La ciudad de México
Temo que muchos extranjeros, al visitar la capital de la república mexicana, no le hallarán grandes atractivos. Lo moderno vale poca cosa, lo antiguo, lo que construyó el Virreynato de España durante tres siglos, sólo interesará á un reducido número de personas, amantes de la historia del mundo y de las proezas humanas. Si el que visita México está imbuído en ideas de secta, en todas partes hallará las huellas de los quemaderos de la inquisición, del martirio de los jefes indios humillados y vencidos por los conquistadores, más afanosos de tesoros escondidos que de glorias guerreras, y considerará justo que los mexicanos no tengan para Hernán Cortés ni un recuerdo, ni una alabanza.
Quien estudie imparcialmente la historia de la conquista de México, y observe cómo crece y se civiliza su raza indígena, mientras en el territorio de los Estados Unidos se extingue, siendo más guerrera y más viril, atosigada por procedimientos inhumanos, perseguida á sangre y fuego, y acorralada en su propia casa, quizá hallará que la obra de la conquista dejó en los campos regados por tanta sangre española, algo más que fanatismos y codicias, crueldades y martirios, que no son ciertamente los que tienen en sus manos los destinos mexicanos quienes puedan hacer alardes de clemencia, y de ahorrar la sangre indígena que derraman á raudales en nombre de ideales políticos menos excusables que los derechos de conquista.
Si levantaran la cabeza Iturbide y Maximiliano, los dos emperadores mexicanos fusilados en nombre de la revolución triunfante, ellos, que no atentaron á la independencia del país y procuraron enaltecerlo y honrarlo, qué dirían de una raza que reniega de su sangre y halla vilipendio en la conquista que les hizo hombres civilizados, cristianos y dignos de alternar con los pueblos cultos, cuando los indios, que son los más, más de la mitad de la población, no han hecho otra cosa que cambiar de señores, conquistados hoy por nuestros hermanos como lo fueron hace cuatrocientos años por nuestros abuelos, y lanzados á continuas luchas fratricidas para levantar sobre el pavés, al más osado ó al más fuerte.
Difícil ha de ser al español ilustrado sustraerse á esas consideraciones, si de la estación va á parar al hotel Iturbide, mansión durante cortísimo tiempo del infortunado emperador Agustín I, ungido en la catedral de México, á los treinta años de edad, cuando acababa de libertar el territorio del dominio de España, trescientos años después de aquella epopeya escrita con sangre española por un puñado de hombres mandados por Hernán Cortés en los campos y montañas mexicanas, epopeya que no necesita mármoles ni bronces que la perpetúen, que mientras el mundo exista, mientras exista México, no habrá ciudad ni aldea, montaña ni llanura que no guarde, desde las más hondas raíces de aquella nacionalidad hasta las cimas más elevadas de sus cordilleras, el recuerdo del paso de aquellos guerreros que fundaron un imperio, dejando en él el sello imperecedero de su sangre y su genial valor.
El palacio convertido en hotel, el patio rodeado de columnas, rematadas por arcos de medio punto en su parte baja, por arcos rebajados en el principal y adintelados en el segundo, como si representaran aquellos accidentes arquitectónicos épocas distintas en su construcción, el patio desnudo, que si lo rematara un velarium recordaría los patios andaluces, todas las crujías modificadas para las atenciones del café, billares, salas de lectura y restaurant, todo lo banal y pobre de un hotel de segundo orden, ha venido á rematar las glorias de un imperio sellado con la sangre de un hombre que olvidó sus juramentos para libertar á su patria del llamado ominoso yugo extranjero.
Conquistada la independencia en los campos de Querétaro y Puebla, Iturbide entró triunfante en la capital en septiembre de 1821; en 19 de mayo de 1822 el Libertador fué elegido emperador por 67 votos, y en 21 de julio del mismo año, Iturbide y su esposa fueron coronados en la catedral de México, para reinar sólo poco más de un año, derrocados en marzo de 1823 por el general Santana. Desterrado y maldecido, se le concedieron 25,000 duros anuales de limosna para que viviera en suelo extranjero, y él, que había dado á sus compatriotas un territorio inmenso, quince ó diez y seis veces más grande que la metrópoli, no podía pisar, sin ser llamado traidor, ni un palmo de tierra mexicana.
Al año de la expulsión, la nostalgia, el rencor ó ambas cosas á la vez, le hicieron volver á México; é Iturbide el Libertador, el ungido en la catedral, el ídolo del pueblo, fué declarado traidor, preso y fusilado en 19 de julio de 1824.
