Cosas... de los Estados Unidos

Hace falta aquí una inteligencia de primer orden que estudie profundamente el movimiento que surge y se desarrolla en este campo fecundo, donde se aplauden todas las extravagancias, y se conciben y plantean las ideas más atrevidas y más peligrosas. Estoy tan absorto y tan fuera de mi centro que á veces se me figura que vivo en un planeta, que no es La Tierra, y que todos mis prejuicios, ideas y sentimientos están en rebeldía perpetua en mi cerebro, luchando con una corriente de fuerzas variadas, cuya resultante no sé hallar, por más que busco con avidez la verdad, y la dirección que sigue la novísima y quizás mal definida civilización americana.

Y que esa inteligencia, capaz de abarcar en su conjunto los fenómenos variadísimos que se realizan en el seno de esta sociedad, es indispensable que venga á estudiar estos grandes movimientos de la opinión, lo dice, entre otras cosas, el Congreso de las religiones que se está realizando en el Art-Palace de Chicago, en donde alternan las altas dignidades de la Iglesia católica, con protestantes, mahometanos, budistas, clérigos de levita, señoras... buscando todos, al parecer, una religión ideal, única, especie de «volapuk» espiritual que resuma todas las aspiraciones y los ideales místicos de la humanidad.

Y dijo el presidente en su discurso inaugural: «Nos reunimos aquí los que buscamos la verdad, las gentes que odiamos el error, único enemigo de la humanidad». Y han hablado los católicos, los protestantes de los más variados matices, los judíos, los mahometanos,—sólo silbados cuando han defendido la poligamia,—los hijos de Budha y Confucio, y todos han sido estrepitosamente aplaudidos, porque los concurrentes opinan que en todas las llamadas religiones hay un fondo de verdad, de justicia y de aspiraciones elevadas, que son santas y dignas de eterna recompensa.

Y los que nos hemos criado en un rincón de España, donde hemos aprendido, porque así nos lo han enseñado, que no hay más que una religión verdadera, y que no debemos admitir siquiera, como no sea en el santo y fecundo campo de la caridad, á los que profesan ideas religiosas distintas de las nuestras, al ver á las dignidades más altas de la Iglesia católica aceptar sin recelos, la cooperación de personas animadas, sin duda alguna, aun dentro del error, de las mejores intenciones, en la difusión de diversas ideas religiosas, la inteligencia mejor templada siente desfallecimientos, pensando si en este fin de siglo se desatan vientos de rebeldía y de locura en todas partes ó si de esta civilización, de apariencia externa semejante á la nuestra, y sin embargo, tan distinta y tan variada porque no encarna en esta sociedad ferozmente individualista, va á surgir un mundo nuevo que regenere la sangre y el espíritu de la humanidad.

No tengo fuerzas para dilucidar problemas tan hondos; planteada queda, en mi concepto, una nueva faz del movimiento religioso en el mundo, y seguirlo para atajarlo ó encauzarlo, si es menester, será una obra de alta sabiduría, ya que no es posible sospechar siquiera que sea sólo episodio de una Exposición, obra en que han intervenido ó intervienen las más altas inteligencias de todas las iglesias americanas, y los más templados propagandistas de las religiones asiáticas y africanas.

Y dejando esta nota, tan llena de preocupaciones y tristezas, otro signo característico de los tiempos y las sociedades americanas se ha presentado en los campos de la Exposición con motivo de la fiesta del Estado de Iowa.

Los Estados de la Unión tienen aquí su casa payral, formando los edificios de cada uno de ellos una calle de variada arquitectura, extraña á veces, interesantes y dignos todos de visitarse. Lujosamente amueblados, con salones de lectura, restaurant, escritorio, miranda, etc., son puntos de reunión para las familias que visitan la Exposición y hallan aquí un refugio tranquilo y lujoso en la casa comunal regida á la sombra de la bandera del Estado respectivo. Cada uno de ellos celebra su fiesta, y los voluntarios vienen con sus músicas, banderas y uniformes á ostentar su bizarría en los campos de la World’s Fair. Mandados por un jefe de alta graduación, evolucionan en la gran plaza de la Administración general, formando en parada y recorriendo las principales calles de la ciudad blanca. Acude á estas fiestas un gentío inmenso, y las sociedades desfilan ante gentes curiosas de presenciar los abigarrados colores de las cintas, los botones y las bandas de la democracia americana.

