimento.

—Así lo haré, señora.

—Dentro de dos días vendré a veros. Os advierto que no vendré sola; otra de mis hermanas me acompañará. No temáis nada, pues yo me encargo de todo.

Y se alejó en seguida.

—Todo eso, observó lord William, no me explica cómo saldréis de aquí.

—Yo lo adivino, milord.

—¡Ah!

—Una de las dos hermanas me prestará su hábito.

—Pero entonces, ella quedará en vuestro lugar.

—Sin duda.

—¿Y cómo saldrá ella a su vez?

—Dándose a conocer probablemente.

—Pero de ese modo va a comprometer gravemente a la sociedad de Damas a que pertenece.

Betzy se encogió de hombros, como si quisiese indicar que, en el fondo, lo que le importaba era verse libre; y volviéndose a Edward Cokeries, le preguntó:

—Y ahora, decidme, ¿dónde está ese papel?

—Escuchad, respondió el curial, yo vivo en Old-Grand-Lane.

—Muy bien, dijo Betzy.

—En el cuarto tercero de la casa señalada con el número 7.—Diréis a mi mujer que vais de mi parte, y si no quiere creeros le entregaréis este anillo.

Y Edward Cokeries se sacó del dedo un anillo de oro y lo dio a Betzy.

—¿Y qué la diré después? preguntó esta.

—Que vais a buscar unos papeles y que sabéis dónde se hallan.

—¡Cómo!

—Ya veréis. Nuestra reducida habitación es bien miserable, prosiguió Edward Cokeries; los muebles son en ella raros; y sin embargo, hay sobre la chimenea de nuestro dormitorio un busto de yeso del duque de Wellington.....

—Bueno.

—Ese busto está hueco, como podéis imaginar.

—¡Ah! ya!... ¿encontraré dentro de él los papeles?

—Sí.

—Está bien, prosiguió Betzy. Vuestra mujer me creerá, y más sobre todo cuando sepa que habéis recobrado la razón.

Después de este conciliábulo, y tan luego como se separó de lord William y de Cokeries, Betzy ejecutó a la letra la primera parte de su programa.

Fingió estar enferma y rehusó la cena aquella noche.

En seguida se acostó muy temprano, y al día siguiente se negó a tomar todo alimento.

Lord William le había entregado su manuscrito,—este diario donde se refiere su lamentable historia,—y ella lo había ocultado bajo su almohada.

Durante dos días Betzy no quiso tomar más que algunas cucharadas de caldo y una poción calmante que el médico le había ordenado, por recetar alguna cosa.

Al tercer día, las Damas de las prisiones llegaron hacia la tarde.

Una de ellas traía un paquete bajo el brazo.

Tan luego como se hallaron solas con Betzy, cerraron la puerta de la celda, echando el cerrojo, y la primera, que era la que había hablado ya con la mujer de Tom, deshizo precipitadamente el paquete.

Este contenía un hábito y un capuchón en todo semejantes a los que llevaba ella misma.

—¡Pronto! pronto! dijo, levantaos y vestios.

Betzy obedeció a toda prisa.

Bedlam es una verdadera Babilonia. Los locos, los vigilantes, los enfermeros y los médicos, van, vienen y se cruzan en el dédalo de corredores de aquel vasto edificio.

Dos Damas de las prisiones habían entrado sin llamar apenas la atención en la celda de Betzy, y salieron tres de ella sin que nadie lo advirtiese.

—Seguídme, dijo entonces la misteriosa libertadora de Betzy.

La otra Dama se separó de ellas en los corredores, y se fue sola por otro camino.

Betzy y su protectora tomaron por una estrecha galería, descendieron al primer piso y de allí al piso bajo, atravesaron veinte salas diferentes y llegaron en fin a la puerta.

El portero principal les abrió y las saludó respetuosamente al paso.

Tan luego como se hallaron en la calle, la Dama de las prisiones se detuvo y puso un bolsillo en manos de Betzy.

—Ahora, ya estáis libre, la dijo. A Dios.......

Betzy la tomó la mano y la suplicó encarecidamente que la dijera su nombre.

La Dama se negó a ello.

—A Dios, repitió.

Y se alejó rápidamente.

Betzy no perdió un solo minuto.

Antes de buscar un lugar oculto donde alojarse, ni tomar otras medidas de seguridad personal, revestida como estaba con el hábito de Dama de las prisiones, se dirigió en seguida a la casa indicada por el curial en Old-Grand-Lane.

Allí encontró en efecto a la mujer de Edward Cokeries, la cual, apenas vio el anillo de su marido, se apresuró a entregarle los papeles escondidos en el interior del busto.

Entonces Betzy se volvió a Adam street y tomó su traje ordinario.

Allí esperó el día siguiente con impaciencia, y tan luego como oyó las nueve de la mañana, corrió a la calle de Pater-Noster, al gabinete del sucesor de Mr. Simouns.

La pobre mujer esperaba ser recibida cordialmente.

Pero no fue así.

—Mistress Betzy, la dijo el joven solícitor, desde la última vez que nos hemos visto han cambiado las circunstancias.

—¿Qué queréis decir? preguntó Betzy con extrañeza.

—En primer lugar, vuestro marido ha asesinado a lord Evandale.

—Un infame de menos, dijo Betzy.

—De acuerdo. Pero ahora tendríamos que luchar con enemigos mucho más temibles que lord Evandale.

—¿Quiénes son esos enemigos?

—La Sociedad de las Misiones extranjeras.

—¿Y qué?

—No hay que chocar con semejantes gentes.

—¿Por qué razón?

—Porque nos romperían como vidrio.

Y el joven solícitor, bajando la voz añadió:

—Voy a daros un buen consejo. Si queréis salvar a vuestro marido de la suerte que le aguarda, id a entregar esos papeles a lady Pembleton. Tal vez, al veros desarmada, solicitará la gracia de Tom.

Y con esto el joven solícitor despidió a Betzy.

Esta salió de allí con la muerte en el alma.

—¡Oh! murmuraba para sí, esos miserables podrán hacer morir a mi pobre Tom, pero no me arrancarán las pruebas de la infamia de lord Evandale. Tal vez un día se encontrará un hombre fuerte y animoso que tomará a su cargo la causa de los oprimidos y declarará una guerra sin tregua a los opresores.

Y Betzy pensó entonces en ocultar aquellos papeles de tal modo, que los amigos y secuaces de lady Pembleton no pudiesen encontrarlos.


LIV

diario de un loco de bedlam.