Los vencedores no aventaron sus cenizas, ni arrojaron sus huesos á la voracidad de las alimañas; la piedad recogió el cadáver de Iturbide, que bien pudo cederle para tumba unos cuantos palmos de terreno á perpetuidad en la catedral, en cambio de un territorio independiente, afianzado por la mano poderosa del Libertador mexicano.
Fuerza es desvanecer esa impresión dolorosa que siente todo español de raza al pisar la ciudad de México. Son tan recientes las fechas, tan heterogéneos y extraños los pensamientos que levanta el amor á España y la idea de justicia ante la tumba de un hombre que olvidó sus juramentos y fué ingrato con la metrópoli que le hizo general antes de los 30 años de edad, y le confió su honra, sus ejércitos y sus intereses, que yo, español, no me atrevo á llamar traidor á Iturbide, no me atrevo á infamarle como lo hicieron aquellos que le debían la libertad y la independencia, obcecados y vencidos por la ambición y las ansias terribles del poder.
Necesito orear mi frente y salir á la calle animadísima de San Francisco, una de las arterias principales de la capital, para desvanecer tan tristes pensamientos. La fisonomía de sus casas bajas, pues pocas tienen más de dos pisos, sus tiendas de aire puro español, los chicos que pregonan las mercancías y ofrecen los diarios del día, los carruajes de lujo y alquiler que cruzan el arroyo, la urbanización bastante bien entendida, todo tiene aire europeo, todo recuerda á Madrid, y al llegar á la plaza llamada «El Zócalo» ó «Plaza mayor de la Constitución», en cuyo centro hay actualmente una especie de circo con un jardín interior que la afea, hallé más pronunciada esta fisonomía en los puestos de venta de flores, en los portales llenos de buhoneros y baratijas, rodeada por edificios públicos inmensos, la catedral, el antiguo palacio de los Virreyes, convertido ahora en Ministerios, la casa de la ciudad, jardincillos y bosquetes, estatuas y monumentos en el centro, parada de tramways en las partes laterales, y todo ello iluminado por un sol tropical que no enturbia á 2,400 metros de altitud el vapor de agua, con los indios envueltos en sus zarapes y rebozos de colores vivos y estrafalarios, cubierta la cabeza con el típico sombrero mexicano, alternando con gentes de sociedad más culta, traje más atildado y apariencia más decente.
El edificio más notable por su arquitectura es la catedral. Empezada en 1573, terminóse en 1667, siendo más reciente la fecha de la terminación de las torres que lleva la de 1791. Dicen las gentes que la catedral costó 2.200,000 duros, pero á mí se me figura que si en esta cantidad no se cuentan joyas y obras artísticas de valor intrínseco que no están al alcance del vulgo, hay que estar prevenido contra esta cifra que parece calcada en las exageraciones yankees, y las cuentas galanas que convierten á América en el país de las Mil y una noches.
La fachada de la catedral, achatada en el conjunto y los detalles, empotrada en dos grandes cubos que sostienen dos pesadísimos campanarios y un anexo en la parte Este, churrigueresco y enrevesado que aumenta la traza del edificio en perjuicio de su alzado, no mantiene, ni un segundo, la atención del viajero. El interior frío, desnudo, con el coro en el centro que corta sus ejes con menoscabo de su grandiosidad, tampoco puede compararse con los templos españoles de arquitectura más sentida.
Tiene la catedral mexicana cinco naves espaciosas y un crucero, rematado por una cúpula decorada por artistas afamados. Descuella en el extremo de la cruz latina el altar mayor, ampuloso, reluciente, rococó, contraste inarmónico con el desmantelado de columnas frías y altares escasos, pobremente decorados.
Hay, sin embargo, algunos detalles suntuarios bien entendidos; los púlpitos y la pila bautismal de ónice, algunas verjas riquísimas de oro, plata y cobre, el altar de los reyes, artístico y suntuoso, la tumba de Iturbide, la de los Virreyes y la de los ajusticiados en Chihuahua, rebeldes á la metrópoli, Hidalgo, Aldama, Allende y Jiménez, que levantaron el pendón de independencia, sirviendo como de enseña de combate la efigie de la virgen de Guadalupe, patrona de México. Al Este de la plaza se levanta el antiguo palacio de los Virreyes, construído sobre las ruinas del palacio de Motezuma, último emperador azteca.
