Chapultepec y Guadalupe

Joyas del suelo mexicano deben ser, cuando son tan renombradas y para verlas salgo temprano del hotel Iturbide, aprovechando una mañana deliciosa y un sol espléndido con brisas de primavera que envían á las altas mesetas mexicanas los picachos que tienen alturas de 17,000 pies en que durante muchos siglos lucharon con varia fortuna la lava encendida de los volcanes y las nieves eternas de las grandes altitudes. Paso rápidamente por frente de la Alameda, saludo, admirado, la soberbia estatua ecuestre de Tolsa, miro sin enojo los monumentos que levantó el patriotismo mexicano, respetable aun en sus ingratitudes, y gozo la vida espléndida de aquella Avenida Juárez que al alejarse de la ciudad crece en hermosura, sombreada por árboles majestuosos, exhuberantes, agitados por las vibraciones de aquella luz que sacude sus complejos organismos con energías propias de los climas tropicales.

Recorro en hora escasa la distancia comprendida entre la ciudad y Chapultepec, y lo que parecía, visto desde lejos, accidente insignificante de la llanura, surge lentamente en el ocular del grande anteojo que forman las ramas al cruzarse y se levanta y crece á mis ojos, dibujándose ya en mi retina la colina con los accidentes caprichosos de la masa porfídica, en cuya cumbre se levanta el palacio que ha albergado ya á los representantes de todas las formas de gobierno conocidas: Virreyes, Presidentes y Emperadores; pasajeros todos veleidosos, encarnación viva y espejos fieles de las muchedumbres y las democracias mexicanas.

Dejo á mi izquierda el acueducto de 900 arcos que lleva las aguas á la capital, llego á la verja y á los muros que dibujan el contorno de lo que es hoy mansión presidencial, y sin que entorpezca mi entrada la guardia de honor puesta en cada una de las puertas del recinto, hállome de repente en un jardín de los trópicos, en uno de aquellos paraísos encantados que sueña el botánico ó el paleontólogo cuando lee ó clasifica los ejemplares de la flora de los países cálidos, donde viven ó vivieron los gigantes del reino vegetal, sin letargos ni crecimientos estacionales, saturados durante siglos de savia ardiente, poderosa, suma de energías capaz de vencer las inclemencias de los tiempos y las vicisitudes que siegan despiadadas las generaciones humanas en su paso por la tierra.

Aquellos árboles inmensos que necesitan varios hombres, formando cadena, para ser medidos, tan enormes son las circunferencias de sus troncos, parecen pertenecer á la familia botánica de las cupresineas, siendo llamado ahuehete por los indios. Sus ramas péndolas llenas de musgo, entrelazadas con festones de orquídeas, parece que están adornadas para dar sombra á fiestas espléndidas en que la naturaleza ostenta sus mejores galas. Y entre aquellas frescas sombras y penumbras que rasgan rayos de sol ardiente, un recuerdo triste surge de entre la maleza y las flores de un parque escondido entre peñascos de pórfido, un monumento, una página de aquella historia que no deberían olvidar nunca los mexicanos, dedicado á los cadetes que en 1847 defendieron la independencia contra los ejércitos de la gran república norteamericana, y perdieron la vida sin poder evitar que el coloso les arrebatara con ella un pedazo de territorio inmenso que no sé yo si bastará para saciar el hambre devoradora de un pueblo que se figura que América es, y debe ser, sólo la patria de la gran familia yankee.

Cada año los cadetes dedican un día á conmemorar la desdichada suerte de sus compañeros, y el presidente de la república coloca una corona fúnebre sobre las cenizas de los mártires.

Al pie mismo del monumento hallo un camino de travesía que en pocos minutos me conduce á la cumbre de la colina donde se asienta Chapultepec, el palacio del actual presidente de la república, Porfirio Díaz.

La puerta de hierro que da acceso al jardín que precede al palacio, está guarnecida de tropa numerosa: á la vista de un extranjero, el guardia llama al sargento, que me niega la entrada, no recuerdo ya con qué pretexto, y con no poco disgusto me limito á echar una ojeada á la parte exterior del edificio, que no ofrece signo alguno que revele, en el autor del proyecto, la idea de levantar un palacio digno de un jefe de Estado.

