Querétaro
El que quiera recordar conmigo uno de los acontecimientos más tristes de la historia contemporánea, será necesario que retroceda, camino del Norte, tomando un boleto en la estación del Central mexicano para ir hasta Querétaro, situado á 53 millas de la capital de Nueva-España.
Este trayecto, que hice de noche yendo de El Paso á la ciudad de México, no merece los honores de una larga descripción; todos los pueblos de las altas mesetas mexicanas, todas las chozas de los indios, con las haciendas famosas de miles y miles de hectáreas, con sus campos de magüey (agave americana) palmeras y palmitos arborescentes, alternando con vastísimas llanuras desiertas, sedientas, monótonas, se repiten en sus rasgos fisionómicos con escasas variantes, en el largo recorrido que sigue el ferrocarril central desde el Estado norteamericano de Texas hasta la capital de la República de México.
Querétaro, situado en valle frondoso, regado por aguas laboriosamente captadas en tiempo de los Virreyes y por iniciativa de nuestro compatriota el marqués del Villar del Águila, lo primero que ofrece á la vista del viajero es el magnífico acueducto construído desde 1726 á 1738 por aquel ilustre español que, con la conducción de aguas á Querétaro, fertilizó el valle, saneó la población, aseguró su porvenir y la convirtió en una de las ciudades más alegres de la República mexicana.
Por debajo de uno de los arcos del acueducto pasa el tren, para llegar, muy en breve, á la ciudad que tantos templos levantó durante la dominación española, y que se distingue especialmente por sus torres y campanarios, por sus tradiciones y sus recuerdos, por su sitio famoso que acabó con la rendición de las tropas imperiales mandadas por Maximiliano, y vendidas por López, y por la tragedia que en «El Cerro de las Campanas», al Oeste de la ciudad, desarrollóse inclemente el día 19 de junio de 1867, escribiéndose allí, sobre aquella tierra sonriente, en aquel valle tropical, una de las páginas más tristes de la historia mexicana.
El recuerdo de aquel drama es tan reciente, su mecanismo tan ruin, la intervención de los hombres de Estado tan menguada, y la imposición de los que aparecen como agentes tan cruel, que no hay ni puede haber para un espíritu reflexivo, en la visita á Querétaro, más que una idea capaz de subyugarle: la de examinar atentamente la pequeñez de los hombres de este siglo, y las consecuencias terribles que ha tenido el egoísmo feroz de que dieron pruebas las naciones europeas al consentir que se fusilara en Querétaro al representante de nuestra civilización en América. En el «Cerro de las Campanas» no se fusiló al usurpador, triste y calumnioso dictado con que quiso Juárez justificar su conducta, que allí cayó, quizá para siempre, nuestra influencia, nuestra superioridad de raza, de entendimiento y de corazón.
Y al subir al «Cerro de las Campanas», sin querer, sin poder determinar qué enlace pueden tener dos ideas tan distintas, recordé, con singular viveza, la peregrinación á Mount-Vernon, á las tumbas de Washington y Martha, su esposa, que dejaron en mi espíritu la idea del amor á hombres que enaltecieron nuestra especie y fundaron una república joven, robusta, llena de fe y ardimiento, resultando enaltecida la figura de su héroe; recordé que aquella historia no levantó en mi espíritu una sola protesta, que los que murieron en las batallas de la independencia no dejaron con su sangre el vaho inmundo del odio y del rencor, y que vencedores y vencidos resultaban en mi cerebro glorificados en nombre del más santo y más puro de los amores: el amor á la patria respectiva. En cambio, en el «Cerro de las Campanas», no hallé más que odios de raza, recuerdos de la política pequeña y miserable que engañó á Maximiliano, llamado emperador por los que mandaban y usurpador por los vencidos; de López, que vendió primero á la república y al imperio más tarde, siempre vil para la patria; de Escobedo, el triunfador, que al dar cuenta de la ejecución de Maximiliano, Miramón y Mexía, puso al pie del oficio: «Lo que tengo el placer de comunicar á usted», placer que produce náuseas á la humanidad entera; de Juárez, que pudo ser magnánimo y generoso y no resultó más que ambicioso, cruel y vengativo; de Europa, que debió portarse enérgica y dignamente, y no supo ser más que mujerzuela débil y enfermiza; de la civilización cristiana, que debió imponerse en nombre de lo que debe ser patrimonio de la humanidad entera, y no hizo más que abdicar vergonzosamente ante la osadía y el odio de un indio victorioso.