No hay en el mundo edificio más grandioso ni más banal que el antiguo palacio de los Virreyes españoles, convertido ahora en ministerio de Estado, Hacienda, Tesorería y no sé cuántas dependencias más, con aire de cuartel, montada la guardia en las puertas, y llenos los patios interiores de soldados, sin un detalle que merezca mirarse ni apuntarse en la cartera. Doce patios interiores, ocho acres equivalentes á unas cuatro hectáreas de superficie cubierta; dos fachadas larguísimas adornadas con ventanas en los bajos y una serie de balcones en el principal, rematados con guardapolvos vulgarísimos que no recuerdan ciertamente los buenos tiempos de la arquitectura española, ni la intervención de una inteligencia artística en la fábrica de tan grandioso edificio.
Al Sur de la plaza se halla el palacio municipal, albergue del gobernador del Estado, con portales de piedra de sillería y una fachada lindísima, pero de interior pobre y de mal gusto, tanto en la sala de sesiones, como en el salón del alcalde y escalera principal. Adornan las paredes del municipio los retratos de los presidentes de la República y los personajes más célebres de México, desde Hidalgo hasta nuestros días, que la historia de aquel país desde Motezuma hasta el último Virrey español no cuenta para los republicanos de este siglo.
Hidalgo, si he de juzgar por los monumentos que le ha levantado el patriotismo mexicano, es el nombre más querido y respetado de la República.
La primera herida causada al corazón de España lo fué por un humilde párroco de Dolores, lugar cercano á Guanajato, en 15 de septiembre de 1810.
Las intenciones de Hidalgo fueron conocidas por el Virrey; Hidalgo conspiraba, y alentado por sus parciales, pero sin escuchar las voces de la prudencia y sin la preparación necesaria, cogió el fusil, mandó tocar á arrebato, reunió á los indios en la plaza, y proclamó la independencia. Luchó con varia fortuna, pero al fin derrotado por las tropas españolas, acorralado y vendido por los suyos, fué arrestado y ajusticiado con los principales cabecillas Jiménez, Allende y Aldama, que descansan con Hidalgo, en el altar de los reyes de la catedral de México.
Once años más tarde, el cura Morelos continuó la obra de Hidalgo, terminada en 1821 por el general Iturbide. La ingratitud del pueblo afrentó más tarde al general con la tacha de traidor, y fusilóle, como España fusiló á los que atentaron á la posesión de su más preciada colonia.
Volvamos á la calle de San Francisco para ir á buscar la avenida Juárez, ancha, hermosa, soberbia, que termina junto al sepulcro levantado en Chapultepec á los cadetes que murieron defendiendo el territorio contra los ejércitos de los Estados Unidos, y que recuerda otra época sangrienta, si no fatal, de la historia mexicana.
Esta gran avenida, llamada sarcásticamente Avenida Juárez, es una mejora debida á la emperatriz Carlota, á aquella mujer desdichada que perdió la razón cuando no pudo hallar en el mundo el amor que se hundió con su corona en los campos sangrientos de Querétaro.
En esa célebre avenida, llena de monumentos, no hay más que recuerdos ominosos que deprimen el corazón.
Dos príncipes aztecas, modelados en bronce, de nombre enrevesado, Ahuitzolt y Axayácatl, de indumentaria extraña, parece que guardan airados la entrada del cielo indio, donde sólo pueden penetrar sin peligro los hombres de su raza. En la primera glorieta se halla el monumento dedicado á Colón, único europeo que ha hallado misericordia en el corazón de los mexicanos; en la segunda, el dedicado á Cuauhtemoctzin, último héroe del imperio azteca; la tercera se guarda para Hidalgo, el enemigo más terrible de España; la cuarta á Juárez, el presidente indio, que guardó siempre en su corazón todos los rencores de su raza.
En el monumento dedicado al héroe azteca hay dos bajos relieves y dos leyendas. El primero representa á Cuauhtemoctzin preso ante Hernán Cortés; el segundo, la tortura del mismo príncipe y de Tetlepanpuetzal sometidos al tormento para hacerles descubrir el escondrijo de sus tesoros. Las leyendas confían al bronce los nombres de cuatro héroes aztecas.
Yo no sé qué hace allí Colón, entre tantos indios y tantos enemigos de nuestra raza; si el Gran Almirante despertara y viera tan empequeñecida la figura legendaria de Hernán Cortés, sentiría amargamente haber descubierto un mundo cuyos habitantes, después de ochenta años de dominar el territorio que reivindicaron en nombre de la civilización y el progreso, no han sabido hacer por la raza indígena otra cosa que levantar tres monumentos que perpetúan el odio contra los que la convirtieron al cristianismo, arrancando de sus pedestales á los dioses paganos, y como si temieran los entusiasmos y hervores de su propia sangre, calumnian las figuras legendarias de los héroes españoles, sin cuyo paso por la tierra mexicana no serían otra cosa que míseros indios esclavos de su cerebro atrofiado, y de una sangre empobrecida y degenerada.