Me limito, pues, á buscar un punto de mira y á orientarme, con ayuda de un guía, tomando como origen un edificio conocido. Lo consigo fácilmente sabiendo que la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe está al nordeste de Chapultepec, siendo aquel edificio uno de los primeros que se conoce al llegar á México.

Al pie de la colina veo los dos acueductos mencionados en el capítulo anterior; al Norte, Atzcapatzalio y Tlalnepantla, sitios reales de pasados siglos; más allá, Tacuba, donde descansaron, rotos y vencidos, los tercios españoles, en aquella noche infausta, llamada la noche triste; al Sud, y al pie de unas colinas, Tacubaya, que es sitio de recreo donde las clases altas mexicanas han levantado suntuosas moradas de recreo, y al Oeste, el Panteón Dolores, cementerio inmenso, con su rotonda de Hombres ilustres, donde descansan, entre otros, los restos de Arista y Lerdo, presidentes que fueron de la República mexicana.

Volviendo los ojos al Este, desde un punto apropiado, veo la ciudad de aspecto algo parecido á Zacatecas, de algo que recuerda los pueblos del Asia menor, con sus azoteas y sus monumentos achatados, su aspecto blanquecino que no amortigua la nota pálida de los alrededores, porque prescindiendo de algunas huertas, muy pocas, que se ven junto á un pueblo que se llama San Ángel, de los árboles que adornan las calzadas de la Verónica y Chapultepec, la Alameda y el sitio en que estoy colocado, oasis delicioso de verdura y vegetación espléndida, lo demás tiene aire de desierto que va acentuándose camino de la Esperanza, entre México y Veracruz.

No percibo desde este punto más que algunas manchas verdes que se ven en dirección á los volcanes; pero todo induce á creer que son campos de agave que se crían para recoger la savia que, fermentada, da el pulque, delicia de los indios y aun de personas acomodadas del país.

El gran valle de México desde Chapultepec tiene para mí una fisonomía tristísima, y digo para mí, porque hay quien lo halla muy hermoso y tiene una verdadera pasión por aquella alta meseta mexicana. Cuando se lee en la geografía que los picachos volcánicos de Popocatepetl é Ixtaccihuatl están respectivamente á una altitud de 17,777 y 17,071 pies, equivalentes á 5,420 y 5,204 ms., la imaginación pinta en el cerebro gigantes prodigiosos que luego resultan tan pequeños, vistos desde México, que la ilusión se desvanece, recordando otras montañas menos elevadas, y que producen un efecto mucho más sorprendente. El secreto de este desengaño estriba en que la ciudad de México se halla situada á 2,400 metros sobre el nivel del mar, y como dista 50 millas, ó sean 80 kilómetros de los volcanes, á tan enorme distancia, el ángulo que se forma en la retina es pequeñísimo, viéndose tan altas cimas á escasa altura sobre el valle principal de la meseta mexicana.

El volcán, por otra parte, duerme desde 1802, y los humos sulfurosos no pueden verse á tan larga distancia. Aquellos picachos, cuando las nieblas no los esconden, presentan sus formas cónicas esbeltas, cubiertas de nieve desde los 14,000 pies de altura, siendo, según dicen, de fácil acceso, y bastando dos días para llegar á la boca del volcán, si se pernocta en el rancho de Tlamacas.

Dejo con pena el recinto de Chapultepec, tomo el tranvía y un buen almuerzo por un peso mexicano en el restaurant que hay enfrente del hotel Iturbide, y salgo inmediatamente para visitar el santuario de Guadalupe, patrona de México y dueña y señora de los pobres indios.

