XL
En Londres, como ya hemos visto, se vive mucho de noche.
Así no es de extrañar que Betzy se retirase con frecuencia después de las doce, a su humilde morada de Adam street.
Muchas veces también, al pasar a hora desusada por delante de Rothnite-Church, le había parecido ver agitarse algunas sombras en el cementerio que rodea la capilla.
Betzy no era supersticiosa, y no creía en fantasmas ni aparecidos: por lo tanto adivinó desde luego que, si había algún misterio, no era sobrenatural, y que las sombras que allí se deslizaban entre las tumbas, no eran duendes ni trasgos, ni almas en pena saliendo de sus sepulcros.
Aquellos espíritus errantes eran pues hombres de carne y hueso,—y hombres que llevaban un objeto misterioso al introducirse furtivamente en el cementerio.
Una noche Betzy se había acostado al pie de la verja, y había permanecido allí silenciosa e inmóvil.
La noche era oscura y la niebla muy espesa.
Dos hombres pasaron a su lado sin verla.
Aquellos dos hombres iban hablando en voz baja, pero Betzy oyó parte de su conversación.
—¿Crees no haberte engañado de sepultura? decía uno de ellos.
—No, no, respondió el otro.
—Es que, la verdad, replicó el primero, no sería justo el que nuestro heroico amigo, que durante toda su vida fue un verdadero y ferviente católico, se quedase reposando por más tiempo en una tumba protestante, entre condenados y herejes.
—No hay cuidado, dijo el segundo: ven conmigo, voy a enseñarte su sepultura.
Betzy comprendió que se trataba de una exhumación ilegal; y supo así al mismo tiempo quiénes eran los hombres que se reunían algunas veces a deshora en el cementerio de Rothnite.
Aquellos hombres eran fenians.
Uno de ellos había muerto en el barrio, y lo enterraron de consiguiente en aquel sitio.
Pero sus amigos y correligionarios querían sacar de allí furtivamente sus despojos, para trasportarlos sin duda al cementerio de San Jorge, que es una iglesia católica como todos saben.
Betzy era escocesa, y anglicana por consiguiente.
Y sin embargo, un sentimiento extraño la hacía interesarse en aquella exhumación.
Inmóvil detrás de la reja, y penetrando la niebla con su mirada ardiente, vio abrir la fosa y extraer el cuerpo del fenian:—y solamente cuando aquellos dos hombres se alejaron en fin con su fúnebre fardo, fue cuando Betzy salió de su inmovilidad, y se dirigió lentamente hacia su triste habitación de Adam street.
Pero no pudo dormir en toda la noche, y esperó el día con impaciencia.
Apenas apuntó el alba, Betzy abandonó su buhardilla, se dirigió hacia el templo protestante, y entró en el cementerio.
Los alrededores estaban desiertos aún.
Betzy iba vestida de negro, y cualquiera que la hubiese visto allí a aquella hora, hubiera podido creer que iba a rezar sobre la tumba de alguna persona amada.
Y sin embargo, no era este el motivo que conducía a la Escocesa al cementerio.
Betzy quería ver a la luz del día aquella tumba que no encerraba ya ningún cadáver.
Siguió pues la huella de los pasos que los dos fenians habían dejado sobre la yerba, bastante alta en aquel sitio; y, llegando a la sepultura, que cubría una losa dominada por una cruz de hierro, se arrodilló cerca de ella.
Después, echando a su rededor una rápida y furtiva mirada, se aseguro de que estaba sola y de que nadie podía verla.
Entonces tanteó la losa que cubría la sepultura, y reconoció que podía levantarse fácilmente.
—No vendrán a buscarlos aquí, murmuró.
Betzy, al decir esto, hacía alusión al manuscrito de lord William, y a la declaración del teniente Percy.
Las últimas páginas del manuscrito estaban escritas por una mano diferente.
Lord William, con ayuda de los datos que le suministrara Tom en los últimos tiempos, había relatado detalladamente su historia; y después de su entrevista con Betzy, había añadido la relación de los sucesos que habían tenido lugar después de su encarcelamiento en Bedlam.
