El Midway plaisance

El Midway forma en el campo de la Exposición una especie de anexo, estrambote alegre de un soneto que guarda la nota picaresca para los dos últimos versos, siendo los doce primeros obra maestra de afamado é ilustre poeta. Y que esto es así, voy á probarlo, acudiendo á algo que está fuera de lo que encierran barracones y palacios, casas de fieras y templos faraónicos, villajes irlandeses, alemanes y austriacos, teatros turcos, persas y argelinos, poblaciones javanesas y campos indios, montañas rusas y Ferris-wheel, porque todo esto con ser muy pintoresco y muy bonito, si se pone la imaginación al servicio de esas empresas, aun siendo la descripción muy colorista, de seguro verá el lector un cuadro más animado cerrando los ojos, que abriéndolos desmesuradamente, para leer los desabridos párrafos del colaborador corresponsal de La Vanguardia en la Exposición de Chicago.

Lo que ya no es tan fácil de ver, es lo que voy á describir aquí, si no se conoce el país y no se estudian con algún cuidado las costumbres y la idiosincracia de estas gentes. He visto aquí tantas cosas y tan notables, que valen la pena de ser contadas, que lo único que me aflige, es no saber narrarlas con el color local cuya fiel traducción bastaría para acreditar al autor de tan interesante estudio. Hoy va sólo una hoja suelta, que no sé si tendré valor algún día de enlazar con un trabajo de mayor alcance que tendría sumo gusto en publicar, dedicando á la mujer norte-americana la atención que merece su rápido desenvolvimiento en el fecundo campo de la libertad.

Los que crean que la mujer libre es en la América del norte una excepción, se equivocan grandemente; la mujer aquí no tiene, ni pone límites á sus iniciativas: la niña, la mujer casada ó viuda, la de alta clase y la de mísera condición, todas, absolutamente todas, viven según cuadra á su fantasía, sin más preocupación que el ejercicio absoluto é indiscutible de su libre albedrío y omnímoda voluntad.

La rueda Ferris

No me chocará que alguien dude de afirmación tan categórica, porque yo mismo he necesitado ver para creer; hoy ya no dudo, ni tengo inconveniente alguno en afirmar que la familia, tal como la entendemos en Europa, tal como la necesitamos y exigimos en España, no existe aquí. Y porque esto es así, las hipocresías de estas gentes resultarían tentadoras para Paul de Kock si viviera, y muy dignas de ser contadas, aunque sea sin llevar la vestidura con que podría adornarlas pluma mejor cortada que la mía.

¿Quién no conoce en Europa y América el célebre Board of Ladies, con su palacio destinado al trabajo de la mujer en el mundo, sus congresos y fiestas espléndidas, sus sesiones borrascosas en que una dama, haciendo oficios sacerdotales, eleva las manos al cielo para pedir la bendición de Dios,—que no debe concederla si he de juzgar poco caritativa y cristiana la manera como se acusan unas á otras de corruptoras y corrompidas,—y cuanto se ha contado y escrito acerca de la mujer, desde que aspira á probar que vale más moral é intelectualmente que el hombre? Pues esas señoras se reunieron un día en sesión y una de ellas, altamente escandalizada de los espectáculos ofrecidos al público en el «Midway plaisance», presentó á la mesa una moción encaminada á investigar detenida y concienzudamente cuántos, en qué forma, y en qué sitios, se efectuaban los actos inmorales que la habían afectado tan hondamente, pues lloraba con amargura al narrar los horrores del «Midway» la dama denunciadora del comité de señoras de la Exposición.

Nombróse una comisión compuesta de tres señoras, no he podido averiguar si había alguna soltera entre ellas, para que estudiara detenidamente el asunto y reconociera los sitios de corrupción en donde, según pública voz y fama, se falta á las reglas de moral. Las señoras nombradas aceptaron tan triste misión, y levantándose las sayas para no mancharse con el lodo de la corrupción, fueron recorriendo tarde y noche los teatros y barracones de dancing girls en donde se baila la danse du ventre y otros bailes parecidos para distraer á la bohemia universal que, en todas las exposiciones, representa el papel alegre de fiestas en que la ciencia y el arte, la industria y el comercio son excusa poco halagadora para toda clase de corrupciones.

Lo que aquellas señoras vieron allí, Dios y ellas lo saben; tres días seguidos con sus noches, dan larga tregua para carga tan pesada, y tras tanto sufrimiento y amargura tanta, las señoras se reunieron y deliberaron; las investigadoras relataron dichos y hechos capaces de sonrojar á una estatua, y las tres estuvieron conformes en asegurar que preferirían ver muertos á sus hijos que saber que frecuentaban sitios que prostituyen y rebajan la dignidad humana.

Las tres hijas de Sión lloraron amargamente, y con ellas, la mayoría del Board of ladies, que acudieron inmediatamente á la Dirección general de la Exposición, para que cerrara los sitios del «Midway» que escandalizan al mundo con sus horrores é iniquidades.

Al día siguiente, la policía ordenaba al director del teatro persa la clausura del local. Este pobre diablo que había gastado una crecida cantidad en montar el espectáculo, y adquirir el derecho de exhibirlo, quiso averiguar la causa de orden tan radical á los tres meses de abierta la Exposición, y supo, con sorpresa, que la reclamación que motivaba la orden de cierre del local, estaba fundada en la queja producida por las señoras que juzgan inmoral el baile que se ofrece al público en el teatro persa.

Una calle del Midway

Las exclamaciones del director resultaron tan expresivas como pintorescas. «Las señoras del «Board of ladies», dijo, se presentaron ostentando sus medallas y con la pretensión de que se las colocara en primer término, sin pagar los derechos de entrada. Accedí gustoso á la petición, estuvieron muy alegres y satisfechas, tomaron café gratis, y se hacían lenguas de lo bonitas que son my poor girls, y de lo bien que bailan y cantan los típicos aires del país. Estuvieron tres horas mortales presenciando el espectáculo, y volvieron al día siguiente con las mismas pretensiones, y alcanzando los mismos resultados. Si aquellas señoras creen que mi teatro es un lugar de corrupción, lo mejor que habrían podido hacer era no venir y no exponerse á manchar sus vestidos en tan inmundo lugar; esto habría sido mejor para su reputación y mis intereses.»

Lo que ha pasado después no lo sé; registré con cuidado la prensa, y especialmente The Chicago Herald durante tres ó cuatro días después de haber publicado la réplica contundente del director del teatro persa, y no he sabido ver la respuesta de las señoras, que quizá han creído deber contestar, con el desdén, las insolentes palabras de aquel galeoto, contentas y satisfechas de haber realizado tan magistralmente una obra de higiene moral digna de las mayores alabanzas.

Lo que hay es que, al día siguiente, los teatros se llenaron de gente de todos colores é iguales vicios; que las dancing girls continúan cantando y haciendo contorsiones y gestos que tienen más de asqueroso que de lúbrico, y que, después de tantas lágrimas y tantas exclamaciones que parecen lamentos arrancados de los libros santos, lo único que se ve claro y evidente es la escasa eficacia que resulta de emplear plumeros de blando material para barrer y limpiar cloacas, y que, en cualquiera otra parte que no fuera la América del norte, lo que se habría visto, sin necesidad de practicarlo, es que, en aquella prueba quedaría manchada la pluma, quedando la cloaca tan nauseabunda y tan mal oliente como estaba antes de usar un agente digno de más altas empresas y más sentidas aspiraciones.


Palacio del concurso de la belleza