En el Zócalo hallo preparado el tranvía, lleno ya de indios envueltos en sus zarapes y rebozos, abrigados como si estuviera helando, que salió al poco rato lentamente, camino del santuario. Aquella concurrencia indígena brilla por su recogimiento; no se oye ni una palabra ni se nota un gesto, nada que denote la manifestación de una idea revelada en aquellas caras tristes y macilentas. A la media hora de haber salido de la ciudad y al revolver una calle, el coche entra en una plazoleta donde hay un modestísimo monumento dedicado al párroco de Dolores, á Hidalgo, el primer insurrecto en 1810 y hoy el primer mexicano. No tiene aquel monumento gran cosa que admirar, y aun figuróseme ver tantas telarañas en el bronce y tanta suciedad en el zócalo que parecióme debía ser tratado con más decoro el que dió la vida por la independencia de su patria. Entrar en el recinto del santuario y notar la fisonomía propia de nuestra tierra, es la primera revelación; después sustituya la fantasía á nuestras vendedoras de rosquillas, buñuelos, confites y frutas, por indios acurrucados que venden fríjoles, tortillas de maíz y quesadillas; procure cambiar nuestra vegetación algo raquítica por bananas y palmeras lozanas de verde intenso, y esto basta, porque en lo demás, en la arquitectura, en el corte del santuario y sus anexos, en el modo de construir, en el color local de sitios polvorientos, sucios, llenos de mendigos, no hay nada que variar, ni tilde, ni coma que poner, todo está allí en su punto; la vieja España ha calcado en Guadalupe sus viejos moldes y sus rancias costumbres. Lo primero que me ocurre es visitar una capillita que hay en la parte lateral del santuario, compuesto éste de dos iglesias y un jardín con un pórtico; junto á éste es donde están los que venden chucherías y recuerdos de Guadalupe. Y me voy á aquella capilla porque me parece un edificio arrancado de nuestras montañas, toscamente construído, con sus puertas reviejas, con una especie de surtidor en el vestíbulo, rodeado de una verja, y con un vaso de metal sujeto por una cadenita de hierro que usan los indios para beber el agua del manantial. En el santuario llaman á ese edificio la Capilla del pocito, que pozo de aguas ascendentes debe ser, donde van los indios á confortar su fe, creyendo que la virgen de Guadalupe, al aparecer al indio Juan Diego, hizo surgir del suelo el milagroso manantial.

La aparición de esta virgen en el suelo mexicano recuerda la de Lourdes en Francia. Juan Diego era un pobre indio convertido; un día, mejor dicho, un sábado, yendo á misa y atravesando la colina oyó que los ángeles cantaban, y presentósele una hermosa señora que le encargó fuera á ver al obispo y le dijera que la virgen quería tener un templo en el sitio en que se encontraba. Juan Diego cumplió el encargo, pero el obispo necesitó mayores garantías, y tras mucho ir y venir, la dama volvió á presentarse, dando al pobre indio un manojo de flores que puso en su tilma, flores que, al enseñarlas al obispo, desaparecieron para convertirse la tilma en cuadro, donde estaba pintada la virgen de Guadalupe que se venera hoy en el templo y santuario del mismo nombre. Excusado es decir que el obispo no opuso nuevos reparos, y que la iglesia se construyó hasta alcanzar los esplendores que ostenta actualmente. Al salir de la capilla del pocito, hallé enfrente la senda que conduce á otra capilla llamada del cerrito, y que ocupa el sitio en donde la virgen dió al indio Juan Diego las flores que pintaron la tilma que se venera en el templo principal. Antes de llegar á la cumbre, unas indias me ofrecieron la tierrita,—todo se pone allí en diminutivo,—que comen los fieles con veneración, tierra amasada con el agua del pocito y que me daban con la perspectiva de que comprara sus celebradas tortillas, producción nacional que dudo alcance la categoría de género de exportación.