¡Ah! poco espacio media entre la tumba donde descansa el héroe de la independencia de los Estados Unidos y el lugar donde la tierra empapóse de la sangre de Maximiliano, al caer rendido por fiera venganza; sin embargo, aquellos puntos insignificantes en el ancho espacio del mundo, tan próximos entre sí, determinan dos civilizaciones distintas: fecunda la primera, basada en el amor, en los sentimientos cristianos de un hombre que, con sus alientos poderosos, infundió al Nuevo-Mundo la savia ardiente de la libertad, sólo peligrosa cuando se exagera y se funde en moldes que no labró con sus manos, y vivificó con su espíritu, la noble figura de Washington; incierta y vacilante la segunda, hostigada siempre por el mal ejemplo, por la ambición que derrama sangre inútilmente, sangre que no exige el honor y la independencia de la patria, y que cae y caerá siempre como una maldición sobre el pueblo que lo consiente, por odio ó cobardía, que sólo es santo, fecundo y bueno lo que ejecuta la mano guiada por la serenidad augusta de la justicia. Y mientras tengo la vista fija en el reducido espacio que ocupa el lugar donde cayeron Maximiliano, Miramón y Mexía, lugar rodeado por una verja de hierro, en las tres piedras tumulares que no dan sombra ya á las cenizas de los mártires, viene á mi memoria la historia de aquellos días funestos en que se derrumbaba un imperio, mientras se celebraban en París las fiestas con que Napoleón III solemnizaba el fausto acontecimiento de la visita del Czar de Rusia á la Exposición Universal, preludio de otra caída más terrible, la de todo un pueblo, vencido por las garras de las águilas prusianas, y la de seculares dinastías en España é Italia; como si fuera todo ello castigo de faltas cometidas en nombre de principios egoístas que dejaron abandonado al que fió la conquista moral de México á su bondad, y al deseo de hacer la felicidad de un pueblo libre. La naturaleza, sin embargo, no se cuida de entristecer aquella página dolorosa de la historia mexicana; el sol de los trópicos la esmalta con todos sus colores, las inflexiones suaves de la orografía del valle, la frescura de su vegetación, la ciudad, en el fondo, con los tonos blancos y pardos de su caserío, sus iglesias y campanarios, el cielo purísimo de tonos azules, intensos, convidaban á olvidar, á gozar de la vida, á confiar en tiempos mejores, en razas más humanas y en civilizaciones más puras, que aquellos quejidos de dolor, aquella exclamación de última hora, cuando Maximiliano se acuerda de la esposa amante y dice al caer ¡pobre Carlota! al recogerlos el viento en el espacio como nota al parecer perdida, sumóse á tantas otras allá, en el cielo, donde se recogen los dolores humanos, se analizan y pasan por el crisol de cuyo seno brota la felicidad, la emancipación, la redención, en fin, de todos los que amamos y padecemos en este mundo de miserias.
Y fuerza es bajar y volver á la ciudad, yendo en peregrinación al convento de capuchinos que sirvió de cárcel á Maximiliano hasta su hora postrera. Hoy ya no es edificio público; la desamortización pasó por allí como ha pasado por otros países, que en México deben sobrar brazos, que no ocupaban los que tenían acaparada la propiedad con el nombre de manos muertas. ¡Sueños de sectarios! lo que falta en Nueva España es fuerza viva que no se improvisa, que no brota de la tierra como los hongos en el bosque, y que sólo podrá conseguirse con la paz y la seguridad, con la instrucción y la mezcla de sangre que avive las energías dormidas de aquella raza inerte y sedentaria.