El batallón de Iowa ha presentado una novedad que aplauden muchas gentes, aunque nadie sepa explicarse el entusiasmo que inspiran cincuenta muchachas uniformadas, que, entre las compañías de soldados, forman una de amazonas armadas de lanzas, mandadas por dos muchachas que llevan espada al cinto y evolucionan con cierta marcialidad á pesar de las faldas y la impedimenta propia del traje femenino. Nadie explica la misión que se supone á esas muchachas, porque en tiempo de paz, como no sea por el gusto de lucir unas faldas y chaquetita azul, una pechera blanca abollada, una gorrita marinera y unos guantes blancos que suavizan el contacto de un arma tan inofensiva como es la lanza que llevan, no sé para qué han de servir.

Por lo demás, y confieso humildemente mi atraso, yo preferiría ver á esas señoritas remendando las camisas de sus padres y hermanos, antes que desempeñando un servicio que nadie les exige, y que lucha abiertamente con la especial condición de la mujer en el mundo.

Pero aquí todo reviste formas tan extrañas, que no hay extravagancia que no sea acogida con simpatía, capricho que no pueda realizarse, ni exceso que no pueda consentirse. Figúrense mis lectores, á un jefe de Estado á quien se le subleva una ciudad, Roanoke-Virginia, en donde una turba de 3,000 hombres lincha al negro Smith, lo cuelga de un árbol, forma una pira en la plaza y lo quema; y no contenta con tanto desmán, persigue al alcalde y al jefe de las tropas para lincharlos también, y mientras todo eso sucede, el gobernador disfruta de las delicias de la World’s Fair sin que se preocupe un solo instante de lo que acontece en su Estado, que cree ser el mejor de los mundos, y á quien no sobrecogen ni espantan las noticias que lee en los periódicos, ni cuida nadie de advertirle que ha de regresar á su país y poner coto á tanto escándalo y desmán, porque confía en que las cosas se arreglarán por sí mismas, cuando estén allí cansados de andar á tiros y sablazos, que todo tiene fin en el mundo, hasta la maldad de las gentes.

Y para consuelo de los que se asustan de lo que ocurre en España, en donde nos figuramos que nuestro pueblo es lo peor del mundo, y tener una idea, nosotros, los desgobernados, de lo que son estas autoridades, vean mis benévolos lectores con que calma y sangre fría se explica el gobernador del Estado de Virginia, acerca del motín de Roanoke, M. Kinney, según relación del periódico más acreditado de esta ciudad el The Daily Inter Ocean.

Un reporter supo que dicha autoridad se hallaba en el edificio de Virginia de esta Exposición, y allí se dirigió en busca de Mr. Mac-Kinney, para saber lo que pensaba de los sucesos de Roanoke.

Dice el reporter: «El gobernador es un anciano de agradable aspecto, de bigote y cabello cano. Le hallé en mangas de camisa, con los pies descalzos, apoyados sobre un pupitre y á la altura de su cabeza, llevando unos calcetines de lana irreprochables, y ofreciendo el aspecto de una persona que goza de la vida.

Cuando le pregunté acerca de la revuelta de Roanoke, contestóme complacido que no tenía más noticias que las publicadas en los diarios, inclinándose á creer que eran exageradas.

«Porque, dijo, los diarios suponen que el alcalde Trout está herido en un pie, que las tropas hicieron 25 disparos y mataron ó hirieron á 29 personas, lo que no deja de ser una buena puntería; y que no había preguntado á nadie lo ocurrido, ni nadie se había preocupado del asunto.»

De todo ello infería que el alcalde, que es un buen ciudadano, habría obrado con la energía necesaria, consintiendo, y esto lo añado yo, que lincharan, ahorcaran, arrastraran á un negro, y lo quemaran é incineraran en una vía pública de Roanoke.

Si todo esto no parece á mis lectores civilizador, patriarcal y digno de envidia, será porque son difíciles de contentar.


La calle del Cairo