La capilla del cerro no ofrece nada que merezca contarse: un altar mayor barroco, un púlpito pobrísimo, las paredes enlucidas con lechada de cal, los altares con santos de fisonomía indígena, y el suelo con losas funerarias, pintorescas muchas de ellas: «ella duerme», «desde que tú descansas nosotros padecemos», con nombres que recuerdan que España ha dejado allí, con sus creencias, su sangre y sus huesos, polvo fecundo que hará brotar allí, algún día, por ley de atavismo, los viejos amores á la metrópoli ausente. Al exterior, la vista de la ciudad, desteñida por el sol de la tarde que da á todo la fisonomía deslucida de una atmósfera llena de detritus humano; al Este el lago Textoco, de aguas blanquecinas, que recuerdan las del mar salado de las tierras mormonas, y al pie del santuario, que se reconstruye ó mejora, que no lo sé á ciencia cierta, que no tienen los mexicanos buena mano para dedicarla á restauraciones. Y no es que falte dinero para intentar allí, en el terreno religioso, grandes empresas. Un día, y en la capilla del cerrito, un cura dijo con sentido acento, con el acento dulce y florido de las lenguas tropicales, que la virgen no tenía corona digna de su excelsitud, y dirigiéndose á los indios les dijo que no les pedía nada, despojos sólo de lo que ya no les servía, sortijas de plata, hebillas, cadenas gastadas por el uso, migajas nada más de la vida corriente, y con aquellas migajas se recogieron 600,000 pesos mexicanos, arrancados á la piedad de los indios para enaltecer las gracias de la Virgen de Guadalupe.

Y esa piedad se manifiesta de manera tan sentida, hay en aquellas caras tanta unción que, macilentas y compungidas, parecen arrancadas de los cuadros de Juan de Juanes y del Greco. Sentado en la iglesia provisional donde se venera actualmente la patrona de México, observé largo tiempo un grupo compuesto de tres indios, padre, madre é hijo, al parecer, con un cirio encendido en la mano, puestos de rodillas, la mujer en medio de los otros dos, rezando en voz baja, el padre ya viejo con los ojos en blanco, el rostro demacrado, la tez amarillenta de pergamino, la madre con el rosario en la mano y la cabeza inclinada sobre el pecho, el hijo mirando fijamente la cara de la Virgen y quizás los reflejos dorados y plateados de aquel marco precioso que rodea la tilma de Juan Diego, convertida en imagen milagrosa; y cada vez que terminaba la plegaria, los tres pobres pecadores se arrastraban sobre sus rodillas avanzando camino del altar de la Virgen, mirando sin ver, atentos á aquella oración que Dios sabe hacia qué ideal se elevaría; y á aquel grupo seguían otros desdichados, inclinados, besando el suelo, con actitudes y semblantes sólo soñados por Ribera, al pintar aquellas carnes apocalípticas, maceradas por la penitencia, el ayuno y el remordimiento que se admiran en los principales museos del mundo.

Salí de aquella iglesia tristemente impresionado. La raza india convertida al cristianismo no ha comprendido aún todo el alcance de su conversión. El indio admira al Dios justiciero, rígido, severo, inflexible, inhumano quizá, que aun queda en su corazón algo de aquellos dioses paganos, crueles, airados, vengativos, cuyos sacerdotes sacrificaban seres humanos para domeñar sus iras, y no al Dios misericordioso, al Dios de amor de los cristianos, que perdona al arrepentido con un solo acto de contrición. Y las clases directoras mantienen á los indios en estado de menor edad, embrutecidos por el pulque que beben con glotonería infantil, sin renovar aquella sangre empobrecida, temiendo quizá el despertar de aquella raza que hoy sirve paciente á sus señores, como carne de cañón ó bestia de carga, raza que debía ser la dueña del territorio como descendiente de aquellos aztecas y tlascaltecas vencidos primero por Hernán Cortés y Alvarado, vencidos también ahora por hombres que reniegan de la sangre indígena, y que se avergüenzan de ella si la ven escrita en sus uñas, en su piel y en su fisonomía.

Dicen que desde hace algún tiempo las escuelas de la república se llenan de indios, que el gobierno procura levantar el espíritu del pueblo, que algo se hace para infundir nueva savia y vigor á aquella raza que sólo así será laboriosa y rica, y sólo así podrá ser valla infranqueable á las tormentas que pueden levantarse en los Estados de la América del Norte é invadir los campos y las tierras casi vírgenes de la república mexicana.