Allí, en la tristísima mansión, pueden verse aún la mesa en que el tribunal militar firmó en 14 de junio de 1867 la sentencia de muerte de Maximiliano y sus generales; los taburetes que ocuparon Miramón y Mexía mientras duró la vista del proceso, la caja en que se transportó el cuerpo inerte del último emperador mexicano, y el mísero ajuar puesto á su servicio durante el mes de cautiverio que medió entre el día de la rendición de Querétaro y el del fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mexía.
El emperador murió como mueren los bravos, mirando al enemigo; sus generales no merecieron la compasión del vencedor, y cayeron heridos por la espalda.
Pocos días después, las pocas poblaciones defendidas por las tropas imperiales fueron rindiéndose una tras otra, y Juárez entró en la capital de la república, fusilando sin compasión á cuantos generales pudo considerar como á rivales temibles, presuntos sucesores á la presidencia del Estado.
Así terminó en Norte América el ensayo ya intentado por Iturbide de establecer un imperio en Nueva España, acabada también sin gloria la invasión francesa que no tuvo un solo día de fortuna en los campos mexicanos. Al principiar la invasión en el camino de Veracruz, en las tierras bajas del golfo de México, los soldados españoles, franceses é ingleses no tuvieron más enemigo que la fiebre, enemigo terrible que dejó las cercanías de Córdoba llenas de cadáveres insepultos, y que habría acabado allí con aquel ejército, si el buen criterio del general Prim no hubiera recabado, mientras se estipulaba el tratado de paz, tierras y climas más clementes para los ejércitos europeos. Los españoles y los ingleses se embarcaron otra vez; los franceses reclamaron su libertad de acción, y luchando con varia fortuna llegaron á dominar el país que entregaron á Maximiliano más tarde, sin fuerza y sin prestigio.
Los Estados Unidos no vieron jamás con buenos ojos la intervención europea, y aun menos la creación de un imperio que consideraron perturbador de su política democrática. Juárez aprovechó ese descontento, y perdonó al enemigo que en 1847 se apoderó sin escrúpulos de una gran parte del territorio mexicano, pactando secretos auxilios con los enemigos más fieros de su raza.
Maximiliano, con su hidalga condición, no pudo hacer frente jamás á la guerra de insidias y dolos, de traiciones y sorpresas de sus enemigos, más dolorosa y difícil de vencer que la lucha entablada franca y lealmente en los campos de batalla. Carlota, la esposa mártir, fué á Europa á pedir auxilios que no supo hallar en parte alguna, perdiendo cuanto puede perder en una hora la dama de más alta alcurnia, el amor de un esposo, la corona de emperatriz y la razón, esencia purísima del espíritu.
En México ya no quedan más que reliquias de aquella tragedia: Juárez llegó al término de su carrera colmado de honores, vencedor de cuantos enemigos halló en el camino de su accidentada existencia; Miramón y Mexía, los leales al emperador, ocupan puesto de honor en el panteón de hombres ilustres; Maximiliano sólo dejó en México los tristes despojos de su cautiverio y los más tristes aun de una soberanía colmada de zozobras y peligros... y Carlota, la desdichada esposa, aun busca, en sus horas de extravío, lo que sólo vive en su corazón, hasta donde no puede llegar con sus odios, para enredarla en la tupida malla de sus raíces, la planta maldita de la política.
Cansado de seguir el calvario de una historia que los años convertirán en leyenda, y de ver iglesias y catedrales, plazas y calles estrechas, monótonas y descoloridas en las ciudades mexicanas, ansío volver á la capital, arreglar mi equipaje y abandonar las altas mesetas de Nueva España, para ver pronto las tierras doradas de los trópicos, con sus bosques famosos, sus chozas, sus pájaros y sus flores, tierras pródigas en sirenas encantadoras que esconden en su seno fecundo la fiebre terrible, compañera inseparable de la muerte.