Pero luego que tuvo el diario en su posesión, Betzy lo había completado, escribiendo en él los acontecimientos posteriores.
Aquí se detenía el Diario de un loco de Bedlam.
La declaración del teniente Percy y de sus cómplices, se hallaba unida al legajo del manuscrito.
Concluida la lectura, Vanda y Marmouset se consultaron con la mirada.
—¿Y bien? dijo Vanda.
—No sabemos mucho más, pero sabemos bastante, repuso Marmouset.
—Tom ha muerto..... Betzy, muerta también.....
—Sí, pero lord William vive y su familia igualmente.
El abate Samuel no había dicho hasta entonces una palabra.
—Lo que el manuscrito no completa, dijo, vais a saberlo de mi boca.
—¡Ah! exclamó Marmouset volviéndose hacia el abate.
—Hará como cosa de seis meses que Betzy ocultó esos papeles en la tumba vacía donde los habéis encontrado. La existencia miserable de esa desgraciada durante esos seis meses, los últimos ¡ay! de su vida, es la que os voy a referir en breves palabras.
—Decid, decid, exclamó Vanda.
Y así ella, como Marmouset y Shoking se agruparon alrededor del abate Samuel.
Este prosiguió diciendo:
—Betzy había vivido cuidadosamente oculta todo el tiempo que conservó esos papeles en su poder.
La buscaban por todo Londres para volver a encerrarla en Bedlam, y si ella había vuelto a su miserable habitación de Adam street, era precisamente para desorientar a sus perseguidores que no podían suponer, ni aun remotamente, que se hubiera vuelto tranquilamente a su casa.
Durante tres meses la buscaron por todas partes, excepto en Adam street donde se ocultaba.
Betzy no salía más que de noche.
A una hora avanzada recorría los diferentes barrios de Londres, y se hacía prender bajo un nombre supuesto, por delito de embriaguez.
Así lograba pasar las noches en los diversos puestos de policía, y al obrar de este modo, tenía un objeto que perseguía con singular constancia.
Esperaba encontrar en alguna de estas ocasiones a un criminal cualquiera, destinado a ser conducido a Newgate al día siguiente, y al que pudiera encargar la delicada comisión de hacer saber a su marido,—cuya causa seguía lentamente su curso,—que ella tenía en su poder los papeles.
Así fue como encontró al Hombre gris.
Desde el momento en que ese hombre extraordinario se encargó de comunicar con Tom, Betzy se quedó más tranquila.
Tom quedaba advertido y ¿quién sabe si no lograría escaparse?
—¡Ay! interrumpió Vanda, el infeliz ha sido ahorcado.
—Sí, dijo el abate Samuel, pero vosotros continuaréis su empresa.
—Esa empresa es difícil, observó Vanda.
—No por cierto, repuso Marmouset, ¿no tenemos la declaración del teniente Percy y las de sus cómplices?
—Sí, dijo Vanda, pero.....
—¿No tenemos también todo el dinero necesario para seguir el pleito?
—¡Ya lo creo! dijo Shoking, y en la libre Inglaterra se hace con dinero todo lo que se quiere.
—Pero ante todo, repuso el abate Samuel, sería necesario poner a lord William en libertad.
—Y es bien difícil, dijo Vanda.
—Difícil, lo concedo, pero no imposible, replicó Marmouset. Mañana iré a ver al sucesor de Mr. Simouns, y, como dice Shoking, con el dinero se pueden hacer muchas cosas.
—Aun cuando haya que luchar con la Sociedad de Misiones evangélicas, añadió el abate Samuel.
Aquí llegaban de su conversación, cuando una claridad blanquecina penetró en la miserable buharda, y el primer rayo de la luz del día vino a iluminar el pálido rostro de la muerta.....
Vanda y el abate Samuel se pusieron de rodillas, y recitaron el oficio de difuntos.
fin del diario de un loco de bedlam.
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París.—Tip. de Garnier Hermanos (Cl.) 41.4.89.
6, RUE DES SAINTS-PÈRES