Si consignara aquí que en México no se ha borrado el recuerdo de las antiguas tradiciones españolas, y que el acuerdo tácito, colmado de desdenes, con que los hijos del país muestran olvidar los tiempos de la conquista y las hazañas portentosas de Hernán Cortés y Alvarado, no es más que una ficción con que se engañan á sí mismos, parecería un axioma que huelga en un trabajo dedicado á un público culto é ilustrado, conocedor de la historia contemporánea española, y de los altos hechos de nuestros afamados conquistadores.
Todos los pueblos conquistados conservan monumentos dejados por sus dueños y señores, páginas de piedra que recuerdan una civilización extinguida y un período histórico; pero en parte alguna se confunden y compenetran como en México, nuestro espíritu y nuestra sangre con la raza indígena, batida en los primeros tiempos de la conquista, sometida más tarde con el apoyo, después de la noche triste, de los tlascaltecas, confundidos ya en la comunión del amor de pueblo á pueblo durante el largo mando de los Virreyes, en que se levantaron las iglesias y los conventos, los palacios y los monumentos, los canales y las conducciones de aguas que hemos dejado en todo el territorio, como huella poderosa de nuestras ciencias y de nuestras artes animadas por el espíritu divino de nuestra religión y nuestras creencias.
No se ha hecho aún en México la paz en los espíritus, la paz fecunda que está en el corazón y no en los labios, porque las generaciones actuales guardan en la memoria el recuerdo vivo de nuestra historia, y no han tenido tiempo de borrar las huellas de nuestra superioridad de raza y de entendimiento, superioridad que representa para los leaders del país un yugo más doloroso que el mando político y la mano opresora del fisco. El día que puedan levantar una catedral más alta que la construída por nosotros, el día que hallen la forma precisa y exacta para modificar el palacio de los Virreyes, el momento histórico en que se levante al calor de su potencia tropical una arquitectura más elevada y una literatura más noble y más pura que la nuestra, cuando purificado el medio ambiente de las ambiciones políticas, nuestra sangre, que circula por la nación mexicana, nada deba envidiar, ni pueda codiciar á su madre España, la reconciliación resultará espontáneamente hecha, con evidente ventaja de las dos naciones hermanas.
Pero hoy, no habría un sólo mexicano que se atreviera á levantar una estatua á Hernán Cortés, y sin embargo, no puede darse un paso en la capital sin hallar las huellas de aquella epopeya que convierte á México en una de las ciudades históricas más importantes del mundo.
Los mexicanos imitan á los enamorados que rasgan las fotografías y los recuerdos de la mujer amada, y no pueden arrancarla del corazón, donde crece y se agiganta, con los esfuerzos hechos para lanzarla del sitio en que reina como dueña y señora.
¡Inútil porfía! recórrase la ciudad en la dirección más caprichosa, y en todas partes hallaré el recuerdo del héroe y el árbol de la historia hispana trasplantado al suelo mexicano. Y para probarlo, voy á tomar la catedral como punto de partida, y en dirección á San Cosme siguiendo la calzada, hoy avenida de hombres ilustres, por donde huyó Cortés y sus soldados durante la noche triste.
Circundaba la ciudad en aquella época un ancho canal; los aztecas, dueños de la comarca, se rebelaron contra los españoles y los acuchillaron cruelmente. Rechazados en aquella calzada, al llegar huídos al canal, cayeron al agua y murieron en gran número, cegando la corriente, tan grande fué el número de los que perdieron allí la vida en la refriega. El capitán Alvarado, héroe de aquella tragedia, saltó la corriente y pudo escapar yendo á retaguardia, animando con su valor y abnegación á los tercios españoles.
Cortés llegó á Tacuba, se sentó bajo un árbol y dicen que allí lloró por sus soldados, árbol que vive aún y se conoce con el nombre de «El Árbol de la noche triste».
Cortés rehizo su maltratada gente, hizo una alianza con los tlascaltecas, arrancó azufre de los volcanes para fabricar pólvora, pidió refuerzos á Cuba, construyó una escuadrilla en el lago Texcoco, y en poco más de un año reconquistó la capital, tomada en 13 de agosto de 1521, levantando una capilla, llamada hoy de San Hipólito, en conmemoración del día del santo en que Cortés pudo vengar la carnicería que los aztecas hicieron en las tropas españolas.
Hace muy poco tiempo que la piedad católica ha restaurado aquel templo, pero de tal manera que los manes del arte deberían poner en el portal de aquella iglesia la célebre frase dantesca: Guarda e passa. Echemos, pues, una mirada sobre la lápida que dice así y pasemos. «En este sitio y noche de 1.º de julio de 1520, llamada la noche triste, fué tan grande la carnicería de españoles por los aztecas, que al tomar otra vez la ciudad un año más tarde los conquistadores acordaron construir en este sitio un edificio conmemorativo, llamado capilla de los mártires y dedicarla á San Hipólito para recordar que en día del santo fué reconquistada la ciudad.»
México es la ciudad de las iglesias y los conventos; el más grande ó uno de los más grandes del mundo era el convento de San Francisco, que derribó la revolución triunfante. En su recinto había once iglesias y capillas, un hospital, un refectorio para quinientos monjes, un dilatadísimo jardín y un vasto cementerio.
La desamortización convirtió el monasterio en calles y solares; el hotel del Jardín ocupa el sitio que fué hospital y aprovecha parte del jardín que fué conventual, la calle de la Independencia atraviesa el área del monasterio que empezó Hernán Cortés, á cuya iglesia iba á misa y donde estuvo enterrado 65 años, hasta 1794. En aquel sitio construyeron los frailes la primera escuela destinada á la instrucción de los indios, levantándose la iglesia con los despojos de un templo azteca.
Aquel inmenso edificio, cuna de nuestra dominación y de la evangelización de los indios, fué confiscado por el Presidente Comonfort, y vendido por Juárez; empezando así la ruina de los recuerdos de España en aquel vasto imperio colonial.
Al rededor del hotel Iturbide, situado en la calle de San Francisco, se ve una bonita iglesia, Santa Brígida; al nordeste La Profesa, y al sudeste San Agustín, dedicada hoy á biblioteca nacional. Adornan las bases de las pilastras, estatuas de los hombres de Estado mexicanos y ocupan las capillas y los paramentos laterales lujosos armarios llenos de libros y documentos importantes.
Siguiendo la calle de San Francisco en sentido contrario á la Catedral se halla la Alameda, poblada de árboles cuya antigüedad indica claramente la mano que los ha sembrado ó plantado, y al terminar la calle se desemboca en una plaza, cuyo centro ocupa la estatua ecuestre que recuerda á primera vista la de alguno de los reyes que hay en las plazas de Madrid.
La sorpresa que causa esa estatua en la capital de México sólo puede compararse á la causada por una excepción que no parece deber admitir un principio claramente definido. ¿Qué hace allí la estatua ecuestre de Carlos IV, del odiado rey que con el recuerdo de sus debilidades armó la mano de Hidalgo y más tarde la de Morelos é Iturbide? ¿quién conserva aquel monumento levantado en medio de la plaza Mayor ó de la Constitución por los Virreyes, en 1803, siete años antes de la primera intentona de independencia? Forzoso es averiguar ese enigma: ese monumento, proyectado por el célebre Tolsa, fué derribado en 1824, retirado al patio de la Universidad hasta 1852, en cuya fecha pasó al sitio que ocupa hoy, consignándose, empero, que se conserva como obra de arte de gran merecimiento, no como recuerdo de un Rey español.
Y ciertamente, la estatua fundida de una sola pieza es una obra soberbia: tiene 16 pies de alzado, pesa treinta toneladas y está primorosamente modelada y fundida. El zócalo es sencillísimo, de altura casi igual á la estatua, sin leyendas pomposas en sus paramentos: consígnase sólo el nombre de Tolsa, á cuya memoria se debe la conservación de una obra artística que puso en gran peligro el chauvinisme ridículo de los políticos mexicanos.
Si vamos siguiendo el mismo camino, en dirección á Chapultepec, á la izquierda del camino veremos un largo acueducto compuesto de 900 arcos, concluído en 1607, para abastecer la capital; al otro lado se ve otra conducción construída por el Virrey Bucareli, cuyos huesos descansan en el santuario de Guadalupe.
¿Qué más? 10,112 iglesias y capillas católicas existen en el territorio mexicano y, casi todas, si todas no, han sido levantadas por la piedad española.
Doce millones de almas cuenta México y, de éstas, sólo unas 25,000 profesan religión distinta de la nuestra. Juárez quiso reformar el antiguo estado de cosas; separó la Iglesia del Estado, y desde 1874 la estadística no acusa más cambios que los siguientes: Presbiterianos, 90 iglesias y 4,000 fieles; metodistas, 15 y 4,000; baptistas, 16 y 1,000; menguado resultado en país tan propicio á las exageraciones, y donde el indio puede ser fácilmente seducido y engañado.
Juárez, el hombre de las grandes reformas, el que venció á los franceses y acabó con el imperio de Maximiliano, descansa con sus émulos y sus mártires en el panteón erigido por el patriotismo mexicano en la pequeña plaza de San Fernando.
El mausoleo parece un templo pagano, donde truena como dios máximo la estatua yacente de Juárez. A la vista tengo la fototipia que me recuerda aquel monumento de mármol, abierto en su centro, sostenido por 16 robustas columnas dóricas, estriadas, macizas, que sostienen una bóveda plana que cobija á la estatua de la república sentada en la extremidad de la losa funeraria, y sobre cuyo regazo descansa la cabeza de la estatua yacente de Juárez.
Los demás sepulcros no cuentan apenas, al lado del héroe indio que la patriotería mexicana tiene la debilidad de comparar al austero, al honrado, al gran repúblico Washington. Leo los nombres de Guerrero, Zaragoza y Comonfort, y casi á los pies de Juárez los nombres de Mexía y Miramón.
¡Ah! todo lo iguala la muerte, en su seno no se odian víctimas y verdugos; la política no habla hipócrita en nombre de la patria y no rebaja ni engrandece; los dramas de la vida parecen espejismos ante la serenidad augusta de la muerte; pero los vivos, los que alentamos llevando sobre nuestros espíritus todas las miserias mundanales, con dificultad comprendemos la promiscuidad horrorosa de hacer tronar aun después de muerto al que mató en nombre de la ley sobre los que también creyeron cumplir su deber en aras de la misma patria y quizá amándola honda y tiernamente. Pero quien sabe si los que tal hicieran, comprendían que la reconciliación al pie de la tumba era una idea santa y justa, y pensaron, tal vez con razón, que el triunfo no siempre justifica las causas, y que la patria debe reconocimiento igual á todos los que la amaron.
Y al llegar aquí justo es consignar que debo á la exquisita cortesía de mi buen amigo, el señor subsecretario del ministerio de Fomento, don Gilberto Crespo Martínez, que me presentó y recomendó á los conservadores del Museo de Antigüedades de México, el haber visto con alguna detención las preciosas colecciones de Historia natural, de Arqueología y de Historia que, con gran competencia y verdadero cariño, se guardan en la antigua Casa de la Moneda de aquella capital.
No ofrece la fachada del Museo grandes atractivos: una puerta que adornan columnas corintias, un vestíbulo desnudo, un patio central donde se cultivan plantas tropicales muy hermosas, un señor, alto funcionario de la casa á quien me presenta el señor Crespo y me colma de atenciones, es cuanto llama mi atención al entrar en un edificio que contiene las reliquias más preciadas de la historia mexicana.
Abren la puerta del fondo del patio y entro en un salón, acompañado del señor secretario del Museo á cuya inteligente solicitud debo las pocas noticias recogidas y que voy á trasladar al papel como puede hacerlo un ignorante como yo, en materias que exigen estudio constante, profundo y detenido.
Hay en aquel salón páginas brillantísimas de la historia azteca, de aquel pueblo indio que tuvo su teogonía, su política, sus emperadores y sus guerreros, que dominó grandes comarcas y tuvo dinastías fundadoras de civilizaciones extrañas, cuyo centro de radiación estuvo en la ciudad que habitaba Motezuma en tiempo de la conquista. Lo primero que llama la atención del viajero es el estado de conservación en que se hallan las estatuas de los dioses paganos, las piedras de los sacrificios, el calendario azteca... objetos todos hallados en las excavaciones hechas, en su mayor parte en la capital, conservación debida al clima de las grandes mesetas mexicanas de los Estados del Norte, donde apenas llueve, donde hiela raramente, recordando los desiertos de Egipto en que todo se conserva y tiene vida histórica, representación de pueblos que han envejecido sin perder el amor á sus antiguas tradiciones, que enterraron con sus momias y las dinastías de sus reyes en el fondo de tumbas abiertas en la roca imperecedera de las tierras tropicales. Quisiera seguir con mi amable cicerone la historia de cada estatua, la significación de cada piedra; quisiera contar aquí los dolores del desdichado que ofreció á sus dioses vida, honores, gloria, amor, cuantas cosas puede ver el sabio en aquellos monumentos, mudos para mí, elocuentes para el que sabe leer en los trazos esculpidos en la piedra, en la figura de un dios de fisonomía estrafalaria, en las formas que revelan aplicaciones extrañas borradas de la conciencia humana, relacionado todo con una civilización muerta que tuvo sus días de gloria y sus esperanzas de inmortalidad.
El tiempo, lo que no existe en el infinito, lo que no empieza ni acaba en el espacio, todos los pueblos necesitan medirlo, que sin él los acontecimientos humanos no contarían en el mundo. Así no me admira ver en el fondo de la sala, y en sitio preferente, el calendario azteca, cuya facsímil había fijado ya mi atención en el Smithsonian Institution de Washington, y que aun teniéndolo á la vista, en una fototipia que me recuerda sus rasgos característicos, no sé cómo describir. Es una gran piedra porfídica, en donde se han grabado, entre los anillos de circunferencias concéntricas, símbolos extraños que tienen por centros la cara de un hombre, representación probable de un astro que servía á los aztecas para fijar el régimen de las estaciones anuales. ¿Cómo se contaban en aquel artificioso enigma los acontecimientos de la vida azteca? ¿quién es capaz de averiguarlo? que aun los más sabios, en tan difícil materia se pierden en conjeturas al tratar de adivinar en los inflexibles trazos de aquella piedra, las ideas que las dictaron y esculpieron.
Recorro la sala y me salen al paso ídolos deformes: el dios del fuego, llamado Chac-Mool, el dios principal del antiguo México; guerreros en número crecido; el indio triste; las piedras de los sacrificios, por cuyos agujeros debió correr la sangre de las víctimas; figuras grabadas, extrañísimas; símbolos portentosos de bestias enroscadas, airadas, de fisonomías terribles; estatuas grandiosas que ocupan los centros de la sala, esperando la vuelta de aquellas razas cuyos descendientes las miran sin comprenderlas; que murieron ya en el corazón de los indios, y para siempre, las teogonías de los crueles dioses paganos.
Salgo de aquel salón sin explicarme nada de lo que he visto; son para mí aquellas figuras palabras sueltas que no forman ideas en mi cerebro, y como si despertara de repente á la realidad de la vida, al atravesar el patio y entrar en reducida habitación, veo la carroza de gala de los últimos emperadores mexicanos, la carroza que usaron Maximiliano y su esposa al ser ungidos en la catedral de México.
Contraste terrible entre dioses airados que exigían el holocausto de sangre humana, y civilizaciones modernas que coronan las víctimas y las llenan de incienso y perfumes antes de fusilarlas en los campos de Querétaro. No hay, pues, entre ambas civilizaciones, más que diferencias de procedimiento; pero el fondo no revela, en ambas, otra cosa que asquerosos fanatismos y crueldades terribles.
Subo al primer piso y me enseñan un hermoso museo de Historia natural; México, país de recursos mineralógicos espléndidos, de fauna y flora tropical prodigiosa, sin grande esfuerzo puede montar colecciones de gran precio y ofrecer á sus hijos páginas llenas de datos, noticias y ejemplares para el estudio de su gea y la vida que sustenta. Falta ya sólo una sala para terminar la visita al precioso museo mexicano, sala que contiene para los españoles reliquias de inestimable valor.
En aquella sala podríamos aprender mucho, si fuéramos capaces de retrotraer, condensándolo en un pensamiento sintético, toda la historia colonial de España, tan gloriosa, tan triste y tan rica en enseñanzas, experiencias y contrastes.
Hidalgo, el párroco que trocó el cayado de pastor por arma homicida, tiene allí su estandarte, su bastón y su fusil, y junto á estas prendas mexicanas el estandarte de damasco rojo que llevaba Hernán Cortés en los días de la conquista. Bien están juntas esta gloria y aquellas enseñanzas, que en ambas cosas aprenderán los hombres como se conquistan las colonias y como se pierden, lo que pueden la fuerza inteligente, y los desaciertos impulsados por la codicia y el desgobierno.
Hay allí también el escudo de Motezuma y el servicio de mesa de Maximiliano, reliquias de dos emperadores para quienes los campos de México estuvieron sembrados sólo de abrojos y espinas.
Otro edificio notable y que vale la pena de ser visto detenidamente es el palacio de la Minería, obra moderna de principios de este siglo, la última quizá debida á los Virreyes españoles. Ocupa actualmente su vastísima área el ministerio de Fomento y la escuela de Ingenieros de minas. Para construirlo, la explotación de los minerales recargóse con el pago de un cánon que se destinó á obra digna de albergar la realeza. Los que conocen la historia íntima del país creen que, desterrado don Fernando y en entredicho la corona de España, á principios de siglo, el elemento español mexicano pensó ofrecer al Rey Fernando aquel albergue suntuoso, de escalera magnífica, de patios espaciosos y espléndidos, de fachadas artísticas, de conjunto superior á cuanto se hizo en aquella capital por nuestros Virreyes en los primeros siglos de la conquista.
En el vestíbulo principal hay grandes aerolitos caídos en territorio mexicano, y en las salas principales, hermosas colecciones de minerales y fósiles, dignas de la riqueza minera del subsuelo de Nueva España.
Ya anocheciendo, al salir del Museo, atravieso el Zócalo, la calle de San Francisco, cruzada de carruajes cuyos cocheros, aun llevando vistosas libreas, sólo excepcionalmente dejan el sombrero mexicano; las aceras concurridísimas, y en una plaza junto á la Alameda Juárez, un señor que me acompaña fija mi atención en una dama, cuya silueta alcanzo sólo á descubrir en un balcón y que resulta ser la de la señora viuda de Miramón, de aquel general que murió con el emperador Maximiliano en los campos de Querétaro.
Allí mismo, los muchachos pregonan la terminación de una algarada, de una nueva sublevación que durante un mes ha tenido en jaque á las tropas de la república. El jefe se había rendido imponiendo condiciones como si fuera beligerante reconocido. Y es que en México el fermento de la guerra civil subsiste siempre en aquella sociedad, convertido en elemento de resistencia con el que cuentan todos los partidos, que nadie está seguro de lo que pasará el día siguiente, y de si la víctima de la víspera se convertirá en dueño y señor de aquellas corrompidas democracias.
Y mientras veo pasar luces sin cuento de carruajes que cruzan la Alameda, escucho admirado los detalles curiosos de historietas, en que figuran los personajes más conspícuos de las repúblicas americanas, nombres que no quiero recordar convencido como estoy de que el escándalo es el peor de los pecados, y que quizá no están los tiempos para derribar reputaciones cuando tanta falta hace sumar voluntades en la gobernación de los pueblos. Y casi distraído oigo que dicen: «El gobernador del Estado X... preparó una emboscada al jefe del Gobierno; el plan no podía ser más sencillo; en una cacería bien organizada debía guiar la mano experta de un bandido la voluntad decidida de dejar una vacante en la poltrona presidencial. El jefe del Gobierno averiguó el caso, y cuando se presentó el Gobernador á convidarle, aceptó al parecer gustoso, rogándole sólo que regresara á su Estado y aguardara allí el día en que las funciones de su cargo le permitieran acudir á la fiesta.»
»El Gobernador regresó á su casa aquella misma noche, y en el vagón que lo conducía subieron dos desconocidos que tomaron asiento junto al jefe aludido. Cuando el tren cruzaba uno de los territorios más desiertos de aquel país, uno de los desconocidos apretó el timbre de alarma para que el maquinista parara el tren, que supuso estar en peligro. Mientras tanto el otro desconocido enseñaba al Gobernador la orden de arresto, expedida, en forma, por quien tenía atribuciones para hacerlo.» No sé si protestó el interesado, pero sí cuentan malas lenguas, que el arrestado bajó del vagón, se arrodilló junto á la vía y murió fusilado.
Y decía otro: «los españoles son ustedes deliciosos; su sentimentalismo resulta ridículo y contraproducente. En América entendemos las cosas de Gobierno de manera muy distinta. Iba yo hace poco en un tren, camino del norte, con varias señoras; cuando más distraídos estábamos, una agresión salvaje puso en peligro la vida de una de las damas, que se salvó milagrosamente. Junto á la línea, unos indios hicieron fuego, y las balas penetraron en el vagón. Paróse el tren, perseguimos á aquellos bandidos, y allí mismo, sin más contemplación ni causa criminal, los fusilamos.»
»¿Cree usted que con este procedimiento habría motivo de vanagloria en los que atentan á la vida del prójimo?»
No sé lo que contesté, porque ya otro señor proseguía:
«¿Recuerdan ustedes la historia de aquel general que entró en un café y mató á fulano é hirió á zutano...? pues ya está en la calle, y tan campante.»
La verdad es que todo aquello no daba grande idea de los gobiernos democráticos, y pensándolo un poco y agrandando el cuadro, quizá hallaríamos que las repúblicas americanas están en manos de dictadores y que la democracia estará en las leyes y en los organismos de aquellos Estados, pero no en el entendimiento y el corazón de los que rigen aquellos pueblos, manadas de hombres que cambiaron de señores para ser tan esclavos como lo han sido, son y serán siempre los que por deficiencias de raza, por pobreza de inteligencia y falta de dotes de gobierno, no tienen aptitud para mandar, ni pueden conocer más elemento de orden que el sable y la opresión.
Los que quieran afianzar sus principios de gobierno en las ideas democráticas, no deben ir á América y mucho menos á las repúblicas de raza española, si han de guardar un resto de ilusión y de esperanza en la panacea que á fines del siglo pasado se impuso al mundo con tanta sangre y tantas lágrimas, panacea redentora que después de un siglo de ensayos no ha podido arraigar en el corazón de las gentes civilizadas del mundo.